Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más.

Un cuento oscuro

90023

Había una vez un niño y una madre que vivían felizmente en un gran castillo. Los muros eran altos, las torres acariciaban las nubes y, aun cuando llovía, parecía que lucía el sol. El castillo tenía innumerables habitaciones, todas ellas espléndidas, repletas de magníficos objetos. Todas las mañanas, el pequeño se adentraba por los laberínticos pasillos y exploraba las habitaciones infinitas, acompañando a los visitantes llegados de los rincones más ignotos del mundo. Todas las mañanas descubría increíbles tesoros, objetos extraños de orígenes desconocidos, y todas las tardes le relataba a su madre todo lo que había visto y con las extrañas gentes con las que había halado. En ocasiones, el niño acompañaba a su madre para aprender el difícil oficio del comercio y la observaba ensimismado, embobado por su voz, su delicadeza y su sonrisa. Al atardecer se asomaba a uno de los adarves que daban al sur para ver desfilar la hilera sin fin de comerciantes y visitantes que abandonaban el castillo.
Un mal día la madre cayó gravemente enferma. A medida que los médicos cercanos fueron dejando el castillo con la cabeza gacha, se pidió a todos los comerciantes y visitantes que corrieran la voz de que quien encontrase la cura tendría una gran recompensa. Pasaron los días, las semanas y los meses, y las colas habituales fueron dejando paso a las hileras de médicos. Ninguna poción, pócima o ungüento hizo efecto alguno, y la madre del niño fue empeorando cada vez más.
—Mamá, no quiero que te mueras —le decía su hijo todas las noches.
Su madre le sonreía, pero parecía la sonrisa de una calavera; había perdido todos sus encantos y parecía más un esqueleto que una madre.
—No me moriré, ya lo verás —decía ella, y aunque sus ojos querían transmitir ternura y confianza, solo conseguían infundir más temor en el chico.
Las visitas se extinguieron, tanto de comerciantes como de médicos, rendidos ante una enfermedad cuya cura que se mostraba demasiado esquiva para todos.
El castillo quedó en silencio, solo interrumpido por los suaves sonidos que producía el poco servicio que quedaba.
Una mañana, tras recibir el abrazo helado y huesudo de su madre, decidió que él no se rendiría. No pararía hasta encontrar una cura. Así que preparó un hatillo, lo llenó de provisiones de la cocina y salió del castillo con el objetivo de salvar a su madre. Solo su ingenuidad de niño le podía dar la seguridad de que él vencería donde otros habían fracasado.
Viajó durante días, atravesando pueblos y villas, preguntando si conocían a alguien que pudiese ayudarle, ya fuesen sabios o brujas, duendes o hadas. Las respuestas que obtuvo fueran miradas apenadas y suaves negativas.
Un atardecer, mientras comía un trozo de pan duro acompañado de un pedazo de queso, recibió la visita de una vieja bruja.
—He oído tu historia, jovencito, y estoy muy apenada —dijo con la voz áspera como una lija—. Toma, con esta moneda podrás conseguir aquello que buscas. Solo debes seguir el camino del oeste en cuanto lo veas.
El niño le agradeció con lágrimas en los ojos el gesto que había tenido con él.
Con fuerzas renovadas y el ánimo planeando a gran altura, continuó el camino a pesar de que empezaba a anochecer. Muchas horas después, agotado y asustado por los ocultos sonidos de la noche, llegó hasta…

… un castillo.

Los muros eran altos y negros como diablos del abismo, las torres alcanzaban la negrura del cielo como sombrías lanzas en ristre. Las puertas, oscuras como la garganta de una bestia, parecían dos palmas de madera que bien podrían haber pertenecido a un monstruo.
El niño apretó con fuerza la moneda, sintiendo el frío que desprendía, y volvió a darle un último vistazo. Su tacto era liso, pulido, y a pesar de la poca luz, los destellos indicaban que era de bronce. No había inscripción ninguna y lo único que destacaba era el pequeño agujero que la atravesaba por su centro. Decidió que lo más seguro para no perderla era guardarla en el bolsillo interior del ya desgastado chaleco amarillo maíz.
Con manos temblorosas se acercó hasta las puertas. Buscó por los alrededores un cordel de llamada o una campanilla, pero nada encontró. Con manos temblorosas y la respiración acelerada golpeó con los nudillos la hoja. El sonido apenas se percibió, ahogado por la madera, pero antes de que pasaran cinco latidos de su corazón, las dobles puertas se abrieron.
La débil luz de la luna apenas penetró la penumbra. Trató de llamar, pero las palabras quedaron pegadas a su reseca garganta. Tragó la poca saliva que su boca producía, en un vano intento de conseguir algún sonido. Carraspeó, tosió, y solo entonces consiguió que su garganta se aclarara.
—Hola. ¿Hay alguien ahí?
El sonido de su voz se perdió en el largo pasillo que se fundía en la oscuridad. El niño nunca antes había sentido tanto miedo; ni siquiera sabía que se podía sentir tanto miedo. Miró hacia atrás, hacia el camino que había recorrido, valorando la posibilidad de huir de aquel lugar, de buscar a alguien que le ayudase a entrar. Unas lágrimas le enturbiaron la vista y se deslizaron mejillas abajo cuando parpadeó. ¿Quién iba a ayudarle?¿Quién querría entrar en un lugar como aquel? Respiró profundamente, intentando tranquilizarse, evocando el recuerdo de su alegre madre con las mejillas sonrosadas que la enfermedad le había arrebatado. Debía de conseguir la cura para su madre.
Con pasos temblorosos, dubitativos, se adentró poco a poco en el corredor. Las paredes se alzaban altas, salpicadas de puertas cerradas. Cuando llevaba recorridos algunos pasos los portones de entrada se cerraron de la misma manera que se habían abierto y dejaron al niño sumido en la oscuridad. Aguantando la respiración y con los puños apretados, esperó que algún terrible monstruo lo devorara en la más completa oscuridad. Pero nada ocurrió.
Pronto se dio cuenta que tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, una débil luz iluminaba todo el pasillo, mostrando las paredes de piedra basta, granítica, el techo abovedado del que colgaban lámparas de araña apagadas y puertas de maderas nobles y lisas como las hojas de papel en las que dibujaba.
—¿Hola? —preguntó. Su voz había sonado excepcionalmente alta—. He venido porque…
Las palabras se apagaron en su boca. Tenía frío, y con cada respiración el vaho dibujaba siluetas confusas, que se retorcían unas contra otras.
Siguió caminando con pasos cautelosos sobre el mármol helado. Al niño le pareció que era blanco, pero de un blanco apagado, lechoso, enfermizo.
Finalmente llegó a un salón enorme, como el que su madre usaba para realizar los trueques. En los cuatro lados del salón habían escaleras de subida y bajada, y desde allí podía ver el piso de arriba, salpicado de pasillos y puertas.
Un largo escalofrío recorrió su cuerpo hasta dejarle casi aturdido. Dio una vuelta sobre sí mismo, observando con detalle la distribución de las entradas y salidas, y cuando se dio cuenta, había dejado de respirar. La vaga sensación de familiaridad que había sentido mientras caminaba por el corredor le golpeó como una violenta bofetada. Aquel castillo parecía igual al suyo, solo que más sombrío y oscuro. Apenas había mobiliario, decorados o cuadros, pero era igual a su casa.
Azotado por un latigazo se puso en marcha. Entraría por uno de los corredores laterales y bajaría los diez escalones hasta las cocinas.
Y así fue.
Estaba jadeando en las cocinas, vacías de alimentos pero con los mismos bancos, armarios y despensas. Estaba de vuelta en casa y no se había dado cuenta.
Un murmullo atravesó el sonido de sus jadeos y se quedó paralizado de terror, sin respiración. El murmullo a su espalda subió de volumen hasta convertirse en un resuello agonizante. El niño se dio la vuelta, con los músculos agarrotados, y ahogó un grito al ver el contorno de una figura deforme a la entrada de la cocina, sobre los escalones.
—Poooor fiiinnnn… —gimió el monstruo.
El niño apenas se movió. Las piernas estaban dispuestas a correr, pero su cerebro estaba en shock, incapaz de asimilar qué podía ser aquella cosa.
Cuando el monstruo extendió el brazo hacia su dirección, el niño pudo ver con claridad unos dedos rotos, con las uñas arrancadas, una mano grisácea recubierta de cortes que se extendían por un brazo mortecino, abierto por múltiples lugares y supurantes de pus negruzca.
—Veeeennn aaaa miiiiii.
La voz de aquel engendro sonaba como si sus cuerdas vocales hubiesen sido extraídas y colocadas al revés.
El niño se dio la vuelta y corrió hacia la otra puerta de la cocina, la que subía directamente al primer piso. No le hizo falta mirar atrás para sabe que la cosa había emprendido la carrera, que le perseguía como un hambriento perro de caza persigue a una liebre.
Subía los escalones de dos en dos, pero los jadeos y gemidos de su perseguidor parecían estar cada vez más cerca. Al llegar arriba, torció hacia su derecha para ir hasta su habitación, en una larga carrera que se le antojaba eterna. Las piernas le dolían y era incapaz de pensar, con la única idea de escapar en su cabeza.
Corrió tan rápido como nunca había hecho, con el corazón desbocado golpeando su pecho, los pulmones trabajando a destajo intentando capturar el oxígeno que apenas permanecía en el cuerpo por la respiración tan acelerada que tenía.
Cuando el niño estaba llegando hasta su habitación vio que más adelante, la que debía ser la habitación de su madre, estaba entreabierta, y un chorro de luz doraba bañaba el pasillo. Sin pensar, por puro instinto, fue hasta allí y al entrar cerró de un portazo, colocando todo su débil cuerpo sobre la puerta.
—Cariño, me has dado un susto de muerte —dijo la cálida voz de su madre a sus espaldas.
El niño no pudo evitar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas por segunda vez en poco tiempo. Se olvidó de la puerta y de la cosa que había tras ella y se dio la vuelta lentamente. La cama, de sábanas rosadas y el dosel amarillo; la alfombra, decorada con un laberinto florido y de colores desgastados; el sofá, de respaldo curvado, tapizado de un naranja suave y bordados florales color ámbar; el escritorio, de nogal oscuro y relieves en espiral. Y en el centro de la habitación, su madre, su hermosa y querida madre, tal y como la recordaba: el largo cabello rizado, castaño; las mejillas sonrosadas bajo unos ojos vivaces, tiernos y cariñosos; la sonrisa, evocadora, tranquilizadora.
El niño corrió hasta su madre y se abrazó a ella con fuerza, descargando una tormenta de lágrimas sobre su vestido. No podía hablar, ni apenas respirar. Solo llorar.
Cayó de rodillas, agotado, extenuado.
—Vamos, cariño, te llevaré a mi cama.
Y antes de que llegara a su mullido destino, se durmió.

Unas suaves caricias en la mejilla le despertaron. Cuando abrió los ojos, su madre le dedicaba una dulce sonrisa. El niño se aferró a las manos de su madre y la apretó con fuerza contra su cara. La calidez que inundó su cuerpo lo reconfortó, le dio esas fuerzas que había perdido hacía ya tanto tiempo que ni se acordaba. Pero, ¿qué era todo lo que había ocurrido?
—Has estado enfermo, hijo, y las pesadillas acudían a tus sueños una y otra vez, sin dejarte descansar —dijo su madre, como si hubiese escuchado la pregunta.
El niño cerró los ojos, aliviado, feliz de que solo hubiese sido un mal sueño, una horrible y larga pesadilla. Cuando lo abrió de nuevo, su madre tenía una extraña expresión en el rostro. Sus labios se habían juntado, como si sorbiera, mientras la mandíbula subía y bajaba en cortos movimientos. Los ojos, entonados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible.
Algo pareció advertir su madre, porque de nuevo volvió a su plácida expresión. Le sonrió de nuevo y le acercó una humeante taza.
—Toma, la medicina, para que te recuperes.
El niño bebió con cuidado de no quemarse. Tenía un extraño sabor a naranja amarga y anís, una combinación que no recordaba haber tomado nunca.
—Será mejor que de momento no te levantes —le dijo su madre—. Debes descansar y recuperarte antes de que puedas volver a correr por los pasillos.
Feliz, el niño tomó la mano de su madre y la besó. Ésta no pudo evitar poner de nuevo esa extraña expresión que había visto unos minutos antes, y que solo duró unos instantes.
Entonces su madre se dirigió a su escritorio, como tantas veces hacía, a escribir correspondencia mientras canturreaba. El niño suspiró y quedó de nuevo dormido.
La sensación que tenía el niño era que los días no pasaban. No había ventanas en aquella habitación, así que no podía ver si era de día o de noche. Cuando le preguntaba a su madre por esto, le respondía de forma ambigua, argumentando que todavía no se había recuperado, que debía descansar. Y cada vez que se bebía el contenido de aquella taza más que reconfortarlo parecía que le consumiera todas sus fuerzas.
—¿Qué te pasa hijo? ¿Ya no eres feliz? —le preguntó en una ocasión su madre.
—Sí, claro que lo soy. Esa pesadilla que tuve, en la que estabas enferma de muerte, está todavía muy reciente. Era tan real… Pero no es eso, es que me gustaría salir fuera.
—¿Fuera? ¿Para qué?
—Bueno —dudó el niño—, me aburro un poco aquí y me gustaría salir a jugar en el patio.
—Pero todavía no te has recuperado —dijo su madre en tono conciliador—. Acábate la medicina.
Pero el niño estaba cansado de tomar aquella medicina. Dudaba que tuviese algún efecto puesto que siempre se encontraba agotado.
Un fuerte golpe sonó en algún lugar lejano. La madre se tensó de repente, como un ciervo que escucha las pisadas del depredador. La expresión severa de su rostro se tornó cálida cuando se dirigió a su hijo:
—Cariño, acábate la medicina. Voy a ver qué ha pasado —dijo levantándose y dirigiéndose a la puerta. Cuando estaba a punto de salir se volvió para añadir—: Y no salgas de la habitación. Todavía estás muy débil.
El niño volvió a escuchar otro ruido, esta vez un golpe, como si hubiesen dejado caer un mueble contra el suelo, y la puerta se cerró. La curiosidad pudo más que la prohibición de su madre y, tras dejar la taza en la mesilla de noche, se levantó con cuidado. Al ponerse de pie casi cae bajo su propio peso. Estiró y encogió las piernas varias veces, desentumeciéndolas, y se dirigió cauteloso hasta la puerta. No sabía bien qué ocurría, pero estaba dispuesto a echar un vistazo sin que lo viesen.
Abrió con cuidado la puerta y asomó la cabeza. Se quedó helado y el cuerpo le empezó a temblar. Aquel pasillo era el de su pesadilla. ¿Acaso se había dormido y estaba soñando de nuevo? Todo eso no tenía sentido. Estaba con su madre, su madre sana, la que él recordaba, la buena. Lo anterior debía haber sido una pesadilla, en la que enfermaba y se consumía, en la que salía de su castillo para enfrentarse a la decepción de no encontrar una cura, al terror que le producía que su madre muriera y quedarse solo.
Un gran peso cayó sobre él. ¿Debía permanecer allí, en aquella habitación, donde se madre estaba sana y le dispensaba cuidados y mimos? ¿O salir fuera e investigar qué estaba ocurriendo, con el riesgo de descubrir que la realidad no era lo que estaba viviendo?
Se tomó unos instantes mientras se enjuagaba las lágrimas con la manga. Si en verdad su madre estaba moribunda no podía seguir allí, debía buscar una cura. ¿Qué estaba ocurriendo entonces en aquel castillo?
Dio un par de pasos y salió del dormitorio. Fue por los pasillos, entrando en las habitaciones. Todas tenían la misma distribución que su casa, con muebles similares, pero no había ni uno de los objetos maravillosos y extraños que abarrotaban su castillo real.
—Pooooor fiiiiinnnnn —gimió una voz a su espalda.
El corazón casi se le paralizó del susto. Se dio la vuelta y vio a la cosa en el marco de la puerta, obstruyendo la salida de aquella habitación. Ahora podía verlo con más nitidez, aunque deseó no haberlo visto nunca. La cabeza, una vez redonda, había sido moldeada a martillazos. La piel grisácea estaba cubierta moratones y hematomas, surcada por cortes largos que dejaban al descubierto carne y hueso, y por donde la sangre hacía tiempo que había dejado de manar. La mandíbula colgaba inerte, y los labios había desaparecido dejando una sonrisa siniestra, plagada de huecos donde antes hubo dientes. El cuerpo, allí donde un los restos de un chaleco sucio y hecho girones dejaban la piel al descubierto, presentaba llagas supurantes de pus negra, y los gusanos había creado allí numerosos nichos. Aquel ser no era mayor que un niño, pero daba más miedo que el más terrible de los espectros.
—No, déjame —logró articular el niño, buscando desesperado la manera de salir—. Mamá… Mamááááá— empezó a gritar.
Fue entonces cuando aquel monstruo salido de las pesadillas más profundas se abalanzó sobre el niño. Éste trató de correr, de buscar una salida de aquella trampa en la que él mismo se había metido. La cosa saltó por encima de uno de las mesas vacías y cayó sobre el niño, que se revolvía desesperado tratando de escapar, lanzando frenéticos puñetazos y patadas. El monstruo lo zarandeó y le golpeó varias veces en la cabeza hasta dejarlo aturdido.
—¿Doónde…? —logró gemir la bestia mientras rebuscaba entre las ropas del niño.
La cosa metió la mano en el bolsillo interior del chaleco del chico y sacó la moneda de cobre. Entonces se dio media vuelta y desapareció por donde había venido con suma rapidez.
El niño apenas podía respirar. Le dolía mucho el pecho y la cara, sobre todo donde había recibido los golpes, y notaba cómo la sangre le resbalaba por la piel. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, todavía tembloroso, caminó lo más rápido que pudo para llegar a la habitación de su madre. Debía de haberle hecho caso. En su habitación se encontraba seguro, protegido. Había sido un estúpido por salir de allí.
Cuando llegó y abrió la puerta, una horrible figura se dio la vuelta y le dijo:
—Cariño, te dije que no salieras de la habitación, que todavía estás muy débil.
El niño ahogó un grito de terror. Aquella figura era alta y delgada, con un rostro triangular y dientes negros y deformes. Los ojos, lilas, trataban de mirar con cariño al niño, pero solo le otorgaban un tinte siniestro y malévolo. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, quien había sido su madre en aquel castillo maldito lanzó una maldición al aire y antes de que pudiera reaccionar, agarró al niño del hombro con mano férrea y lo arrastró por los pasillos. El niño se agitaba y revolvía, golpeaba la mano que lo arrastraba en un vano intento de soltarse, de librarse de la presa que lo llevaba sin piedad a algún destino horrible. Soltarse de aquella presa era como desprenderse de su propio brazo. De nada sirvieron sus gritos, sus súplicas, sus lloros. Se adentraban más y más en las profundidades del castillo.
Finalmente llegaron frente a una puerta tosca y maltratada por la humedad. Al entrar, el niño supo que aquello era el fin. El hedor a muerte y agonía que flotaba en aquella amplia habitación penetró en sus pulmones a pesar de que aguantaba la respiración. Máquinas extrañas le prometían una eternidad de torturas; cadenas con garfios colgados del techo auguraban largas sesiones de sufrimiento; mesas repletas de afilados utensilios susurraban tormentos inimaginables; estantes de frascos de infinitos colores vociferaban enfermedades incurables y pesadillas continuas.
—Si no puedo tener tu amor, tendré tu dolor —sentenció aquel espectro de carne y hueso, y lanzó al niño al interior de un sarcófago plagado de púas.
Cuando lo cerró ya solo se oían gritos de agonía. La criatura juntó sus labios, como si sorbiera, mientras la mandíbula subía y bajaba en cortos movimientos. Los ojos, entornados, parecía envueltos en un éxtasis indescriptible mientras se alimentaba del dolor que destilaba aquel pobre desgraciado. No era mejor que el amor, pero al menos era alimento.

No muy lejos de allí, el ser deforme y mutilado llegaba a las puertas del castillo. Apretaba con fuerza la moneda de bronce, mientras la otra mano la llevaba pegada al pecho, allí donde el bolsillo interior de su chaleco guardaba el mayor de los tesoros.
Una vez plantado ante la doble puerta, golpeó dos veces con los nudillos, y a los pocos instantes estas se abrieron. El ser salió al exterior tan rápido como había corrido por los pasillos, escapando por fin de aquella pesadilla horrible y recibiendo con agrado las puñaladas de luz en los ojos. A medida que se alejaba del castillo, su cuerpo fue experimentando un cambio gradual hasta recuperar su aspecto original. Se alejó corriendo, descalzo, por el sendero que había recorrido hacía una eternidad, cuando buscaba una cura para su moribunda madre. Se alejó de allí, dejando atrás…

…el castillo.

A medida que avanzaba los rayos de sol iban limpiando la oscuridad de su interior como una tormenta limpia las vidrieras embarradas. Apenas podía abrir los ojos, todavía sensibles a la claridad del día, pero eso no le hizo bajar la marcha en ningún momento. La angustia, el miedo y la ira se fueron diluyendo, al igual que la sangre de un herido se diluyen en un río hasta formar parte de el, aunque no se vea a simple vista. El niño podía sentir que las tinieblas que lo había envuelto durante tanto tiempo no se iban a ir, simplemente se retirarían a las sombras de su interior, allí donde ningún sol es capaz de llegar, para emerger por las noches en forma de pesadillas.
Cuando el niño estuvo suficientemente lejos, sacó de su chaleco amarillo un pequeño frasco. Lo observó con la alegría profunda de quien encuentra un remedio a todos sus males. Durante años estuvo tomándolo, cuando el monstruo del castillo se ensañaba demasiado y la curación estaba más allá de toda posibilidad. Esa pócima era capaz de salvar a quien lo tomaba de cualquier muerte. Volvió a guardarlo en el chaleco, que ya no estaba desgarrado ni sucio, y prestó atención a la moneda que brillaba en la mano con destellos broncíneos.
Recordaba que gracias a ella había podido poder entrar al castillo, pero cuando un pequeño monstruo que apenas recordaba se la robó, quedó atrapado entre aquellos muros. Por muchas veces que escapaba de las garras y el control del monstruo, era incapaz de encontrar la salida, terminando siempre presa de las ganchudas garras del monstruo. Los recuerdos fueron aflorando, como si los estuviese sacando de un antiguo baúl, y quedó todavía más desconcertado. La magia del castillo torcía de alguna manera la línea del tiempo, pues ahora estaba seguro de que acababa de arrebatarse la moneda a sí mismo. Entonces, ¿quién estaba ahora dentro del castillo sufriendo los tormentos del engendro?
Apretó la moneda con tanta fuerza que se hizo daño. Si la escondía o la arrojaba a un río, alguien quedaría atrapado para siempre, alimentando al monstruo del castillo con su dolor. Pero si la dejaba para que otro la encontrara, tal vez liberaría a quien estuviese dentro para entonces quedar atrapado allí. O tal vez hallase la manera de acabar con la maldición.
Mientras pensaba en ello llegó hasta el lugar donde una bruja del camino le había dado la moneda, allí donde había estado sentado tiempo atrás comiendo pan duro y queso viejo. Para él lo más importante era volver a casa y salvar a su madre.
Tomó una decisión.
Dejó la moneda sobre la piedra en la que estuvo sentado y se fue.
Con aquel frasco en su poder, su madre viviría y volverían a ser felices.

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2 pensamientos en “Un cuento oscuro

  1. Magnífico lazo fantástico temporal.

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