Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

La máquina del tiempo

Por fin os traigo un relato de cosecha propia, tras tanto tiempo de escasez. Además, es el relato que ha ganado el reto mensual del foro http://www.fantasiaepica.com, foro del que soy asiduo y me ha ayudado mucho a crecer como escritor. Ganar ha sido para mi una gran alegría, no por el premio que dan o el reconocimiento de los compañeros que allí “competimos”, sino porque voy por el buen camino. De momento estoy en tercera regional, pero con constancia y esfuerzo, puede que algún día llegue a segunda división.

El tema del reto era “Villanos” y había que crear un relato basado en un personaje villano (asesino, nigromante, maníaco, político… ). El límite son 3000 palabras, y tuve que recortar mi versión inicial, porque se me había ido un poco la tecla. Decidí crear un personaje basado en un villano de dibujos animados y construí al protagonista con cinceladas de Moriarty de Sherlock Holmes, el profesor Doofernshmirt de Phineas y Ferb y el infame Rumpelstiltskin de Shrek 4.

Reto Fantasía Épica Villanos

Que lo disfrutéis.

El guardia hacía su ronda escuchando el eco de sus botas al andar. Paseaba la linterna de gas de un lado para otro, alumbrando los mismos lugares oscuros de siempre, sometido a la aburrida rutina de todas las noches. Solo deseaba terminar su ronda para poder dedicarse a su pasión: leer. Carroll, Dickens, Mason, Radcliffe… Todos ellos conseguían transportarle lejos de aquel aburrido mundo que era su realidad.
En unos minutos llegaría a la sala donde Dreyfus y Miller hacían guardia. Les había tocado hacer guardia frente a un pedestal protegido por un grueso cristal que contenía un extraño objeto traído para la primera exposición de tribus nativas americanas. Por lo que le habían dicho, era un antiguo artefacto al que se le atribuían poderes mágicos. Cuentos para atraer visitantes, sin duda, pero sí era cierto que cuando se observaba con detenimiento uno no podía evitar sentir un escalofrío.
Cuando llegó a la sala de exposición donde sus compañeros montaban guardia preguntó con ironía:
—¿Alguna novedad?
El eco de su voz resonó en la habitación, y al alumbrar hacia la vitrina, vio que esta se encontraba vacía y que sus dos compañeros estaban tendidos en el suelo. Emitió un grito ahogado, buscó con el tacto en la cadera y con mano temblorosa extrajo su revólver.
—¿Hay alguien ahí? —se aventuró a preguntar.
Nadie respondió a su pregunta. Cuando vio el guante rojo en el pedestal donde debía encontrarse el objeto protegido dejó caer la lámpara de gas y sopló su silbato todo lo fuerte que pudo. La Vara del Último Chamán había sido robada.

***

El Profesor Ruppert R. Moradox estaba reclinado sobre un desvencijado sillón, con los pies sobre un taburete y con una perfecta sonrisa cincelada en el rostro. Se retocaba coqueto su engominado pelo negro bajo una sombrilla a la que el paso del tiempo no la había tratado bien y que apenas bloqueaba la poca luz de un día nublado, esperando a que su secuaz empezara a leer.
—Bien jefe, aquí está, en primera plana —dijo con voz de pito, nada desentonada con su espigado cuerpo.
—¡Espera! —gritó. Tomó su taza de té y tomó un pequeño sorbo—. Adelante.
—Durante la noche de ayer se robó del British Museum la Vara del Último Chamán comanche, un objeto de gran valor histórico y que perteneció al legendario chamán Nubenegra. Según cuentan las leyendas, con esta vara invocaba fuertes vientos, grandes tormentas o brillantes días en los que el sol abrasaba de forma implacable, retrasando así la conquista del oeste. —Pasó por encima del resto de líneas en las que se hablaba de las leyendas y continuó—. El ladrón consiguió introducirse en el museo de alguna forma que los investigadores todavía no han podido descubrir y dejó inconscientes a los guardias. Aunque todavía es pronto, se sospecha que pudo ser mediante gas. A ver… —murmuró alguna cosa en voz baja—. ¡Oh! Aquí. Se encontró un guante rojo como el que utiliza «El ladrón del guante rojo» en sus robos, y que suele dejar como prueba de su autoría.
—¡Jajaja! Esos estúpidos deben estar perdiendo el tiempo buscándolo. —Rió entre diente mientras su sonrisa se ensanchaba—. Para cuando averigüen que no ha sido él, será demasiado tarde. —Cuando consiguió controlar el ataque de risa, pudo pedirle que continuara.
—En estos momentos Scotland Yard ha movilizado a todos sus efectivos, debido a que este incidente puede suponer un conflicto diplomático entre Estados Unidos e Inglaterra.
—¡Bah! Que se fastidien esos yanquis. Pronto estarán a mis pies también.
—Espere, jefe. Aquí hay más. Aunque el Inspector Gordon no lo ha confirmado, fuentes no oficiales aseguran que se ha pedido ayuda al conocido investigador James Cass…
—¡No! Ni lo nombres. Esta vez no podrá dar con nosotros. Fue limpio y brillante, como todo yo.
—Sí, jefe —dijo Rufus con una sonrisa con más agujeros que los del sillón. Siguió leyendo por encima, pero su jefe ya había perdido todo el interés, sorbiendo con sonoridad de la taza de té.
—Un momento, aquí hay algo más. Al parecer el ladrón dejó otra prueba, un…
—¿Alguien ha visto mi gorro? —dijo Arty asomando su cara de morsa por la puerta.
El Profesor Moradox se atragantó con el té y parte del contenido de la taza se derramó sobre su inmaculado chaleco. En mitad del ataque de tos intentó hablar, pero su fue imposible. Sus dos esbirros se acercaron rápidamente y le golpearon la espalda para que se le pasase. A los pocos segundos había recuperado el aliento.
—Jefe, se ha atragantado —dijo Arty con su voz adormilada.
—Ya lo sé, imbécil. —Fue a decir algo más, pero las palabras se agolparon en su boca cerrada. Gesticuló con el puño levantado como si siguiese hablando hasta que, irritado, desapareció por la puerta.
—Te la vas a ganar, estúpido —dijo Rufus en un hilillo de voz.
—¿Yo? Pero si le he ayudado a respirar.
Al poco tiempo el Profesor Moradox apareció de nuevo, con su chaleco manchado y un pelo rojizo que se elevaba varios palmos hacia el cielo.
—¡Maldito imbécil, inepto, inútil y estúpido saco de grasa! —Se sacó un guante blanco de uno de sus bolsillos y le atizó a Arty en la cabeza mientras este, sin entender nada, intentaba protegerse con los brazos—. ¿Cómo pudiste perder tu gorro en mitad de un trabajo?
—Vamos, jefe, tranquilícese —dijo Rufus mientras se protegía también de los ocasionales golpes que se dirigían hacia él—. Es solo un gorro.
—¡¿Solo un gorro?!¡¿Solo un gorro?! Por mucho menos ese sabueso de Cassidi fue capaz de encontrarnos. —Se llevó las manos a la cara y se dio la vuelta—. ¿Por qué tenéis que amargarme siempre estos momentos de victoria?
—Jefe, nosotros no…
—¡Callaos! ¿Están preparadas las defensas de «por si acaso»? —Rufus asintió—. Vamos dentro. Tendremos que acelerar mis planes.
Y, con la cabeza gacha, los dos secuaces siguieron a su jefe al interior de la vieja fábrica de zeppelines.

***

El Profesor Moradox observaba orgulloso, con los brazos en jarra, la última de sus creaciones. Toda una serie de tubos, con palancas e indicadores de presión, coronada por una gran campana, simulaban una enorme e intrincada tuba. Se giró hacia su público con una sonrisa triunfal y chasqueó los dedos.
—Rufus, mi peluca de los discursos.
—Sí, jefe —respondió presto su subordinado. Se dirigió hacia un armario granate y abrió los dos portones con diligencia. Buscó con el dedo siguiendo su mirada y tomó con sumo cuidado un postizo de cabellos blancos en bucles. Se dirigió ligero hasta el profesor y sustituyó una peluca de cabello rubio y lacio por la nueva—. Ya lo tiene jefe.
El Profesor Moradox esperó a que su secuaz devolviese el peluquín a su sitio y se colocase en su sitio.
—Durante toda la historia de la humanidad, el hombre ha estado a merced de las inclemencias del tiempo. Tormentas, huracanes y sequías han causado destrucción y muerte allá por donde han pasado. Y por fin, yo, el gran e infalible Profesor Ruppert R. Moradox, he construido una máquina capaz de controlar todos estos elementos. Las naciones no tendrán otra opción más que rendirse a mis exigencias si no quieren verse devastadas por la fuerza destructora de la naturaleza. —Con gran solemnidad, desdobló las telas que cubrían la Vara del Último Chamán y la colocó en una urna especialmente preparada—. Y ahora, ¡preparaos para contemplar el nacimiento de un nuevo orden mundial! —dijo eufórico, bajando la palanca que ponía en marcha todo el artefacto.
Todos esperaron con la sonrisa helada que la máquina emitiese sus sonidos, pero nada ocurrió. Tras unos segundos incómodos, el profesor preguntó:
—¿Alguien me puede explicar qué narices está pasando?
Los dos secuaces se miraron con sorpresa, sin saber qué responder. El profesor fue de un indicador a otro hasta que, con los puños apretados, estiró de golpe sus brazos en los costados.
—Rufus —dijo con un grito contenido—, tráeme mi peluca de enfadado.
En cuanto su subordinado hubo hecho el cambio de nuevo, estalló.
—¡¿Se puede saber por qué no habéis alimentado a la máquina con el carbón argénteo?!
Arty y Rufus se lanzaron una mirada acusadora.
—Le tocaba a él —gritaron al unísono.
—¡Empezad a llenar las tripas de mi creación inmediatamente u os meteré a vosotros en la caldera de una patada!
Los dos salieron disparados a por las palas y la carretilla. Hacían viajes desde la carbonera hasta la caldera con mayor rapidez de lo que lo habían hecho nunca mientras el Profesor Moradox descargaba sobre sus espaldas toda una retahíla de improperios.
Un suave pitido alertó de que la temperatura estaba subiendo demasiado.
—¡Suficiente! Ahora cargad de agua los tanques hasta su máximo nivel.
Rufus y Arty obedecieron las órdenes sin rechistar. Llenaron las cubas e hicieron sendos viajes desde la balsa interior hasta los depósitos de la máquina.
Cuando, sudorosos y negros como el tizón, volvieron a sus puestos, el Profesor Moradox volvía a tener su peluca de los discursos colocada.
—Y ahora, esta vez sí, ¡preparaos para contemplar el nacimiento de un nuevo orden mundial!
Accionó la palanca y el engendro empezó a emitir siseos, dando lugar a chorros de vapor, pitidos y chirridos. Esta vez, la sonrisa triunfal de uno y los rostros de asombro de otros, duraron varios minutos, hasta que con un fuerte bufido, todo se desinfló.
La mandíbula del profesor casi se desencajó de su rostro debido a la marcada mueca de incredulidad.
—No, no. Todo iba bien. ¿Qué ha fallado esta vez? —dijo en un susurro, frustrado hasta la médula.
Sus secuaces se acercaron observando al engendro como si hubiese algo que no entendiesen.
—No ha funcionado, jefe —dijo Arty.
—¡Ya lo veo, idiota! —gritó Moradox desencajado—. Averiguad qué pasa.
Mientras sus subordinados comprobaban juntas, filtros y tuberías, el profesor se dirigió a su preciado armario granate. Abrió las puertas, se quitó con delicadeza su peluca de los discursos y se colocó la de mente maravillosa: cabello blanco y alocado. Tomó una silla desvencijada, se sentó frente a la gran máquina y cruzó los brazos sobre el pecho. Se quedó observándola, analizando la construcción y discurriendo sobre dónde podría estar el fallo.

***

—Bueno, jefe, creo que ya he descubierto dónde está el problema. Se trata de la junta la trócola, que está desgastada. La pieza que utilizamos no era la más adecuada.
—No, Rufus —dijo Arty—, es el vaporizador de fluzo, que atregoniza el sobrante argénteo de la combustión.
—¿Qué? Eso no puede ser —replicó—. Yo mismo lo instalé.
—¡Callaos, mequetrefes! Para lo único que servís es para hacer fracasar mis infalibles planes. —Se levantó de un brinco de su silla y se dirigió hacia la máquina—. Está claro que si quiero algo bien hecho tendré que hacerlo yo mismo. Malditos patanes, ¡debería haberos dejado en aquella letrina en la que vivíais! Os doy la oportunidad de saborear las mieles del triunfo y vosotros me lo pagáis con vuestra torpeza e ineptitud.
La pareja bajó la vista, arrepentidos incluso de haber nacido.
—Jefe, nosotros… —empezó a decir Rufus con la boca pequeña, pero un gesto brusco del profesor hizo que se callase.
—Ya ahora, dejadme trabajar.
El profesor se dirigió al armario de pelucas y sustituyó su postizo de los discursos por uno de pelo negro, casposo y grasiento. Luego desapareció por uno de los despachos para salir instantes después con un mono de trabajo desgastado y descolorido.
Minutos después, el Profesor Moradox se encontraba dentro de las tripas del engendro, pidiendo herramientas y piezas, mientras sus subordinados corrían de un lado para otro, recuperada ya la compostura, procurándole todas sus peticiones.
Al amanecer del día siguiente, y tras vaciar varias latas de comida, un Profesor Moradox exultante observaba maravillado el resultado de su creación.
—Bien, por fin, podremos asistir a la creación de un nuevo orden mundial. —Con los brazos en jarra y cubierto de grasa y hollín, esperó en vano los aplausos de su público.
Cuando se giró presto a cubrirlos de insultos, vio que estaban dormidos, uno en una silla con el cuello hacia atrás, y el otro encima de la carretilla.
—Oh, sí —murmuró sintiéndose de repente extenuado—. Tal vez haya que dormir algo. —Arrastró los pies hasta su habitación, situada en una de las antiguas oficinas de la fábrica. Se quitó su peluca y los zapatos, y se dejó caer sobre la cama. —Hay que estar descansado para poder dominar el mundo en condiciones —dijo antes de quedar atrapado por el manto del sueño.

***

—¡Arriba, holgazanes! —gritó Moradox.
Rufus cayó de la silla del susto y Arty sufrió un tirón en la cervical. Con ojos somnolientos y frotándose las zonas doloridas, vieron la imponente figura del profesor vestida con su impecable traje blanco y un cabello blanco rizado a juego.
—Colocaos en vuestros puestos, vamos a empezar.
Se colocó con los brazos en jarra y la mirada prendida en su creación. Por fin iba a deleitar los frutos de tanto esfuerzo. Por fin, todas las naciones le rendirían pleitesía y se convertiría en amo y señor de todo cuanto se le antojara.
—Y ahora, sin más dilación, ¡daré paso al nacimiento de un nuevo orden mundial! —dijo eufórico, mientras sus subordinados aplaudían con entusiasmo. Pero justo antes de que accionara la palanca que encendía todo el engendro, una serie de sonidos metálicos acompañados de fuertes bufidos lo interrumpieron—. ¿Y ahora qué pasa?
Rufus y Arty observaban cómo los mecanismos de defensa «por si acaso» se habían activado. Una serie de tentáculos articulados intentaban atrapar a una figura con gabardina gris y ondulado pelo rubio, y que escapaba de ellos dando grandes saltos impulsado por una mochila de propulsión. Los tres veían las esquivas imposibles y movían los brazos intentando reproducir los movimientos de los tentáculos en un vano intento de atraparlo. Finalmente, la figura se detuvo a escasos quince metros de ellos, justo fuera del alcance de los brazos mecanizados.
—Profesor Moradox, qué sorpresa encontrarle aquí —dijo con un deje irónico en la voz—. Esperaba encontrarme con el ladrón del guante rojo. —Moradox fue desplazándose lentamente hacia uno de los extremos de la máquina mientras James Cassidi hablaba—. He de decir en mi favor que dejar en la escena del crimen un gorro repleto de carbón argénteo me facilitó mucho las cosas, dado que solo los zeppelines «Crawford» lo usaban.
—¡Jajaja! ¿Acaso no pensaste que lo hice a propósito para atraerte hacia mí? —mintió el profesor, al tiempo que presionaba un botón rojo de uno de los paneles. Sin tiempo a que pudiese reaccionar, un centenar de pequeños cables se dispararon desde el suelo cubriendo un anillo alrededor del villano. Una vez Cassidi estuvo inmovilizado, se acercó con una esquiladora en la mano—. Esta vez no te me escaparás. Por fin tendré tu pelo y no podrás atraparme nunca más. Nada puede detenerme ya.
Cassidi enarcó una ceja.
—¿Acaso pensaste que esta vez iba a venir solo?
Un pequeño cohete salió disparado desde su mochila de propulsión, inundando la fábrica con un potente pitido que se hacía más fuerte a medida que ascendía, hasta que chocó contra el techo y cayó al suelo. Instantes después el lugar se llenó de un mar de ruidos. Por puertas y ventanas empezaban a entrar decenas y decenas de bobbies como una tromba de agua tras la rotura de una presa. Corrían desde todas las direcciones hacia ellos, accionando las trampas extensibles pero sin poder ser detenidos.
El Profesor Ruppert R. Moradox se quedó paralizado, hundido en su fracaso, mientras veía acercarse la derrota. Había vuelto a fallar. ¿Por qué se le negaba la victoria una y otra vez?
—Vamos, jefe, que nos van a atrapar —lo azuzó Rufus.
Viendo que su patrón no se movía, entre Rufus y Arty se lo llevaron medio en volandas medio a empujones, mientras este alargaba la mano en un vano intento de llevarse su máquina consigo. Todos sus sueños, deseos e ilusiones se deshacían como un castillo de arena a la llegada de la marea alta, arrebatados de nuevo por el cien veces maldito James Cassidi.
—¡Por aquí, por aquí! —le gritaron mientras subían con dificultad el montículo de carbón cercano a una de las paredes de la fábrica. El terreno inestable y el hollín revoloteando a su alrededor lo despertaron de su estado como si hubiese recibido una bofetada.
—¿Qué es esto? ¡¿A quién se le ocurrió poner la carbonera en mitad de la ruta de escape?!
Sus dos secuaces seguían obligándolo a continuar, y cuando llegaron a la parte alta, lo empujaron hacia delante, cayendo y rodando hacia una pequeña trampilla situada en la pared. El profesó se enderezó, con el llanto contenido, mientras observaba asqueado sus ropas de gala completamente negras.
Sin perder ni un instante, Arty abrió la trampilla y se deslizó al interior, bajando por unas escaleras oxidadas hacia un túnel subterráneo. Al mismo tiempo, Rufus ayudaba al de nuevo abatido profesor a introducirse por la abertura. El primero de los bobbies apareció por encima del montículo de carbón.
—¡Vaaaaamos!
A duras penas logró introducirse él también cuando accionó una palanca que atrancaba la trampilla, justo a tiempo de escuchar un golpe seco al otro lado, acompañado de los gritos de los policías.
Cuando Rufus llegó abajo, Arty ya se había subido en la zorrilla y el profesor se encontraba hecho un ovillo en la parte trasera. El secuaz, espoleado por el temor a ser capturado, subió de un salto y dejó caer su peso sobre el balancín para iniciar el movimiento, mientras al otro extremo Arty hacía lo propio. El regular chirrido del balancín subiendo y bajando sacó al profesor de su trance. Miraba el túnel que dejaban atrás con los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada, con dos surcos que le cruzaban las mejillas como un cañón que parte en dos una llanura.
—Me las pagarás, James Cassidi —sentenció con los puños apretados.

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8 pensamientos en “La máquina del tiempo

  1. Bien hecho, querido amigo 🙂

  2. !!!!!Celembor me ha encantado este relato!!!!! A mí me ha recordado a una mezcla entre Pierre Nodoyuna de los autos locos y Lex Lutor. Es genial y muy descriptivo. Talmente estaba viendo una película o la serie de dibujos animados. Genial. En otro orden de cosas…..!!!!Ya soy doctora!!!! Ayer fue el acto de defensa de la Tesis. Me salió todo mu muy bien. Qué alivio. En fin, todo un mundo de posibilidades ante mí. Me alegro mucho de que hayas vuelto a la carga y encima ganando un premio. Eres muy bueno en lo tuyo.

    • jajaja, sí, Pierrre Nodoyuna era muuy grande.

      ¡Enhorabuena por tu doctorado! Yo he terminado el grado de telemática y ha sido muy duro, así que un doctorado ni me lo imagino. Me alegro mucho, Dra. Senosvalavida 😀

  3. ElAndres en dijo:

    Muy bueno. El final es totalmente de los dibujos de Sherlock Holmes, con los dos secuaces morralla dándole a la manivela de la máquina de huida. Me da la impresión que ha sido en el final donde has cortado cosas, como cuando el héroe recupera el objeto y se luce explicando como lo ha descubierto todo. Como seguro que te has guardado todo lo que escribiste pon el relato completo para los fans. Un abrazo y sigue así.

    • Aahhh, Andrés, que es un reto de villanos. El protagonista es el villano y no puedo darle más protagonismo al héroe. Pero sí, el relato original era más largo y tuve que recortarlo en casi trescientas palabras, aunque no tengo pesado poner la versión extendida.

  4. ElAndres en dijo:

    Lastima. Me tendré que contentar con lo que hay (jajaja). Sigue así que cada día mejoras más. Un abrazo.

  5. Muy bueno, entretenido. yo también cuelgo relatos en mi blog: http://www.cuentomagic.blogspot.com, por si quisieras daros una vuelta.

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