Un café con Leire

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La Piedra de la Vida (II)

Continuación de “La Piedra de la Vida (I)

Todos cayeron al suelo. El mareo era considerable y Findor y Rohman apunto estuvieron de vaciar el contenido de sus estómagos.
Lo primero que percibieron sus sentidos fue el aroma dulzón de las flores. Aquella agradable fragancia que nunca antes habían sentido ayudó a que se relajaran sus estómagos y desapareciese el mareo. A su alrededor había una serie de plantas en maceteros, y una tenue luz proveniente de las paredes iluminaba lo suficiente la sala para poder verse.
—Ya hemos llegado. Espero que el viaje de vuelta sea más agradable —dijo Saúd.
—Eso si volvemos —le contestó Ragas—. Tengo un mal presentimiento.
—Todos lo tenemos, amigo —le dijo Findor poniéndole una mano en el hombro y mirando por el alrededor—. Estamos en la misma sala, ¿verdad?
—Así es —Elvinol se dirigió hacia la entrada y se colocó delante—. Lo he estado pensando y entregarle la piedra a Nibenai no es la única solución. —Las miradas de reprobación que recibió le indicaron que iba a tener que esforzarse para convencerles—. Escuchadme. Pensadlo bien: si advertimos al Guardián de que van a robar la piedra y se condenará el mundo podremos protegerla antes de que se pierda.
—Has dado tu palabra. Además, si hubiese otra solución nos la habrían dicho.
—¿Sí? ¿De verdad? ¿Y qué sabes tú, que sigues ciegamente los dictámenes del viejo? Hay muchas posibilidades y han elegido por nosotros la que más les interesa. Tenemos la oportunidad de salvar de verdad el mundo, porque entregárselo a un rey hechicero es como condenarlo a la esclavitud.
—La esclavitud no es eterna, amigo elfo —dijo Findor, que había nacido esclavo y fue liberado tras la revuelta popular que terminó derrotando al rey hechicero de Tyr.
—¡Ja! ¿Y qué ha cambiado? Ahora no son esclavos de facto, pero las condiciones son tan duras que en la práctica nada a cambiado. Los ricos siguen siendo muy ricos y los pobres no tienen ni para comer.
—No voy a permitir que se eche a perder la misión. El Maestro Protector…
—¡El Maestro Protector es un títere del rey hechicero! Maldita sea, ¿es que no os dais cuenta?
Aquello era algo que casi todos habían pensado. El silencio se apoderó de la estancia y todos se sumieron en sus pensamientos.
—Elevinol, estoy de acuerdo con casi todo lo que dices —Las palabras de Saúd relajaron al mago—, pero tras evaluarlo creo que la opción de llevar la piedra a nuestro tiempo es la que compone menos riesgos, ya que depende de nosotros. Con prevenir al Guardián, y eso si es que nos quiere escuchar o nos crea, no nos asegura que la «Orden de la Sierpe» no robe la gema. No sabemos nada de ellos.
Discutieron un rato más, pero todos estaban de acuerdo con el halfling. No tuvo más que dar su brazo a torcer, aún sin estar convencido. Creía firmemente en que cualquiera de las otras soluciones era mejor que entregarle la piedra a Nibenai.
Se reunieron entonces en un círculo y discutieron la estrategia a seguir. Tras unos minutos exponiendo ideas, se impuso la de que Saúd entrara y cogiese la piedra sin ser visto, gracias a una de las tres pociones de invisibilidad que tenía para aquellos casos. Si el Guardián se daba cuenta tendrían que entrar a luchar, aprovechando el factor sorpresa: una bola de fuego y entrada en escena. En cuanto el halfling tuviese la piedra en su poder estamparían el rubí contra la roca para romperla.
Avanzaron por el pasillo con sigilo. Hasta sus oídos llegaba el reconocible sonido del agua, y la imaginación de todos ellos no pudo más que evocar las posibles formas que estaría adoptando.
Una brillante luz iluminaba todo el santuario, repleto de plantas que todo tipo, con muchas flores y ninguna espina. Además del sonido del agua, había un suave zumbido, y decenas de insectos viajaban de una flor a otra recogiendo el apreciado néctar para llevarlo a su panal. Apenas habían visto una pequeña parte del frondoso santuario y ya estaban maravillados. Nunca se hubiesen imaginado que algo así podía existir.
Cuando se recuperaron de la visión y se centraron en la misión, Saúd se tomó su poción. Al instante desapareció y el resto no tuvo más que esperar. Con suerte todo saldría bien, sin tener que recurrir a las armas.
Saúd entró en la sala, embriagado por el perfume de las flores y la humedad de la estancia. Se dirigió hacia el centro del santuario, donde estaba la misma fuente que vio hacía tan solo unos minutos, a mil años de distancia.
—¡Descúbrete, intruso! —tronó una voz. El corazón de Saúd casi le sale del pecho del susto y en un acto reflejo se tumbó en el suelo y rodó hasta un lugar oculto—. Sé que estás ahí. Si no te muestras, te encontraré yo y será peor.
Una figura alargada y esbelta apareció por detrás de uno de los árboles. Iba desnudo, y su piel era azulada. Cabía la posibilidad de que en algún momento hubiese sido humano, por sus rasgos, pero estos eran mucho más suaves y delicados, y ni un solo cabello se veía en su cabeza. Nervioso, Saúd no pudo más que dejarse cautivar por aquellos ojos de esclerótica azul e iris amarillo. Nunca antes había visto una criatura semejante.
Sin más tiempo para reaccionar, una bola de fuego estalló delante del Guardián. El resto del grupo salió del pasillo: Ragas y Findor corrieron hacia el Guardián dispuestos a luchar y Rohman y Elvindol se quedaron atrás lanzando conjuros.
Saúd aprovechó ese momento para salir disparado hacia la fuente y buscar la piedra. El combate iba a ser duro y tenía que darse prisa.
A mitad camino, unas lianas enredaderas le atraparon los pies y siguieron subiendo por su cuerpo como serpientes. Con un ágil movimiento sacó sus dos dagas y empezó a cortar, pero por cada una que cortaba aparecían dos más. Viendo que aquello apenas surtía efecto, buscó en su cinto uno de los frascos con ácido que utilizaba para acabar con las cerraduras complejas y esparció todo su contenido a su alrededor. Las enredaderas se retrajeron como el tentáculo de un trentor al contacto del fuego.
Los grito de uno de sus compañeros en referencia a la pasividad del elfo le indicó que algo no iba bien. Ragas y Findor tenían graves heridas y apenas resistirían unos asaltos más. Rohman apenas podía conjurar más, con una estaca de hielo clavada en el abdomen. Pero el mago estaba con los brazos caídos, observando el combate con la mandíbula apretada y aplastado bajo la presión del momento. Nunca antes le había pasado, pero en las situaciones de todo o nada nunca se sabe con certeza cómo reaccionará el cuerpo o la mente.
Centrándose de nuevo en su cometido rodeó la fuente buscando la piedra. Si no hubiese sido por su vista entrenada, nunca hubiese visto una piedra transparente como el cristal suspendida dentro del chorro de agua vertical que emergía de la fuente. Con un gran brinco salvó la primera parte y se aferró a la segunda bandeja, llena de agua cristalina. Se empapó entero pero pudo tomar la piedra. Sin ningún signo triunfal, silbó al elfo de la forma indicada para que estallara el rubí, pero el mago se limitó a mirar hacia él y preparó un conjuro. Instantes después, volvía a estar visible. Saúd había sospechado que los podría traicionar, pero no quiso hacerle caso a su intuición. No en aquella ocasión.
Como un rayo se dirigió por donde había venido en dirección al mago. Unos proyectiles de energía salieron de los dedos de Elevinol y estallaron en el cuerpo de Saúd. A pesar del dolor y las heridas, siguió su camino. Cuando estuvo cerca del mago y antes de que este terminara su siguiente conjuro, tomó otra de sus pociones de invisibilidad.
Sin un blanco al que lanzar su conjuro de parálisis, maldijo en voz alta. Elevinol conocía bien la estrategia del halfing: siempre buscaba la espalda del enemigo para clavarle en un punto vital una de sus dos dagas. Así que empezó a conjurar unas llamas ardientes, que en un rápido giro del cuerpo liberó en su retaguardia. Una ardiente llamarada redujo a cenizas el alrededor, pero no había ni rastro del halfling.
Demasiado tarde se dio cuenta de que Saúd también lo conocía a él.
El halfling, preveyendo que el mago reaccionaría a su estilo de lucha, se había quedado delante para tomarle la espalda en cuanto se girase. Con un fuerte remordimiento, introdujo una de sus dagas a la altura del hígado, hiriéndole de muerte e incapacitándolo para lanzar más conjuros. Sin mediar palabra arrebató el rubí de entre las ropas del moribundo mago y se dispuso a lanzarla contra el suelo. Se paró en seco al descubrir que toda la sala estaba cubierta de hierbas o musgos y que no había lugar donde poder romper la gema.
Al mirar a su alrededor fue cuando tomó conciencia de la realidad. Ragas y Findor yacían inertes en sendos charcos de sangre, y Rohman estaba tumbado de espaldas con varias estacas de hielo clavadas por el cuerpo.
Y Nireb, el Guardián, se dirigía hacia él con profundos cortes de los que emanaba un espeso líquido transparente.
Visible de nuevo tras atacar al mago, Saúd se tomó la última de sus pociones.
—¡No sabes lo que estás haciendo! ¡Estás condenando al mundo! ¡Devuelve la piedra a su lugar!
El halfling escuchó cómo varias estacas de hielo se clavaban en el lugar donde instantes antes había estado él. Se dirigió rápidamente hacia el lugar por donde habían entrado y apenas llegó al pasillo lanzó con fuerza el rubí contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos. En ese mismo instante fue absorbido de forma violenta apareciendo instantes después dentro del círculo de partida.
Nireb, el Guardián, quedó solo. ¿Cómo era posible aquello? Habían logrado entrar en el santuario saltándose todos los conjuros de protección y robado la piedra. ¿Por qué haría alguien algo así?
Una respiración entrecortada lo sacó de sus pensamientos. Se acercó a grandes zancadas hasta el elfo que yacía tendido y se arrodilló a su lado.
—¿Por qué habéis robado la piedra?
El elfo lo miró con ojos vidriosos. Una sonrisa hacía fuerza por aparecer en su rostro.
—He podido engañarlos. Me quité el anillo —dijo con voz entrecortada—. Intenté evitarlo, pero no pude.
—¿Quiénes sois? ¿Quién os envía?
Elevinol parecía no oír y apenas podía respirar ya.
—Intenté evitarlo. Ahora la piedra se encuentra en poder del rey hechicero.
—¿Dónde está ese rey hechicero?
Expirando el último aliento dijo:
—A mil años de aquí.

Cayó de bruces al suelo, incapaz de mantener el equilibrio a causa del mareo. Una vez recuperado, levantó la vista y vio a sus compañeros tendidos, lejos de toda recuperación. Estaban todos menos el mago.
Sin tiempo a nada más, notó cómo su cuerpo dejaba de responderle y se quedaba paralizado. Reconocía el conjuro, pues lo había sufrido en alguna ocasión, y solo un mago podía lanzarlo. Todas sus sospechas quedaron confirmadas cuando el rey hechicero se plantó delante de él. Ver aquel rostro deformado, de piel grisácea, le causó una gran impresión.
—Has hecho lo que tenías que hacer y ahora debo hacerlo yo.
Conjuró un nuevo hechizo y colocó su huesuda y fría mano en la cabeza del halfling. Este puso los ojos en blanco y a los pocos segundos la sangre empezó a salir a borbotones por la nariz y las orejas, hasta que finalmente cayó muerto.
—¿Qué has hecho? ¿Por qué lo has matado?
La voz entrecortada y con tintes de miedo era del Maestro Protector.
Nibenai tomó la piedra con delicadeza con su mano derecha. En cuanto hubo contacto, su piel se fue hinchando y tomando un color azulado. Sus ojos, negros como la obsidiana, se tornaron de un color azulado con iris amarillo.
Nireb el Guardián se dirigió entonces hacia el Maestro Protector.
—Debía hacerlo. No podemos permitir que nadie sepa de la existencia de la piedra. —El miedo en el rostro del Maestro Protector había aumentado considerablemente con aquella frase, aunque no había maldad ninguna en las palabras del Guardián. Para tranquilizarlo, añadió—: No era alguien comprometido. Tú has dedicado toda tu vida a la búsqueda y participarás en la restauración.
Pero algo no iba bien dentro de la cabeza del Maestro Protector. Su rostro se estaba desencajando y las lágrimas empezaron a brotar.
—Yo… Fui yo… Quien ha causado la agonía del mundo. —Era como si acabara de unir todas las piezas del puzzle—. Fui yo al mandar al grupo a por ella… Porque previamente ya lo había mandado.
Nireb el Guardián se dirigió hacia él y tomó su rostro entre sus manos, mirándolo directamente a los ojos.
—Los viajes en el tiempo son muy peligrosos. No puedes pensar en ello porque son un círculo en el que no hay ni principio ni fin. Hemos salido del círculo y el tiempo vuelve a ser una línea. Debes centrarte en eso. —Al ver que todavía no había recuperado el control de sí mismo, añadió—: Mandaste al grupo a recuperar la piedra que había robado la Orden de la Sierpe. Eso era lo que tú conocías y por eso actuaste como debías.
—Pero en las Crónicas del Guardián pone… —No terminó la frase. Lo comprendió todo en aquel instante. Era el propio Guardián quien había escrito las crónicas y cimentado la base de lo que llegaría hasta el Maestro Protector mil años después.
Nireb lo soltó de nuevo. Su mirada perdió intensidad y clavó sus ojos en la piedra, meditabundo.
—He tenido que hacer cosas que aborrecía. Me convertí en uno de los mayores tiranos, asesinando a quien fuese necesario para alcanzar y mantenerme en el poder. Actuando como debería hacer un rey hechicero al que imitaba, pues era un rey hechicero quien recuperaría la piedra. Perdí mi naturaleza y llegué a creerme mi papel. —Apretó con fuerza la Piedra de la Vida y fijó una mirada cargada de tristeza en el Maestro Protector—. Me convertí en un monstruo para poder salvar el mundo.
El Guardián se dirigió hacia la entrada de la sala, decidido. Cuando llegó, se dió la vuelta y dijo:
—Es hora de empezar. Hay mucho trabajo que hacer y tu figura como druida va a ser importante.
—¿Cómo lo haremos?
Nireb tardó en contestar, como si buscase la forma adecuada de decirlo.
—Lo primero, hay que acabar con los Reyes Hechicero. —El Guardián inició la marcha por el pasillo—. Ven, te explicaré como.

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4 pensamientos en “La Piedra de la Vida (II)

  1. ElAndres en dijo:

    El viejo truco de la paradoja temporal. Si no los envías al pasado no pueden robar la piedra, pero como ya los has enviado no puedes dejar de hacerlo. El viaje temporal es buena herramienta argumental pero no hay que profundizar mucho, como tú has hecho, porque sino te tienes que poner a dar explicaciones y no acabas nunca. Me ha gustado. Un saludo nen.

  2. Los jugadores de rol sois raros, raros. Parace que nos tendremos que quedar con la intriga de cómo se hace para acabar con los Reyes Hechicero. Que no decaiga Celembor. A ver si nos deleitas otra vez con alguna de esas maravillas de relato inspirados en la cultura japonesa. Me encantan.

    • Como diría el Ándres, “yo soy muy normal”. Sí, es una pena, pero hacer una historia de eso sería demasiado complejo.
      Bueno, en cuanto a inspiración japonesa, hice un inicio de libro corto que no llegó a más por tener que decidir si escribir unas cosas u otras, pero tal vez me anime a publicar lo que tengo escrito.

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