Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

La Piedra de la Vida (I)

«El mundo se seca. El mundo se muere. Nada se puede hacer ya.
Los desiertos avanzan y cada vez hay menos agua.
Pronto todo acabará, ya sea por la sequía o por los Reyes Hechicero.»
El Druida Errante.

Dark Sun

El grupo de cinco entró en la cueva y agradecieron el brusco descenso de la temperatura. Tras un viaje a más de cincuenta grados aquello era lo más parecido a remojar sus cuerpos en agua fresca.
—¡Eh, fijaos! Mirad cómo se me ha puesto la piel —les dijo Saúd el pícaro con una sonrisa que mostraba sus afilados dientes. Su salvaje cabellera pelirroja y la pintura granate bajo los ojos le daban un aspecto temible.
—Sí, es como comer menta —comentó más para sí Elevinol que para los demás.
—¿Y eso qué es? —preguntó Findor, que se había quitado su coraza de quitina y descargado de su sable y escudo.
—Una hierba, pero no importa.
Aprovecharon aquel momento para tomar alguna ración seca y beber unos tragos del agua caliente de sus odres.
—¿Cuánto creéis que tardará el agua en refrescarse? —preguntó Saúd, curioso como todos los halflings, mientras se llevaba a la boca el hueso de un animal y observaba su desgastado y polvoriento pellejo.
Ninguno de ellos contestó; no podían saberlo.
—No se cómo puedes comerte eso, halfling —Ragas el enano había dejado de beber y miraba con asco aquel hueso—. Esa criatura casi nos devora.
Saúd lo miró con una sonrisa.
—Fíjate cómo son las cosas: sales a cazar para llevarte algo a la boca y resulta que eres tú quien acaba devorado. ¿Cuántas veces se habrá repetido esta historia?
Quien permanecía más callado de lo habitual era Rohman el druida. La misión que les iba a encomendar el Maestro Protector era de vital importancia, según le había dicho. Reunir a aquel grupo de aventureros y héroes no había sido nada fácil, pero estaba orgulloso del trabajo realizado: Elevinol, el más poderoso de los magos preservadores que quedaban; Saúd, el salvaje, halfling de Tyr, había sido clave en la destrucción del rey hechicero que gobernaba la ciudad; Findor, hombre de armas y amigo de Saúd, era un guerrero excepcional; Ragas, un enano de Urik, un enemigo terrible con su hacha; y finalmente él mismo, un modesto druida que haría lo posible para cumplir con su cometido.
Por lo que sabía de ellos, estaba seguro de que todos aceptarían la propuesta del Maestro Protector.
Rohman se levantó y estiró un poco los músculos, un tanto entumecidos después del descanso en un lugar tan poco cómodo, e indicó con un gesto de cabeza que se iniciaba de nuevo la marcha.
Todos recogieron sus pertenencias, encendieron unas antorchas y se adentraron en aquella oscura cueva. A medida que andaba, Ragas no quitaba la vista de los muros de la cueva, perfectamente tallados en forma de ladrillo. Cada decena de metros había un mural tallado con motivos florales y daban ganas de parar y quedarse a observar los detalles. Eran una maravilla.
—Qué curioso. Hemos pasado ya por varias trampas desactivadas —dijo el halfling que andaba unos metros por delante y sin levantar la vista del suelo.
—Quien nos espera es amigo. Le interesa que lleguemos sanos y salvos —respondió Rohman—. Puedes dejar de buscar trampas.
—Seguiré por aquí, por si se le ha olvidado alguna.
Tras un cuarto de hora andando, Saúd se paró ante un grabado en la pared. Sin decir nada, indicó a sus amigos que se acercaran a echar un vistazo.
—Fijaos, parece un mapa del mundo —recorrió con su dedo los relieves de los lugares que conocía hasta que la altura no le dio para más—. Pero hay muchas más ciudades de las que quedan ahora.
—Este debe ser un mapa del mundo en la Era Verde —continuó el mago—. Fijaos que no aparecen todavía las ciudades de Gulg, Nibenai ni Urik y hay muchas más.
—¿Dónde estaríamos nosotros? —preguntó Findor.
—Pues seguramente aquí —respondió de nuevo Elevinol señalando con el dedo un punto del mapa—. Es lo que antes se conocía como la región de Nai.
—Poco o nada nos importa ahora eso. Sigamos —dijo Ragas con cierta impaciencia. A pesar de sentirse a gusto bajo tierra, se le notaba algo nervioso.
Reanudaron el camino y a los pocos minutos llegaron a una inmensa sala, diáfana, sin una sola columna. Por el suelo se veían restos de la cúpula de roca que se habían desprendido y estallado en mil pedazos tras la larga caída. A pesar de no haber ninguna fuente de luz adicional a las antorchas, toda la sala se podía distinguir claramente a pesar de las penumbras.
Entraron despacio, no por miedo sino más bien por respeto. No deseaban alterar el silencio que durante cientos de años había residido en aquel lugar.
De uno de los pasillos que había frente a ellos apareció una figura. Sus ropas no eran más que una túnica marrón y llevaba la capucha echada. Levantó la mano en un gesto de saludo y les indicó que se acercaran.
—Bienvenidos, amigos —dijo el Maestro Protector descubriéndose la capucha. Un rostro anciano y de escaso cabello cano les sonreía, y con una rápida mirada de sus ojos despiertos evaluó a todos y cada uno de ellos—. Has hecho un buen trabajo, mi joven Rohman.
El druida se inclinó satisfecho y presentó a todos sus compañeros. Tras los saludos y unas palabras más de cortesía, el Maestro Protector les indicó que les acompañara.
Siguieron caminando durante casi media hora más entre pasillos bellamente tallados. Había motivos florales, reuniones de humanos, batallas, conquistas y rendiciones. Allí estaba plasmada la historia de una época lejana y que ya nadie recordaba. Todo había sido ya barrido por el árido viento del desierto.
Finalmente llegaron hasta una sala circular, muy amplia, y cubierta de columnas que simulaban árboles cuya copa se fundía en el techo. En el centro, sobre un amplio pedestal al que se accedía por unos escalones, se encontraba una fuente seca, y de cuyos agujeros debía salir el agua hasta unos canalones que recorrían la sala en todas direcciones y se introducían en la roca.
El Maestro Protector les indicó que se sentaran en los escalones y él quedó de pie, frente a ellos.
—Amigos, si estáis aquí es porque sabéis que el mundo se seca. Estoy seguro de que habéis oído hablar de la Era Verde en numerosas historias de bardos, cuando nuestro mundo estaba cubierto por una alfombra de bosques y el agua caía del cielo en forma de lluvia —ante la mención de la lluvia, algunos se miraron entre sí con una sonrisa, como si hubiese contado un chiste—. Nuestro mundo se seca, se muere. Ahora es todo un gran desierto de arenas y rocas, y de las prósperas ciudades que antes poblaban la tierra ya solo quedan seis ciudades estado, gobernadas, como bien sabéis, por reyes hechiceros.
»La vida fuera de las ciudades se reduce a pequeñas comunidades nómadas que cada vez tienen más dificultades en encontrar algo de agua, a lo que hay que añadir los peligrosos monstruos que cada vez tienen menos alimento.
»Los Reyes Rechicero gobiernan con crueldad y su influencia es cada vez mayor. Pero los oasis sobre los que se asientan las ciudades estado se están secando también y las revueltas de esclavos y ciudadanos, son continuas. Intuyen que algo está pasando. Tal vez su muerte agónica.
»Siempre se ha culpado a los profanadores de la desaparición de los bosques y plantas. Como bien sabéis, extraen su poder de la vida que les rodea, y aunque aceleraron el proceso a la desertización, no fueron los culpables.
El Maestro Protector esperó a que cesaran los murmullos que se habían levantado. Lo que les acababa de contar desmontaba una de las creencias que nadie cuestionaba.
—En este santuario, hace cerca de mil años, existía un guardián que protegía el templo —dijo indicando con la mano el lugar por donde habían venido— y el santuario. Pero sin saber bien cómo, los miembros de una orden conocida como «la Orden de la Sierpe», saltaron todas las defensas y lograron colarse aquí. Tras un duro combate con el Nireb, el Guardián, lograron robar la Piedra de la Vida que nutría de agua todo nuestro mundo y desaparecieron sin dejar rastro.
El grupo se cruzó miradas de preocupación. Empezaban a vislumbrar en qué consistiría su misión.
Saúd frunció en entrecejo y preguntó con curiosidad:
—¿Y tú cómo sabes todo eso, si pasó hace mil años?
Rohman lo fulminó con la mirada. Aquella era una falta de respeto hacia los conocimientos del Maestro Protector intolerable. En cambio, el aludido, no lo vio así.
—Antiguamente se registraban los acontecimientos en libros, cuyas finas hojas de papel o papiro eran capaces de almacenar grandes volúmenes de información. Nada que ver con las tablas de cerámica que se usan hoy en día.
El mago asintió. La Orden de Preservadores todavía conservaba algunos tomos antiguos de conjuros inscritos en papel.
Cansado de estar sentado tanto tiempo, Ragas se levantó de un salto.
—Bien, ya sabemos que tenemos que recuperar la piedra esa. ¿Por dónde empezamos?
El Maestro Protector mudó su mohín y ahora la preocupación se reflejaba en su rostro.
—Durante estos mil años se ha buscado la piedra por todos los confines del mundo conocido. Partidas de seguidores salieron año tras año buscando algún indicio sobre el paradero de la piedra y los que volvieron lo hicieron con las manos vacías. Fue como si se la hubiese tragado la tierra.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí? —preguntó Findor, que había permanecido en silencio durante todo aquel tiempo.
El Maestro Protector esperó un poco en responder. Pasó la mirada por todos y cada uno de ellos hasta que finalmente respondió:
—Viajaréis en el tiempo a la Era Verde y tomaréis la piedra antes de que desaparezca.
Saúd soltó una carcajada, Ragas y Findor se miraron sin entender nada, Rohman se pasó las manos por la cara y Elevinol se cruzó de brazos, sin apartar la dura mirada del Maestro Protector.
—Eso no se puede hacer—dijo el mago elfo—. No existe ningún conjuro capaz de hacer eso. Y si lo hubiese, no quedan magos de semejante nivel capaces de lanzarlo.
—Sí es posible —respondió una voz profunda y potente. Una figura alta y envuelta en telas negras salió de detrás de una de las gruesas columnas y se acercó hasta ellos—. Si no, no estaríais aquí.
Todos se giraron con brusquedad alterados por aquella voz. Cuando el grupo reconoció a la figura que se encontraba a pocos metros de ellos, les faltó tiempo para sacar sus armas unos y empezar a conjurar otros.
—¡Alto!¡Deteneos! —gritó el Maestro Protector colocándose entre el grupo y el rey hechicero.
—Nos has traicionado, bastardo —gritó Ragas.
Por su parte, Rohman, druida como el Maestro Protector, no podía comprender como había podido cometer semejante acto.
—Bajad las armas y escuchad lo que tiene que deciros el Maestro Protector—retumbó la voz del rey hechicero.
No sabían qué tenían que hacer. Todos se mantenían en guardia y prestos al combate, hasta que Saúd guardó sus dos dagas y con cierta tranquilidad se dirigió al escalón donde había estado sentado y tomó asiento de nuevo.
—Amigos, no tenemos nada que hacer contra un rey hechicero, y si quisiese acabar con nosotros ya lo habría hecho.
El resto de sus compañeros bajó las armas pero no se relajó tanto como el halfling. Elevinol continuaba con la mirada fija en aquel rey hechicero que conocía bien.
—Nibenai —empezó a explicar el Maestro Protector— era conocedor de la «Orden de Guardianes de la Piedra» y, sin embargo, nunca hizo nada por destruirla.
—Ya no queda nada de la Orden, la dejó morir —espetó Elevinol.
—Sí queda alguien, quedamos yo y unos cuantos druidas más comprometidos con la vida del mundo.
—Bueno, dejemos que continúe. Tengo mucha curiosidad en saber qué hace aquí Nibenai —dijo Saúd haciendo un gesto con la mano para que todos tomaran asiento.
—Bien, la razón por la que está aquí es porque los únicos con poder suficiente para lanzar un conjuro de semejante nivel son los Reyes Hechicero. Ahora mismo solo quedan cinco en sus respectivas ciudades estado, pero él acudió a nosotros no hace mucho. Su interés es el mismo que el de todos nosotros: que el mundo no se seque, ya que todos necesitamos agua de una u otra forma.
—¿Y por qué no ha lanzado ya el conjuro para viajar en el tiempo y recuperar él la piedra?
—Si no lo he hecho es porque yo no puedo hacerlo —respondió Nibenai—. Las razones del por qué son complejas y llevaría demasiado tiempo explicarlas. Si no realizáis esta misión, en menos de cien años no quedará una sola gota de agua en todo nuestro mundo, lo que conllevaría a una extinción total.
Hubo un período de silencio, en el que cada uno reflexionó sobre lo que acababa de oír. El mago fue quien rompió el silencio.
—Quieres que recuperemos la Piedra de la Vida y te la entreguemos. Con esa piedra en tu poder serás el más poderoso de los Reyes Hechicero y podrás hacerte con el resto de ciudades y el dominio del mundo.
Algunos de sus compañeros asintieron.
—Entiendo que pienses eso, aunque estés equivocado. Y si así fuese, tampoco tendrías más opción: o esa o la muerte del mundo. En tus manos está salvar el mundo y a los tuyos, y también abandonarlo a la muerte. ¿Qué decides?
Elevinol sentía un nudo en el estómago. Tanto él como todos los magos preservadores habían dedicado sus vidas y su lucha a derrotar a los tiranos Reyes Hechicero. No podía traicionar sus principios y ayudarle a conseguir más poder. No podía.
Ragas pensó en su pueblo y en las dificultades que tenían para sobrevivir. El manantial del que se nutrieron durante cientos de años apenas tenía ya un par de dedos de agua. Si ayudaba a aquel rey hechicero, aunque gobernase todas las ciudades estado los enanos volverían a tener agua y sobrevivirían. ¿Qué le importaba a él o su pueblo el destino de los humanos en las ciudades?
Findor tenía la vista fija en el suelo. Había sufrido en sus carnes los latigazos e injusticias provocadas por los designios de un rey hechicero toda su vida, pero al fin y al cabo se trataba de salvar el mundo. ¿Quién podía resistirse a destino tan glorioso?
Saúd por su parte no le quitaba ojo a Nibenai. Él había sido uno de los principales artífices de la caída del rey hechicero de Tyr, pero también se había dado cuenta de que tan solo se había sustituido un tirano por otro. Había que insuflar de vida el mundo y que volviese a producirse un equilibrio de fuerzas.
Rohman, por su parte, lo tenía claro. La vida estaba por encima de todo, y él no era más que un druida. ¿Cuántos druidas como él habían existido antes? La vida del mundo y los animales y plantas que los habitaban estaban por encima de los intereses o designios de algunos.
—Si el Maestro Protector ha confiado en él, yo también —dijo Rohman.
—Por mucho que me pese, yo también acepto la propuesta —dijo Findor con una mueca de disgusto.
Todos se levantaron y se acercaron hacia el Maestro Protector. Todos excepto el mago.
—Sois conscientes que vamos a entregarle en bandeja todo el poder a Nibenai. ¿Sabéis qué hará con él? Crear un mundo como la ciudad que ha gobernado despiadadamente durante más de quinientos años.
—Lo siento amigo. Creo que todos estamos de acuerdo en que la vida del mundo es más importante que quién lo gobierne —le contestó Saúd con una mirada evaluadora.
Elevinol se vio solo frente a su grupo de compañeros. Era de lo poco que le quedaba. A regañadientes, avanzó hacia ellos.
Bajo la capucha del rey hechicero, un destello fugaz iluminó sus oscuros ojos.
—Bien. Me alegro mucho de que hayas resuelto tus dudas —dijo el Maestro Protector—. Vayamos a la sala donde tendrá lugar el viaje.
Dejaron aquel santuario y avanzaron por un largo pasillo hasta otra sala, completamente vacía. Allí habían pintado un sencillo círculo en el suelo, con pintura roja, y Nibenai les indicó que fueran pasando.
—Antes de empezar os diré cómo volver. —Le entregó al mago un rubí de considerable tamaño, así como un anillo a cada uno de ellos—. Cuando tengáis la piedra, estallad la gema contra el suelo. Los anillos se activarán y volveréis aquí.
Todos asintieron.
Sin más preámbulos, Nibenai empezó el conjuro. Las energías se fueron acumulando alrededor de él mientras realizaba intrincados gestos con manos y brazos acompañados por un cántico. El grupo experimentó un hormigueo por todo el cuerpo y la cabeza les empezó a dar vueltas. Antes de que el primero de ellos cayese al suelo, desaparecieron.
Visiblemente cansado, Nibenai respiraba pesadamente.
—Espero que todo salga bien —dijo el Maestro Protector—. Es nuestra última oportunidad.
—No te preocupes, saldrá bien.
—¿Cómo puedes saber eso? Las cosas siempre pueden salir mal. El Guardián era una criatura muy poderosa. No va a ser tan sencillo.
—Sarr —dijo Nibenai clavándole la mirada—. Todo va a salir bien porque no puede ser de otra forma.
Sin estar todavía convencido, pero intimidado por sus ojos, decidió no decir nada más y esperar impaciente el desenlace.

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5 pensamientos en “La Piedra de la Vida (I)

  1. Confieso que la fantasía épica no es mi fuerte ni mi pasión. Pero siempre es un placer leer lo que sale de tu cabeza. Espero impaciente la segunda parte. Feliz 2014.

  2. ElAndrés en dijo:

    Buena historia corta. Hay que ser un poco conocedor de la literatura que hay sobre Dark Sun para apreciar los matices de los personajes, como es mi caso, pero aún no teniendo ese trasfondo el lector está muy bien. Una muy buena manera de empezar el 2014 para Saud el Salvaje, Ejecutor de Nobles y ciudadano emérito de Tyr. ¡Sigue así chaval!.

  3. Pingback: La Piedra de la Vida (II) | Un café con Leire

  4. Jejeje, no me pude resistir a poner a Saud. El texto es de verano, y le faltan un par de revisiones para enriquecerlo un poco. Cuando vuelva a recuperar mi vida me pongo a ello.

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