Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Las ideas nunca mueren

Hola amigos. Esta vez os traigo un relato de mi amigo Theraxian, el Gato Negro. Siempre cuenta las historias con mucho trasfondo y a mí, por lo menos, nunca me deja indiferente.

Voodoo Lulu opening day 20090711

Las ideas nunca mueren

La luz del sol luchaba por abrirse paso entre las nubes que envolvían la ciudad de Londres. La niebla que sitiaba el suburbio tan solo se diferenciaba de las nubes por el color más claro pero igual de opaco.
Reunidos en la pequeña sala de su casa, Matthew y Valerie Meroven se hallaban sentados frente al hogar. Él miraba a su mujer con ansiedad mientras ella, con tranquilidad, leía unas hojas que tenía entre manos.
—¿En qué…?
—Shhh—chistó Valerie.

Capítulo XXI: Luz Perpetua.

Una vez más, como es mi costumbre desde hace meses, me encuentro sentado a la mesa de la cocina. El único sonido que me acompaña es el del tic y el tac de los relojes. Observo las muescas en la superficie de madera, con el mismo desgano con el que contemplo el desorden acumulado de días anteriores.
El silbido me anuncia que la cafetera terminó su parte del ritual matutino. Solo unos segundos pasan para que el chasquido y el sonido de un resorte indiquen que la tostadora también ha cumplido su misión. Un golpeteo metálico de la taza sobre la bandeja, y el suave murmullo de la cinta corriendo, confirman que hoy el desayuno no terminará en el suelo.
—Funciona bien, papá.
Sonrío al escuchar la voz de Wendy a mis espaldas. Quisiera poder estar más presente para ella, recuperar el tiempo perdido y jugar en los campos de trigo. No obstante, empiezo a percibir la urgente presión carcomiéndome una vez más. Siento la ansiedad. Respiro y me convenzo que, cuando mi experimento termine, cuando el peligro pase, ella y yo tendremos todo el tiempo del mundo.
—Había que evitar que la presión del vapor fuera excesiva… —balbuceo mientras la bandeja se desliza frente a mis ojos.
Me quedo observando el desastroso desayuno. Dos de mis tres panes, negros como el carbón, están bañados por la mitad derramada del café.
—¿Quieres hacer otro desayuno, papá? —dice entre risas.
Como siempre, con peores y mejores comidas, vuelvo la vista hacia el Daily Telegraph. El titular, viejo desde hace meses, sigue gritando con sus negras letras “Muere Nikola Tesla”, espoleando mis miedos.
—No, no tengo tiempo para perder —contesto y, con dulzura, le digo—. Pero tú, mi niña, come tranquila.
Sin embargo, a diferencia de otras veces, me quedó sentado. Solo puedo ver el periódico. La voz de mi viejo amigo muerto resuena en mi cabeza.
«Antes que pasen muchas generaciones, nuestras máquinas serán impulsadas por un poder obtenido en cualquier punto del universo».
—Por eso te mataron —murmuro—. Mientras peleabas con el estúpido de Edison, la Corporación Latho se aprovechaba de ambos.
La fotografía bajo el titular muestra el cuerpo de mi colega caído sobre el suelo de su sala. Causas naturales y un corazón débil, conjeturaron los doctores; pero no saben nada o, quizás, están complotados para ocultar la verdad.
Cuando recibí la invitación de Nikola, creí que era para festejar su triunfo sobre Edison en la Guerra de las Corrientes; un nombre rimbombante que le dieran los conocedores de la enemistad habida entre mi amigo y el imbécil de Alva.
Creí que lo encontraría feliz, pero en su lugar me recibió un hombre nervioso y desgreñado. Aún lo recuerdo.

 

—Buscan el fin de la Era del Vapor, por eso la Corporación Latho financió a Edison; les convenía que se gastasen millones con su corriente continua —decía mientras caminaba de un lado al otro de la amplia sala, que en pocos días sería donde lo encontrarían. Cada tanto, frenético, se asomaba a la ventana, espiando entre las cortinas las calles húmedas y sucias de hollín—. Ahora que he demostrado la superioridad de la corriente alterna no dejan de acosarme. Saben que no podrían sostener la deficiente invención de Edison. Han decidido beneficiarme… con sus condiciones.
—Son ambiciosos, como todo grupo economista, Nikola —digo antes de apurar el exquisito bourbon que me sirviera.
—¡No! ¡George Westinghouse es ambicioso! Esta gente es perversa, Robert. ¡Peligrosos y malignos!
Abro los ojos ante su arrebato. Sin dudas nunca lo había visto tan alterado, nervioso y asustado.
—¿Y qué es lo que quieren? —no me levanto del sillón, pero me inclino hacia él, fascinado por su consternación.
—Someter al pueblo, ahora lo sé. Tenías razón con tu teoría, Robert. —Me tomó por sorpresa. Habíamos discutido varias veces sobre mis hipótesis, pero Nikola no me había tomado muy cuenta; después de todo nunca fui una amenaza como lo era Edison. Mayor fue mi impresión cuando lo escuché afirmar: —La electricidad es solo el desecho residual de una energía mayor. Es la versión pobre de lo que nos llega a nosotros.
Di otro trago al bourbon y sonreí, estaba satisfecho. Contento de ser reconocido por Nikola.
—¿Ahora crees en mi investigación sobre la Luz Perpetua?
—Oh, si, Robert. Claro que sí. —Se alejó de la ventana y me miró con sus ojos abiertos por el temor—. ¡Y ellos lo saben!
Me sentí repentinamente incomodo con aquella aseveración. No, más que inquieto. Pensé en Susan y Wendy. Sentí el frío dedo del miedo rascándome la nuca.
—Saben todo de mí. También descubrieron tu trabajo, Robert. —Volvió su atención a la ventana—. Deberías tomar tus recaudos y marcharte. Tu investigación es más peligrosa que la mía para ellos, porque de la tuya no pueden sacar réditos.
Recuerdo que salí de su casa y, azuzado por el miedo, no dormí aquella noche pensando en lo que había dicho.
Días más tarde encontraban el cuerpo de Tesla sin vida. Eso me decidió a irme cuanto antes de Londres, tal vez a la campiña. La noche posterior a la muerte de mi amigo, Susan me encontró en el estudio con las armas de mi padre en el escritorio. No tuve más remedio que contarle lo que ocurría. Y ella entendió.
Sí, lo mejor era irnos.

 

—El tiempo pasa, papá —dice Wendy, pero no me muevo. Tengo la necesidad de abandonarme a mis memorias. A la peor parte de ellas; no puedo evitarlo.

 

—Señor Harris. —Todavía recuerdo el tono agudo y burlón de aquel hombre cuando entré en la estancia—. Al fin nos conocemos.
Me chocó la imagen de aquel sujeto, con gafas circulares de color negro, sentado en mi sillón, como si fuera el patrón de la casa mientras agitaba un bastón negro.
Un lloriqueo a mi derecha me hizo reparar en los otros presentes. Un sicario, con una prótesis arm-mechaniker en forma de guadaña, apoyaba la hoja sobre el cuello de Susan. Con los ojos llenos de lágrimas, me miraba con desesperación. Nuestra hija también estaba arrodillada, protegida entre sus brazos.
—¿Qué significa esto? ¡Suéltelas! —exclamé sintiendo que la sorpresa se convertía en ira.
—Negocios. La Corporación siempre hace negocios, aunque no todos son sobre el papel y el oro. Hay cosas más valiosas —rió y me mostró los dientes en una mueca mientras hacia malabares con su bastón—. Soy el señor Jarle King. Su amigo Tesla era un hombre, si me permite la broma, brillante. Demasiado para nuestro gusto. Era un genio, sin dudas, pero usted…, es un soñador. Y eso lo hace más peligroso.
—No sé de qué me habla… —Negándome a rendirme, pensaba el modo de escapar de allí, de una situación que estaba signada por la tragedia.
—Luz perpetua. Muy ocurrente. —Golpeó el suelo con su báculo—. Quiero todos los papeles que tenga de esa investigación.
—No sé de qué me habla…
—Respuesta incorrecta.
Un gemido ahogado me hizo girar para ver cómo la sangre salpicaba el rostro de Wendy mientras la guadaña atravesaba el cuello de Susan. La cabeza de mi mujer rodó por el suelo mientras mi hija gritaba.
—Los papeles, señor Harris.
Invadido por el odio y el miedo, me lo jugué el todo por el todo.
—¡Wendy, al suelo! —grité, confiando en que me obedecería, que mi voz estentórea la haría reaccionar.
Del interior de mi sobretodo saqué la avancarga belga con caño de bronce y apunté al maldito que segara la vida de Susan. Tres ampollas de ácido chocaron contra el pecho y la cara del malnacido; cobrándome con sus gritos tan pérfida acción.
Luego disparé contra el hombre de las gafas pero no encontré satisfacción en el alarido inhumano, ensordecedor y horrible que salió de aquella garganta. Lo vi saltar de un lado al otro, como si se tratara de un arlequín desquiciado. Me giré para buscar a Wendy y la encontré tendida en el suelo, cubierta de sangre.
Cargándola en brazos, huimos mientras Jarle King chillaba.

 

—Papá…
Los relojes dan las diez, anunciando una hora perdida. Los pajarillos de metal, que hacen las delicias de Wendy, me sacan de los recuerdos.
—Si, pequeña, no quiero retrasarme más.
Vuelvo a mirar el Daily Telegraph con la fotografía del cuerpo de Tesla; mis dedos arañan el papel.
—Hoy es el gran día.

 

Bajo las escaleras en dirección al sótano, allí me esperan bobinas, láminas de titanio y siete diapasones en torno a una plataforma de magnetita. Dentro del bolsillo de mi chaqueta, acaricio el último objeto, indispensable, para culminar mi experimento con éxito.
Como siempre, mi pequeña ya está sentada en su taburete. Acaricio su cabello dorado, la contemplo y me reflejo en su mirada; cuando observo la maquina, ella me responde.
—Lo has conseguido, papá.
Edison y Tesla se habían empeñado en dominar la electricidad y la comunidad científica estaba fascinada con sus inventos; pero yo, llevado por el pensamiento de Platón, conceptualicé que esa energía que nos rodea es indicador de otro estado de las cosas. Siempre supe que la corriente era solo eso, un estado vulgar de la energía del universo.
Gracias a mis ideas, Tesla fue un paso más allá en sus investigaciones, descubriendo que el magnetismo era otra variante de esa misma energía, mucho más estable. Sin embargo, para Tesla todo se redujo a la comunicación y por ello mandó a construir la torre Wardenclyffe.
Me acusaron de alquimista delirante cuando dije que dicha energía podía ser concentrada, de formas más sencillas y puras, de las que Tesla y Edison pensaban.
—Solo se necesita un recipiente puro, perfecto.
Sostengo en mi mano un cristal de cuarzo de siete lados; toda una rareza mineral. Con una reverencia impropia de mí, deposito la piedra en la plataforma; un altar para mis anhelos.
—Es un hombre difícil de hallar, señor Harris.
Antes de girarme, reconozco la voz de Jarle King. Porta sus gafas negras y su bastón; intacto, como si el ácido nunca lo hubiera afectado. Me sonríe con su mueca. Veo a Wendy a metros de él, paralizada de terror; pero el hombre la ignora.
—Ha perdido a su familia y sigue intentándolo. Entenderá que no podemos permitir que siga con esto. Ha llegado muy lejos. La Corporación Latho no quiere sus servicios, sus ideas son peligrosas para nuestra causa.
—¡Las ideas nunca mueren, imbécil! —Alardeo, aunque en realidad estoy asustado—. Siempre habrá gente que las descubra.
—Pero sí mueren los hombres que las encuentran. Dígame, Harris, ¿es usted una idea o un hombre?
—Descubrámoslo
Acciono el dispositivo y Jarle King se tensa cuando el aire crepita al encenderse las bobinas, lanzando descargas de una a otra. Un zumbido se extiende por toda la habitación y debo taparme los oídos. Mi Némesis no se ve afectado por el sonido, pero sí retrocede unos pasos. Wendy sigue en su silla, mirando de reojo la escena. Los pelos se nos erizan por la estática.
—Papá…
—¡Aguanta, pequeña!
Las fuerzas de la electricidad empiezan a circular por las varillas y los diapasones vibran. Todos los recipientes de vidrio y porcelana estallan, escupiendo hirientes esquirlas en múltiples direcciones. El zumbido es ensordecedor hasta que los diapasones empiezan a cubrir el crepitar eléctrico, armonizándolo.
Salvaje e incontrolable, salvo por los aparatos de Tesla, las descargas comienzan su proceso alquímico ante mis asombrados ojos. Me recupero y compruebo que ahora es Jarle quien se lleva las manos a los oídos.
—¡Apague eso, maldito! —grita.
Mientras se mueve por el recinto en dirección a Wendy, la vibración y la energía eléctrica confluyen en el punto focal de toda aquella maquinaria: el cristal de cuarzo.
—¡Wendy!
Desesperado veo la mirada paralizada de mi hija cuando aquel demente la alza por encima de su cabeza y la arroja hacia la maquina. Mi cuerpo reacciona instintivamente, mucho antes que mi razón. La atrapo en el aire, salvándola del campo creado por las bobinas; y rodamos por el suelo hasta que nos detenemos. Wendy no dice nada, poso mis labios contra su fría piel metálica…
¿Piel metálica…?
Observo al pequeño autómata que tengo en brazos, con su peluca rubia adornada con hebillas y su vestido de volados, con unos ojos de vidrio facetado que han de ser el mismo reflejo de mi mirada. El velo de mi psicosis freudiana se levanta y los dolorosos recuerdos me alcanzan. Veo, una vez mas, al malnacido que mata a mi esposa blandiendo el arm-mechaniker; en su arrebato alcanza a Wendy. La sangre en su vestido no es solamente de Susan, no es… no es…
Una lluvia de golpes se descarga sobre mi cabeza, intento cubrirme, balanceándome entre el pasado y el presente. Ambos son dolorosos, caigo al suelo y no me importa. En aquella vorágine de imágenes y padecimiento, me veo construyendo la máquina de la Luz Perpetua. Wendy permanecía sentada en el taburete mientras buscaba alcanzar el mundo de las Ideas, adonde su espíritu se había refugiado. ¡Juro que escuché la voz de mi hija!.
El bastón de Jarle vuelve a descargarse contra mi rostro, rompiéndome la nariz. Ya no sé dónde estoy, solo veo mi maquina trabajando, la electricidad rodeando el cristal. Con un último chispazo, las bobinas se queman y quedamos sumidos en la oscuridad. Sin embargo, la resonancia de los diapasones no se termina y, de pronto, el cuarzo se enciende. Estiro mi mano para alcanzar la luz.
Está hecho, papá.
La luz empieza a pulsar, como si se tratara de un corazón; con cada latido, su resplandor se vuelve mas intenso. Los golpes sobre mi cuerpo se detienen de inmediato y escucho pasos que se alejan.
Levántate, te espero en el trigal.
Mis músculos gritan cuando, tambaleándome en agonía, logro agarrar el cuarzo. Es como tener una estrella en la mano. Escucho una risa; y descubro que es mi propia alegría, como un fénix que atraviesa el sufrimiento y la derrota.
—¡Deshágase de eso, Harris! —Apretando los dientes por el dolor, busco el origen de ese tonillo chillón y lastimero que aprendí a odiar.
Lo encuentro refugiado en una esquina, en sombras, babeando y gruñendo como una bestia acorralada. Disfruto acercarme a él con la luz perpetua en mi mano.
Jarle aúlla cuando las sombras se retiran, se encoge, pegándose y contorsionándose de una manera espantosa. Me recuerda a una babosa. Acerco el cristal, sintiendo que tiembla, como si estuviera intentado penetrar un cuerpo gelatinoso; hago un poco de presión y el hombre de las gafas chilla como un cerdo. Sonrío.
—¡Latho se enterará de esto, Harris! —gimotea.
—Púdrete —respondo mientras penetró aquella resistencia.
El cristal estalla en contacto con aquella cosa que era Jarle y una explosión me arroja hacia atrás. Algo más se rompe, quizás mi columna. En medio del velo que se cierne sobre mi, puedo ver una enorme sustancia, negra como el hollín, viscosa como la brea, chorreando por la pared.
No me importa pues ya no puedo ver con claridad. Pienso en el cuerpo del autómata que habría alojado el alma de Wendy, tirado, tosco y torpe.
—Fracasé…
Ven a casa…
Extrañamente, mientras la oscuridad se incrementa, puedo ver que todo se ilumina. Los trigales me rodean, como olas doradas, y ya no siento nada más.

 

Unas lágrimas rodaron por la mejilla de Valerie.
—¿Así acaba? ¿Tesla muere por esa organización Latho?
—Corporación…
—Y la niña… ¿estuvo todo el tiempo muerta? —Sacudió la cabeza, estupefacta—. ¿Las fuerzas del Mal ganan la batalla?
—Es la metáfora del steampunk, el último bastión ante los peligros de industrialización masiva —respondió Matthew, sombrío—. Es el mundo heredado que nos toca vivir.
Tomó el The Guardian que estaba sobre el escritorio y le mostró los nefastos titulares: guerra, asesinatos, una economía que se iba a pique y, para rematar, una ola de desapariciones infantiles que apuntaban al mercado negro de tráfico de órganos.
—Jarle lleva razón, Valerie. Las ideas quedan ocultas para que la malicia reine y beneficie a los poderosos. No es una buena época para ser una buena persona.
—Al contrario, Matthew. Estos son los tiempos que nos definen para ser compasivos. —Valerie se levantó y se sentó en el regazo de su esposo, quien secó sus lágrimas—. Además, ese monstruo también dijo que los soñadores son peligrosos. Y tú eres uno, como Robert. Por algo escribiste la Luz Perpetua.
—Entonces, ¿por qué esas lágrimas?
—Debería saber, señor Meroven, que las futuras mamás nos volvemos muy sensibles —él la beso y la apretó contra sí, y ella sonrió—. Es porque me conmueves con lo que escribes. Tienes un don. Por eso sé que, aunque esta novela termina de forma horrible, es cierto que las ideas, como la luz, no mueren y están allí, latentes. Y hacen a los hombres inmortales.
—¡Qué buena reseña!
Ella rió y se arrebujó contra su cuello. Matthew la besó. Se pusieron de pie y ella lo vio tomar su portafolio, donde colocó su novela completa, lista para presentar a su editor. Lo acompañó hasta la puerta y allí lo despidió.
—Tendrás éxito con esto. Es una buena idea.
Era un día lluvioso, muy común en Londres. Matthew protegió su maletín y avanzó por la calle empedrada. Valerie lo vio irse y cerró la puerta.
Un hombre de gafas negras surgió detrás de un árbol, contempló la casa y luego al escritor que se alejaba. Una sonrisa cruzó su rostro y lo siguió, silbando mientras hacía malabares con su bastón negro.

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3 pensamientos en “Las ideas nunca mueren

  1. Bueno. Ágil y ameno tu relato. Quiero leer más relatos.

  2. Buen relato, sí señor. Una vieja historia muy bien adaptada, sin duda. Lo cierto es que no tengo mucho que comentar, ya que me parece muy redondo. Me ha parecido muy interesante que se rescatasen figuras tan relevantes como Edison y Tesla. La estructura del relato, aunque ya utilizada en ocasiones anteriores, está también muy conseguida.
    En la parte técnica nada negativo a destacar. He leído sin distracciones y he disfrutado de la prosa. Muy bien.

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