Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

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Dispensar muerte

Muchos de los que viven merecen morir, y muchos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.

(SA I, 2) Gandalf.

Despiadado

Hola amigos. Esta vez os traigo un relato que tenía guardado en un cajón, con algo de polvo. No estoy contento con el resultado obtenido, pero creo que como experimento está bien. Ya me diréis que tal.

Despiadado

Por más tiempo que transcurriese no conseguía erradicar ese dolor. Su alma estaba herida, sangrante, y su recuerdo no podía borrarse ni con alcohol o mujeres. Las lágrimas, que nunca antes habían brotado de sus ojos, se deslizaban por las sucias mejillas todos los días desde que ella murió. Se cogió los largos y grasientos cabellos negros y estiró con fuerza, intenta extirpar aquellos recuerdos como el que arranca una mala hierba.
¿Cuánto tiempo vas a seguir así? —preguntó Iosh.
—¿Cuántas veces más me lo vas a preguntar?
Las que hagan falta. Leer más…

El guante negro (II)

Sanctus esperaba pacientemente sentado en una silla que apenas aguantaba su peso. El lugar todavía olía a madera húmeda y vino rancio y estaba cubierto de restos de toneles largo tiempo podridos. Los numerosos agujeros del techo habían dejado que el agua penetrara y avanzara el inevitable proceso de la descomposición. Unas voces le advirtieron de que su visita había llegado. Se llevó un dedo a los labios y algunas de las sombras del lugar se movieron, tomando nuevas posiciones. Después, tras una serie de intrincados gestos y unos susurros en lengua arcana, lanzó un conjuro sobre sus manos, se quitó el guante azabache de su mano derecha y lo introdujo en uno de los bolsillos de su túnica. Leer más…

El guante negro (I)

Imthul

La habitación estaba en penumbra, como era habitual. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento no se veían solamente en las paredes recorridas por grietas, los desconchados y la capa de tierra y porquería que se acumulaba en el suelo, sino que se podía oler en el ambiente, cargado, húmedo y rancio. La única iluminación, compuesta por unas titilantes velas sobre dos cráneos sonrientes, creaban danzantes sombras que parecían reproducir un macabro ritual.
Un par de golpes sonaron en la puerta. Sanctus Kallatorum levantó su cansada vista del incunable y masculló unas palabras molesto. Se recostó sobre su sillón y enlazó las manos sobre su pecho. Leer más…

Vivir mil vidas

Un lector vive mil vidas antes de morir. El que no lee, solo vive una.

Jojen Reed

Estrellas sobre Alepo

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Farid asomó la cabeza por encima de las piedras. Oteó la calle mientras aguantaba la respiración de forma inconsciente. Los disparos habían cesado hacía ya largos minutos, pero no significaba que el peligro hubiese pasado. La carbonizada furgoneta del señor Herat seguía delante de su derruida tienda de alimentos y la fachada del edificio de su amigo Khaled tenía los mismos trece agujeros. Volvió a sentarse en su escondite un rato más. No tenía prisa.
Pasaron los minutos y escuchó unos gritos lejanos y el atenuado eco de más disparos rebotados por los derruidos edificios. Volvió a asomar la cabeza y a aguantar la respiración. Leer más…

¿Qué quedará de mi?

papa-e-hijo-caminando-por-la-playa-tomados-de-la-manoHola Leire. Hoy te voy a hablar de algo que siempre causa incomodidad. Supongo que tarde o temprano te asaltarán preguntas o dudas sobre la muerte. Yo te voy a dar mi punto de vista, que aunque puede parecer desolador, al fin y al cabo es lo que pienso en estos momentos. He de decirte que no siempre pensé así y puede que cambie de opinión, pero creo que es una buena reflexión para que me conozcas un poco mejor.
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Pensamientos a oscuras

La Fundación Juan Muñiz Zapico de CC.OO. de Asturias convoca la IX edición del Concurso de Microrrelatos Mineros Manuel Nevado Madrid. (40 líneas)

Bueno, parece que ya se ha calmado la cosa. JuanRa y Eloy fin se han dormido. Han hecho falta cinco compañeros para inmovilizarlos y que no se hiciesen daño. Todos estamos nerviosos, pero no podemos perder la calma. Si hemos de morir, moriremos, pero no nos mataremos entre nosotros.

Es una sensación muy extraña. Desde que apagamos las linternas para ahorrar batería no distingo de cuando tengo los ojos abiertos y cuando cerrados. Nunca me había imaginado una oscuridad tan absoluta, ni que pudiese hacerme oír mejor. Es como si al no poder usar la vista, mi oído se aguzase más. Puedo escuchar las respiraciones de todos. Leer más…

Tres días de vida

Hace un tiempo, hubo una mujer que empujaba lentamente un carro de la compra con lo que debían ser todos sus enseres. Desde la distancia parecía encorvada, pero cuando dejaba de empujar sus pertenencias, se veía que todavía caminaba erguida, que solo estaba descargando el peso de su pasado sobre la barra del carro. Tenía las arrugas que debía tener a una mujer que había superado los setenta, pero eran más suaves, como si hubiesen aparecido a edades tardías, y disimulaban mejor que había alcanzado los noventa. Su cabeza estaba siempre cubierta por un pañuelo grueso de color escarlata, pero se intuía que tapada un cabello blanco. Su nariz era bonita, terminada en una ligera punta y sus labios arrugados apenas se veían, como si permanentemente se los estuviese mordiendo. Leer más…

La suerte está echada

¿Durante cuánto tiempo se puede tentar a la suerte? Por favor, no me llaméis paranoico. Cuando la vida te manda señales, hay que saber interpretarlas.

A los ocho años tuve mi primer contacto. Por aquel entonces yo era muy pequeño y corrí a decírselo a mis padres de la misma manera y con el mismo tono como si un circo ambulante hubiese hecho un espectáculo en la calle de forma improvisada. Un obrero que trabajaba en la construcción del edificio de enfrente de nuestro improvisado campo de fútbol se había caído del andamio en el que estaba trabajando y había caído veinte metros. El hombre murió, ya que se escuchó el crujido de los huesos desde el campo. Solo los más atrevidos fuimos a verlo, como cuando Nachete encontraba una rata muerta, en una clara falta de respeto a la muerte. Allí, el hombre, nos miraba con sus ojos abiertos sin pestañear. Enseguida nos echaron de allí, pero Juanín no volvió a ser el mismo. Murió en el ’95 de una sobredosis, con solo dieciséis años. Tal vez no tuviese nada que ver, pero a día de hoy creo que sí. La muerte lo miró y su destino cambió. Leer más…

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