Un café con Leire

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Estrellas sobre Alepo

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Farid asomó la cabeza por encima de las piedras. Oteó la calle mientras aguantaba la respiración de forma inconsciente. Los disparos habían cesado hacía ya largos minutos, pero no significaba que el peligro hubiese pasado. La carbonizada furgoneta del señor Herat seguía delante de su derruida tienda de alimentos y la fachada del edificio de su amigo Khaled tenía los mismos trece agujeros. Volvió a sentarse en su escondite un rato más. No tenía prisa.
Pasaron los minutos y escuchó unos gritos lejanos y el atenuado eco de más disparos rebotados por los derruidos edificios. Volvió a asomar la cabeza y a aguantar la respiración.
Como una rata avezada se escurrió entre los escombros, atravesó las grietas y recorrió habitaciones desnudas hasta llegar al umbral de la entrada a lo que quedaba del edificio. Sacó la cabeza ligeramente y miró hacia lo alto. La mayoría de las veces la muerte miraba desde arriba.
Tras unos largos minutos escudriñando ventanas, grietas y boquetes, azoteas y balcones, estuvo seguro de que no había nadie, salió disparado como una perdiz que ha oído el peligro hasta el edificio adyacente a la antigua propiedad del señor Herat. Se coló por un pequeño agujero creado por el mortero y entró en el edificio. Caminó por la penumbra esquivando muebles y escombros como un bailarín interpretaría su danza, silencioso y preciso, y atravesó la estancia y el pasillo que le llevaron a una habitación a oscuras. Con el corazón todavía golpeando su pecho y la respiración agitada, se apoyó en una pared y se frotó la nariz. Siempre le picaba cuando entraba allí.
Buscó en su bolsillo y extrajo un mechero. Encendió la chispa y una pequeña llama arrojó penumbras allí donde antes solo había un pozo de oscuridad. Con sumo cuidado se acercó hasta una pared, apartó la alfombra y colocó la mano sobre una cajonera cubierta de polvo. Como iba a necesitar las dos manos, apagó el encendedor y lo volvió a colocar en el bolsillo que no estaba agujereado. Empujó con gran esfuerzo, intentando hacer el menor ruido posible, y las patas se deslizaron sobre el suelo emitiendo un leve crujido. Farid hacía esto con sumo cuidado, y movía el mueble muy despacio. Aunque nunca había visto a nadie por allí, no quería que nadie descubriese su tesoro.
Cuando consideró que ya era suficiente, volvió a encender el mechero y se coló por un agujero en la pared que daba a la parte de dentro del almacén de la tienda de comestibles. El señor Herat hacía tiempo que no aparecía por allí, y como no había otra forma de entrar, tampoco había motivo para que se enfadase si alguna vez se enteraba. Por supuesto, nunca se lo había dicho a sus padres, pero tampoco hacía falta.
Aún así, no podía evitar sentir un escalofrío cada vez que entraba allí. A pesar de que aquel lugar estaba abandonado, tenía la sensación de que en cualquier momento aparecería el señor Herat y le recriminaría el hecho de haberle vaciado los estantes un día tras otro y encima hubiese dejado tirado por el suelo las botellas de refresco y los envoltorios de los dulces de tahide.
Por eso siempre se quedaba allí durante unos minutos, en la más completa oscuridad y respirando muy despacio para no hacer el menor ruido, por si había vuelto y estaba esperándole.
Seguro de que no había nadie más, volvió a encender la llama y escudriñar los casi vacíos estantes. Ya no quedaban muchas cosas que llevarse. Al principio había sustraído ollas, cucharas y alimentos envasados para cambiarlos por dinero o comida, pero demasiado tarde se dio cuenta de que las estanterías no volvían a llenarse solas, y ahora solo tomaba aquello de necesitaba y cuando no había otros medios para conseguir comida.
Tomó otro bote de lentejas con albóndigas de cordero y lo introdujo en su zurrón. No tomó ninguna más, ya que sus padres ya habrían cenado cuando volviese a casa y sus hermanos ya no vivían con él. Echó un último vistazo a aquel desangelado lugar y volvió sobre sus pasos hasta el agujero. Tras pasar al otro lado volvió a dejar todo como estaba y subió un par de pisos, se coló en unas habitaciones y se descolgó por el dormitorio que había quedado a la vista de todos tras los bombardeos, hasta uno de los muros derruidos. Con sumo cuidado, se colocó en cuclillas y saltó sobre un gran trozo de pared que había quedado horizontal sobre los escombros.
Corrió entre cascotes, subió paredes derruidas y se coló por ventanas abiertas hasta que llegó a la calle Harrat. Esperó allí sentado un rato. Cuando vio una persona cruzar la calle supo que era seguro salir levantando el polvo tras de sí recorrió dos calles más, donde antes vivían Suud y Talal, y llegó a la plaza del mercadito. Se apoyó sobre una pared y recuperó el aliento mientras veía a la gente ir de un lado a otro.
Seguramente ya era hora de ir a casa, pero le apetecía practicar un poco de puntería antes de volver. Se acercó hasta el edificio donde el señor Mazen había colocado un plato metálico que captaba los canales turcos, el mismo donde vivía Samir, y practicó su destreza en el manejo del lanzamiento de piedras. Su hermano mayor lo hizo mucho contra la policía antes de que llovieran bombas del cielo.
Cuando se cansó, se colocó el zurrón en bandolera y caminó a paso resuelto de vuelta a casa con una amplia sonrisa. Practicar todos los días había hecho de él un gran tirador.
Pasó por delante de la casa de la señora Fareeda y se acercó por la ventana para aspirar los olores que salían de allí: esta noche tenían fati de pollo. Farid salivó y se quedó unos instantes más saboreando el recuerdo del fati de su madre; desde que dos de sus hijos se convirtieron en mártires comía carne dos veces por semana. Con una ancha sonrisa llegó a casa.
Justo después de la cena volvió a escuchar unas explosiones. No estaban muy lejos, pero sí lo suficiente como para no tener que preocuparse. Él solo temía a la niebla. Puso el cazo en un pequeño barreño con agua y limpió con la mano los pocos restos que con su dedo no había podido rebañar bien. La niebla. Dejó en el cazo en el banco de la pequeña cocina y se dirigió al salón. La niebla. Sus manos temblaron y su interior se agitó de temor. Aquel día estaba jugando con Hamza y Firas lejos de casa, en los campos del sur. Todos vieron la niebla a lo lejos, el humo blanco que parecía de un incendio pero que solo dejó cuerpos agarrotados allá por donde pasó. La niebla. Se golpeó la cabeza con las manos, intentando alejar aquellos pensamientos. Aquella niebla se lo había llevado todo.
Se levantó y golpeó la cabeza contra la pared. Soltó unas lágrimas y se frotó con fuerza, intentando aliviar el dolor. Era la única forma de alejar aquellos pensamientos de su cabeza. Aquello era lo único que ya le daba miedo. Antes, cuando era algo más pequeño, siempre tenía mucho miedo de las explosiones, miedo de que cayese una en casa y los matase a todos. Pero desde que dormía con sus padres, ese miedo había desaparecido. Se acurrucaba entre ellos y volvía a sentirse protegido y feliz. Como antes de que todo aquello pasara.
Su padre nunca había querido que ninguno de sus hijos durmiera con ellos. Los hombres han de dormir solos o con su mujer, decía; o, dormir con otros hombres es pecado a los ojos de Alah. Pero Farid le suplicó dormir entre ellos, con lágrimas en los ojos. Los hombres no lloran, Farid, solía decir. Pero el miedo y desamparo que sentía hicieron ablandar el corazón de su padre, porque no dijo nada.
Tomó un par de mantas y salió al pequeño huerto donde antes su padre tenía algunos cultivos, aunque llevaba un tiempo yermo. Extendió la manta y se acostó, mirando las estrellas durante un rato. Siempre le fascinaron los puntitos luminosos que pintaban extrañas figuras en el cielo. Usama decía que eran los días que Alah tardó en crear el mundo, pero eso no tenía sentido; eran demasiadas estrellas. En cambio, Abir explicó una vez que fueron las lágrimas de Jadiya por la muerte de sus hijos varones, pero tampoco lo creía cierto. Las lágrimas caen al suelo, no suben al cielo. Una vez le quiso preguntar al profesor Rakin por qué Alah había puesto las estrellas en el cielo, pero le dio vergüenza. Nunca pudo preguntárselo. Tal vez, algún día, cuando fuese más mayor, sabría el por qué.
Se tapó y se giró para mirar el montículo de tierra y grava que tenía a su derecha.
—Buenas noches, papá.
Luego, se volteó y se giró a la izquierda, donde estaba enterrada su madre.
—Buenas noches, mamá. —Y en un susurro le dijo—: te quiero.

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3 pensamientos en “Estrellas sobre Alepo

  1. santamayte en dijo:

    El relato es muy descriptivo y refleja una absurda guerra donde todos pierden y nadie gana pero lo que más me gusta es tú capacidad para sorprender con el final,he llegado a imaginar al adolescente durmiendo entre su padre y su madre vivos.

  2. Me ha encantado el relato.
    Un abrazo desde el interior de una montaña de papeles y proyectos en marcha.

  3. ElAndres en dijo:

    Sólo una palabra: brutal. Es de esas historias que te surgen cuando estas viendo u oyendo algo especialmente alegre y tienes que escribirlas cuando estás calentito. Gran relato sin duda.

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