Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más.

La princesa Rebelde

Este es un pequeño relato inspirado en las aventuras que vive mi hija Leire en uno de los parques que frecuentamos. Cuando se pone a jugar me acerco, como si estuviese paseando, para escuchar sus historias. Fue allí donde se me ocurrió que sería un buen ejercicio de escritura darle forma a una de esas historias, así que os la dejo para que la disfrutéis. No es gran cosa argumentalmente hablando, así que no me juzguéis duramente 😉


Rebelde puso los brazos en jarra y miró la montaña que tenía delante. No iba a ser fácil superar todos los obstáculos que le esperaban antes de poder llegar hasta la casa de la bruja, pero eso no la acobardó: estaba segura de que lo conseguiría.

Se quitó la diadema real, de oro y diamantes, la guardó en la mochila y se hizo una coleta. Dio unos golpes en el suelo, sintiendo las fuertes botas. Estaban algo viejas, pero le habían acompañado a tantas aventuras que le daba pena cambiarlas por unas nuevas. Se alisó el vestido de princesa que esa misma mañana la habían planchado y que sabía que terminaría arrugado, sucio y roto. Ya podía escuchar los gritos de su madre la Reina cuando entrara al castillo de esa guisa. Se acomodó la chupa de cuero mágica que le había regalado Merlín, el mago del reino, para protegerla de los golpes, como si fuera una armadura de acero. Y finalmente se colocó las gafas de sol en forma de estrella.

Antes de partir acarició el cuello de Veloz, su yegua, y le susurró que comiera algo de pasto y que se portase bien. Tenía la misma facilidad en meterse en problemas que ella.

El sendero la llevó hasta el primer obstáculo. Se trataba de una subida muy empinada, repleta de grandes rocas. Empezó a trepar, apoyando las manos en aquellos lugares que le parecían mas seguros, pero resbaló y cayó.

Ya se había manchado el vestido.

Se sacudió la tierra y volvió a intentarlo, una y otra vez, sin ser capaz nunca de superar la mitad del trayecto. ¿Cómo sería posible subir? Se sentó en una gran roca a pensar, llevándose la mano al mentón y arrugando la frente. Ella era una excelente trepadora, entrenada por los mejores exploradores del reino, así que no era posible que no pudiese escalar aquella rampa. Estaba segura de que había alguna trampa mágica que hacía que resbalase una y otra vez, y estaba dispuesta a encontrarla.

Se levantó de un salto y recorrió el lugar, observando con ojos bien abiertos. De repente, un destello fugaz llamó su atención. Se acercó al lugar donde lo había visto y descubrió, semi enterrada en la tierra y camuflada por hojas y piedras, una cadena. La levantó con cuidado, alerta por si se trataba de una trampa. La cadena fue saliendo poco a poco de entre la tierra, y Rebelde pudo ver cómo subía por la pendiente.

La princesa sonrió. Cogió la cadena con ambas manos, la colocó entre las piernas y comenzó a subir, estirando con los brazos y avanzando con las piernas. Cuando llegó a la zona por la que siempre caía pudo comprobar que sus botas estaban estables y que, ayudada por la cadena, era como si caminara por el suelo.

Cuando llegó arriba del todo le dolían las manos y los brazos, pero lo había conseguido. Desde la altura disfrutó de la vista mientras descansaban sus extremidades. La suave brisa agitaba suavemente los cabellos castaños que habían escapado de la sujeción de la coleta, algo que le pasaba a menudo. Respiró profundamente, cerrando los ojos y dejando que el aire limpio se llevara su cansancio. Ya era hora de continuar.

El sendero la llevó hasta un barranco. Desde el fondo del barranco crecían unos árboles largos y delgados, que habían tejido entre sí una maraña de lianas. Desde donde estaba, Rebelde podía ver con dificultad el otro lado, allí donde el camino continuaba de nuevo. Estudiando de nuevo el terreno, estiró de una de las lianas: parecía resistente, así que dejó caer todo su peso, tirando hacia abajo. La liana crujió, pero aguantó.

Rebelde se guardó las gafas en el bolsillo interior de su chupa de cuero. No las iba a necesitar.

Inició el camino, de liana en liana, apoyando las botas en aquellas que eran horizontales o en los nudos que habían formado unas con otras y fue avanzando con cautela. Un paso en falso haría que cayese decenas de metros.

Algo se movió a su alrededor. Miró en la dirección del movimiento pero no vio nada, así que siguió su camino.

Algo volvió a moverse, pero no estaba segura de qué. Lo había visto por el rabillo del ojo, así que se concentró más en buscar el origen del movimiento que en avanzar segura. Y a punto estuvo de caer.

Cuando se estaba recuperando del susto, fue cuando una de las lianas se dirigió hacia ella para atraparla. Rebelde, ágil como era, logró esquivarla, y comenzó un rápido viaje por lo que le quedaba de recorrido hasta el otro lado. Las lianas iban moviéndose de un lado a otro, y algunas se lanzaban hacia ella para atraparla. A duras penas conseguía esquivarlas. Una de ellas le atrapó la falda del vestido y se desgarró.

Llegando al final, justo antes de alcanzar el otro extremo del barranco, una liana se enrolló en su pie. Ella saltó y se agarró a una roca del camino, pero la liana tiraba con fuerza. De un fuerte tirón, Rebelde consiguió soltarse de la liana, quedándose sentada y jadeando, y vio que en su pie solo veía el calcetín. La liana se estaba llevando su bota, su magnífica bota de aventuras.

Rebelde se puso en pie, arrugando el morro y la nariz, y respiró con fuerza, enfurecida y con los brazos estirados a los costados.

—¡Eso sí que no!

El grito fue como el estallido de un volcán, como el trueno de una noche de tormenta.

Se lanzó directa por donde había venido para recuperar la bota. Nadie le robaba nada a la princesa Rebelde, y menos una de sus botas preferidas.

Saltó y trepó, de liana en liana, haciendo frente a todas las que se ponían en su camino, estrujándolas o mordiéndolas, haciendo nudos entre ellas o estirando hasta romperlas. Cuando Rebelde se ponía furiosa, su fuerza se multiplicaba.

Finalmente logró alcanzar a la liana ladrona y a aferró con fuerza.

—O me devuelves la bota, o te hago picadillo —amenazó con la furia dibujada en su rostro.

La liana, intimidada por la suerte que habían corrido sus compañeras, soltó la bota con suavidad. Rebelde la atrapó, y colocándosela en la boca para tener las manos libres, volvió por donde había venido. Ninguna liana más se le acercó.

Una vez en tierra firme, le dio un abrazo y un beso a la bota, y se calzó de nuevo. Miró el desgarro en su vestido, desde la cintura hasta el volante, partiendo en dos mitades la falda.

—Ahora sí que le he hecho buena —dijo mientras tomaba los dos extremos rasgados—. Espero poder cambiarme de ropa antes de que me vea alguien o me la voy a cargar.

Soltando un suspiro se puso en marcha de nuevo. No sabía qué otros obstáculos encontraría antes de llegar a la casa de la bruja, pero estaba seguro de que no conseguirían pararla.

Estuvo subiendo por la montaña durante un rato hasta que, después de un recodo en el camino que bordeaba una gran roca, llegó hasta una enorme grieta que partía en dos la montaña. Para pode cruzar debía atravesar un puente de tablas de madera y cuerdas, largo y delgado como el cuerpo de su hermana, que permanecía inmóvil sobre un manto de niebla. Al otro lado se veía, sobre una gran roca y asomando sobre el abismo, una casa de madera que exhalaba un fino hilo de humo por una diminuta chimenea.

Rebelde se acercó al puente y probó su estabilidad. Estaba segura de que si hubiese tenido vértigo no podría haber pasado por allí, pero no era su caso. Sus miedos no iban en esa dirección.

Paso a paso, poco a poco, fue avanzando por el puente, que se mecía con suavidad. A medida que avanzaba el puente se movía más, de un lado a otro, y parecía que se fuese a caer de un momento a otro. Rebelde tragó saliva y respiró profundamente, tratando de calmarse. Aunque no le preocupaba caer, la retrasaría mucho.

Poco a poco el viento fue aumentando su fuerza, hasta convertirse en un vendaval. Sin duda la bruja había encantado el aire de ese lugar para impedir que llegasen a su cabaña.

El puente se tambaleaba furioso por las acometidas del viento, pero Rebelde seguía avanzando, poco a poco, paso a paso, con las manos bien aferradas a la barandilla de cuerda. El pelo se agitaba de un lado a otro, golpeando su cara y la falda del vestido se le levantó de repente, dejando todo a la vista. Si Rebelde hubiese sido una princesa normal, automáticamente se hubiese bajado la falda, avergonzada de que se le viesen las bragas, lo que habría hecho de dejase de agarrarse a la barandilla y abría caído por el abismo. Pero ella era una chica lista y se había acostumbrado a llevar unas mallas cortas bajo la falda. Aunque los príncipes jugaran a subirle la falda a las chicas, con ella no habrían conseguido nada.

Finalmente llegó al otro lado, con el pelo alborotado y enredado a causa del viento. Casi se puso a llorar solo de pensar en el dolor de los tirones que sufriría para desenredarlo.

Rebelde puso los brazos en jarra y observó con detenimiento a su alrededor. En torno a la cabaña de la bruja el suelo estaba seco, agrietado, y un único árbol movía sus desnudas ramas como un esqueleto agitaría su mano hacia el cielo. Por lo demás, todo parecía tranquilo.

La princesa se acercó despacio, alerta, esperando que una nueva trampa apareciera en cualquier momento. Para su sorpresa, logró llegar hasta la puerta sin ningún contratiempo más.

Con sumo cuidado, se echó a un lado y con la mano abrió lentamente la puerta de la cabaña, que emitió un quejumbroso chillido suplicando aceite. El interior estaba oscuro, solo iluminado por una ventana que daba al acantilado, y ahora por la luz que entraba por la puerta abierta. Poco a poco los ojos de Rebelde se acostumbraron a la negrura y pudo distinguir con más claridad el interior. Había hierbas secas colgadas de las paredes que desprendían fuertes olores, un hogar con un caldero negro al fuego, mesitas repletas de tarros con lagartijas, murciélagos, ciempiés y todos los bichos que una pueda imaginarse. Iba a ser difícil encontrar la poción entre tantas cosas… O no. Porque en una mesita, pegada a la pared, había un frasco oscuro con una etiqueta roja que decía: poción para convertirse en príncipe.

Rebelde sonrió. Frustraría los planes de la bruja de convertirse en un príncipe y acudir a la fiesta real. Nadie iba a estropear la fiesta que habían preparado para su hermanita. Así que, haciendo sonar sus nudillos, se preparó para lo que esperaba allí dentro.

De un brinco traspasó el umbral y en cuanto tocó el suelo rodó hacia adelante, justo a tiempo de evitar tres flechas que se clavaron allí donde hacía unos segundos había estado ella. Se lanzó a un lado, evitando una llamarada surgida de la pared y avanzó en zig-zag, evitando una cuchillas que salían del suelo intentando cortarle los pies.

Finalmente llegó hasta la mesita con la poción.

—Pan comido —dijo apartándose un mechón de la cara.

Miró a su alrededor y también al techo. Estaba segura de que quedaba una última trampa, y también estaba segura de que sabía cual era. Arrimó una de las mesas, haciendo tintinear los tarros de cristal, hasta acercarla allí donde estaba la poción. Sabía lo que ocurriría en cuanto cogiese el frasco. Así que una vez lo retiró, una inmensa jaula de hierro cayó del techo y se estampó contra la mesa, permitiendo así que Rebelde pudiese salir por debajo de ella sin quedar atrapada. Pero lo peor estaba por llegar, ya que tres nubes de humo gris giraban en espiral delante de ella, de las que surgieron tres tigres negros, de ojos rojos como rubíes. Rebelde retrocedió unos pasos, asustada ante las bestias que habían aparecido de la nada bloqueando su salida. Eran demasiado para ella.

Así que, tras un rápido vistazo, se dirigió hasta la ventana que daba al abismo. Los tigres rugieron, seguros de tener acorralada a su presa, avanzando lentamente hacia ella. Rebelde miró hacia abajo, donde solo se veían las nubes y decidió que había llegado el momento de usar su poder especial, aunque después quedara agotada. Se quitó la chaqueta de cuero, introdujo la poción en uno de los bolsillos especiales de su vestido y se puso sus gafas de sol de estrellas.

—Adiós, gatitos, otro día vendré a jugar con vosotros.

Y justo antes de que los tigres negros se abalanzaran sobre ella, se dejó caer al vacío.

—¡Partum angelus alas! —gritó Rebelde.

Y entonces, de su espalda, aparecieron unas alas mágicas, de plumas blancas y fuertes, que permitieron a Rebelde planear y atravesar las nubes, sintiendo el viento de la libertad acariciando su cuerpo. Era la sensación más maravillosa que conocía, poder volar como los pegasos.

Cuando atravesó las nubes vio las montañas, los valles repletos de bosques verdes, el Gran Río a lo lejos y el castillo de sus padres. Dirigió su vuelo hasta el pequeño bosque a la falda de la montaña donde había dejado a Veloz, a la que ya podía ver, pastando tranquilamente. Debía darse prisa en llegar, puesto que las alas no tardarían en desaparecer. Su madre le había dicho que su poder único se prolongaría cada vez más conforme fuese cumpliendo años, así que Rebelde tenía muchas ganas de ser mayor.

Veloz piafó asustada cuando la princesa tomó tierra. Se raspó las manos y las rodillas, acordándose que debía de practicar más los aterrizajes.

—Bueno, chica, hora de irse a casa —le dijo a su yegua agitando la poción—. En cuanto lleguemos al castillo le daré este frasco a Merlín para que lo estudie, así podremos detectar a la bruja en caso de que volviese a fabricar otra.

Veloz pateó el suelo y agitó sus crines. Estaba contenta de poder volver a casa.

Y así, la princesa Rebelde y su yegua Veloz volvieron al castillo, habiendo frustrado, una vez más, los planes de la malvada bruja.

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