Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más.

Viaje a los Senderos de los Muertos

No debería haber aceptado ese trabajo. No debería, pero tampoco tenía otra opción. Si Malquis de la Hidra se presenta un día en tu oficina y te dice que le acompañes, pues lo haces y punto. Si el quinto miembro más importante —y eso significa poderoso— de la Casa Hidra se presenta en tu oficina, al menos debes escuchar sumiso su propuesta. Y cuando estaba a punto de mandarlo a hacer gárgaras con una solución de azufre, me ofreció veinte mil imperiales. ¡Veinte mil imperiales! Mi sueldo de diez años concentrado en un solo trabajo. Claro que las posibilidades de disfrutar de ese dinero eran minúsculas. Pero, ¿sabéis? Uno no llega a montar su propio negocio si no corre riesgos. Sí, vale, esta vez entrañaba demasiado riesgo, así que le pedí el doble. Era casi como rechazar el trabajo.
Me quedé sin réplica cuando el muy hijo de puta aceptó. Resignado, no tuve otra que aceptar.
—Tengo una pregunta. Bueno, en realidad tengo muchas, pero esta me lo está haciendo pasar realmente mal —dije—. ¿Por qué yo?
—Bueno, Konstantin, es usted un menor con muchos recursos, y para esta misión se requieren algunos de ellos.
Su voz era algo hipnotizante. Suave, segura y sibilina. Menudo cabrón. Se había lanzado un conjuro y ni siquiera mis detectores de magia lo percibieron. La cuestión es que me convenció. Visto ahora, no sé cómo no lo mandé a buscar setas.
—¡Oh, por supuesto! Soy hombre de grandes recursos, sin duda, pero… ¿podría decirme a cuáles de mis variados recursos se refiere?
Algo pareció estar molestándole, porque su rostro fue cambiando poco a poco de una sonrisa radiante a un mohín. Es curioso cómo se le marcan los rasgos a los élfidos y lo poco que hacen para disimularlo. Su lenguaje corporal los convierte en libros abiertos para los humanos. Oh, perdón, los menores. Resulta que los élfidos se llaman a sí mismos humanos y a nosotros, los humanos, nos llaman menores. Un total sin sentido que hay que acatar. No por nada ellos tienen un imperio y nosotros no somos más que una pequeña fracción prescindible.
—Hay muy pocos menores que sean capaces de utilizar hechicería y brujería. Además, posee algo que muy pocos tienen. —Su voz era un verdadero encanto.
Me quedé esperando que continuara la frase, pero cuando el silencio se volvió incómodo, entendí que no iba a seguir. Ya retomaría ese punto más adelante.
—Ya. ¿Y qué se supone se le ha perdido allí?
—Eso es asunto mío. Usted solo debe acompañarme y asegurarse de que obtengo lo que quiero.
—Sí, por supuesto. Pero digamos que sería de gran ayuda para mí saber qué es lo que está buscando. No vaya a ser que se agache a recoger una piedra de brillantes colores y yo crea que ya a conseguido lo que quería.
Si hay algo que caracteriza a los miembros de la Casa Hidra es su nulo sentido del humor, y Malquis no era una excepción.
—Como debería saber por el lugar al que iremos, estoy buscando un alma. Un alma en concreto.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. A mí, lo referente a espíritus, almas y todas esas cosas me da mucho respeto. Y yo no soy de esos que respetan mucho las cosas.
Seguí preguntándole sobre el equipo a llevar, cuánto tardaríamos y dónde estaban exactamente los Senderos de los Muertos, pero fue malgastar saliva. Lo único en lo que fue claro es en que debía estar preparado en tres días.

—Jefe, ¿por qué esas ansias por perder la vida tontamente?
—¿Tontamente? Estamos hablando de cuarenta mil imperiales. Esa cantidad me permitiría expandir el negocio a varias zonas y sobrevivir a la guerra. Podría contratar los servicios de Rodd ol-Mozún, por ejemplo.
Kelgar arqueó las cejas. Y no era fácil sorprenderlo, pues llevaba ya ocho años con él y solo lo conseguí cuando le dije que iba a ser mi propio jefe.
—¿Y no sería posible disponer de una parte por adelantado? Lo digo para poder pagar los gastos de tu entierro.
—Ja, ja, muy gracioso. No es la primera vez que me enfrento a un gran peligro, ¿verdad? —le dije muy seguro de mí mismo.
—Claro. La pequeña diferencia es que esta vez vas a un lugar donde no se conoce de nadie que haya regresado. Y te estoy hablando en términos humanos.
Sí, Kelgar es un élfido, y teniendo en cuenta que viven unos miles de años de media, la cosa se remonta a mucho tiempo. Movió la cabeza y frunció los labios.
Yo tampoco es que fuese muy optimista sobre mis posibilidades de volver, pero alguien tenía que mantener el ánimo alto.
—Dime, Kelgar, si yo volviese de los Senderos de los Muertos vivo, ¿crees que iría pregonándolo por ahí? —Kelgar movió la cabeza negándolo—. Pues por eso mismo no conoces a nadie que haya regresado.
Se llevó las manos a la cara y se frotó un rato. Sin decir nada más, se fue sacudiendo la cabeza y murmurando alguna cosa.
Yo, por mi parte, decidí que ya perdería el tiempo esa noche en el Burdel Azul, pero que antes debía hacer los deberes. Estuve todo el día revisando los libros de brujería hasta que encontré algo que podría ayudarme: círculos de protección. Tenía estudio para un par de días.
Nunca consideré muy útiles los círculos esos, ya que te obligaban a estar estático o moverte muy despacio, y debías estar concentrado continuamente para mantenerlo. Digamos que esos requisitos son incompatibles con mi trabajo, por eso nunca antes les había prestado atención.
A la mañana del tercer día, antes de que amaneciera, Kelgar me despertó mientras soñaba con varias de las chicas del Burdel Azul.
—Jefe, ya tengo lo que me pidió. —Abrí un ojo y le gruñí algo—. Se lo dejo encima de la mesa.
Cambié de postura y me tapé con la manta la cabeza. En aquellos momentos solo deseaba retomar el sueño en el punto que lo había dejado, pero tras un buen rato intentándolo, no hubo forma. Me había desvelado.
Con una palabra de mando la habitación se iluminó y contemplé los objetos que me había conseguido Kelgar. Una daga morgantis, de hoja negra y afilada, excelente para destruir almas. Kelgar nunca me dice cuánto le cuestan las cosas, pero estoy seguro que en estos momentos nuestros fondos estaban muy afectados; un amuleto con la forma de una cabeza reptiliana creado por los hechiceros de la Casa Dragón, para teletransportarme de vuelta en caso de que la cosa se pusiese muy fea; y, finalmente, unos guantes de dhzir, para potenciar brujería.
A medida que iba preparando mi equipo mi ánimo se parecía al vuelo de una dronia: pasaba de comerme el mundo a parecer que estuviese preparando mi propio funeral, de planificar qué haría con todo el dinero de la recompensa a rendirme ante el sin sentido de la vida.
Pero ahí estaba yo, equipado y preparado esperando que Malquis Hidra apareciera. Si os digo que estaba nervioso mentiría. Lo que estaba es acojonado del todo. Tenía la boca seca y el estómago encogido. Tan solo había podido beber algo de té esa mañana, y eso que soy de los que piensan que el desayuno es la comida más importante del día. Me recuerdo rezando a unos dioses en los que no creo para que le hubiese ocurrido algo a Malquis, como ser comido un jherej de veinte metros, por ejemplo.
Mis deseos no se cumplieron y los dioses, para variar, ignoraron mis plegarias. Malquis apareció a la hora acordada, en mitad de mi despacho, lo que me hizo tomar nota mental de mejorar mis defensas contra magia. No era bueno para el negocio que cualquiera se pudiese teletransportar al centro de mi oficina. Aunque Malquis no era un cualquiera, era uno de los legendarios hechiceros de la Casa Hidra.
Las defensas se quedarían como estaban.
Y llegó ese momento del que me estoy arrepintiendo todavía. Debí decirle que no, que no me valía la pena. Pero me pudo esa atracción por el riesgo que traigo desde la infancia. Así que me preparé para las náuseas y los vómitos. Malquis me puso la mano en el hombro y nos teletransportamos. Segundos después estaba de rodillas sacando lo poco que había bebido. Esos viajes me dejan el cuerpo descompuesto. Y encima al mamón de Malquis parecía divertirle.
El contraste de temperatura lo noté enseguida. Fue como entrar en una cueva del Alejado Norte, fría y húmeda.
—Esto es lo más cerca que he podido teletransportarme —dijo mirando alrededor.
La tierra era negra y calada, y por donde miraras no se veía más que una suave neblina. Nada más.
—Ahá. Pues sí. —No se me ocurrió nada más que decir, pero quería decir la última palabra.
Aquel era un lugar escalofriante. A medida que avanzábamos la niebla se iba espesando poco a poco y el sol se había convertido en una mancha difuminada. Al avanzar dejábamos atrás esqueletos de huesos blancos y armaduras oxidadas, y temía que en cualquier momento se levantaran como muertos vivientes y nos despedazaran. Nada de eso ocurrió.
El amigo Malquis estaba concentrado y tranquilo. De vez en cuando se paraba, ponía los brazos en cruz y murmuraba algo. Vete tú a saber de lo que era capaz el quinto de la Casa Hidra.
A medida que avanzábamos por esa tierra muerta un miedo irracional se fue haciendo fuerte en mi cabeza. Me argumentaba una y otra vez que era prácticamente imposible que muriese, pero a ese miedo le daban igual mis argumentos, iba ganando terreno a cada paso que daba. De nada me sirvió saber que era producto de la magia, seguía queriendo largarme de allí inmediatamente.
Tras lo que me parecieron horas llegamos a las Puertas de la Muerte. Os juro que estaba a punto de darme la vuelta y salir corriendo, incapaz de resistir al terror que me agarrotaba. Creo que Malquis lo notó porque se giró y me dio una ampolla.
—Bebe.
Fui a preguntarle qué era aquello, pero ya se había dado la vuelta y se dirigía a las puertas. Aprovechando que ya tenía la boca abierta dispuesta para hablar me la tomé. La sensación de calor y bienestar que fue similar a pasar una mañana con tres chicas y después estar unas horas en las termas.
Maldito cabrón, ya podría habérmela dado antes.
Me acerqué trotando al conjunto de piedras que eran las Puertas de la Muerte y que daban acceso a los Senderos de los Muertos. Eran unas enormes columnas de piedra rectangular y gris que se alineaban de forma concéntrica formando un gran círculo. En su interior había otro círculo de piedras, y luego otro más. Cada una de esas columnas tenía un símbolo grabado a la altura de los ojos. Algunas de las runas las conocía, otras no. Muchas correspondían al símbolo de una de las diecisiete casas élfidas.
Malquis fue pasando despacio por delante de las columnas. Cuando se giró y me fulminó con la mirada me di cuenta de que no le venía bien que hubiese empezado a silbar. Creo que levanté la mano en tono de disculpa y dejé de hacerlo. En aquel momento me sentía estupendamente, incluso feliz por estar allí. Hay que ver que efectos tan extraordinarios se pueden conseguir con la alquimia.
Mientras él buscaba lo suyo, yo me dediqué a mirar las piedras, incluso a buscar algún insecto, pero lo único que encontré fue a un Malquis a punto de asesinarme.
—¿Se puede saber que demonios estás haciendo? —Yo lo miré sin comprender—. Estamos a punto de entrar en los Senderos de los Muertos. Tu vida y la mía están en juego, además de otras cosas mucho más importantes que nuestros destinos. Céntrate en lo que has venido a hacer o cuando traspasemos las puertas haré que tu alma vague perdida por toda la eternidad.
Ante esa amenaza la poción que me dio perdió algo de su efecto porque ya no me sentía tan feliz y contento.
Finalmente atravesamos dos de las columnas y entramos al primer círculo. Volvimos en dirección por donde habíamos venido para atravesar hacia el segundo círculo entre otras dos columnas con símbolos desconocidos. Ninguna de las runas que vi en los círculos de piedra interiores me resultaba familiar. Y tampoco hay que avergonzarse por ello, uno no puede saber de todo.
Tras cinco círculos interiores llegamos al centro. Allí estaba la puerta que daba paso al otro mundo. Me había esperado algo más fastuoso, con guardias demonio que escupían fuego, pero solo estaba la puerta: dos columnas cuadradas como las anteriores con un dintel coronando. Decepcionante.
Malquis parecía aliviado, porque sonreía y respiraba aceleradamente. Un tiempo después me enteré de que si no atraviesas las columnas en un orden concreto con respecto al alma que quieres buscar no sales nunca de allí.
Razón de más para no volver.
—No te habrás dado cuenta —dijo sin dirigirme la vista—, pero la hechicería no funciona aquí.
Fui a responderle algo gracioso cuando una pieza más encajó en el rompecabezas. Por eso me necesitaba, porque la brujería sí funcionaba. Pero como ya sabréis, los élfidos no aprenden brujería porque es de bárbaros incivilizados. Por eso utilizan a los brujos.
—A partir de ahora empiezan los peligros de verdad. Al principio nos las podremos arreglas con nuestras armas morgantis —¿Cómo sabía que yo llevaba una? No se lo había dicho en ningún momento—, pero luego necesitaremos de algo de tu brujería. Un círculo contra inmateriales, por ejemplo.
—Necesito más o menos un minuto, depende de la fuerza del círculo, y su duración puede ser hasta que me quede sin energía. —No hacía falta que le explicara que la brujería se puede ir alimentando para que dure más, no como la hechicería, que se hace y ya está. Sé que sabe más de lo que aparenta, y aparenta saber mucho—. El problema va a ser movernos, ya que los círculos son estáticos.
Esperaba algún tipo de queja o desesperación, o alguna reacción por su parte. Para decepción mía, me siguió mirando como si yo no hubiese terminado de hablar.
—Por eso —continué—, he aprendido la forma en que podamos andar y el círculo se desplace, pero para eso necesito estar concentrado y sin poder usar las manos. No podremos ir muy deprisa.
Malquis asintió.
—El tiempo y el espacio son relativos en los Senderos de los Muertos —no sé muy bien lo que significa «relativos», pero asentí como si comprendiese—. Será suficiente —respiró hondo y volvió su mirada hacia la puerta—. Vamos.
Lo cierto es que no sé muy bien qué esperaba ver al otro lado de la puerta, pero fue de nuevo decepcionante. No parecía que hubiésemos atravesado nada, porque el paisaje era el mismo: niebla blanca y tierra negra. Tan solo se distinguían tres pequeños senderos que se perdían en la espesura. Empezaba a dudar de que hubiese pasado algo cuando unos jirones de niebla tomaron una forma espectral y con un grito apagado lanzó una de sus garras hacia mí. Rodé hacia la derecha mientras desenvainaba mi daga morgantis dispuesto a travesar al espectro con ella, pero Malquis ya la había partido en dos con su espada larga. Mis ojos casi se salen de sus cuencas y mi boca se abrió de par en par. El quinto de la Casa Hidra portaba una espada larga morgantis recubierta de runas. No quedaba ni una sola pulgada de su hoja que no estuviese inscrita. Miré mi daga y sus dos runas, y luego su espada larga, a la que no le cabía una más. Supongo que esa era una representación bastante visual de la distancia que había entre nosotros.
Malquis sacó una esfera de uno de sus bolsillos, la colocó encima de su palma izquierda y empezamos a caminar por el sendero de la derecha. No estoy seguro, pero creo que la esfera giraba en uno u otro sentido a medida que aparecían bifurcaciones o cruces de caminos.
—No te separes de mí en ningún momento y procura pisar donde yo piso. Si te sales de la senda que yo marque seguramente no pueda hacer nada por ti.
La cosa fue empeorando a medida que pasaba el tiempo y nos adentrábamos por los Senderos. Cada vez con más frecuencia, la niebla se transformaba en algún espectro y nos atacaba, ansiosa de volver a sentir el calor de los vivos. Nos fuimos apañando bien hasta que cinco espectros nos atacaron al mismo tiempo. Esquivé sus garras y lancé estocadas con mi daga. Tan solo tenía que rozarlos con el filo negro para que se disolvieran, tal era el poder destructor de almas de esas armas. Volví a esquivar y me revolví, saltando hacia atrás, primero izquierda y luego derecha, para acabar con dos de esas almas hambrientas.
Y cuando me di cuenta, Malquis no estaba. Giré sobre mis pies. Nada. Solo estaba yo. No sé bien si es que la poción empezó a perder efecto o es que el terror que sentí superó los efectos del brebaje. Miré al suelo, buscando las huellas, pero todo estaba confuso. Grité y mi voz se perdió en aquel erial nublado. Mi garganta se hizo un nudo de angustia y volví a gritar. Nada, ni siquiera el eco de mi voz. Respiraba acelerado, me faltaba el aliento. No me atrevía a moverme, pero tampoco podía quedarme allí. No sé cuánto tiempo estuve así, mirando a todos lados, esperando que un ejército de espectros se arremolinara a mi alrededor y absorbiera todo el calor de mi cuerpo. ¿Qué pasaría entonces con mi alma? ¿Me convertiría en un ser como aquellos? Creo que estuve horas allí, paralizado por el miedo, por el destino que ahora se revelaba ante mí.
De repente algo tiró de mi espalda.
—Maldita sea, te he dicho que no te separes. Esta vez han sido cinco, pero en adelante habrá más.
¿Qué estaba ocurriendo? Miré a mi alrededor. Nos encontrábamos de nuevo sobre el sendero cubierto de nuestras huellas. Observé el suelo y vi que las mías se separaban apenas un metro del camino. Lo dije entonces y lo digo ahora: nunca debí aceptar ese trabajo.
En el siguiente encuentro casi ni los vimos venir. Aparecieron de la nada y me llevé un garrazo en el hombro izquierdo. El frío que me atenazó el cuerpo no lo había experimentado nunca antes y fue como si absorbieran una parte de mí. Todavía siento escalofríos cuando lo recuerdo.
En cuanto acabamos con ellos, el amigo Malquis, tan educado y respetuoso como siempre, me pidió que conjurara un círculo:
—Es el momento de tu brujería. «»
Le sonreí sin ganas. Cómo deseaba que lo partiese un rayo. Con el hombro todavía entumecido tracé unos círculos concéntricos con la daga en la arena. Inscribí las runas necesarias, que aunque no se veían bien en aquella tierra, lo importante era el trazo. Coloqué un montoncito de sal negra, tres hojas de felantonia (la cuarta me la metí en la boca) y dejé caer ocho lágrimas de viuda. Ya estaba preparado para conjurar.
Por suerte no apareció ningún espectro más y pude realizar el ritual sin más molestias que la del hombro. Un bonito círculo de luz esmeralda apareció por mi alrededor. Parece un círculo porque la parte que se ve es la proyectada en el suelo, pero en realidad es como un tubo. Si hubiese techo también se vería la proyección.
Saqué de la mochila el resto de ingredientes: tierra del desierto de Guff, algo de manteca de primera calidad y tres de canicas. Coloqué las canicas en tres puntos del círculo y mezclé la tierra con la manteca. Iba a ser un engorro limpiar los valiosos guantes de dhzir después de aquello: agua caliente, jabón y mucho frotar.
Sería incapaz de decir cuánto tiempo estuve así, pero fue una verdadera tortura. Íbamos caminando por los senderos mientras las almas, espectros y entidades se arremolinaban a nuestro alrededor, deseosas de hincarnos el diente. Algunas intentaron atravesar el círculo de protección, sin éxito, por supuesto. Otras en cambio, más grandes y de formas monstruosas, sí pusieron a prueba la resistencia de mi brujería. Notaba fuertes vibraciones cada vez que lanzaban un garrazo, y uno de ellos casi me tira al suelo. Chorretones de sudor frío me recorrían la cara y notaba la ropa empapada. No sé si la ampolla que me dio Malquis todavía tenía efecto, pero un miedo helado se estaba adueñando de mi cuerpo. No hacía más que tragar saliva y respirar con dificultad, y el maldito Hidra no hacía más que meterme prisa en que debíamos avanzar más deprisa. A punto estuve de gritarle que si tanta prisa tenía que ya podía ir corriendo. Pero hubiese perdido la concentración y no era buen momento.
Agotado y extenuado, arrastrando los pies por la tierra y con la vista fija en la espalda de Malquis perdí cualquier noción de mi alrededor.

Una voz me sacó de mi aletargado estado. Al levantar la vista, si hubiese tenido fuerzas, me habría sorprendido.
Estábamos en una especie de semicírculo construido con las mismas piedras que conformaban las Puertas de la Muerte. En su centro había tres figuras monstruosas de piel grisácea y cuerpos grotescos. El primero portaba una especie de clava gigantesca, los colmillos superiores le sobresalían de la boca y su cornamenta era similar a la de un toro; el segundo llevaba un espadón, los colmillos inferiores no cabían en su boca y su cornamenta recordaba a la de un carnero; y el tercero estaba apoyado en una gran lanza, los colmillos superiores e inferiores sobresalían de su boca y tenía un solo cuerno plantado en mitad de la frente.
—Guardianes de las Almas, me presento como Malquis, quinto de la Casa Hidra, Señor de la Hechicería y Protector de la Casa. He llegado hasta vosotros en un acto que atenta contra las Leyes para reclamar un alma que necesita ser restaurada.
Yo no sabía si tenía que presentarme, dejar ya los círculos o qué. Muy feo por parte de mi amigo no informarme de lo que nos esperaba, o indicarme que ya podía descansar. Miré a mi alrededor y no vi ni un solo espectro, y dudo mucho de que esos tres tuviesen ningún problema es estampar cualquiera de sus armas contra mí. Así que, como ya estaba hasta las narices de todo aquello y me daba todo igual, dejé la concentración y corté el suministro de energía que alimentaba el círculo. Caí de rodillas y apoyé las manos en la tierra. La sensación de alivio era tan grande que incluso sonreí.
—¿Qué alma estás buscando? —preguntó una de las figuras.
—Yandris, de la Casa Hidra —dijo Malquis con gran solemnidad.
—¿Y qué traes a cambio?
—Un alma dual.
Un alma dual. ¿De qué me sonaba a mí eso? ¿Cómo se llamaba a aquellos que eran capaces de utilizar la brujería y hechicería al mismo tiempo? Y entonces, me dio un ataque de risa. Me senté en el suelo sin poder parar de descojonarme. Era un chiste genial. El muy hijo de la gran puta me había contratado para llevarle hasta allí y, además, ser moneda de cambio. ¿Y yo que me creía bueno por haber podido montar un negocio desde la nada? Este Malquis era un profesional de verdad.
Cuando logré calmarme un poco levanté la vista: todos me miraban. Y si pensaban que me iba a quedar de brazos cruzados, la llevaban clara.
—Ale, que os den —dije, activando el amuleto dragón que me teletransportaría de vuelta a la oficina. Y cuando me percaté de que no funcionaba, las palabras de Malquis acudieron con un eco distante: «No te habrás dado cuenta, pero la hechicería no funciona aquí».
Levanté la vista y vi que el muy cabrón estaba sonriendo. Sonriendo. Pues bien, eso fue demasiado para mí. Estaba extenuado, tenía el ánimo por los suelos por haber sido engañado tan vilmente y estaba decepcionado conmigo mismo por no haber visto las pistas que me conducían a este punto. Me abandoné, lo reconozco.
—Que así sea, pues —dijo la grotesca figura del centro.
Con ganas de llorar, me dejé caer de espaldas. Debí negarme a hacer aquel trabajo. La intuición me lo dijo, pero mi codicia pudo más. Ahora, tocaba pagar.
Con mis últimas fuerzas levanté la mano y el dedo corazón. Luego la oscuridad me envolvió y se hizo la nada.
A partir de ahí empezó algo que no sé muy bien cómo describir. Aunque sí hay una palabra que se la acerca bastante: confusión. Vagué por todas partes, buscando algo que no recuerdo. No vi a nadie, o al menos a nadie que reconociese como alguien. No puedo recordar si fue durante mucho o poco tiempo.
Y entonces, desperté. Lo primero que vi fue un techo empedrado en forma de bóveda. Después el rostro del cabronazo de Malquis. Eché un vistazo por el resto de la habitación y vi una gran biblioteca, repleta de incunables, papiros y compendios. Percibí los suaves aromas de inciensos y algo de menta o hierbabuena.
Me incorporé un poco. Estaba sobre una mesa de ceremonias repleta de runas. Tenía la boca reseca, como si hubiese estado masticando un puñado de sal. Me costaba mover los brazos y no acababa de coordinar bien.
Malquis me entregó una copa con un líquido verde oliva humeante.
—Ten cuidado, está caliente.
Ah, cómo se preocupa por mí. Me advierte para que no me queme la lengua. Tras los primeros sorbos de aquel brebaje empecé a sentirme mejor. Tenía un sabor muy peculiar. Me recordó a un extracto de raíces que preparaba mi abuela cuando estaba enfermo.
—Todo salió bien. —¡Qué Bien! Si hubiese estado en plenas facultades hubiese dado unos saltos de alegría—. Le hemos traído de vuelta para que se recupere y se prepare para un nuevo trabajo. —Mientras hablaba se dirigió a un sillón y cogió una mochila que me sonaba mucho. La dejó a mis pies y continuó. —Verá que durante su ausencia algunas cosas han cambiado, pero creo que es usted de los que se adaptan rápido a los cambios, ¿me equivoco?
Apuré el último trago antes de contestarle. Lo cierto es que ya me sentía bastante bien.
—Escúchame bien, maldito bastardo. No sé qué has hecho, ni quiero saberlo, pero lo que puedes tener bien claro es que si vuelvo a verte aparecer por mi oficina, o cualquier otro sitio para ni siquiera saludarme, saltaré sobre ti y te arrancaré de las entrañas tu mísera vida —dije amenazándole con el dedo.
Siendo como son los élfidos libros abiertos con su lenguaje corporal, me di cuenta de que no se le veía muy afectado. De hecho, me pareció que yo era una hormiga y él un niño que sopesa entre aplastarme con su dedo o dejarme llegar al hormiguero.
Y, sin más que decir, colocó una de sus manos sobre mi pie y otra sobre mi mochila, y las desagradables náuseas me revolvieron el estómago.
—¿Konstantin?
Levanté la mirada y eché un vistazo a mi alrededor. Mi oficina estaba bastante cambiada, sin duda. En una mesa, sentados, estaban Kelgar, Morna, que había entrado en el negocio hacía unas semanas y dos tipos que no conocía.
—¿Puedes llamar a alguien para que limpie esto? —dije mirando el brebaje que había tomado hacía unos pocos minutos esparcido por el suelo.
Bueno, os lo resumiré. El muy bastardo de Malquis me había resucitado, sí, pero trescientos veinte años después. Al menos había pagado su parte y Kelgar resultó ser un gran administrador. Ahora, mi pequeño negocio ya no era pequeño y ahora gestionábamos más de veinte garitos, con juego, chicas, hechicería y brujería, y alguna cosa más ilegal todavía. Nos había ido bien durante mi ausencia.
Kelgar, sin embargo, no se tomó demasiado bien mi vuelta, hasta que le conté lo sucedido. Después de eso, volvió a llamarme jefe y aceptó de buen gusto que yo dirigiese de nuevo el negocio.
Y ahí estaba yo, disfrutando de los frutos de mi trabajo, cuando el Gran Cabrón volvió a aparecer en mi despacho sin avisar. Solo que esta vez fue algo más embarazoso. En esos momentos estaba ocupado… ¿entrevistando? a una chica nueva para el Burdel Azul, que ahora estaba bajo nuestra protección. Cuando terminé de subirme los pantalones, dispuesto a cumplir mi amenaza de hacía unos meses, me propuso un nuevo trabajo.
De verdad, quise decirle que se lo podía meter por el culo. Ya había tenido bastante con un solo trato con él. La cifra que me ofreció era mareante, pero decidí subir el precio. Estaba seguro de que esta vez le parecería tan desorbitado y absurdo que se negaría.
—No quiero imperiales. El precio para este nuevo trabajo es que entre a formar parte de la Casa Hidra —le dije seguro de mi mismo. Nunca ningún menor había sido adoptado por una de las casas del imperio, así que esta vez tenía las de ganar.
Su cara era un poema. Pasaban los segundos y mi sonrisa se fue desvaneciendo. Empecé a arrepentirme cuando me di cuenta de que lo estaba valorando seriamente.
—De acuerdo —dijo, y me quedé chafado.
Debería haberle dicho que no. ¿Por qué no se lo dije? Me había vuelto ha hacer lo mismo. Se había lanzado algún conjuro de presencia y me la había colado de nuevo. Era imposible decirle que no.
—Vendré a por usted en tres días —dijo, y se teletransportó.
Así que aquí estoy de nuevo, al amanecer del tercer día, esperando a que llegue ese hijo de puta. Si es que no aprendo. Aunque, pensándolo bien, no estuvo tan mal el trato anterior: sigo vivo, mi negocio es próspero y soy uno de los tipos más importantes y peligrosos del negocio. Puede que esta vez no vuelva, pero seré el primer cadáver menor en ingresar en la Casa Hidra. Solo por eso, ya vale la pena.

Navegación en la entrada única

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: