Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Despiadado

Hola amigos. Esta vez os traigo un relato que tenía guardado en un cajón, con algo de polvo. No estoy contento con el resultado obtenido, pero creo que como experimento está bien. Ya me diréis que tal.

Despiadado

Por más tiempo que transcurriese no conseguía erradicar ese dolor. Su alma estaba herida, sangrante, y su recuerdo no podía borrarse ni con alcohol o mujeres. Las lágrimas, que nunca antes habían brotado de sus ojos, se deslizaban por las sucias mejillas todos los días desde que ella murió. Se cogió los largos y grasientos cabellos negros y estiró con fuerza, intenta extirpar aquellos recuerdos como el que arranca una mala hierba.
¿Cuánto tiempo vas a seguir así? —preguntó Iosh.
—¿Cuántas veces más me lo vas a preguntar?
Las que hagan falta.
Drogan estaba tirado en un oscuro callejón. Había vagado sin rumbo durante todo el día en un vano intento de dejar atrás su dolor. Ninguna de las heridas de espadas, dagas o saetas le dolieron tanto ni tanto tiempo. Y al menos esas curaban en forma de cicatriz.
Tienes que encontrar algo por lo que vivir —dijo Iosh.
—¡Qué más da! Ha muerto. Lo dejé todo por ella y ya no está. Estoy cansado, muy cansado.
Iosh bajó la cabeza. Sentía la pérdida tanto como él. Estaba enfadado consigo mismo por no poder sacar a Drogan de aquella espiral autodestructiva en la que se introdujo desde que las fiebres se llevaron a Rihana y su hijo no nato.
—Eh, tú, escoria. ¿No sabes que no se puede mendigar en territorio de los Cobras?
¿Tanto había andado para llegar tan lejos? ¿Acaso no era suficientemente grande la ciudad como para que sus pasos le hubiesen llevado hasta allí?
Ya nos vamos —dijo Iosh a modo de disculpa.
—¿Es que no me has oído?
Drogan se levantó y miró a los tres tipos de delante sin levantar mucho la cabeza.
—Nos vas a pagar la tasa si quieres salir de aquí con vida. —Los otros dos se rieron—. Así que ves sacando todo lo tengas, no me gusta rebuscar los bolsillos de un cadáver.
Drogan levantó la barbilla para verlos bien. La furia empezaba a regar sus músculos y a nublar su razón.
No, Drogan, tranquilízate. Estás muy débil y ellos son tres.
—Me da igual, ya no tengo nada más que hacer aquí.
Los tres matones se miraron entre ellos sin comprender.
—No es más que un loco —dijo el de la derecha.
Pero el de la izquierda, un veterano al que le faltaba una oreja, abrió mucho los ojos al reconocerlo.
—Maldito hijo de puta —dijo señalando a Drogan y adelantándose unos pasos—. Pensaba que este día no llegaría nunca. Es Drogan, el Despiadado.
Sus compañeros se pusieron rígidos y se llevaron las manos a sus espadas. Drogan, el Despiadado, era el antiguo jefe de su organización. Los más jóvenes habían oído muchas historias, cada cual más terrorífica que la anterior, del hombre que encumbró a los Cobras y posteriormente los abandonó por una mujer.
—¿Me recuerdas, bastardo? —preguntó Todd señalándose la cicatriz donde debía haber una oreja.
—No suelo fijarme en las mierdas que cago.
Y todo estalló. Los tres hombres sacaron sus espadas, pero Drogan ya se había abalanzado sobre Todd. Con una mano bloqueó el brazo de la espada y con la otra le quitó la daga que llevaba al cinto. Todd intentó revolverse sin éxito, aunque consiguió agarrar la mano en con la que el Despiadado le había quitado la daga. Los otros dos, que no encontraban un buen ángulo por donde introducir la espada, no se atrevían a lanzar ninguna estocada por miedo a herir a su compañero.
Entonces Drogan le mordió la única oreja que le quedaba a su adversario y se la arrancó de cuajo. Los gritos y la sangre sembraron más dudas todavía entre los otros dos, convencidos ahora de que se enfrentaban a una suerte de fantasma del pasado.
—Ya no la necesitarás —dijo Drogan tras escupir la oreja y, aprovechando el momento de debilidad de su adversario, clavarle la daga en el abdomen, rajándole los intestinos y dejando que la sangre y vísceras se derramaran por el suelo.
El Despiadado se plantó ante los otros dos como un gigante ante un sabroso bocado. Antes de que reaccionasen se abalanzó sobre uno de ellos y le incrustó la daga en la garganta, dejando que emitiese unos gorgoteos antes de morir. El otro, atrapado entre la pared y aquella bestia asesina, dejó caer la espada y levantó los brazos.
—No, por favor, no me mate —suplicó.
Cuando estaba a punto de hacer honor a su antiguo apodo, Iosh le colocó la mano en el hombro.
Déjalo, es solo un chaval.
Todavía con la adrenalina recorriendo con frenesí su cuerpo, Drogan se fue tranquilizando, hasta que con un movimiento de cabeza le indicó al aterrorizado chico que podía irse.
Miró a su alrededor, donde la sangre cubría gran parte del callejón. Había vuelto a matar, ocho años después, y no se sentía mal por ello.
Unas palmadas al fondo del callejón captaron la atención de los dos amigos. Poco a poco se fue perfilando la figura de un hombre corpulento, de pelo largo recogido en un moño y de rasgos duros. Vestía una casaca roja y pantalones negros, una vestimenta demasiado abrigada para la época del año en la que se encontraban.
Pensaba que te habías vuelto armero, no carnicero —dijo con una voz profunda.
Maldita sea, Karren, ¿qué haces aquí? —preguntó Iosh colocándose entre Drogan y él.
Nada, pasaba por aquí y me he acercado al escuchar los gritos de agonía.
¿Sí? —preguntó desafiante—. Pues ya puedes volver a tus asuntos.
Karren amplió la sonrisa hasta llegar casi a las orejas.
Eso es lo que he hecho.
Iosh endureció su rostro y lo amenazó con el dedo índice.
¡Lárgate! No te queremos aquí. Ya causaste mucho dolor y sufrimiento en el pasado. Te rechazamos, ¿lo recuerdas? —Luego, tras una pequeña pausa, señaló a Drogan—. Ha cambiado, ya no es como lo conociste.
¿Qué? ¿Pero a quién quieres engañar? Nunca supo hacer nada más. Es el hijo de Dragnar, el mayor asesino que ha conocido esta ciudad.
Los hombres pueden cambiar. Y así lo ha demostrado todo este tiempo que has estado alejado de él.
Vamos, despierta. Jasper, el molinero, es hijo de Jhelmo, molinero, que a su vez heredó el negocio de su padre. Rolmar, el tabernero, está formando a su hijo para regentar la taberna que a su vez él heredó de su padre.
El tono condescendiente que empleaba Karren exasperaba a Iosh.
Un hombre elige su propio destino. Ser hijo de un asesino no implica que tengas que ser un asesino. Algo que a veces cuesta de ver —dijo Iosh con un deje de tristeza.
¿Ah, sí? ¿Haciendo qué? ¿Llevando una espadería?
Al menos es una vida honrada.
¿Y? La vida hay que vivirla y esos oficios apagan a los hombres. Dejan pasar su existencia, venta tras venta, sin que eso les haga sentirse vivos, ¿no es así, Drogan?
Iosh se acercó a su amigo y le tomó el rostro entre las manos para que le mirara a los ojos.
Recuerda por qué lo dejaste y qué querías, Drogan.
Eso —dijo Karren a su espalda, en un susurro sibilino—, recuérdalo porque ya no lo tienes. Es momento de vivir la vida de nuevo.
—¡Callaos los dos! —gritó Drogan—. Me dais dolor de cabeza.
Escúchame. Te estoy ofreciendo un motivo por el que vivir. ¿Acaso no es eso lo que estás buscando?

Con el pelo largo recogido en un moño y las ropas manchadas de sangre como un carnicero al final de la jornada, Drogan el Despiadado se dirigía a lo que durante muchos años fue su casa: el cuartel general de los Corredores de las Sombras, también conocidos como Cobras.
A medida que se acercaba, los recuerdos de su juventud fueron surgiendo como los peces muertos en un estanque envenenado. Su vida siempre estuvo rodeada de muerte, y de la muerte hizo su vida. Un círculo del que consiguió salir gracias a Iosh y Rihana; un círculo que le atraía como un cadáver al sol atrae a los carroñeros.
Entró en el edificio como un noble entra en su castillo. En los rostros de quien lograba reconocer a Drogan se podía leer el miedo que asomaba tras un primer instante de sorpresa. Pocas cicatrices conocidas había en la sala, ya que la vida en el oficio no solía ser muy larga. Saludando a algunos con un gesto de la cabeza fue directo a la puerta protegido por un guardia, que lo reconoció y se hizo a un lado.
De una patada, el Despiadado abrió la puerta y pasó al interior de la Sala de los Despachos, larga y de techo bajo. Aquella sala ostentaba aquel nombre por su doble función: se dirimían los asuntos importantes y se despachaba a traidores, rivales o desafortunados.
La quincena de personas que se encontraba reunida en su interior empuñaron sus armas y algunos desenvainaron. Drogan colocó las manos sobre el puño de las armas que había tomado prestadas de Todd y entró como un conquistador que vuelve a casa tras mucho tiempo fuera.
Drogan siguió su camino hacia el final de la sala, donde rostros de reconocimiento y temor lo flanqueaban. El Sillón de Poder lo esperaba, así como el que ahora lo ocupaba.
¡Empieza la fiesta! —gritó Karren. Se colocó detrás de Drogan y fue a lanzarse sobre su espalda, pero Iosh lo agarró por detrás.
De eso nada. Si entras tú entraré yo después, y ya sabes lo que ocurrió la única vez que eso ha sucedido.
Karren lo miró con desprecio y se sacudió.
Tres hombres formaron un fila delante de su objetivo. Los conocía a todos: Fattom, Tallos y Bot. Juraría haber visto a Nanos, la Sombra, cuando entró, pero ya se habría escabullido.
—Vaya, vaya, ¡qué alegría verte! Hacía tiempo que no pasabas a visitarnos y a saludar a los viejos amigos —dijo Iulius, que ahora ocupaba el Sillón de Poder. Sus palabras parecían sinceras, pero Drogan lo conocía suficiente como para saber el veneno que destilaban.
—He estado fuera un tiempo —contestó mientras evaluaba la situación.
No pierdas el tiempo y acaba con ellos en un ataque sorpresa —le indicó Karren mientras señalaba hacia la puerta por donde habían entrado. La sala se estaba llenando de gente.
Iulius siempre ha sido más dado a la palabra que a la violencia. No será difícil convencerlo —dijo Iosh dando un paso al frente.
Querrás decir más dado a la traición —apuntilló Karren.
—¡Callaos de una vez! Me provocáis dolor de cabeza.
—¡Ja, ja, ja! ¿Sigues oyendo voces en tu cabeza? —Iulius meneó la cabeza—. Hay cosas que nunca cambian, ¿verdad? Pero en cambio, otras sí. Te fuiste, dejando el sillón vacío. ¿A qué has venido? ¿Quieres entrar en la organización como recadero, Drogan, el Loco?
Mátalo ya.
No pierdas la calma. Son muchos.
—La ley dice que el sillón no se pierde hasta que no se pierde la vida —dijo Drogan.
—¡Ja! Te largaste. No puedes venir ahora a reclamar lo que tú mismo abandonaste. De hecho, la ley ni siquiera contempla que se pueda abandonar el sillón si no es con la muerte.
Haz que se trague sus palabras.
Puedes convencerlo sin derramar sangre. Lo has hecho otras veces.
Drogan se llevó una de las manos a la sien. Siempre que discutían la cabeza le dolía. Empezaba a cansarse de aquella situación, pero eran muchos. Si alguno de los demás se unía, podía darse por muerto.
—Iulius, te permito que abandones el sillón sin morir —dijo apretando la empuñadura de sus armas.
Este se agitó como una serpiente a la que quieren sacar de su madriguera. Miró a un lugar al fondo de la sala y asintió.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
Drogan giró la cabeza y por el rabillo del ojo vio como la Sombra disparaba una ballesta. El virote se alojó en su espalda y si no hubiese sido por que se había movido estaría clavada en su corazón. Los otros tres se lanzaron sobre él y los repelió a duras penas. Cuando recuperó la posición pasó al ataque. Con varias estocadas y fintas hirió a Tallos en la mano, inutilizándola, pero se llevó un corte en la espalda. Detuvo y esquivó las nuevas acometidas de los dos hombres buscando un hueco en sus defensas, pero habían mejorado mucho desde la última vez que los vio en acción. Vio cómo una sombra salía entre el público y descargó una estocada con el rapier, sin poder evitar que el frío metal penetrase en su muslo derecho. Retrocedió trastabillando hasta la pared; si lo acorralaban no tendría escapatoria.
Desde detrás de sus hombres, Iulius lo observaba triunfal. El combate estaba decidido. Todos podían verlo.
Maldita sea, voy a entrar —le dijo Karren a Iosh—. Si no, todos moriremos.
Iosh asintió. Esta vez no había alternativa.
Con un grito salvaje Karren entró en el cuerpo de Drogan.
Todos vieron cómo el desesperado rostro de el Despiadado cambiaba a una mueca salvaje y el jadeo desaparecía, al tiempo que sus iris eran recorridos por unas vetas rojas. Los que reconocieron aquel cambio dieron un par de pasos hacia atrás y miraron instintivamente la puerta de salida.
Con la furia de una bestia y la visión de un demente, Drogan se abalanzó sobre ellos en una tormenta salvaje de cortes y estocadas que anunciaba dolor y muerte. A pesar de su superioridad numérica, los rufianes no pudieron impedir que la sangre brotara de sus rajados cuerpos y la vida se escapara por ellos. Aquel espectáculo de macabra violencia dejó un reguero de sangre, que incluso llegó a salpicar a los incautos que se habían quedado demasiado cerca de la masacre.
Todo terminó cuando Nanos, la Sombra, se encontraba de rodillas, con los brazos inertes y las lágrimas brotando de sus ojos rasgados, pidiendo clemencia.
Sin piedad ninguna, Drogan le apuñaló con saña el cuello, estómago y corazón, convirtiendo la ya rojiza escena en un baño de ensañamiento.
Dejando tras de sí un rastro de muerte se dirigió hacia el sillón que volvía a ser suyo. Iulius ya no estaba. Con el cuerpo lleno de heridas, se sentó con cuidado de no apoyarse en el virote. Uno de los pulmones estaba ya encharcado y tras el esfuerzo realizado, apenas podía respirar.
Miró a todos los componentes del gremio de ladrones y asesinos de los Corredores de las Sombras y, con voz silbante, anunció:
—Mil rublos para el que me traiga a Iulius vivo.
La mayoría abandonó la sala bien en busca de la recompensa o bien por salir de aquel lugar infestado de muerte. Algunos necesitaban aire fresco.
Has vuelto a tu pasado, Drogan. Ya no me necesitas —dijo Iosh con la voz herida.
Eso, lárgate. Y no vuelvas —le espetó Karren. Se volvió hacia Drogan con una sonrisa triunfal—. Juntos de nuevo, tú y yo. Ya nadie volverá a detenernos.
Mientras, Iosh caminaba lentamente de espaldas, con la mirada fija en quien había sido su amigo desde que conoció a Rihana, hasta desaparecer en las sombras.

Anuncios

Navegación en la entrada única

Un pensamiento en “Despiadado

  1. Y yo pensaba que sabia vengarme…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: