Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

El Rey y la Reina

El rey estaba nervioso, excitado, y se le notaba claramente: tenía la risa fácil y todo le parecía gracioso. Hoy era el día en que volvería a conquistar el corazón de la reina, un tanto ausente y distante desde hacía un tiempo. La relación entre ambos se había ido enfriando sin saber él muy bien por qué. Solo sabía que de un tiempo para aquí, todo lo que hacía estaba mal, nada le parecía bien a su reina. No sabía la causa ni cómo había ocurrido, pero estaba dispuesto a enderezar las cosas, a arreglar lo que fuese que estaba torcido.
Miró de reojo a la reina, que tenía su vista perdida en el paisaje, y se imaginó cómo se le iluminaría la cara al ver su regalo.
—Enseguida llegamos —dijo con una sonrisa exagerada.
La reina apenas reaccionó, dedicándole una breve mirada.
El rey se imaginó cómo se le iluminaría la cara al verlo, igual que le había pasado a él, y se emocionaría al ver la majestuosidad de la construcción. «No me lo puedo creer. ¿Cómo has podido…?» le diría toda emocionada. Solo de pensarlo su sonrisa se ensanchó todavía más y agitó en su asiento, incapaz de aguantar la emoción.
Cuando llegaron, uno de los siervos les abrió la puerta del carruaje y se plantaron frente a un castillo completamente nuevo.
—Cariño, te he hecho un castillo —dijo lleno de orgullo y con el rostro iluminado. Pero el alma se la cayó a los pies cuando vio el rictus de la reina.
—¿Un castillo? —Miró la construcción de arriba a abajo—. No tiene foso.
El perplejo rey no salía de su asombro.
—¿Cómo? Cariño, te he hecho un castillo, para tí.
—Ya, pero me has hecho un castillo sin foso. ¿Dónde se ha visto un castillo sin foso?
—Vamos a ver —dijo el rey cambiando el tono de voz. Se llevó las manos a la cabeza y se pasó los dedos por su cabello—. Te he hecho un castillo, con su barbacana (fíjate en los relieves de la arquivolta), sus almenas, su torre del homenaje, un rastrillo que ya querrían muchos…
—Ya, pero sin foso.
—¿Y se puede saber por qué te fijas solo en lo único que no tiene?
—Yo no me fijo, salta a la vista. Es evidente. Otra cosa es que tú no lo veas. Se te ha olvidado hacerle el foso y ahora intentas taparlo con lo que sí tiene el castillo. Si no tuviese murallas, ¿verdad que sería evidente?
El rey sacudió la cabeza, intentando que su furia no brotase incontrolada. Con la mirada fija en su reina y los dientes apretados, le espetó:
—Da igual lo que haga, para ti siempre está mal.
Y se dio la vuelta en dirección al carruaje.


 

La reina seguía triste y apenada, pero sabía disimularlo bien. Había acompañado al rey, que le había insistido mucho, a pesar de no tener ningunas ganas de ello. Se había acostumbrado a pasar mucho tiempo sola y los pocos momentos que estaba con él eran para cosas suyas. ¿A saber qué había preparado?¿Algún torneo de justas?¿Una jornada de caza?
Miró por el rabillo del ojo y vio que la estaba observando con una sonrisa estúpida. Miedo le daba. No, miedo no, era algo más cercano a repulsión.
—Enseguida llegamos —dijo el rey con una sonrisa que enseñaba demasiados los dientes.
La reina le dedicó una breve mirada. Cada vez tenía menos ganas de estar allí. Desde hacía tiempo el rey solo se dedicaba a sus cosas y además, todos debían estar tan felices y contentos como él, incluida ella. Se le hizo un nudo en el estómago solo de pensar qué sería esta vez. Presentía un nuevo enfrentamiento y eso le producía nervios en el estómago. Desde que había dejado de ser complaciente y expresado su disgusto todo se había complicado más.
Cuando llegaron, uno de los siervos les abrió la puerta del carruaje y se plantaron frente a un castillo completamente nuevo.
—Cariño, te he hecho un castillo —dijo el rey como si fuese lo más maravilloso del mundo.
La reina no pudo disimular su disgusto. Otro castillo. ¿Para qué quería ella otro castillo? ¿Acaso era tan difícil tener pequeños detalles en el día a día, algo de dedicación o realizar actividades juntos?
—¿Un castillo? —dijo decepcionada—. No tiene foso.
Aunque su intención fue decirlo como una observación, su tono resultó ser bastante seco.
—¿Cómo? Cariño, te he hecho un castillo, para ti.
—Ya, pero me has hecho un castillo sin foso. ¿Dónde se ha visto un castillo sin foso? —preguntó la reina, que cruzó los brazos sobre el pecho y cambió el peso del cuerpo sobre la otra pierna.
—Vamos a ver —dijo el rey cambiando el tono de voz. Se llevó las manos a la cabeza y se pasó los dedos por su cabello, un gesto que se estaba volviendo bastante común cuando estaban juntos—. Te he hecho un castillo, con su barbacana (fíjate en los relieves de la arquivolta), sus almenas, su torre del homenaje, un rastrillo que ya querrían muchos…
—Ya, pero sin foso.
—¿Y se puede saber por qué te fijas solo en lo único que no tiene?
—Yo no me fijo, salta a la vista. Es evidente. Otra cosa es que tú no lo veas. Se te ha olvidado hacerle el foso y ahora intentas taparlo con lo que sí tiene el castillo. Si no tuviese murallas, ¿verdad que sería evidente?
La reina vio cómo su marido le dedicaba una mirada heladora y decía entre dientes:
—Da igual lo que haga, para tí siempre está mal.
Fue a contestarle, pero se dio la vuelta y se dirigió al carruaje, quedándose con la palabra en la boca.
—No está mal, sencillamente no es lo que necesito —murmuró en voz baja, haciendo un esfuerzo para que las lágrimas no brotaran—. ¿Por qué, sumo cabezón, no te molestas mínimamente en averiguarlo?
Y con un malestar general al que no se acostumbraba, volvió a la carroza.

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3 pensamientos en “El Rey y la Reina

  1. santamayte en dijo:

    Muy bien relatado el muro de incomprensión que existe entre los dos personajes o debiera decir “foso”.

  2. mundodisco en dijo:

    Los pequeños detalles del día a día más importantes que los grandes gestos. Lo primero requiere un esfuerzo constante, lo segundo puntual. Bravo, buen relato.

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