Un café con Leire

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El guante negro (II)

Sanctus esperaba pacientemente sentado en una silla que apenas aguantaba su peso. El lugar todavía olía a madera húmeda y vino rancio y estaba cubierto de restos de toneles largo tiempo podridos. Los numerosos agujeros del techo habían dejado que el agua penetrara y avanzara el inevitable proceso de la descomposición. Unas voces le advirtieron de que su visita había llegado. Se llevó un dedo a los labios y algunas de las sombras del lugar se movieron, tomando nuevas posiciones. Después, tras una serie de intrincados gestos y unos susurros en lengua arcana, lanzó un conjuro sobre sus manos, se quitó el guante azabache de su mano derecha y lo introdujo en uno de los bolsillos de su túnica.
Dos individuos traspasaron la puerta armando un escándalo, entrechocando sus armaduras y lanzando unas risas. Cuando se percataron de que Sanctus estaba ahí, adoptaron una pose más digna y reprimieron sus risas.
—Esto… perdone si llegamos demasiado pronto pero… es que nos cerraron la taberna —dijo el semielfo mientras estallaba en carcajadas. Ferris, que le había seguido el juego durante toda la noche rió con él, salvo que su risa poco tenía de graciosa.
—No se preocupe, mi buen amigo —dijo el nigromante mientras le extendía la mano para estrechársela. En cuanto sus manos se unieron, un frío extremo y paralizante se extendió por todo el cuerpo del mercenario. Sus dientes se apretaron y sus músculos se agarrotaron a consecuencia del gélido escalofrío—. Siento no darle el cálido recibimiento que tal vez esperaba. Acaba de experimentar un Toque de Necrófago que, además dejarlo inmóvil, le hará sentir débil por un tiempo. Aunque eso tampoco debe preocuparle ya —dijo con una sonrisa carente de cualquier humor.
Sanctus enfiló hacia el sótano, donde ya estaba todo preparado, mientras Ferris y Aegis levantaban en volandas el paralizado cuerpo del mercenario y seguían a su amo escaleras abajo. En última instancia, Ascétimus cerraba la comitiva mientras se mordía el labio inferior. Iba a ser testigo de un ritual del que solo había oído hablar en algunos libros y al que todo nigromante aspiraba. Tras aquella noche podría iniciar su propio camino, una vez sirviese en bandeja a Sanctus a los Seguidores del Oscuro que andaban tras él.
El sótano había sido iluminado con un par de grandes braseros y un olor a muerte predominaba en la habitación. Alineados en la pared, como macabras estatuas esculpidas en carne por una mente enferma, dos parejas de ghouls, dos tríos de zombies y un par de Guerreros del Terror observaban impasibles a los recién llegados.
En el suelo, dibujado con un tinte granate, había un octógono inscrito en un anillo, en el que destacaban arcanas inscripciones que ocultaban terribles secretos. En cada una de las puntas del octógono había un corazón humano en un charco de sangre. Sus dueños ya no los necesitaban.
El semielfo movía los ojos de un lado a otro con auténtico pavor. Era lo único que podía mover. La terrorífica visión de aquella sala hizo que su estómago le diera un vuelco y no pudiese reprimir un llanto gangoso y ridículo. Intentó gritar, correr e incluso suplicar, pero ninguno de sus agarrotados músculos se movía.
Sanctus no perdía ni un solo detalle del sufrimiento del mercenario. Miraba en sus ojos almendrados y sabía perfectamente lo que pasaba por su mente: «Yo no quiero morir» «¿Por qué yo?» «¿Por qué me ha tocado a mi?». Eran lo que siempre se preguntaban. Y siempre obtenían la misma gélida sonrisa por respuesta. ¿Acaso hay mayor desesperación que saber que vas a morir por algo que no entiendes? Un por qué sin respuesta siempre negaba el descanso a los muertos. Y eso era algo que le llenaba de regocijo.
Sus siervos vampiros ya había terminado de quitarle la armadura y le dejaron con solo unos calzones tumbado en el interior del anillo, en el centro del octógono.
Con parsimonia y sobriedad, Sanctus se dirigió hasta un cofre situado a poca distancia del círculo. Lo abrió con calma y se frotó las manos. Poco a poco fue destapando cada uno de los saquitos, dejándolos preparados, y pasó a revisar todos y cada uno de los elementos necesarios para el ritual.
Ascétimus se había roto ya todas las uñas de las manos y observaba con atención enfermiza las runas arcanas inscritas en el anillo. Trataba de memorizar cada uno de los símbolos y su posición, identificando la mayoría de ellos.
De repente, un brazo le rodeó el cuello y otros dos le aferraron las manos. Notaba el frío tacto de los vampiros y su fuerza le impedía que pudiese zafarse de la presa.
—Bueno, mi querido aprendiz, ya has aprendido todo lo que podía enseñarte —dijo Sanctus mientras le lanzaba la mirada de un padre que va a despedirse de su hijo emancipado—. Has sido un buen alumno y estoy muy orgulloso de ti y tus progresos. —La ironía de sus palabras hizo que Ascétimus comprendiese al instante lo que iba a ocurrir.
—No puedes hacerlo, le debes mucho a mi padre —dijo a duras penas, ya que Ferris no había aflojado ni un ápice su presión sobre el cuello.
—Me comprometí con tu padre a darte una formación y eso he hecho. ¿Acaso estás insinuando que he faltado a mi palabra? Mi cuenta está saldada con creces. Pero, si te soy sincero, me ha sorprendido el hecho de que creyeses que podrías venderme tan barato a esos amigos míos que tantas ganas tienen de verme. —El pánico duro, crudo y descarnado salía a raudales por los oscuros ojos del aprendiz. La situación en que se encontraba no había aparecido ni por asomo en ninguno de sus planes, y ahora solo se arrepentía. Quería decirle que todo había sido un error, un terrible error, y que no volvería a hacerlo. Le empezaba a faltar el aire y el corazón amenazaba con estallar en su pecho.
El nigromante levantó su mano izquierda cubierta por un guante negro, tenebroso, que estremecería a la más oscura de las sombras.
—¡Eso no! No, por favor, no… —fue todo lo que pudo articular antes de que la mano se dejara caer sobre su rostro.
Allí donde la manopla tocó la piel, esta se tornó violácea y las venas de su alrededor se oscurecieron hasta parecer vetas de tinta negra. Un desgarrador chillido retumbó en la habitación y su eco amortiguado se perdió en el olvido de la noche mientras Sanctus ponía los ojos en blanco de placer, abrumado por la sensación que le producía la absorción de la energía vital del aprendiz. Oleadas de fuerza y energía lo inundaron desde la mano, recorriendo su brazo y después todo su cuerpo. Era más placentero incluso que una noche en la alcoba junto a dos jóvenes doncellas.
Ascétimus había dejado de gritar y su demacrado rostro iba perdiendo la carne, dejando la piel colgante. Sus globos oculares parecían a punto de caer rodando de las cuencas y el resto de su cuerpo se sacudía con ligeros espasmos.
El nigromante retiró la mano y el pobre diablo no pudo mantener el peso de su cuerpo y se hubiera plegado sobre sí mismo si no estuviese sujetado por los dos vampiros.
—Podéis dejarlo seco —les dijo a Ferris y Aegis. Escuchó los sorbidos y chupetones mientras se daba la vuelta y prestaba atención al semielfo que lo miraba con los ojos desorbitados. Las lágrimas caían como el agua en la fuente de la plaza y hacía un fuerte ruido al respirar. Parecía como si le faltase el aire y había una mancha oscura en el pantalón. Qué imagen tan fea para un fornido guerrero como aquel.
Con lasciva lujuria se fue acercando mientras sacaba del cinto una daga curva. Pasó una pierna por encima de su torso y se quedó mirándolo desde la altura, saboreando esa mezcla de pánico y horror que transmitía su mirada. Se sentó sobre él y pasó la punta de la daga de ceremonias por su rostro, su cuello, su torso desnudo.
Soltó una carcajada mientras lanzaba la cabeza hacia atrás. Luego lo miró casi con dulzura.
—No me mires así, hombre, que no te voy a matar —dijo con suavidad. Se inclinó y colocó su rostro a un palmo del de él—. Ha muerto por traicionarme, pero tú no has hecho eso, ¿verdad? Estáte tranquilo, que no te va a pasar nada.
El mercenario relajó su respiración y su mirada cambió. Pero se volvió de incredulidad cuando la daga penetró en su garganta y la sangre empezó a ahogarle.
Sanctus lo observaba con atención mientras agonizaba, estudiando cómo en sus pupilas se apagaba el brillo de los vivos.
En cuanto el último aliento de vida escapó del cuerpo, sus músculos se volvieron flácidos y la parálisis se disipó. Con sumo cuidado depositó la daga en el suelo y conjuró un hechizo de curación que sanó la herida del cuello. Haciendo un esfuerzo se puso de pie y fue tomando cada uno de los saquitos del cofre, esparciendo su contenido en pequeñas pizcas sobre el cuerpo mientras entonaba un oscuro cántico. Tomó un puñado de un frasco con contenido granulado y lo lanzó sobre las llamas, creando un humo negro y pegajoso que inundó enseguida toda la habitación. Pasó la lengua por los restos que quedaban en su mano y la apretó contra el paladar. El hormigueo no tardó en aparecer y retomó la tenebrosa salmodia, gesticulando con las manos y realizando intrincados gestos y nudos con los dedos.
Con paso decidido volvió a sentarse sobre el cuerpo del semielfo y tomó la daga, la elevó en el aire como si se la entregara en ofrenda a un maléfico dios y de un rápido gesto se la clavó en el estómago. Embargado como estaba de un éxtasis macabro, apenas sintió el dolor. Se encogió sobre sí mismo y juntó su boca con la del fallecido. Mientras, toda la habitación se había inundado ya de la oscura neblina, amortiguando el cántico del nigromante e impregnando suelo, paredes y techo de un hollín aceitoso.
Y de pronto, se hizo el silencio. Tal vez pasaran unos segundos o tal vez unas horas, porque parecía que el tiempo se había detenido. Los dos vampiros sabían que el ritual había sido éxito, porque todavía sentían el vínculo que los ataba a su despreciable amo.
Escucharon entonces unos tosidos y se acercaron hasta el octógono pintado en el suelo. Apartaron el viejo cuerpo inerte de Sanctus y ayudaron a levantarse al semielfo. Ya les había advertido que tras el ritual estaría agotado y necesitaría al menos unas horas para valerse por sí mismo.
Sanctus Kallatorum, el Nigromante, Señor de la Vida y la Muerte, levantó la cabeza y les sonrió. Su cuerpo era distinto, pero aquella mirada de ojos grises seguía siendo capaz de helar la sangre hasta el más valiente de los Defensores de la Luz.

Reiss Morktar observaba la sala con los morros arrugados, como siempre hacía cuando se concentraba. Todo aquello no le gustaba nada. Nada de nada. Volvió la vista de nuevo hacia el cuerpo sin vida del hombre al que había perseguido durante casi una década. Aquel maldito viejo le había robado diez años de su vida para nada. Ahí estaba, despatarrado en la casa en ruinas de un tonelero. No muy lejos de él, el cuerpo consumido de su aprendiz yacía en una extraña postura, completamente consumido.
—Bueno, creo que ya está todo claro —dijo Gloss, el sacerdote del Oscuro que lo había acompañado durante tanto tiempo—. El imbécil lo apuñaló mientras estaba desprevenido, matándolo. Los vampiros, al verse liberados de su atadura, se lanzaron sobre él y lo dejaron seco. —Escupió en el suelo y golpeó con el pie un trozo de madera—. No importa. Nos llevaremos el cuerpo del viejo y el Sumo Sacerdote ya decidirá qué hacer con él.
Reiss seguía con el gesto torcido sin quitar ojo del cuerpo anciano de Sanctus.
—¿Sí?¿Realmente crees que eso ha sucedido así? —dijo volviéndose hacia Gloss. Este tragó saliva y se encogió ligeramente—. Y dime, ¿dónde está entonces el guante negro?

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3 pensamientos en “El guante negro (II)

  1. santamayte en dijo:

    Está muy bien eso de dejar el relato abierto por si te animas a continuar;me ha tocado volver a leer desde el principio pero ha valido la pena.Como decia Ana Maria Matute:”Por favor,creer en mís personajes porque me los he inventado yo”.

    • 🙂 este pequeño relato es un fragmento de la vida del personaje que posteriormente aparecerá en una novela que llevaba escribiendo pero que dejé en un cajón por los estudios.
      Buena cita 😉

  2. Pingback: El guante negro (I) | Un café con Leire

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