Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

En un rincón de la casa

Dada mi escasez productiva de los últimos meses, le he pedido prestado a un amigo uno de sus relatos, como viene siendo habitual últimamente. Màrius es un valenciano exiliado al que considero uno de los mejores escritores amateus que he leído. Os dejo con un relato melancólico en el que con muy poco nos construye todo un mundo de sentimientos.

Disfrutadlo.

Clara

Supongo que siempre había estado ahí, que ya la había visto antes; el caso es que solamente reparé en ella aquel día en que asaltaron el banco y los dos nos encontramos, por un momento, siendo silenciosos rehenes. Ella era una de las empleadas y lograba pasar desapercibida aun con mayor destreza que yo.

Nos hicieron tumbar en el suelo, la mayoría de la gente gimoteaba, algunos a duras penas pudieron reprimir un grito, un sollozo y, como viene siendo costumbre en mí, yo dediqué ese tiempo a extrañarme por las cosas más intrascendentes, como lo mal que conjuntaba el jersey y la falda de la señora que temblaba de miedo a mi lado, o, por ejemplo, recuerdo que me dio por mirar a uno de los atracadores, que llevaba el pelo recogido aun sin ser éste del todo largo, imaginé que ese hombre no veía el momento de hacerse una buena coleta, que seguramente se miraba todos los días al espejo, ansiando el bendito día en que la guedeja le quedase holgada.

Así que estábamos por tierra, con cuatro atracadores dando vueltas a nuestro alrededor, la mayoría agitados y yo inmerso en mis conjeturas, cuando de repente me fijé en ella.
Le habían atado las manos y los pies, estaba tendida de lado, con las rodillas dobladas. Me pareció hermosa, aun teniendo una de esas caras comunes que siquiera uno se detiene a apreciar, diríase que su rostro era un elogio a lo frecuente. Estaba colocada de tal manera que podía perfectamente vernos a todos, aunque al parecer lo único que atraía su atención era una de las sillas de la sucursal del banco, a la cual observaba serena y curiosa, ajena a todo lo demás.
Dirigí la mirada hacia el mismo lugar, una de las traversas que aseguraban la estabilidad de la silla se había soltado, imaginé que era peligroso, que alguien podría caer, que más tarde llegaría un anciano dispuesto a cobrar su pensión, tomaría asiento, al encontrar cola, y terminaría por precipitarse al suelo, por culpa de esa junta que no estaba en su sitio.

Entonces nuestras miradas se entrecruzaron.
Y mientras uno de los atracadores soltaba un disparo y vociferaba con voz rasposa que estaba perdiendo la paciencia, en ese preciso instante, encontramos las ganas de seguir viviendo.

—Tenéis que ajustar esa silla —le dije más tarde, cuando el atraco había llegado a su fin y ambos habíamos sido atendidos, aun sin tener herida alguna.
Ella me miró y pude ver como poco a poco salía de su ensimismamiento.
—Me daba igual lo que pasara ahí dentro —dijo sorprendida, hablando para sí misma.
Yo mantuve el silencio, sonriendo con los labios sellados y ligeramente ladeados. Ella fijó su mirada en mi pecho, como si de un espejo se tratase.
—Me daba igual lo que pasara ahí dentro —repitió mientras una solitaria lágrima recorría su tez—, hasta que te vi —concluyó, esta vez mirándome a los ojos.

Más tarde supe que se llamaba Clara, que le encantaba el cine, pero a duras penas terminaba una película pues se dormía con facilidad en cualquier sofá o butaca, cualquier día del año. Supe también que cuando hacía el amor sonreía satisfecha y que era incapaz de dejar de hacerlo, que su piel olía a arándanos y que tenía un pasado, del que nunca hablaba y que siempre le hacía compañía. Clara, silenciosa observadora con los ojos entornados.

Durante un tiempo intentamos construir algo juntos, sin resultado alguno. Recuerdo que cuando ella me dejó, me pasaba las noches buscando su olor entre las sábanas.
—No puedes quererme desde ahí abajo —fue todo lo que me dijo, antes de irse.

La casa

Recibí las llaves de Pablo, el antiguo propietario, un señor de avanzada edad, algo rechoncho y con un semblante bonachón a la par que afligido. Me estaba esperando en el umbral de la casa y, una vez me dio el llavero, se giró para echar un último vistazo al salón de entrada.

—Esta ha sido mi casa durante cuarenta y dos años, muchacho —adujo, después de un suspiro de resignación.
Entré y paseé las manos por los muros, fingiendo estar satisfecho, intentando dar a entender al anciano que estaba orgulloso de ella.
—En aquel rincón de allí mi hija solía sentarse a leer enciclopedias —dijo, señalando una de las esquinas del salón—. Le encantaba pasarse horas pronunciando palabras nuevas, descubriendo ciudades y personajes del pasado.
Intenté imaginar la escena. Sin saber muy bien por qué motivo, en mi mente esa muchacha era parecida a Clara.
—Trataré bien su casa, señor —fue todo lo que se me ocurrió decirle.
El anciano pareció percatarse por primera vez de mi presencia, me miró fríamente, quizás intentando dilucidar si era o no digno de poseerla. Al cabo, se encogió de hombros y salió sin ni siquiera decir adiós.

Estuve deambulando por las habitaciones, imaginando los recuerdos que en éstas se escondían. Sólo había traído conmigo una botella de whiskey, toda la mudanza del día, así que terminé por acercarme al rincón que me había indicado el anciano y empecé a beber en mi primera casa, libre de muebles, recién pintada de blanco, donde el único recuerdo que había logrado sobrevivir era el de una niña hojeando una enciclopedia en el mismo lugar donde en ese momento yo daba buena cuenta de un escocés.

Más adelante, algunas veces, atisbaba al anciano en la calle, apoyado sobre un árbol en la acera de enfrente, observando la casa con el rostro compungido. Me di cuenta que había perdido peso, que estaba bastante desmejorado. Fue fácil para mí imaginarlo pasar sus últimos días en un apartamento tosco, en medio de la ciudad pero cerca de sus hijos, asintiendo silencioso a cada observación que su mujer hiciese, cuidando de los nietos, equivocándose de habitación todas y cada una de las veces que acudía al baño, sin llegar a entender en qué preciso momento había perdido las riendas de su vida.

Clara en la casa

Ella volvió, encontrando algún pretexto que yo nunca puse en duda, y volvimos a jugar a ser felices, esta vez con mayor acierto. Los muros ya sólo eran paredes y fuimos pintando la casa con el color de nuestras vivencias.

Recuerdo un día, la mañana de un domingo, en que Clara reposaba en la cama y el sol conquistaba las sábanas con tal nitidez que parecía que alguien lo había trazado. Me acerqué despacio, me gustaba observarla en silencio cuando levantaba la nariz inconsciente, como si de un roedor se tratase, olfateando en sueños. Me senté a su lado y miré jubiloso a través de la ventana. Había un pequeño ruiseñor posado en la repisa y a lo lejos se escuchaba el tañido de las campanas de una iglesia lejana.
—¿En qué piensas? —me preguntó Clara al rato, con los ojos cerrados.
Escuché el sonido de una puerta al cerrarse y el ruiseñor emprendió el vuelo.
—En que hay momentos en la vida en que el tiempo debería ser clemente y tomarse las cosas con más paciencia —respondí, mientras acercaba la mano a su cabeza para mesarle los cabellos.
Afuera las campanas dejaron de repicar y comprendí que ese sería un momento, por insignificante que hubiese sido, que recordaría en un futuro.

A veces hace falta muy poco para ser feliz.

La casa sin Clara

En algunas otras ocasiones, sucede que sabes que un jarrón se va a caer, que se romperá en mil pedazos, y lo único que consigues hacer es seguir sentado absorto, esperando que todo suceda.

—Estás aquí, pero no puedo verte —acertó a decirme una noche, no sin cierto reproche.
Hacía ya un tiempo que ambos sabíamos que lo nuestro ya no era nuestro, sino de cada uno.
Por mucho que intenté implicarme, yo seguía fijándome en las sillas que estaban rotas y en las coletas demasiado cortas, seguía sin entender la importancia de un atraco; ella hacía ya tiempo que al pasar por la puerta de un banco desviaba la mirada, recelosa. Pasábamos horas en la misma habitación, a kilómetros de distancia y muchas veces sentía sus ojos posados en mí, intentando leerme.
—Siempre he sido de los que sueñan despiertos —le respondí—. Una vez tú también lo eras.
Ella negó con la cabeza, decidida, como si hubiese reflexionado sobre ello más de una vez y por fin lo hubiese entendido.
—Quieres vivir tantas vidas que nunca has tenido el coraje de decidirte por una sola —sentenció, regalándome una verdad, a modo de despedida, pues es lo que terminó siendo.

Clara se alejó de mi vida, por última vez, como un iceberg se desprende de un glaciar y se separa de él, inexorable. Y de repente la casa era, de nuevo, todo muros y volví a refugiarme en el rincón de la sala, pues era el único sitio que no me recordaba a ella, el único punto de la casa que no habíamos logrado conquistar. Así que pasaba mis horas, huyendo de la ausencia, o en búsqueda de ella, allá donde una vez una niña hojeaba una enciclopedia y un muchacho imberbe y taciturno estrenaba su casa con un escocés.

En el rincón de la casa, huyendo de su recuerdo.

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6 pensamientos en “En un rincón de la casa

  1. Absolutamente magistral. Me ha encantado este relato de principio a fin. Gracias por compartirlo Celembor. Y ya llegarán esas musas…..o el tiempo necesario para prestarles la debida atención.

  2. santamayte en dijo:

    Gracias por no permitir que tus lectoras queden sin nada que echarse a los ojos,aunque no sea tuyo.

  3. Gracias a vosotras por seguir ahí, sea mucho o poco lo que publique, y dejando siempre vuestra opinión. Se agradece mucho.

  4. ElAndres en dijo:

    Relaciones imposibles, amores que no pueden ser, un tema que siempre da para un buen relato. Felicita al autor de mi parte Jordi nen.

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