Un café con Leire

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Mundo Santo

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El viento recorría las calles desiertas en otro tiempo habitadas. Las torres de hormigón, otrora símbolo de la grandeza, asistían inmóviles y decadentes a la caída del mundo. Los automóviles abandonados, la mayoría quemados durante los disturbios que se sucedieron en todas las ciudades alrededor del mundo eran los esqueletos de una civilización que se podía dar por desaparecida. Ni siquiera las ratas recorrían las alcantarillas, ahora secas, faltas del agua que los habitantes desperdiciaban como si fuese un recurso ilimitado. Los árboles de los parques fueron talados en su mayoría, en un intento de sobrevivir a los duros invierno.
El punto de inflexión que hizo que todo saltara por los aires ocurrió en Denver. La retransmisión en directo a todo el país de los asaltos y saqueos de hombres desesperados y hambrientos fue el detonante que hizo que la población se diese cuenta de que no había solución, que el gobierno no podía fabricar alimentos para todos ni restituir la especie extinguida.
En los días posteriores se reprodujeron los asaltos y las muertes, los saqueos y asesinatos, en casi todas las ciudades del país, algo que ya había ocurrido en ciudades de Asia o Europa. El desastre repentino que se produjo tras lo que posteriormente se conocería como la Gran Extinción no dio tiempo a los gobiernos a encontrar soluciones para alimentar a los miles de millones de personas que habitaban el planeta.
Los supervivientes se agrupaban en pequeñas comunidades y vagaban buscando alimento en ciudades y pueblos abandonados. Los enfrentamientos por los pocos recursos que quedaban eran continuos. Muchas de estas comunidades, fuese por desesperación o por volver a la vida que antes conocían, se unían a alguno de los grupos de poder que se formaron tras la caída de los gobiernos.
En Norteamérica se habían asentado tres grandes grupos: Mundo Santo, que Dios había bendecido con abundante comida y una seguridad efectiva; el antiguo gobierno de los Estados Unidos, con pequeñas ciudades a lo largo de la costa este y sur; y El Ejército de Restauración, un grupo de militares que desertaron y formaron su propia facción de poder alrededor de las bases desperdigadas por todo el país.
En un mundo extremadamente relacionado y tan dependientes unas piezas de otras en el engranaje, la desaparición de una de ellas causó que la máquina se parara.

Haciendo guardia entre los escombros de un almacén y los restos de un autobús, Mathew hacía grandes esfuerzos por respirar. Su delgado cuerpo estaba recostado sobre el chasis oxidado del vehículo y cada cierto tiempo levantaba la cabeza para que sus ojos hundidos escrutaran las calles desiertas. Ya apenas podía caminar, y la poca distancia que recorrían cada jornada lo hacía a las espaldas de Jack. Estaba enfermo y convencido de que moriría. No debió comer aquellas latas hinchadas, pero tras varios días sin alimentarse y realizando un esfuerzo considerable no pudo esperar a que Jack volviese de su búsqueda. ¿Cómo iba a saber él que aquellos alimentos enlatados estaban en mal estado? Aquello siempre fue alimento para pobres. Lo probó y no notó nada raro. Pero los fuertes dolores intestinales y los vómitos del día siguiente le hicieron cambiar de opinión. Los días posteriores empezó a sentirse peor: se volvió torpe, estaba muy cansado y tenía dificultades para hablar y respirar. La mirada de Jack fue suficiente para saber que no había nada que hacer. Solo sobreviviría si su cuerpo resistía la enfermedad.
Se había maldecido tantas veces por aquel error… Pero en aquel nuevo mundo un error significaba la muerte. Todavía no se había podido acostumbrar a que ya no existían los hospitales, o al menos fuera de Mundo Santo, y si no morías de hambre podías hacerlo por cualquier infección o enfermedad.
Mathew intentó relajarse. Echó un último vistazo alrededor antes de cerrar los ojos y concentrarse en la respiración. A pesar de haber tenido pocos encuentros los doce días que llevaban de camino, sufrieron suficientes ataques como para tomar todas las precauciones posibles. El más importante había tenido lugar en Columbus durante la noche. Unos disparos a pocos metros de donde se encontraba lo despertaron de un susto. Sin saber qué ocurría, instintivamente rodó por el suelo y buscó un lugar resguardado, aferrando con fuerza su mochila. Otro acto más de cobardía que debía sumar a la larga lista. Pero siempre había sido así: en el instituto era parte de la banda del matón del curso, aliado de las injusticias y protegido por ellas; en la universidad se juntó con el grupo de populares y, aunque no destacó, estuvo siempre bien rodeado; en el trabajo no le importó lamer los culos de los jefes para ir escalando posiciones. Pudo haber evitado la muerte de dos tercios de la población mundial, pero no tuvo valor de enfrentarse al consejero delegado, ni siquiera de traicionarlo.
Se había dado cuenta de lo cobarde que era, y que incluso aquel acto de valentía que podría considerarse matar al Primero y al Apóstol, no fue más que una muestra más de miedo, miedo a ser degradado a labrador de tierra, a perder sus privilegios y convertirse en uno más.
Intentaba no pensar en ello, pero los rostros de su mujer e hija venían a su mente como las alimañas a un cadáver para alimentarse. Las había dejado allí, sin despedirse, condenadas a una muerte segura, sin decirles ni siquiera el por qué de su sacrificio forzado. Las lágrimas afloraron en sus ojos y trazaron un surco por su sucia piel. Las había abandonado a su suerte. Él había decidido que intentar llevar aquellos documentos a lo que quedaba del gobierno de los Estados Unidos era más importante que sus vidas.
Acercó la mochila hacia sí. Ahí se guardaban los documentos que indicaban dónde se encontraban los bancos de semillas mundiales de Inglaterra y Noruega, además de las pruebas que señalaban a Mundo Santo como los culpables de la extinción de las abejas y otras especies y, lo más importante, cómo acabar con aquel hongo que transmitían los ácaros.

—Bien, los resultados de este semestre incrementan la tendencia a la baja. Las últimas sentencias nos están haciendo mucho daño, y las demandas no paran de crecer. La nota positiva es que en casi todas las áreas se aprecia una subida, excepto en dos. —Mathew tragó saliva y miró de reojo al consejero delegado, que tenía la vista clavada en él y había juntado las yemas de los dedos a la altura de su cara, como siempre hacía cuando estaba enojado—. Biocorp Industries sigue dando pérdidas que no somos capaces de cubrir. Financieramente hablando deberíamos habernos desecho de ella hace dos años y no hay ningún motivo económico que justifique su no venta o cierre. Como ya dije antes de que se comprara, es un lastre que le está costando a la compañía pérdidas de 850’4 millones de dólares anuales.
Tras la cifra, un murmullo rompió el mutismo del resto de consejeros. Se miraban unos a otros con desaprobación. Este desacuerdo animó todavía más a Mathew, que retomó la palabra con más confianza.
No solo eso, desde que se contrató los servicios de Blackwater, cuyo gasto anual asciende a 31’3 millones de dólares únicamente ha conseguido un aumento de la producción en zonas de riesgo equivalente a 5’2 millones de dólares, con lo que tenemos un desfase de -26’1 millones de dólares.Un nuevo murmullo se elevó en la sala, que remitió a los pocos segundos. Hace dos semestres que estamos en pérdidas y se empiezan a extender rumores que han hecho que baje nuestro valor en bolsa un 12% respecto del año pasado, algo que no podemos permitir. Vuelvo a solicitar al consejo que se tome el paquete de medidas preparado al respecto.
Dejó sus papeles sobre la mesa y esperó la reacción, pero esta no se produjo. Todos estaban pendientes del Sr. Grant, que parecía hipnotizado y no apartaba la vista del director económico. Estaba algo hundido en la silla, con las manos entrelazadas y apoyadas sobre la boca. Pero sus ojos pardos, pequeños y bajo las cejas espesas le conferían una mirada aterradora.
Hugh Grant se levantó de repente.
¿Tienes ya los informes del comité federal? —le preguntó a Gwendolin King.
Si, no nos son favorables. Estoy trabajando para que aprueben las nuevas semillas de verduras y hortalizas. Estas cosas llevan mucho tiempo.
—Tiempo es justo lo que no tenemos. El momento está cerca.
El consejo se revolvió en su asiento. Hacía ya unos meses que Hugh habló por primera vez del «momento», pero nadie parecía saber qué era. Desde hacía casi un año y medio, poco después de contratar el servicio de mercenarios de Blackwater, el CEO había empezado a dar una serie de directrices que no tenían mucho sentido. Pero todos acataron. El «momento» estaba cerca.

Aquella noche se encontraban en el interior de una casa residencial encendieron el hogar. Mathew recordaba una y otra vez aquella reunión, donde empezó a sospechar que estaban preparando algo gordo.
—¿Sabes, Jack? Por primera vez en toda mi vida creo que he hecho lo que debía, y aún así, me siento tan mal. —Mathew tenía la mirada perdida en el fuego que el marine había preparado—. ¿Alguna vez te ha pasado que haciendo lo que debías las cosas han salido mal?
Jack, que atravesaba con su mirada de ojos grises el rostro de Mathew, asintió levemente.
—Eso no debería ser así, ¿no crees? Se supone que cuando haces lo que debes hay una recompensa que te anima a seguir haciéndolo, sino, ¿quién haría entonces lo que debe? —Hizo otra pausa para tomar algo de aire y arrimar hacia sí una mochila sucia—. Abandoné a mi mujer y mi hija a su suerte para poder llevar esto hasta Washington, y ahora seguramente ellas estén muertas y yo lo estaré pronto.
Mathew realizaba un gran esfuerzo para poder hablar y ya se había acostumbrado a verlo todo doble.
Jack no contestó; seguía sacándole punta a una rama con un machete.
Mathew hizo una pausa. Las imágenes de cómo se desencadenó todo asaltaron su mente…

Aquella mañana había acudido decidido al despacho del Sr. Grant. El antes consejero delegado, se había autodenominado «el Salvador» y gobernaba Mundo Santo con mano de hierro. Había construido una sociedad jerárquica con clase baja y clase alta, y cada día llegaban nuevos supervivientes que llaman a las puertas. Preferían la vida corta y segura de Mundo Santo a la vida corta y dura fuera de él. Y todo ese poder porque es nuevo mundo disponía de algo básico para la supervivencia tras la Gran Extinción: comida.
Cuando los dos guardaespaldas lo dejaron pasar, se encontró con Hugh y Jon Moeller, a los que debía llamar «el Primero» y «Apóstol» respectivamente. Tras los acontecimientos que dieron lugar a Mundo Santo, se apresuraron en predicar que aquellas tierras estaban bendecidas por Dios, y que Dios mismo los había designado como guías espirituales de la comunidad. Ellos habían sobrevivido al apocalipsis divino y, por tanto, había que agradecerle a Dios durante toda la eternidad que los hubiese salvado de la masacre o la barbarie. Mathew sabía que era un conjunto de patrañas; había estado presente cuando se ideó.
La dura mirada de ambos le dejó claras sus sospechas. Tras tantos años en la empresa iban a prescindir de sus servicios, iban a degradarle a trabajador y, de una patada, mandarlo a la clase baja. Tras una breve conversación Mathew tuvo claro: no había que controlar cuentas ingentes, analizar la bolsa o invertir en otras empresas. Sus funciones no ya no eran necesarias y ocupaba un estatus dentro de Mundo Santo que no estaba acorde con sus funciones.
Encolerizado, amagó con revelar todo lo que sabía y aquellos se levantaron de sus sillas amenazándolo de muerte. Presa de la desesperación, superado por una enajenación impropia de él, descargó tres disparos sobre Jon, y cuando la puerta se abrió entrando los dos guardaespaldas, se colocó tras Hugh y le apuntó a la cabeza.
Luego todo fue confuso. Tras los gritos de uno de los guardaespaldas, el otro le voló la tapa de los sesos, sin mediar palabra, y luego apuntó hacia el Primero y le descargó dos tiros en el pecho. Mathew, incapaz de reaccionar, dejó caer el pesado cuerpo de Hugh y miró con la boca abierta a aquel hombre. Con una mirada que transmitía locura y su mandíbula apretada, el guardaespaldas le apuntaba entre las cejas, pero no se decidía a disparar. Tras escuchar las voces de alarma, se acercó al atónito economista y le arrancó el arma de las manos, cambió las armas por la de los muertos y salió de la habitación arrastrando a Mathew. Los pasillos se llenaron de la guardia de seguridad y Jack explicó que el Guía Supremo había matado a El Salvador y acabado con uno de los guardias protectores.
—Recoge lo que necesites para realizar eso que has dicho y vayámonos cuanto antes —fue todo lo que dijo Jack.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Jack? ¿Por qué lo hiciste, por qué me ayudaste?
El antiguo marine no contestó. Bajó la vista y siguió sacando punta con su machete a una rama seca. Era como si viruta a viruta fuese afilando una vida, intentando con cada nuevo corte sacarle más punta; pero cuando se daba cuenta había llegado a los dedos.
Mathew intentó sonreír. Si aquel hombre apenas hablaba, quizá era mucho pedir que le contase sus motivaciones. Mientras observaba al marine, los recuerdos acudieron a su mente…
—Yo sí que te contaré por qué lo hice. —Hizo una larga pausa, como si buscase las palabras adecuadas en un cajón lleno de espinas—. He intentado disculparme todo este tiempo. Me he dicho a mí mismo, «no es culpa tuya, solo eres un economista». Y en cierta manera es así. Yo no podía imaginar que aquello que planeaban tenía estas dimensiones. Creo que en el fondo sabía que era algo muy malo, pero no lo vi. No lo quise ver. Los quinientos mil anuales me ayudaron a mirar a otro lado, y en aquel momento estaba eufórico con la cantidad de dinero que iba a ganar con la compraventa de acciones. A todos nos cegó la codicia, aunque algunos fueran más allá todavía.

—Todas las fichas están en el tablero. La población mundial no hace más que crecer y los gobiernos cada día nos lo ponen más difícil. Saben que pagamos bien por las leyes que aprueban para nosotros, por eso se ponen cada vez más duros y quieren más dinero. —Hugh Grant hizo una pausa mientras observaba a los consejeros delegados—. Ha llegado el momento de que cambien las cosas y sean ellos los que nos supliquen nuestras semillas.
«Cuando esta empresa se fundó, los insectos fueron el negocio que la hizo crecer hasta donde nos encontramos hoy. Gracias a ese crecimiento pudimos investigar la genética de las plantas productoras y desarrollar nuevas semillas, más resistentes a las plagas y que producen más fruto. Pero desde hace años, insectos como las abejas han provocado a esta empresa pérdidas de miles de millones de dólares, llevando el polen patentado a agricultores que no han pagado para disponer de productos mejores. Estos malditos insectos diseminan nuestro producto, gratuitamente, por todas partes.
«Como bien sabéis, hace unos años lanzamos al mercado el Roundup Second Gen que tenía una serie de componentes que afectaba a la neurotransmisión de las abejas causando su desorientación, con lo que ya no encontraban su camino de vuelta a la colmena y terminaban muriendo. Un proceso lento que puso la voz de alarma y algunos empezaron a investigar. Ha llegado el momento de terminar con esto de una vez. Biocorp ha creado un ácaro resistente y con una alta capacidad de reproducción que transmite un hongo que causa esta desorientación. Este hongo es capaz de vivir durante largos periodos en flores, así que aunque descubriesen la forma de acabar con el ácaro seguirían sin ver que es el hongo quien causa esto.
«Amigos, una nueva era se avecina, en la que todos necesitarán nuestras semillas transgénicas. Una nueva civilización nacerá a partir del año que viene. Transformaremos la sociedad en un modelo que funciona y que elimina las fallas de todos los anteriores. Vamos a crear el Mundo según Monsanto.
Todos estaban eufóricos. Tan solo pensaban en el valor en bolsa que iba a tener la empresa, el reparto de dividendos y el poder absoluto del que gozarían. Mathew entendió entonces los rumores que se habían vertido durante los últimos meses sobre la solvencia de la empresa y la prohibición de su nueva gama de productos en los EEUU. Toda una estrategia para hundir las acciones y comprar a un precio por debajo del valor real. Después de aquello la empresa sería más grande e importante que Exxon, Apple y Microsoft juntas. No perdió el tiempo y se dispuso a comprar todo lo que pudiese en el momento indicado. ¿Cuántos de los que tomaron aquella decisión eran conscientes de las consecuencias?
Sin ser suficiente EEUU, y antes de ver las consecuencias a medio o largo plazo, esparcieron el hongo y los ácaros por todo el mundo. Los jets privados no sufrían controles, y la rápida reproducción del ácaro hizo que en dos años no quedase una sola abeja con vida.

—Y después, a pesar de mi sentimiento de culpabilidad, seguí con ellos. Todo el daño estaba ya hecho y no quería acabar como esos que trabajaban la tierra. Además, tenía a mi mujer y mi hija, y solo quería lo mejor para ellas después de todo el trauma que supuso perder a sus familiares y vivir encerrada en las instalaciones de Monsanto.
Jack miraba a Mathew. Aquella forma de hablar, de intentar sacar todo lo que le comía por dentro, era algo que ya conocía. Intentaba ganarse las puertas del cielo mediante el arrepentimiento y el sacrificio ahora que la muerte lo acechaba.
—Cómo me reía de la gente que pensaba que los alimentos se producían en el supermercado —continuó con una amarga sonrisa—. El desabastecimiento los dejó aturdidos, encendían los televisores para que les dijesen qué tenían que hacer. Pero pronto me di cuenta de lo que estaba ocurriendo y mi risa se volvió horror. Los que mantuvieron la calma murieron de hambre o víctimas de los saqueos y los que se sublevaron murieron en enfrentamientos o sobrevivieron. El desabastecimiento que se produjo tras la crisis por la extinción de todos aquellos insectos hizo que la locura colectiva se apoderara de la masa y el miedo a quedarse sin alimentos provocó aquella reacción en cadena.
«Fue una lección muy dura para todos, cuando nos dimos cuenta de que habían secado los ríos y ya no tenían peces y que habían dejado desiertos los bosques para que no se comiesen las cosechas. La alimentación del país, que se fabricaba en granjas, dejó de tener suministro debido a los alzamientos y se acabó con la mayoría de ellas cuando se pretendió seguir alimentando a la misma cantidad de gente con menos comida.
El habla de Mathew se había vuelto babosa y apenas comprensible. Se masajeaba el abdomen en un vano intento de aliviar los dolores.
—Habíamos perdido la perspectiva. Nadie se acordaba de qué era el dinero, aunque lo recordaron demasiado tarde. El dinero no es más que un sistema social de intercambio de valor y por eso, el valor de las cosas no es objetivo, sino algo que han acordado todas las partes en una transacción. Cuando el alimento escasea, cobra más valor un pollo que unos pedazos de papel, y es cuando la mayoría de los habitantes de EEUU descubrieron que el dinero no se puede comer.
Mathew tenía grandes dificultades para respirar, situación que se agravaba cuando el sentimiento de culpa le oprimía. Apenas tenía fuerzas para que sus pulmones se hincharan de aire, pero quería seguir hablando, le quedaban cosas por decir.
—Yo nunca quise… que muriese nadie. ¿Cómo imaginar… que la desaparición de algo tan pequeño… iba a causar el fin de la humanidad? —Antes de terminar derrotado, le preguntó a Jack—: ¿Podrá perdonarme Dios?

A la mañana siguiente no siguieron su viaje. Mathew ya no podía casi moverse y dedicaba todos sus esfuerzos en no ahogarse. Jack aprovechó aquel día para hacer una batida mayor y buscar comida para varios días, si es que eso era posible. Tampoco quería verlo sufrir y nada podía hacer ya por él. Cuando volvió al atardecer, Mathew ya había muerto.
Jack Morton sintió lástima por él. A pesar de lo distintos que eran había descubierto con cierta sorpresa que los elementos que los unían eran mucho más fuertes que las diferencias. Había demostrado mucho valor al enfrentarse al Salvador y anteponiendo su obligación moral de revelar la verdad a lo que quedaba de mundo a su bienestar y el de su familia. Todavía recordaba cómo encontró a Mathew hecho un ovillo, protegiendo la mochila con su cuerpo tras el encuentro en Columbia.
Jack había perdido a su mujer y su hijo en las primeras revueltas. Había creído que su deber era estar con aquellos que le pagaban, que debía cumplir con su obligación y protegerlos. Pero se olvidó de que lo más importante era proteger a su familia. No supo lo importante que era hasta que se enteró de que habían muerto cuando asaltaron su casa. El vacío que experimentó en su interior no había sido llenado desde entonces, a pesar de haberse aplicado en su trabajo de forma concienzuda.
Se había convertido casi en un autómata, sin ganas de comunicarse con nadie.
Tras diez años en la marina en misiones especiales, Jack pasó a formar parte de la compañía Blackwater un par de años antes de la Gran Extinción. Había muchas cosas que le disgustaban de aquella organización, pero era lo único que le quedaba. Tras permanecer con ellos creyendo que Mundo Santo eran los salvadores de la humanidad, una furia que no había sentido antes se apoderó de él cuando escuchó la discusión en el despacho del Primero. Ellos eran los causantes de la desaparición de casi toda la humanidad, incluida su familia, y no pudo evitar actuar como lo hizo. En cierta manera, si ayudaba a aquel individuo a cumplir su amenaza, lograría calmar los remordimientos que lo asaltaban continuamente.
Jack miró la sucia mochila como si fuese lo más valioso de aquel mundo en ruinas. La atrajo hacia sí y la apretó con fuerza, abrazándola como si de un hijo se tratara. Se dio cuenta de que el portador no era importante, solo su carga. Si conseguía entregar la mochila en Washington tal vez la muerte de tantas personas tendría sentido.
Recogió sus pertenencias y observó por última vez el cuerpo sin vida de Mathew; como tantos otros, no estaba preparado para sobrevivir en aquellos tiempos. Sin volver la vista atrás y con paso firme, emprendió el camino hacia la redención.

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6 pensamientos en “Mundo Santo

  1. santamayte en dijo:

    La visión de un mundo apocalíptico y decadente está muy bien definida;a pesar de la dureza de la que quieres investir a tus personajes,siempre acaba asomando ese matiz de esperanza y credito en el ser humano.Me ha parecido muy interesante.

  2. Celembor, eres un prodigio de imaginación. A ver si sale ya ese primer libro….

  3. Gracias chicas por vuestros cometarios. Qué solitario me encontraría si no dejaseis vuestras impresiones. 😀

  4. Alita de pollo en dijo:

    Otro que agradece tus grandes relatos, y tus puñaladas a Monsanto xD Como bien has dicho, hará flata un shock muy grande para darnos cuenta de que una naranja vale más que toda la riqueza abstracta que hemos creado. ..

  5. Genial, deprimente claro, pero genial.
    Gracias por tus relatos.

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