Un café con Leire

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La vida de Ku

Esta es la historia de Ku, un pastor pacífico pero de paciencia limitada, que pasaba sus días cuidando de su preciado rebaño de ovejas. A pesar de parecer más un bloque de granito que un hombre dedicado al pastoreo, Ku era uno de los más diligentes y vocacionales pastores de todo el este de las Montañas del Carnero, y conocía a todas y cada una de sus ovejas. Ninguna tenía nombre, pero todas poseían identidad.
Ku era conocido en el pueblo de Atomarviento y los alrededores por ser el ganador de todos y cada uno de los concursos de lanzamientos de rocas, partición de piedras con la cabeza y derribado de árboles ancestrales que se sucedían verano tras verano por toda la zona. Y es que su apariencia engañaba. No era especialmente alto ni poseía la musculatura de Fragis el Héroe, pero era recio como un tronco de Palo-hierro. Cara ancha, nariz grande y gruesos labios. Tenía unas cejas negras y espesas, que habían crecido acercándose la una a la otra hasta formar una sola unidad. Durante su juventud gozó de una abundante mata de pelo negro ingobernable, pero a sus treinta y pocos años, gran parte de ese pelo se había ido retirando a otras zonas de su cuerpo.
Esta historia comienza en una de esas frescas y soleadas mañanas de primavera. Se levantó como cada mañana, pero con una extraña sensación en el cuerpo. Se miró los bajos, por si había tenido algún tipo de desliz nocturno, pero lo encontró todo igual que antes de acostarse. ¿Se le habría olvidado algo importante? Tras unos segundos más tirados a la basura pensando qué podía ser, se levantó y empezó su rutina diaria. Se vistió, afeitó, desayunó leche de oveja y pan con longanizas secas, huevos, y un chupito de anís. Fue al establo, y al abrir la puerta, se quedó plantado, rascándose la barbilla. Eso era lo que iba mal. No había ni una sola de sus ovejas. Hizo un repaso mental de lo que hizo el día anterior, poniendo especial hincapié en la parte en que recogía a sus ovejas y entraban todas en el establo. Pero esa parte de los recuerdos no correspondían con lo que ahora encontró. Entró dentro, captando los olores mezclados de cada una de ellas, difuminados en el ambiente. Olores demasiado suaves como para que por alguna razón desconocida se hubiesen vuelto invisibles.
No estaban.
Ku gruñó, arrugó la frente y frunció los labios. ¿Alguien le había robado las ovejas? Aunque cabían más explicaciones, y más en un mundo como Mundo Disco, aquella le pareció la más plausible. Sin mudar ni un ápice su rostro, fue a por su zurrón y su bastón y emprendió el viaje hacia la villa de Atomarviento. Tal vez allí supieran algo del inconsciente o inconscientes que se habían aventurado a tan suicida proeza.

A buen paso Ku llegó hasta la villa en un santiamén. Estaban todos nerviosos y agitados, y hablaban unos con otros haciendo aspavientos y llevándose las manos a la cabeza. Ku fue directo a la herrería tras saludar con la cabeza a todo aquel con el que se cruzaba y cuando llegó, vio que Eme, el herrero, daba unas explicaciones a Te, la mujer del molinero.
—… los huesos, uno por uno, hasta hacerlos pulpa; después tomaré las partes blandas y les aplicaré un hierro al rojo, para que cojan color; y finalmente se lo daré de comer a los cerdos, que aunque no tienen culpa alguna, siempre agradecen algo de carne.
—¿Qué ha ocurrido, Eme? —preguntó Ku todavía con el rostro preocupado.
—¿Que qué ha ocurrido? ¡Yo te diré qué ha ocurrido! Ese Conde de Vizconde mandó a sus soldados a nuestro pueblo para llevarse todo lo que se antojara. Que están en guerra, dicen. Que necesitan todo, dicen. Y que como súbditos suyos que dice que somos, debemos entregarle lo que le plazca. Como agarre al hijo de noble ese…
Te asentía a todo, con la cara compungida y las manos retorciendo el vestido. En un alarde de valentía, añadió:
—No hay derecho.
Ku gruñó. Sus ovejas eran suyas, sin ser de su propiedad. Cada oveja estaba a su cargo, y si alguna decidía marcharse, era libre de hacerlo. Pero aquel no había sido el caso.
—¿A ti te han robado algo, Ku? —preguntó el herrero
El pastor lo miró fijamente a los ojos.
—Han secuestrado a mis ovejas —sentenció.
Eme dio un paso atrás. Conocía esa mirada. La había visto antes en los concursos veraniegos de pulverizar rocas con los puños.
Y, con un movimiento de cabeza, Ku se despidió de Eme y Te, y enfiló el camino que llevaba hasta el castillo del Conde de Vizconde.
Si alguno se pregunta por los nombres de los habitantes de la villa de Atomarviento, le diré que fue debido, como suele ocurrir en estos casos, a una disputa entre familias. Hace unas cuantas generaciones, hubo dos familias enfrentadas. Ambas querían ponerle a su hija Segismunda, un nombre de alta alcurnia, aún sabiendo que estaba prohibido repetir un nombre. Imagínense qué confusión que dos personas se llamen igual. El caso es que para resolver la disputa el alguacil dirimió que a partir de aquel entonces, a cada nuevo nacimiento se le asignaría una letra del alfabeto. Todos estuvieron de acuerdo con aquella salomónica decisión, y además, se mataban dos pájaros de un tiro: por un lado se eliminaban las disputas por los nombres, y por otro te quitabas un peso de encima al no tener que elegir un nombre, sino que te venía ya asignado. Y todos sabemos que a las personas les encanta que se les exima de responsabilidad alguna. Pero llegó el vigesimoctavo nacimiento y se encontraron con un problema que no habían previsto: cuando tocó de nuevo la A, todavía estaba vivo el A anterior, así que tras muchas discusiones, se aceptó añadir como aclaración «hijo de», «marido o mujer de» o la profesión que desempeñara. Y todos quedaron contentos.

No había transcurrido todavía media hora cuando Ku se encontró con un grupo de soldados echando unas risas a costa de un tipo extraño. El hombre, vestido con una túnica celeste y repleta de estrellas y lunas, intentaba defenderse sin mucho éxito de las chanzas y empellones a los que era sometido.
Cuando se percataron de la llegada del pastor, dejaron de lado al individuo y rodearon a Ku.
—Vaya, vaya. ¿Qué hace un pastor tan lejos de sus pastos? —preguntó el que parecía el líder, un tipo de sedosos cabellos rubios, ojos grises y barbilla con hoyuelo.
—Busco a mis ovejas. ¿Las habéis visto?
Todos los soldados estallaron en carcajadas. Todos menos uno.
—En estas tierras no hay nada tuyo. Todo es del Conde. Así que puedes volver a tu casa, pastor.
Ku lanzó un gruñido. El único soldado que no se había reído tragó saliva.
—Estoooo, sargento. Disculpe mi intromisión, pero… ¿sabe quién es?
El líder miró de soslayo al soldado y luego a Ku, esbozó una mueca simplona y se colocó el dedo índice entre las cejas, simulando el entrecejo de Ku.
—¿Habéis visto a mis ov…?
El puñetazo en los morros que recibió fue tal que le dejó los dientes como si hubiesen jugado al juego de las sillas. En cuanto el resto de soldados (todos menos uno) empezaron a sacar las armas, el reparto de hostias a mano abierta había empezado. En un periquete, donde antes había un grupo de soldados, quedó un grupo de lisiados. Solo uno se salvó, pues había puesto pies en polvorosa en cuanto el sargento decidió cambiarse la cara por meterse con quien no debía.
Ku se sacudió las manos como el que acaba un trabajo bien hecho y se puso a caminar de nuevo, cuando una voz chillona y molesta le habló desde su espalda.
—¡Oiga! Usted, buen hombre. ¿Se dirige al castillo del Conde?
Ku se dio la vuelta y asintió.
—¿A recuperar a sus ovejas?
Volvió a asentir.
—¿Y podría acompañarle?
Ku se encogió de hombros y dio media vuelta.
—Le acompañaré yo, si no le importa. Mi nombre es Qualinux, aunque tú puedes llamarme Linux. Cualquier viajero agradece siempre la compañía de un mago —el hechicero bajó la vista y arrugó la frente—, aunque ahora ya no pueda ejercer mi profesión.
El pastor lo miró con algo de curiosidad.
—¿Te han quitado la licencia o algo así?
—Oh, no. Mucho peor. Me han robado mi gorro de mago.
Ku volvió la mirada al camino.
—¿Y por qué no utilizas tu magia para recuperarlo?
—¡Porque no puedo! No te das cuenta, un mago necesita su sombrero para poder hacer magia, si no, no es un mago. ¿Dónde se ha visto un mago sin sombrero? No tiene sentido. Hasta que no lo recupere no podré lanzar mi hechizo —terminó por decir apesadumbrado.
—No lo entiendo. Si sabes magia, sabes magia, ¿no?
—¡No! —gritó frustrado—. Un mago sin sombrero no es mago. ¿Acaso un pastor sin ovejas sigue siendo un pastor?
Ku fue a responder, pero se dio cuenta de la profundidad de aquella pregunta. Ahora que no tenía ovejas, ¿seguía siendo un pastor?

Sin mayores contratiempos, a mitad tarde llegaron al castillo. En la barbacana, delante del rastrillo, un par de guardias desfaenados parecían enzarzados en una discusión.
—Cacho, ¿qué decís? Sos un tarambana. Se pone fideo fino, ¿entendés?
—¡Qué dius, nen! Los norteños no sabéis del que parlais. Nunca a la vida se ha puesto fideu fi. No tenéis seny.
—A la final te voy a tener que convencer a zopapos.
—¿Tú y cuántos más, cabut?
—Mirá, pibe… de toda la vida, acá y en Ank-Morpork, la fideuá se hizo con fideo fino. Ponerle macarrones doblados es de salames rompe recetas. Y todavía se creen los inventores de la pasta.
—No me hagas partirme, payaso. El fideo fino es para caldo, aquí y en Ank-Morpork. Se lo puedes preguntar a cualquiera.
—Disculpen —interrumpió Linux—. Nos gustaría una audiencia con el Conde.
—¿No ves que estamos ocupados? Esperá tu turno, ¡mandrake!
Ku lanzó un pequeño gruñido. A pesar de que Qualinux no había estado mucho tiempo a su lado, su intuición de superviviente nato le indicó que era un mal presagio. Así que tomó a su nuevo amigo del hombro y, rodeando a los guardias, pasó por debajo del rastrillo y entraron a un patio de armas bullicioso de actividad.
Soldados que se preparaban para la guerra iban y venían como hormigas mareadas de un lado para otro. Parecía como si ninguno supiese bien qué tenía que hacer, solo que tenían que hacer algo.
Tras varios intentos por parte del mago de captar la atención de alguno de aquellos hombres, Ku lanzó un pequeño gruñido y extendió el brazo cuando uno de ellos pasaba por delante. Lo atrapó de la coraza igual que un malabarista atrapa un de sus palitroques.
—¿Dónde está el Conde?
El soldado, que no estaba muy seguro de lo que ocurría, decidió contestar con la verdad, por si las moscas.
—En la torre del homenaje. Podéis entrar por aquellas puertas —dijo señalando con el dedo.
—Gracias —respondió Ku—. Por cierto, ¿has visto mis ovejas?
El soldado negó con la cabeza y se fue de allí sin saber muy bien cómo se había podido arrugar su coraza de acero bruñido.
Ku y el mago (que ya no lo era) atravesaron la desprotegida doble puerta que daba acceso a la estructura. Su interior, oscuro y fresco, estaba decorado con gran ostentación de alfombras, tapices y cortinas. No pudieron recorrer mucho camino, ya que un cuarteto de guardias con alabardas les dio el alto.
—¿Dónde os creéis que vais, palurdos?
Ku lanzó un pequeño gruñido. Mal empezaban estos.
—Un grupo de soldados del Conde se llevó mis ovejas. He venido a que me las devuelva.
Los cuatro rieron con ganas. Era sin duda lo más divertido que habían oído en todo el día. Uno de ellos le dio un ligero golpe con el codo a otro y le guiñó el ojo.
—Oh, claro, cómo no. Seguro que se ha tratado de una confusión.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Ku. Por fin recuperaría sus ovejas y volvería a ser un pastor.
—Seguramente se las hayan llevado a los establos —dijo uno.
—Oh, no, espera —dijo otro—, a mí me pareció verlas en la taberna. ¿Tenían lana y hacían «beeeee»?
—Sí, yo también las vi —dijo un tercero—, pero acabaron borrachas y se subieron al carromato de las once pensando que las llevarían a casa.
Los cuatro estallaron en carcajadas, mientras que Ku esbozaba una risa inversamente proporcional a la del grupo.
—Estoy empezando a cansarme de esto. O me decís dónde está el Conde o dónde están mis ovejas.
—O si no, ¿qué? —dijo el primero de ellos todavía con la sonrisilla en la cara.
—O si no habrá tormenta.
Los cuatro se miraron sin entender. Linux, con su sexto sentido dándole collejas, dio unos pasos atrás y buscó algún refugio con la mirada, pero no le dio tiempo. La tormenta se había desatado.
Ku le metió una hostia al primero que parecieron tres, y al segundo una galleta a mano abierta que no hubo músico capaz de tocar lo que se puso a bailar. Al tercero, con puño cerrado, le descargó otra en el cráneo que le puso la cabeza una altura en la que podía olerse los huevos. Y al cuarto, que dudaba entre correr o defenderse, recibió tal sopapo que se puso a dar más vueltas que un manco en una barca.
Siempre ha sido un error confundir simple con idiota.
—Veo que tienes un don para dejar inconsciente a tus semejantes. ¿No has pensado en sacarle partido? —preguntó Qualinux.
—No me gusta la violencia —respondió escuetamente. Y dicho aquello, se fijó en los cinco pasillos que se abrían ante él.
—¿Y ahora cuál tomamos?
Ku arrugó la frente de forma que su rostro adquirió una concentración pocas veces vista. Era una pregunta para la que no encontró respuesta. Pero unos quejidos a su espalda le dieron la solución.
Con paso firme se dirigió hacia el único soldado que no había quedado inconsciente y lo tomó de la coraza.
—¿Por dónde encontraré al Conde?
Sin apenas fuerzas, indicó con el dedo uno de los pasillos. Y como hombre precavido vale por dos, decidió llevarse consigo al señalizador del camino. Se lo echó al hombro como un fardo y caminó hacia el pasillo en cuestión.
Tras un sinfín de escaleras, llegaron a un rellano donde más soldados hacían guardia. Al ver a su compañero hecho un guiñapo sobre el hombro de aquel tipo, dedujeron los más obvio.
—¡Nos ataaaaacan!
Y tomando sus lanzas y espadas, se lanzaron sobre Ku sin mediar palabra. Con gran dificultad debido a su inexperiencia como guerrero pero con un talento natural que lo suplía con creces, se fue defendiendo del acero mientras repartía con mano abierta y puño cerrado, con la diestra y la siniestra, desde arriba y desde abajo. Total, que después de la somanta palos que recibieron, se hicieron aficionados al puré. Pero la alarma ya estaba dada y se oían campanas por todas partes.
—Hemos de darnos prisa o se echarán encima de nosotros.
Ku asintió. El soldado que había dejado en el suelo estaba huyendo a cuatro patas, silencioso, cual oruga con calcetines. Lo tomó por el pescuezo y le preguntó por la nueva dirección. Tras la indicación, aligeraron el paso, subiendo de nuevo incontables escalones. Qué manía con construir torres y escalones, pensó Ku.
Llegaron entonces a una amplia sala. A unos pasos de distancia estaba había cuatro soldados tirados en el suelo, y al otro lado, cinco más esperaban ansiosos.
—No tendréis pensado pasar antes de que se seque, ¿verdad? —preguntó una mujer mayor, de cara redonda y sonrisa invertida, que esperaba junto a un cubo y movía su mocho en actitud amenazadora.
Ku miró las losas de la estancia, brillantes y relucientes, luego a los soldados del suelo y posteriormente a la mujer.
—No, desde luego.
—¡Y no quiero veros jugar a las guerras por aquí! Si eso os vais fuera. ¡Y no olvidéis sacudir los zapatos antes de entrar!
—¿Hay alguna forma de rodear esto?
El soldado meneó la cabeza y Ku hundió los hombros. En cambio, Linux olfateó el aire.
—Aquí huele a mentira.
—¡Está bien! Está bien. Se puede rodear por arriba —rectificó el soldado. Con ojos de oriental Ku escrutó el rostro del mentiroso—. Lo juro por todos los huesos de mi cuerpo.
Ku asintió y siguieron el nuevo camino.

—¡Espera! —gritó Linux—. Yo conozco esta puerta. Es aquí donde tienen mi sombrero.
Ku observó la puerta repleta de cuadrados, círculos y triángulos, y extraños símbolos que no entendió. Sí, aquello tenía toda la pinta de una puerta mágica.
—Bien, recupera tu sombrero. Me alegra haberte sido de ayuda.
—Muchas gracias a ti, amigo. En cuanto lo tenga iré a echarte una mano.
Los dos se despidieron y Ku siguió su camino. Ligero como iba, a pesar de llevar cual saco de boñigas al pobre soldado, se plantó ante la sala del trono. Allí, cinco guardias de élite custodiaban al Conde, que se apretujaba en su sillón suponiendo que su archienemigo, el Conde de Trizconde, le estaba atacando. Cuando vio la «amenaza» apenas pudo contener la risa.
—¿Eres tú el Conde? —preguntó Ku.
—Por supuesto. ¿Acaso ves a algún otro con el porte de la nobleza en esta sala?
Ku tomó eso por un sí.
—Quiero que me devuelvas mis ovejas.
—¿Qué?¿De qué está hablando este paleto? —preguntó al aire—. ¿Acaso no sabes que todo me pertenece?
—No eres dueño de nada más que los excrementos que cagas. Devuélveme mis ovejas…
—¿O si no qué?
Ku sacudió la cabeza.
—Definitivamente, has ganado el sorteo.
—¿Uh?
Ku se dirigió con paso decidido y puños apretados hacia el trono. La guardia de élite se abalanzó sobre él con sus aceros en alto y el combate comenzó. La primera ostia fue tal que al soldado se le salieron los recuerdos por las orejas, con lo que días después tuvo que pedir ayuda para recogerlos. Al segundo, con un mamporro recibió dos golpes, uno de la mano abierta y otro de la pared donde se estrelló. Pero entonces recibió varios cortes tanto en brazos como el torso y su furia se redobló. Al tercero consiguió endosarle un derechazo tal que le chocó la nuca con los talones.
Un nuevo corte y la sangre empezó a manar con viveza de la herida.
Al cuarto le encajó un gancho tan brutal que atravesó cada uno de los planos elementales antes de volver al real y estamparse contra la pared, dejando tal marca que hubo que tirarla abajo y construirla de nuevo. Y el quinto, que vio el panorama, decidió convertirse en pescador y corrió sin parar hasta encontrar el mar.
Jadeante, Ku marchó hacia un arrugado Conde.
—Está bien, está bien. Te daré tus ovejas. Pero tienes que jurarme que te irás y no volverás.
Ku relajó los hombros y abrió las manos.
—De acuerdo.
El Conde dejó escapar todo el aire de sus pulmones en un alivio sin precedentes.
—Bien, es por aquí —dijo, mientras una malévola sonrisa conquistaba su rostro—. Te sigo.
Y cuando Ku se dirigió al lugar donde le indicaba, notó un fuerte dolor en el estómago. Al mirar, vio la punta de un puñal sobresaliendo de él. ¿Cómo demonios llegó aquello allí?
El Conde lo había atravesado por la espalda, de forma vil y ruin, poco sutil y sibilina, abyecta y subrepticia. Vamos, lo normal en un noble.
Ku, mareado y sin fuerzas en las piernas, cayó de rodillas y luego de bruces. La oscuridad se cernió sobre él.

Ku se levantó del suelo. Todo el dolor se le había ido. Vio como Qualinux, con un extravagante sombrero picudo, aparecía por la puerta y lanzaba su magia. El Conde, creyendo que sería capaz de anular el conjuro con la palma de su mano, la extendió en dirección al mago. Cuando se vio convertido en un sapo comprendió que no había detenido el hechizo.
Ku empezó a sentirse extrañamente liviano. Vio cómo el mago se acercaba a su cuerpo tendido y soltaba unas lágrimas. No entendía nada. ¿Cómo podía estar en dos lugares a la vez?
—BUENAS —dijo alguien a su espalda.
Ku se giró dispuesto a usar sus puños.
—Solo lo preguntaré una vez. ¿Dónde están mis ovejas?
—OH, NO TE PREOCUPES, YO SE DONDE ESTÁN —dijo la muerte.
—Más te vale no engañarme, porque con el día que llevo puedo darte de hostias hasta borrarte esa sonrisa.
—JEJE, TIENE GRACIA. PERO NO, NO TE ENGAÑO. TE LLEVARÉ JUNTO A TUS OVEJAS, AUNQUE MUCHAS DE ELLAS HACE TIEMPO QUE NO LAS VES. CREO QUE ESTARÁN CONTENTAS DE VERTE.
—¿Sí? Pues me alegro, porque empezaba a cansarme tanta violencia.
—TE ENTIENDO. AUNQUE ALGUNOS VIVIMOS TAMBIÉN DE ESO —le puso la mano sobre el hombro y, a pesar de la siniestra apariencia de aquella figura de túnica negra y manos huesudas, Ku sintió mucha paz—. ACOMPÁÑAME. IREMOS A ESE PRADO TUYO PARA QUE TE REÚNAS CON ELLAS.
Ku miró a cuencas vacías de su acompañante y dijo:
—Gracias.
Y, mientras se desvanecía, Ku se reunió con las ovejas que habían dejado el mundo de los vivos en uno u otro momento.

 


Para quien no lo conozca, Terry Pratchett es un genial escritor de novelas de Fantasía Medieval donde la parodia, el humor y lo absurdo se juntan para sacarte risas, sonrisas y carcajadas. Recomendable para todos los públicos, y aunque hecha bastante mano del humor inglés, es muy universal. Tiene citas realmente gloriosas, que podéis consultar en este enlace.

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4 pensamientos en “La vida de Ku

  1. santamayte en dijo:

    Me he reido mucho,tu pastor es entrañable e inocente….aunque dé tortas como panes.

  2. Hay del mundodisco. Aquel mundo y espejo de mundos que con humor y chistes inteligentes nos recuerda las tragedias de nuestra existencia.
    Muy buen relato.

    • Sí, todo un genio, desde mi punto de vista. Lograr esa combinación de realidad disfrazada de ficción con grandes dosis de humor, para mí lo convierten en único.
      Muchas gracias por dejarme tu comentario, siempre se agradecen. Y por lo de “muy buen relato” 😉
      Nos leemos.

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