Un café con Leire

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Dichosas Leyendas

Hoy os traigo un relato de mi amigo Telcar. Espero que lo disfrutéis.

wendigo

Jack podía ser un capullo cuando se lo proponía, pero no era de los que dejaba en la estacada a los amigos, la familia, las ex esposas o lo que se tercie, diría él. Así que todavía tenía la oreja caliente de hablar con una llorosa Claire, cuando ya estaba encaramándose en su viejo Mack, saliendo de Yellowknife y rumbo a ese villorrio de mala muerte en donde vivía su ex con el mastuerzo de su actual marido.
No había tenido tiempo ni de afeitarse. Apenas hacía unas horas que había llegado a casa, después de dejar un cargamento de lácteos en un almacén de distribución. Dejó desenganchado el remolque y se las piró con el bueno de Benji.
Benji era un camión, claro. Una jodidamente venerable cabeza tractora Mack de seiscientos caballos, su mejor amigo y herramienta fiel para ganarse la vida en aquellas desoladas latitudes canadienses.
Apenas comenzaba octubre, pero ya caían copos agitados por el viento. Por la carretera secundaria no circulaba nadie a esas horas. Esperaba llegar pronto a Bearpaw, eso en el caso de que aquel miserable conjunto de casuchas siguiera en su sitio.
—¡Qué estúpida eres, Claire. Consigues librarte de mí y te lías con uno peor!
No entendía muy bien el problema. Claire había lloriqueado por teléfono, mencionado algo de una pelea, que Tim se había largado y no sé qué de un oso merodeando.
—¡Joder llama a la policía montada y déjame vivir en paz! —le había gritado furioso. Pero ella se había mostrado desconsolada y en menos de cinco minutos el imbécil de Jack Doyle estaba yendo al rescate.
Con ojos somnolientos apenas vio el cartel de Bearpaw. Estaba llegando, pero realmente… ¿a qué coño había ido? ¿Qué iba a hacer, meterle una somanta a Tim? ¿Llevarse a Claire a una pensión de maltratadas?
Era de noche cuando entró en el pueblecito, armando escándalo con el motor de su bestia de tres ejes. Había un puñado de coches aparcados, y ni rastro de gente por la única calle. Dejó a Benji en un descampado que empezaba a quedar cubierto por la nieve y se encaminó hacia lo que creía era la única taberna en cuarenta millas. Antes de entrar a saco en plan caballero que busca damisela, le convenía pensar con un bourbon en la mano.
El cartel ponía «El wendigo tuerto». Menudo nombre para una mierda de local. Cuatro mesas mal distribuidas, una barra sucia a cargo de un tipo feo como él solo, un puñado de lugareños suspicaces y más feos todavía que el encargado, todo bañado en una luz mortecina.
—Un Jack Daniel´s, por favor ¿hay de eso?
—No —respondió el paleto.
—¿Entonces qué coño tienen, si no hay Jack para Jack?
No esperaba que aquella pandilla entendiera el juego de palabras, a fin de cuentas no se había presentado. De todas formas sonrió para dejar claro que estaba de broma, pues todos lo miraban como si fueran a patearle el culo.
—Tenemos un par de botellas de whisky irlandés, por si le interesa. Pero le saldrá a tres dólares el vaso.
Bien, eso valdría para pasar el rato y empezar a darle al mecanismo de precisión que ronroneaba en su cabeza.
—Ponme una botella. Aquí tienes veinte dólares, colega.
—Son veintiuno con cincuenta.
«Gilipollas» Sentenció para sí. Pero al poco rato ya no le importaba estar en el sitio equivocado, posiblemente a punto de cometer otro de esos errores que tan bien se le daban. Claire le había dejado, le había dicho cosas horribles, de fracasado para arriba…pero durante años había sido la única luz en la miserable existencia de Jack Doyle.
—¿Qué me podéis decir de Claire Clemence? —les dijo al cabo de un rato a los contertulios, con voz un poco pastosa tras cinco lingotazos.
Silencio.
—¿Y de Tim Robeson? —dijo ahora en tono algo más áspero.
Uno de ellos, un bobalicón post adolescente con pelusilla bajo la nariz, se levantó y se le acercó.
—No se sabe nada de él desde ayer. Ella vive ahora en la casa de Marge. Es el ama de llaves de la antigua casa de huéspedes, de la época en que venía gente a buscar oro. Ya no ejerce, pero ha acogido a Claire.
Vaya con el bobito, que hasta sabe hablar.
—¿Y tú eres…?
—Soy Buck. La casa de Marge es la que está siguiendo la carretera unos cien metros. Pero yo de usted…
Otra vez silencio. Todos los lugareños los miraban fijamente, hoscos o al menos curiosos. Buck los ojeó a todos y luego agachó la cabeza.
—¿Tú de mí qué, chico?
—Nada. Quería decir que a Marge no le gustará que nadie la moleste a estas horas.
Jack estaba cansado, hasta las pelotas de estar metido en asuntos ajenos, y además siempre había sido un bruto pendenciero. Por eso, cuando alguien le agarró con fuerza de oso el hombro por detrás, le atrapó el dedo y se lo retorció con una maniobra sucia. Ese alguien chilló con voz de niña afónica, Jack se revolvió como un toro y le metió un puñetazo en la cara a un tipo grande que probablemente tendría todavía menos amigos que él. Lo derribó al suelo.
Debía de ser el matón oficial del lugar, porque nadie se aprestó a ayudarle y el tipo tampoco pidió ayuda. Se levantó frotándose la barbilla y le dedicó una sonrisa cariada. No parecía demasiado amenazador, después de todo.
—Antes de estrujarle el hombro a alguien, tío, piénsatelo dos veces —le espetó.
Apuró el último trago y le dejó el resto de la botella al bravucón, que parecía sorprendido pero nada enfadado de que alguien le hubiese dado una tunda. Salió a la noche, arrebujado en su abrigo y con la mente embotada. Un poco de aire cortante de camino a la casa no le vendría mal.
La temperatura bajaba rápidamente. Jack caminó por el borde de la carretera rumbo a la guarida de la tal Marge. Algunas farolas chisporroteaban en el pueblo, pero a medida que se alejaba, la oscuridad le envolvía como un sudario. Se había olvidado la pequeña linterna en el camión, pero de momento le bastaba guiarse por la luz de la casa de Marge. Tenía que ser esa, pues no había otra alrededor.

Toc toc toc

No estaba seguro de que la señora atendiese. Posiblemente llamase a la policía para denunciar que un chiflado con cara de patibulario estaba intentando entrar en su dulce hogar.
La puerta se abrió con un quejido y un haz de luz cayó sobre Jack. Una anciana con facciones medio indias lo apuntaba con una escopeta de cañones recortados. Había curiosidad, pero nada de miedo en los ojos de aquella marine de setenta años.
—¿Qué quiere, joven?
—Disculpe que la moleste, señora, pero me han dicho que Claire se aloja aquí provisionalmente.
—¿Es usted amigo de Tim?—. Levantó el seguro de la escopeta.
—¡No, no, nada de eso, soy el ex marido de Claire!
—Ah bueno, pase entonces. Ella me dijo que usted vendría, aunque las circunstancias han cambiado. ¡Pero pase, pase joven!
Una vez dentro al calorcito, a Jack le apeteció de manera casi irrefrenable el tenderse en el sofá mullido que estaba frente a la televisión encendida. Los rescoldos de la chimenea le daban al entorno un aire hogareño pero a la vez tétrico, Jack no sabría decir porqué. Tal vez por los adornos de la pared. Varias pieles de tejón o de zorro colgadas, garras de oso insertas en la pared, un perro lobo disecado que le miraba como si fuese a abalanzarse ya mismo…
—¡Guau…grrrrrrr…!
Jack dio tal respingo que saltó hacia atrás y de pronto volvió a estar afuera de la casa.
—Tranquilo joven, Fausto no le hará nada mientras esté yo delante.
¡Qué bien! Jack se sentía como un chupatintas cobarde. Lamentaba haberse dejado la carabina en el camión, pero al menos tenía consigo el cuchillo de caza. Si ese chucho se le ponía agresivo, lo desollaría en un santiamén. Se decidió a entrar definitivamente.
—¿Qué es eso de que «las circunstancias han cambiado», señora?
—Llámeme Marge. Pues la pobre Claire está arriba, en su habitación. Muy triste ¿sabe? Ahora no le recibirá, espere a mañana.
—Pero…
—Puede quedarse a pasar la noche. Va a hacer mucho frío y no encontrará donde dormir en Bearpaw.
—No se preocupe, tengo camastro en la cabina de mi camión.
—No sea tonto. Quédese y le prepararé una sopa caliente de puerros.
«De puerros ¿eh?»
—Y de postre le dejaré probar el ponche.
Qué señora tan amable, pese a parecer una chiflada con escopeta y perro asesino. Tras tomar un cuenco de sopa y medio litro del sabroso ponche, Jack se instaló en una de las habitaciones de abajo. Olía a viejo, pero estaba limpia, cálida y bastante cómoda. Tenía una ventana que daba al exterior.
Ya acostado y a oscuras, de vez en cuando creyó oír el gruñido del dichoso perro, a veces pegado a la puerta. Menudo nombre, Fausto. Había decidido hacer caso a la señora y no había intentado hablar con Claire, pero ahora no podía dormir. Estaba preocupado por ella, se dio cuenta de que todavía la quería. Debía de ser el alcohol, que le volvía sentimental.
Se levantó y descorrió un poco la cortina. Un farolillo exterior iluminaba el entorno inmediato, un paraje de árboles amenazantes que se bamboleaban por el viento, con la nieve revoloteando alrededor como infinitos moscardones. Algo rascó en la puerta.
Grrrrrrrrrrr
—¡Cállate, jodido chucho!
Cogió el cuchillo que había dejado en la mesilla, dentro de la funda de piel. Fausto le estaba poniendo los pelos de punta. Percibió algo por el rabillo del ojo, como una sombra que cruzaba rápido frente a la ventana.
«¿Qué ha sido eso?»
Nada, no había nada. La noche seguía solitaria y silenciosa, excepto por el ulular del viento. Jack tenía frío en los pies, se calzó las botas y decidió que no había venido a este lugar para beber ponche y dormir la mona. Sin importarle el perro, salió al pasillo con un par de buenas imprecaciones anti perros en los labios. Quería ver a Claire, ahora mismo.
Fausto no estaba, el hijoputa se había largado con su ama, o a beber ponche. ¡Que no asomase el hocico! Jack se movía con cautela a la parpadeante luz de los rescoldos y una lamparita en el pasillo. Llegó a las escaleras, que crujieron bajo su peso. Subió lento como una marmota hasta llegar a la planta de arriba, tenuemente iluminada por un par de lámparas. No sospechaba dónde se hallaba su ex mujer.
—¿Claire? ¡soy yo, Jack! —susurró. Estaría durmiendo, no le iba a escuchar.
Caminó despacio por el corredor, pegando la oreja y probando con el pomo de cada puerta. Todas se abrieron, revelando dormitorios vacíos, ordenados, fríos. Solo quedaban un par de puertas por probar. Escuchó un canturreo, parecía provenir de la habitación del fondo.
Se aproximó con suma cautela. Tocó la puerta, apenas la rozó…
Se abrió de golpe. Marge estaba allí, la dulce anciana lo enfrentaba con un cuchillo de carnicero ensangrentado. Tan inesperada y sórdida era aquella visión, que Jack estuvo a punto de cagarse por los pantalones y a la vez mearse de la risa nerviosa que pugnaba por surgir de su garganta. Una anciana armada con un machete de matarife se enfrentaba a Jack Doyle, el rudo camionero.
Claire estaba allí detrás, sobre una mesa llena de muescas. Lo que quedaba de ella, despiezada como un ternero en una carnicería. En su rostro había paz, al menos. Una espiral de horror comenzaba a arrebatar la cabeza de Jack. ¿Qué sentido tenía todo esto?
—No tenga mal concepto de mí —decía la señora —Claire era buena chica, no la hice sufrir. Pero él necesita alimentarse regularmente, porque si no se vuelve frenético y peligroso para el vecindario.
—¡Dios todopoderoso, Claire!— apenas pudo articular las palabras temblorosas —¿Él, quién es él? —preguntó Jack aturdido, pensando en Fausto.
—Está fuera, husmea alrededor de la casa. Lo he llamado con una letanía que me enseñó mi abuela. Ahora con usted tendrá ración doble, créame que lo siento.
—¡Lo pagará, bruja psicópata!¡Y a ese chucho, lo mataré!
Marge lo miró sorprendida. Bajó el machete.
—¡Oh no, pobre Fausto! Él no le haría nada a Claire, de hecho mató a ese desgraciado de Tim. Le pegaba a ella ¿sabe?, así que un día que vino a verla de malos modos, pidiéndole que volviera con él, Fausto le saltó desde atrás y le arrancó medio cuello. La verdad es que en parte gracias a Fausto, últimamente mi hijito está muy bien alimentado. Se llevan bien entre ellos y eso me hace feliz.
Tim muerto, Jack estaba más confuso cada vez.
—¿Su hijo?
—Sí, claro…el wendigo.
Grrrrrrrrrrr
Sin tiempo para asimilar tal declaración, Jack se dio la vuelta con el corazón en un puño. Al otro extremo del pasillo estaba el perro lobo, esa sarnosa mala bestia a la que ahora le brillaban los ojos a la luz tenue del farolillo. Había podido con Tim, pero con Jack Doyle lo iba a tener crudo.
Sintió un dolor lacerante en la espalda. «¡Idiota, no le des nunca la espalda a una vieja armada con un machete!»
Rugió de dolor. Se apartó a tiempo de evitar el segundo ataque descendente del machete y le propinó a Marge un violento empujón que la envió a espatarrarse encima de los lastimosos restos de Claire. Rugiendo como la fiera que era, Fausto se le echó encima de un salto. Jack estaba seriamente herido en la espalda, pero era un hombre fuerte y cabreado.
Frenó en seco al perro en el aire y le colocó el antebrazo izquierdo entre las mandíbulas, que se cerraron con saña. Jack volvió a gritar, pero ahora más de furia que de dolor o miedo. Le clavó el cuchillo en el pecho una y otra vez. El animal dejó escapar gañidos agónicos, pero no le soltaba. De reojo Jack vio como la abuela asesina se levantaba trabajosamente.
¿Dónde estaba la policía montada cuando se la necesitaba?
Con un último esfuerzo, le metió los dedos en los ojos al animal y se deshizo de la presa, que ahora chillaba enloquecida. Jack tenía el brazo brutalmente desgarrado, el dolor era terrible y se sintió al borde del desmayo. Echó a correr penosamente hacia la escalera, cayó dando tumbos y se quedó tendido en el suelo, boca arriba.
O estaba medio ido, o estaba escuchando de nuevo la cantinela de la señora Marge.
Apenas logró abrir los ojos. En lo alto de la escalera estaba ella, distinguía apenas su silueta borrosa tras la penumbra. El chispazo y la detonación ensordecedora fue la antesala de un estallido de sangre y pedazos del hombro izquierdo de Jack.
«Me había olvidado de la escopeta»
Gritó, gritó y siguió gritando. Rodó sobre sí mismo a tiempo de esquivar el segundo disparo, que dejó un boquete en el suelo de madera.
—¡Estése quieto, Jack, le dolerá menos si me deja a mí terminar con usted! Como le atrape mi hijo será mucho peor. A él le gusta que las presas aguanten vivas mucho tiempo, es por la maldición ¿sabe? Le hace ser horriblemente cruel, pero también astuto y paciente… ¡mi pobre hijo!
—¡Maldita zorra, váyanse a freír puñetas toda la familia! —se atragantó, trató de arrastrarse por el vestíbulo hacia el exterior. Iba dejando un rastro de sangre oscura y espesa.
—¡Qué maleducado!
Jack logró ponerse en pie y abrió la puerta. El contraste de temperatura fue como una bofetada gélida, pero le sirvió para despejarse. Salió al exterior tambaleándose, con el cuchillo todavía milagrosamente en la mano.
Las probabilidades parecían en contra. Unas veinte yardas a la intemperie hasta el pueblo, a oscuras y desangrándose, con una vieja exterminadora que ahora mismo estaba recargando la escopeta de doble cañón. Por lo visto, también debía de contar con un hijo maldito que se comía todo lo que su mamaíta le ponía en bandeja.
Lástima de carabina en el camión.
Echó a correr, con un tobillo torcido por la caída en la escalera, una enorme raja sanguinolenta de machete en la espalda, el hombro destrozado y un antebrazo con el blanco del hueso a la vista. Diría que de peores había salido, pero no era así, ésta pesadilla se llevaba la palma.
Iba a morir, a menos que llegase al pueblo. Ya estaba a medio camino, mirando atrás cada pocos pasos. Al frente, en medio de las casas había movimiento. ¡Sí, un grupo de personas estaba mirando hacia él! Nadie debía de dormir en este culo del mundo.
Creyó ver algo por el rabillo del ojo, una sombra que se movía con rapidez a su alrededor. Se podían escuchar leves pisadas sobre la nieve recién caída. No importaba, esos paletos le echarían una mano, pero los muy capullos ya podían moverse, no quedarse quietos mirando como pasmarotes.
—¡Eh, ehhhh…!
Se calló al escuchar un gruñido gutural a su derecha, muy cerca. La luz lejana de los faroles mostraba en penumbra una figura agazapada. Le miraba, podía sentir su hambre, de carne y de almas. Se incorporó lentamente y por fin pudo distinguirla. Tenía la apariencia de un hombre desgarbado con garras alargadas, abría la boca en una mueca imposible. Estaba cubierto de un espeso vello blanquecino, uno de los ojos era rojo y el otro negro, una cuenca vacía.
Durante aquellos segundos interminables, Jack recordó al fin una leyenda que había escuchado varias veces, acerca de una criatura maldita oriunda de la inmensidad salvaje boreal, anteriormente humana pero después inmortal y devoradora de carne humana. Había sido en una cantina de Yellowknife frecuentada por gente india o mestiza.
Miró con desesperación hacia el pueblo, dónde los paletos no se movían, solo miraban con insana curiosidad. Recordó el nombre de la taberna de Bearpaw.

«El wendigo tuerto»

Jack Doyle aún tuvo tiempo de escupir al destino antes de alimentar a la leyenda.

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4 pensamientos en “Dichosas Leyendas

  1. Al fin me acerco a saludar. Pues eso, gracias Celembor por colgar el relato y espero que entretenga a los lectores. Si no les gusta puede que un wendigo amaestrado les pegue un mordisco en el trasero.

    Lo escribí hace unos meses en una noche de insomnio, para presentarlo a nuestro amigable reto de terror en el foro. Miedo no da mucho, más bien humor negro y un poco de ambientillo estilo américa profunda.

    En fin, saludos y que os vaya bien.

    Pd: Llevo una temporada echándole un vistazo al blog, aunque solo he hecho 3 o 4 comentarios. Me gusta como lo tienes organizado y gran parte de los temas me interesan (sobre todo los relatos), que lo sepas.

    • Gracias a ti, Telcar, por dejar que publique tu relato. Me gustó mucho cuando lo leí, y fue mi favorito. Me alegré de que ganase.
      Vaya, eso es lo que llamo yo una productiva noche de insomnio. Creo que tiene una mezcla muy buena de humor negro y suspense que le pega muy bien a la América profunda.
      Me alegra ver que te están gustando cosas. La verdad es que en dos años he acumulado un buen puñado de entradas, aunque no todas de la misma calidad. Espèro verte por aquí y saber de algunas de tus opiniones.

      Un abrazo, compañero.

  2. santamayte en dijo:

    Mi más sincera enhorabuena para tú amigo Telcar,me ha hecho pasar un buen rato Es muy descriptivo,ha bordado el carácter de Jack y el entorno bizarro de Bearpaw.Saludos.

  3. Telcar en dijo:

    Gracias por tu comentario, santamayte, me alegro de que te agradase la historia. Como anécdota, para inspirarme en el personaje de Jack pensé en el «Jack Burton» de «Golpe en la Pequeña China», esa peli estupenda de los ochenta. Ya digo que lo escribí en una noche loca ;).

    Por cierto que eso de «entorno bizarro» me ha encantado.

    Un saludo.

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