Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

El guante negro (I)

Imthul

La habitación estaba en penumbra, como era habitual. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento no se veían solamente en las paredes recorridas por grietas, los desconchados y la capa de tierra y porquería que se acumulaba en el suelo, sino que se podía oler en el ambiente, cargado, húmedo y rancio. La única iluminación, compuesta por unas titilantes velas sobre dos cráneos sonrientes, creaban danzantes sombras que parecían reproducir un macabro ritual.
Un par de golpes sonaron en la puerta. Sanctus Kallatorum levantó su cansada vista del incunable y masculló unas palabras molesto. Se recostó sobre su sillón y enlazó las manos sobre su pecho.
—Adelante.
Ascétimus entró con una media sonrisa en su rostro y se dirigió con paso solemne hasta situarse en frente del viejo escritorio.
—Mi señor, ya está hecho. —Se produjo un largo silencio. Ascétimus cambió el peso de pie y tragó algo de saliva. Se hacía difícil soportar la acerada mirada de ojos grises de su maestro—. He hecho las pruebas con un ghoul, un zombie y un Guerrero del Terror y los resultados son sobresalientes.
—Seré yo quien le ponga nota a los resultados, ¿no crees? —le cortó Sanctus.
—Sí, por supuesto. —Su tono se había vuelto un tanto desafiante.
—Cuando termine este tomo iré a verlo, si es que nadie vuelve a interrumpirme.
El discípulo se inclinó, giró sobre sus talones y cerró la puerta al salir.
Sanctus sonrió. Tal vez dispusieran ahora de algo más de tiempo hasta que se les volvieran a echar encima. Podría estudiar a fondo los avances de su aprendiz y tal vez potenciarlos con su poder. Si los efectos resultaban ser como esperaba, la próxima vez podría hacer frente a sus perseguidores. Desvió la mirada hacia sus guantes negros, que descansaban sobre la mesa, en una de las esquinas. No estaba dispuesto por nada del mundo a devolver un objeto tan poderoso.
Volvieron a golpear la puerta. El nigromante apretó los dientes y contrajo el semblante exasperado por la nueva interrupción.
—Adelante —dijo sin apenas mover la boca.
—Lo siento, mi amo —dijo Ferris al pasar y cerrar la puerta tras de sí. Se dirigió hasta el escritorio mientras la comparsa de tintineos del entrechocar de su armadura y espadas llenaba la habitación. Cuando llegó clavó la rodilla y bajó la cabeza.
—¿Y bien?
—Está todo preparado, mi amo. He contactado con nuestro objetivo y mañana por la noche podréis ir a hacerle la propuesta —dijo mostrando sus largos colmillos.
—Excelente. Tenedlo todo preparado.
—Así será, mi amo.
Con la misma percusión metálica con la que había entrado abandonó la estancia. Una amplia sonrisa se dibujó en el arrugado rostro de Sanctus. El momento estaba cerca, tan cerca, que no pudo reprimir una risa perversa que habría helado la sangre al paladín más aguerrido.
Unos nudillos sobre la puerta volvieron a sonar, pero esta vez no se molestó. Su humor había subido unos grados. Mandó pasar con la sonrisa todavía en el rostro y la mirada risueña, que se desvaneció en cuanto Aegis entró silencioso. Aquel greñoso ratero solo sabía traer malas noticias.
—¿Qué ocurre?
—Mi amo, mi señor, siento ser portador de funestas nuevas —dijo con voz cascada.
—El día que me traigas buenas noticias le haré una donación al Señor de los Benditos y adoptaré a una huérfana.
—Me esforzaré para que se cumpla vuestro segundo propósito —dijo mientras pasaba la lengua por los labios y sonreía abiertamente—. Siempre me ha gustado la sangre de las jóvenes, tan difíciles de encontrar durante la noche.
—¿Y qué te hace pensar que ibas a probar una sola gota? Sucia rata, debería dejarte atado a un poste para que vieses un precioso amanecer. ¿Recuerdas cómo son? —La sonrisa se le heló en el rostro y la sola evocación del sol le provocó el impulso de salir corriendo y esconderse en un profundo agujero. No sería la primera vez que su amo hacía algo así—. ¡Habla de una maldita vez!
—Mi amo, ya están aquí.
—¿Ya? No es posible, apenas nos hemos instalado. ¿Estás seguro?
—Tan seguro como las veces anteriores.
Sanctus se tocó el anillo de forma inconsciente, haciéndolo rodar en el dedo. Aquello no era posible, y tampoco podía ser casualidad. Los habían encontrado con demasiada facilidad, demasiado pronto.
Aegis volvió a sonreír, esta vez de forma siniestra.
—Si me permitís mi opinión, en las dos últimas ocasiones fueron demasiado directos hacia nosotros. No mordieron ninguno de los señuelos que dejamos. Me atrevo a aventurar que sus conjuros de detección han mejorado notablemente.
—¡No hay forma de llegar a mí por medios mágicos! —El nigromante estaba seguro de eso, había hecho la prueba unos meses atrás. Aquel anillo le había costado una auténtica fortuna y ni siquiera un conjuro de Adivinación Mayor era capaz de traspasar su magia. Su magia. Se quedó pensativo mientras una nueva idea cruzaba por su mente. Pero no podía ser. Para que un hechizo de adivinación funcionase se debía conocer a la persona buscada. Sanctus apretó la mandíbula y entrecerró los ojos.
—¡Lárgate! —dijo con un ademán despectivo.
Se quedó en silencio durante unos minutos, con la mirada atravesando el grueso tomo, la mesa, el suelo. Repasó mentalmente cualquier acontecimiento o hecho que podría haber dado lugar a un encuentro, y halló varios. Apoyó los codos sobre el desvencijado escritorio y se frotó las manos con suavidad. Era momento de graduar a su aprendiz.

***

El lugar apestaba a sudor y el humo de pipa se agarraba a su garganta como un bebé al pezón de su madre. El griterío general y las risas se oían desde el principio de la calle, y para un hombre acostumbrado al silencio y los alaridos de terror y agonía, aquello era un estruendo insoportable. Era el precio a pagar por un trabajo bien hecho. «La roca azul» estaba plagado de guerreros mercenarios, cada cual con su indumentaria más estrafalaria que el anterior, pícaros de ojos rápidos y manos invisibles y algún que otro hechicero o sacerdote. Bebían y reían, cantaban y reían y se pegaban y reían. El alcohol alimentaba tanta diversión, convirtiendo al más seco de los presentes en un animador profesional.
Sanctus buscó con la mirada a Ferris, que levantó el brazo para que lo viera, y se abrió paso sin mucha dificultad pese a no ser demasiado corpulento, escoltándolo hasta la pequeña mesa que estaba compartiendo. Un semielfo de piel curtida, ojos almendrados y semblante duro lo observó de arriba a abajo mientras hacía un extraño gesto con la mandíbula.
—Bien, este es el hombre del que te hablé —dijo Ferris dirigiéndose al semielfo. Este observó al viejecito encorvado que había tomado asiento con cierto recelo. Sin duda era alguien que necesitaría protección para un viaje de unas semanas y el plan que le había propuesto no tenía mala pinta: escoltarlo unos días, matarlo y llevarse los objetos de valor. Se repartirían el botín a medias.
—Buenas noches, caballeros. —Sanctus se llevó la mano a la garganta, frotándosela ante el esfuerzo de levantar la voz para hacerse oír—. Como ya le he explicado a su amigo, necesito de al menos dos guardias que me protejan hasta Gudbar. Si todo va bien, en un par de semanas estaremos allí. Ustedes irán a caballo y yo conduciré el carro. —Hizo otra pausa, mirando a su alrededor, buscando unos instantes de silencio. Fue en vano—. La paga serán dos monedas de plata por día.
El semielfo tomó un trago de su jarra y volvió a hacer el movimiento con la mandíbula. El precio estaba por encima de la media pero no era lo suficientemente elevado como para ser sospechoso.
—Trato hecho, entonces. Partimos en tres días, ¿verdad?
—No, no. Me ha surgido un inconveniente y debemos partir mañana al alba. Les espero antes del amanecer en la antigua casa del tonelero, cerca de la puerta sur. Mi intención es salir de la ciudad en cuanto abran las puertas.
En otras condiciones el mercenario hubiese subido el precio, pero no tenía sentido sabiendo que se desharían del viejo enseguida. Sonrió y le hizo un saludo con la cabeza.
Sanctus esbozó una sonrisa nerviosa y al levantarse casi perdió el equilibrio cuando un parroquiano ebrio chocó contra él. Ferris lo mandó al suelo de un empujón y escoltó a su amo hasta la puerta.
En cuanto llegaron, el asustadizo rostro del nigromante se tornó en su máscara impasible habitual.
—Que beba, que se lo pase bien. Encárgate de que mañana cuando llegue esté cansado.
—Así será, mi amo.
Y con paso firme, Sanctus Kallatorum se dirigió de nuevo a su refugio temporal.


Continuar leyendo segunda parte.

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Un pensamiento en “El guante negro (I)

  1. santamayte en dijo:

    Otro relato sorprendente del que espero la continuación.

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