Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

La perla de los vientos

Tras un par de meses sin escribir nada decente, os traigo un nuevo experimento. Se trata de un relato creado para el reto mensual de fantasiaepica.com y que en esta ocasión partía bajo la premisa de Fantasía Marítima. Tras empezar dos relatos que no me gustaron nada, al fin el tercero vio la luz. No es de lejos de los mejores, pero ante la falta de inspiración y la limitación del número de palabras de estos retos, creo que al menos sí me ha quedado entretenido. Puede que durante la narración haya algunas cosas que os choquen, y se debe a que se trata de una ucronía con tintes de fantasía. Ya me decís.

Perla de los vientos

LA PERLA DE LOS VIENTOS

La puerta de la taberna se abrió dejando salir el humo y las risas cuando Merrel entró. Tan solo un par de rufianes se percataron de su entrada que, tras unos instantes de valoración, volvieron a su conversación. El humo le rascó la garganta, y aunque hizo un esfuerzo por no toser, no pudo aguantar y carraspeó con brusquedad intentando aliviar el picor.
—¡Vino! —gritó al tabernero una vez llegó a la barra.
Cuando éste terminó de servir una bandeja de toscas copas de madera, se acercó y evaluó al joven forastero: rostro moreno y pelo negro enmarañado, con facciones angulosas y nariz prominente, parecía una mezcolanza de razas, dedujo el tabernero. Sus ropas, aunque de clase baja, no parecían demasiado desgastadas.
—Busco al viejo lobo —dijo Merrel en voz baja acercando el rostro a distancia de un palmo.
El tabernero entornó los ojos y, tras unos instantes, señaló con un gesto de cabeza un rincón donde un anciano contaba una historia a un grupo de parroquianos.
Merrel cruzó la taberna con dificultad y se colocó cerca del hombre para poder escuchar lo que decía.
—… sin que nadie supiese de dónde había venido, La Luna Roja estaba en la popa del grupo, cosiéndolos a cañonazos, dejando solo a flote la coca que transportaba aquel inmenso tesoro.
»Son muchas las historias que hablan de la gran habilidad del Capitán Vargas, pero en demasiadas ocasiones el viento jugaba a su favor. Cuando yo no era más que un niño, escuché a unos de los miembros de su tripulación desvelar el secreto. Vargas poseía el mayor tesoro del caribe, una perla con la que controlaba el viento, creada por tritones y sirenas, y arrebatada de sus dominios por los primeros piratas que navegaron por estos mares.
—Bah, eso son cuentos de niños. Esas perlas no existen, nadie ha encontrado ninguna jamás —comentó uno de los oyentes.
—Maldito ignorante, ¿qué sabrás tú? Naciste en un barril de cerveza y el alcohol te ha vuelto un estúpido.
Las risas se sucedieron y los oyentes se fueron dispersando. El viejo, relamiéndose los labios, miró con ojos pequeños las copas de todos los que estaban a su alrededor, pero ninguno pagó por haber escuchado la historia. Cuando se quedaron solos, Merrel se acercó y le ofreció la copa que hombre apuró de un solo trago.
—Vaya, vino —comentó contento—, te debe de haber gustado mucho la historia.
—Siempre me han atraído los relatos del capitán Dulain.
—Hay piratas más y menos infames que él —dijo el anciano, mientras empinaba el codo de nuevo, saboreando la última gota que se deslizaba indecisa hasta el agujero pestilente que era su boca—. ¿Acaso ese interés es porque violó a tu madre y tú eres su bastardo? ¿Asesinó a tu padre y quieres venganza? ¿O acaso crees que si te enrolas en su tripulación compartirá sus tesoros contigo?
Merrel notó cómo su estómago se revolvía un poco más. Aquel anciano lo ponía más nervioso de lo que estaba y no tenía especial interés en desvelar por qué quería enrolarse.
—Eso último —respondió.
La carcajada cascada hizo que varios de los bucaneros de los alrededores se giraran por ver qué era aquello tan gracioso, pero volvieron a lo suyo cuando comprobaron que solo era el viejo loco.
—Ah, el capitán Dulain ya dispone de muchos agujeros donde meter su colita. ¿Por qué crees que el tuyo es mejor?
—Bueno, soy un excelente espadachín. He trabajado varios años en un navío de guerra y domino una treintena de nudos.
—Bah, nada de lo que no disponga ya. Pero tanto hablar me está dejando la garganta seca. Estoy algo mayor y debo cuidar mi salud —dijo mientras se volvía a relamer los labios sin apartar los ojos de la copa.
Merrel suspiró y se dirigió de nuevo a la barra, rellenó el vaso y pagó lo que debía. En cuanto volvió, el anciano tomó la copa con la delicadeza con la que una madre toma a su bebé y con pequeños sorbos muy seguidos se hizo con la mitad del contenido.
—Puedes ir a la Cueva del Dragut, allí podrás encontrarlo si está en tierra.
Merrel meneó la cabeza.
—Ya he estado, pero no me han dejado pasar mucho más allá de la entrada. Necesitaría ir con alguien que le conociese.
La carcajada cascada volvió a brotar de su boca como la risa de un cuervo.
—Lo siento, chico, tendrás que buscarte a otro.
Merrel apretó los dientes. Se acercó al pestilente anciano y le dijo al oído.
—Tengo la parte del mapa que le falta al capitán Dulain.
Los ojos del viejo lobo se abrieron como si hubiese visto a una joven moza abierta de piernas. Luego recuperó la compostura.
—Muéstramelo —dijo el anciano con un hilillo de voz.
Sin estar muy seguro todavía, le mostró el contenido de un tubo de cuero, mientras la sonrisa del viejo se ensanchaba y sus ojos brillaban con luz propia.
—¡Vamos! —dijo tomándolo del brazo.
Y juntos, abandonaron la taberna para ir a la Cueva del Dragut.

***

El humo y los olores estaban mucho más concentrados en aquella caverna que en la taberna de la que venían. Aprovechando el agujero horadado en la roca, hace casi cincuenta años algunos contrabandistas aprovecharon el lugar como almacén, hasta que poco tiempo después le añadieron una lucrativa funcionalidad: el alcohol. La cueva del Dragut se había convertido en la taberna favorita de bandidos, piratas, asesinos y rufianes, lo que hacía que no salieran todos los que entraban.
Merrel podía sentir las sonrisas de los habituales como las uñas de una bruja sobre la piel. No eran dolorosas pero sí molestas.
Siguiendo al viejo lobo, sorteó una serie de matones colocados a modo de controles, y se internaron en un oscuro pasillo lateral del que salían las amortiguadas risas y gritos de un grupo de hombres. Instantes después estaba ante la tripulación de «La Sirena Negra», el bergantín del capitán Dulain.
Sorteando peleas, jarras y hombres, el anciano llevó a Merrel hasta una mesa en la que un hombre que ya había sobrepasado el ecuador de su vida estaba repantingado en un sillón tras una gran mesa cubierta de carnes y jarras de vino. Su cabello, negro y rizado, estaba pegado a la cabeza debido a la grasa y el vino, y sus ojos, negros como el tizón, seguían desprendiendo un brillo vivaz a pesar de la evidente borrachera. Una fea cicatriz en los labios hacía que pareciese triste.
—Ohhh, sí… ¿Qué me traes, viejo? —preguntó Dulain.
A su lado, una figura robusta, de cabeza afeitada y varios aros en las orejas había dejado de mordisquear un muslo de faisán y lo miraba fijamente.
El anciano tiró de Merrel hasta colocarlo delante suya.
—El chico quiere navegar contigo y que compartas con él tus tesoros.
Las carcajadas estallaron por los alrededores. El capitán entrecerraba los ojos de forma acompasada y sonrió, mostrando unos dientes blancos como el marfil.
—¿Y por qué debería tomar como grumete a semejante sardinilla?
Merrel tensó el cuerpo y respondió antes de que el viejo lo hiciese por él.
—Estuve trabajando en el Español Errante.
El griterío del alrededor cesó y el muchacho captó la atención de todos. El capitán, por su parte, dio unos golpecitos a algo que tenía entre las piernas bajo la mesa y murmuró algo, tras lo cual una mujer salió y desapareció por el pasillo.
—¿Y eso cuándo fue, muchacho?
Merrel tragó saliva. Aquello no era lo que habían planeado, pero le había salido así.
—Hace unos meses lo dejé. Conseguí algo que estoy seguro que me valdrá para entrar a formar parte de tu tripulación.
El capitán Dulain se levantó de la silla y se acercó lentamente, todavía con su polla tiesa como un mástil fuera de los pantalones, rodeando la mesa. Al mismo tiempo, el calvo había dejado de comer y lo miraba con la mandíbula apretada y los ojos muy abiertos.
—¿Ah, si? ¿Y por qué crees que puede interesarme algo que tuviese ese desecho que mal gobierna el Español Errante?
Con manos temblorosas extrajo el tubo donde tenía guardado el trozo de mapa. Lo abrió y se lo mostró al pirata.
Aquella sonrisa mostrando todos los dientes era todavía más brillante al contraste con su sucia y morena piel. Con una indicación de cabeza, varios piratas se lanzaron sobre el chico y lo inmovilizaron. El capitán le arrebató con facilidad el trozo faltante. Lo observó detenidamente y una risilla se escapó de entre sus dientes.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó uno de los piratas.
—Lo que queráis —respondió algo ausente el capitán.
—¡Capitán! —espetó el lugarteniente, el hombre de cabeza afeitada y aros en las orejas—. Tal vez sepa más cosas.
Merrel forcejeaba, y tras escuchar aquellas palabras, se tranquilizó y utilizó sus energías para pensar en algo.
—Me necesitáis —añadió desesperado el muchacho—. Hay una serie de pruebas y peligros que pueden acabar con aquellos que se adentren en aquel lugar.
El capitán se había vuelto hacia el chico.
—¿Y qué peligros son esos?
—Os los diré cuando lleguemos.
Dulain sopesó las palabras y frunció los labios. Miró a su lugarteniente y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Dumont, desde que volviste no haces más que dar buenas ideas. Lo que no logro comprender es por qué desapareciste tantos años. —Y, tras unos instantes, continuó—: Prepáralo todo. Embarcamos.

***

Merrel disfrutaba del viento acariciando su rostro. La temperatura algo elevada se suavizaba con la brisa marina y le permitía trabajar sin sudar demasiado. Mientras revisaba los nudos de la jarcia, un par de marinos se acercaron a ayudarle.
El más joven, que tenía una fea cicatriz en la mejilla y la mandíbula desviada, le preguntó:
—¿Así que navegaste en el Español Errante, verdad?
A Merrel se le hizo un nudo en el estómago y algo se aflojó en sus intestinos. Sonrió tímidamente y asintió.
—No estuve mucho —añadió, y se fue a otro lado a revisar nudos.
Los dos hombres lo siguieron.
—En cierta ocasión conocí a varios miembros de su tripulación, entre ellos al lugarteniente del capitán Petrús. ¿Lo llegaste a conocer?
Incómodo, empezaron a sudarle las manos.
—Bueno, yo estaba la mayor parte del tiempo en la cocina. Ya sabes, era el nuevo… —Y antes de que alguno de aquellos dos pudiese seguir, añadió—: Y bueno, tengo que ir a echar una meada. Luego nos vemos.
Pero aquel hombre no hizo caso y se colocó delante suya.
—¡Aaaah! El cocinero, menudo cabrón, el gordo de Lamprè.
Mientras sorteaba al pirata, llegó a responder:
—Sí, era muy duro conmigo —y desapareció por la escalera de la bodega.
El marinero miró a su compañero y se introdujo en el castillo de popa.
Minutos después la cubiertas estaba llena de marinos gritando y jaleando mientras varios de ellos tenían atrapado a Merrel. Dulain caminó lentamente hacia él mostrando sus dientes blancos como perlas, acompañado de su segundo, Dumont.
—Así que este boquerón se creía que nos podría engañar, ¿verdad?
La tripulación gritó con más fuerza y le profirió algunos insultos.
—Algo en la nariz me decía que el olor a pescado podrido no venía del viejo lobo, sino de esta sardinilla.
—No, por favor, puedo explicarlo —dijo Merrel, desesperado, mirando a los rostros ansiosos de muerte.
—No hace falta. Puede que seas un enviado de Petrús, si es que sigue vivo, o un espía del Imperio Escocés, o simplemente un pequeño imbécil que no sabía lo que hacía. Me da igual. Nadie miente al capitán Dulain y sale indemne.
—¡Tienes que creerme, estuve allí, en la cueva! —Merrel se aferraba a un clavo ardiendo. Había entrado allí con mentiras y saldría con ellas o no saldría. La verdad solo le condenaría más.
—Vuelves a mentir. Traed los lastres —dijo a un par de marineros—. Vamos a limpiar la cubierta.
El griterío se hizo insoportable. La angustia y el miedo se apoderaron de él. Ante la certeza de que iba a morir, unas lágrimas brotaron de sus ojos y era incapaz de controlar el temblor de su barbilla Buscó con la mirada desesperado, suplicante.
—Sé que miente, capitán, pero puede que algo de verdad sí haya en sus palabras —intervino Dulain. A pesar de la brisa, pequeñas gotas de sudor brillaban en su cabeza afeitada—. Si realmente ha estado allí y hay unas pruebas que superar nos vendrá bien tenerlo.
Dulain entrecerró los ojos y miró con severidad a su segundo.
—Creo que podremos apañárnoslas sin él.
Ya le estaban colocando los lastres, y los gritos del joven eran desgarradores.
—No nos cuesta nada llevarlo. Siempre lo puedes ajusticiar después, incluso dejármelo a mí. Conozco muertes mucho más lentas y dolorosas que la que le ofreces. —Dulain enarcó una ceja y arrugó el morro—. Si ya ha estado allí, nos ayudará a cambio de su vida. Si no, morirá lenta y dolorosamente. Tenemos mucho más que ganar que que perder, ¿verdad?
Con la desconfianza todavía reflejada en el rostro le contestó:
—Me gustabas más antes, cuando no dudabas en rajarle los intestinos a alguien por poner en duda que yo era el mejor pirata del mundo. ¿A qué viene ahora tanta piedad?
Dumont hizo un gran esfuerzo para seguir mirándolo a los ojos.
—Ahora soy una persona más práctica.
El capitán sonrió.
—Cambio de planes —gritó—. Quitadle los pesos y encerradle en la jaula. —Viendo las quejas y decepciones de su tripulación, añadió—: La fiesta no se suspende, solo se pospone.
Y entre varios llevaron a Merrel a una pequeña jaula situada en el lugar más húmedo y oscuro de la bodega.

***

No había sido fácil para Merrel la estancia en aquella jaula. Sin apenas espacio para moverse y teniendo que hacer sus necesidades básicas encima, su supervivencia fue más llevadera gracias a los víveres que un encapuchado le traía todas las noches. Sus músculos se agarrotaron, pero no se volvió tan débil como sus carceleros esperaban. Casi una semana después habían desembarcado en la isla indicada en el trozo de mapa restante y, mientras varios de la mayoría de la tripulación montaba un campamento cerca de la orilla, un grupo formado por el capitán, su lugarteniente Dumont, tres piratas, Gerard, Filipe y Eric, y el muchacho se dirigía a la cueva donde según el mapa se encontraba una la perla de los vientos.
—Tú irás delante, boquerón, pero no te alejes demasiado. No me gustaría tener que ir a buscarte con un arpón —dijo el capitán Dulain mientras lo empujaba hacia adelante.
Merrel, con las manos atadas, trastabilló y casi cayó de bruces. A pesar de no estar tan débil como aparentaba, todavía tenía los músculos agarrotados y le faltaba el aliento. Sus piernas le pesaban y tenía la boca tan seca como si hubiese comido un puñado de sal.
Antorchas en mano, los piratas entraron en la cueva siguiendo los pasos de Merrel. De aquella gruta, no muy alejada del mar, salía un riachuelo de agua salada que serpenteaba entre las rocas y desembocaba en la playa. Su interior, tan oscuro como el estómago de un leviatán, erizó la piel tanto de los tres piratas como del muchacho. Si la sensación de peligro se pudiese oler, aquel lugar apestaría.
Merrel, mientras sorteaba las rocas y procuraba no caerse, pensaba en cómo salir de aquella. Aquel lugar era tan nuevo para él como para sus captores, pero esperaban de él que los llevase al tesoro superando las pruebas. Esa mentira le había salvado de morir ahogado, pero no se le ocurría nada que pudiese salvarlo de morir atravesado por la espada del capitán Dulain. Subieron unos desniveles y rodearon unas grandes rocas que obstruían gran parte del camino y llegaron a una zona estrecha en la que apenas cabía un cuerpo.
—¿Y bien? ¿Dónde están esas pruebas de las que hablabas? —preguntó el capitán algo impaciente llevándose la mano a la empuñadura de su espada.
Merrel se humedeció los labios antes de contestar.
—Más adelante. Tenemos que ir con cuidado.
—Nada de trucos, me oyes, o Dumont te meterá un pedazo de plomo bajo la nuca —le amenazó el capitán.
El muchacho tragó saliva y se adentró poco a poco por el corredor, apenas iluminado por las antorchas que empezaban a consumirse. No sabía que se encontrarían al otro lado, pero tal vez era una oportunidad para esconderse o huir.
—Gerard, quédate aquí a vigilar. Si por alguna de aquellas el chico saliese solo, le rebanas el pescuezo, ¿entendido? —dijo Dulain.
—Sí, capitán.
Tras varios golpes y raspaduras, aparecieron en una enorme caverna cubierta casi en su totalidad por agua. Merrel, con la poca luz que salía del túnel comprendió que no había lugar donde ocultarse, y mucho menos huir. Poco a poco fueron apareciendo los restantes miembros de la expedición y sus esperanzas de escapar se diluyeron.
No sin cierta dificultad, todos pudieron ver una pequeña plataforma que sobresalía del agua y que estaba justo en el centro de la caverna. Allí, un pequeño objeto emitía destellos reflejando la débil luz de las antorchas.
Los rostros se iluminaron con la ambición y el deseo, y alguno incluso soltó una carcajada. Pero entonces el grito de agonía del capitán Dulain resonó por toda la gruta cuando un alfanje atravesó su estómago. Sorprendidos Filipe y Eric se giraron con las armas en alto. Dumont apuntaba a uno Eric y Eric le apuntaba a él. Sin pensárselo dos veces, Merrel arremetió con todo su cuerpo contra el pirata que sujetaba la pistola justo a tiempo de que hiciera blanco. El arma disparada impactó en el costado derecho de Dumont y éste disparó su arma sin querer, errando por mucho del pecho de Eric.
Sin esperar un solo instante, Dumont se lanzó sobre Filipe y se enzarzaron en un combate frenético. Cortaban y fintaban, esquivaban y gruñían, intentando encontrar un hueco en las defensas de su adversario.
Mientras, en el suelo, Merrel había logrado aferrar la mano que blandía la espada curva y con el peso de su cuerpo impedía que Eric pudiese levantarse, pero no dejaba de recibir golpes en el costado. Con las costillas doloridas, Merrel cambió la postura para evitar más impactos, pero el pirata aprovechó para salir de debajo de él y, de una fuerte sacudida, liberar la mano de la espada. Desesperado ante la nueva situación, las manos atadas del muchacho toparon con una roca suelta, pero solo le dio tiempo a ver como Eric descargaba su arma sobre él. Se echó a un lado justo a tiempo, a sabiendas de que la siguiente estocada sería mucho más difícil de esquivar. Se preparó de nuevo para evitar un golpe mortal y vio cómo desde atrás Dumont descargaba su alfanje contra el cuello de Eric y un chorro de sangre brotaba de la herida. El pirata cayó mientras se tapaba el corte con una mano, y moría a los pocos segundos.
Dumont y Merrel se sonrieron, pero fue una sonrisa fugaz. Un disparo resonó en la caverna y el lugarteniente cayó con una mueca de dolor. Allí, en un charco de sangre, Dulain apuntaba con su pistola todavía humeante el lugar donde instantes antes se encontraba un triunfal Dumont. Ya sin fuerzas, habiendo culminado su venganza, el capitán de «La Sirena Negra» expiró su último aliento.
Merrel soltó la espada como si tuviese la peste y con lágrimas en los ojos se acercó hasta Dumont.
—No, padre, no. No puedes morir ahora.
Dumont estaba haciendo un tremendo esfuerzo por respirar.
—No te preocupes, Mer, hemos conseguido nuestro objetivo —hizo una pausa, como si creyese que la vida se le escapaba en cada palabra—. Tráemela, por favor. No quiero morir sin verla.
De un salto, Merrel se zambulló en el agua y nadó hacia la plataforma. Ni siquiera se había planteado si existía algún peligro bajo aquellas tranquilas y oscuras aguas. No podía pensar en eso en aquellos momentos.
Sin disfrutar de la sensación de conseguir aquel objeto legendario, de saborear el gusto de la victoria y admirar la belleza de la perla, cogió la concha en la que estaba guardada y nadó de vuelta a toda prisa. Empapado, se acercó a su padre y le mostró la causa de su sacrificio: una preciosa perla azulada que parecía flotar en el aire. Dumont la tomó con delicadeza y la apretó con fuerza, tratando que aquella sensación le durase hasta que la vida le abandonara. Al notar cómo su cuerpo se hacía más liviano a cada instante, no pudo evitar pensar que su alma estaba abandonando el cuerpo.
Asustado, Merrel se retiró unos pasos. Su padre se estaba volviendo transparente y una fuerte brisa soplaba desde ninguna parte. Unos instantes después, Dumont había desaparecido y un vendaval azotaba la caverna. Merrel se aferraba con fuerza a las rocas del suelo para evitar ser levantado en volandas y acabar aplastado contra las piedras. Poco a poco, el viento se fue calmando y solo una suave brisa mecía los sucios cabellos del muchacho.
—Sal, hijo mío —silbó una voz—, yo te protegeré.

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4 pensamientos en “La perla de los vientos

  1. Me ha encantado Celembor. El lector se sumerge de inmediato en el denso ambiente pirata. Cuando termina, es fantástico buscar de nuevo en el relato todas las ocasiones en las que el lugarteniente Dumont protege a su hijo una y otra vez. El toque místico del final es la marca de la casa.

  2. Aquesta m’agrada molt. Jo l’hagués escrit sobre la “reina de los mares”, pero tal vegada jo no valga per a aquestes coses. Una abracada, amic.

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