Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

La brutalidad de un hombre sin amor

Hola amigos. Esta vez vuelvo a traeros un relato que no es mí pero me hubiese gustado escribir a mí. Es un relato de temática post-apocalíptica ganador del reto de Septiembre. Nuevamente, el autor me ha dado permiso para publicarlo en el blog. Sin más preámbulos os dejo leer…

brutalidad_hombre_sin_amor

ROBERT

¡Ya desearía el diablo que el infierno ardiera con la intensidad que lo hace mi corazón al besar sus labios muertos! Las lágrimas, tanto tiempo reprimidas, desbordan mis párpados, caen sobre su rostro y se deslizan por sus mejillas de marfil.
—He hallado tu diario, Uma. Con él encontraré a nuestra hija… —Necesito susurrarle; tratar de comunicarme a través de la muralla que divide a los vivos de los muertos. Pero la frase es asesinada por la tirana cordura, antes de que ésta nazca de mis labios.
Siento el peso de la mirada acusadora de Zakk. Sus ojos, impasibles y fríos, me observan desde la oscuridad de la caverna con la quietud de una culebra. Son ojos cuya expresión nada, ni siquiera el paisaje más aterrador, es capaz de cambiar.
Mis dedos, temblorosos, acarician los delicados rasgos de la cabeza decapitada que se marchita en mi regazo. Abro una fina rendija entre sus párpados.
—Observa… Aquí está— le digo en mis pensamientos—. Lo hemos estado buscando desde que Zakk te ejecutó. Sé que lo habías escondido pero…
En un instante de utópica ilusión, creo poder recrear su melódica voz… Creo poder imaginarla sonriendo…
—Debemos partir— anuncia Zakk, arrebatándome de mis ensoñaciones con indiferencia. Su voz es áspera y dura, cada sílaba me apuñala el pecho.
Lo observo. Su figura amenazante descansa sobre una roca; tiene su hacha apoyada entre las piernas. Pero lo que lo vuelve intimidante es su rostro; una máscara imperturbable.
—Permite que lea una página…— La voz surge con esfuerzo de mi garganta, obstaculizada por el rencor.
Silencio. En la vida hay dos herramientas, la palabra y el silencio; y Zakk conoce cuánto más amenazante puede ser el segundo.
—Veo que continúas cincelando tu elocuencia— le digo, esperando que la broma distienda el ambiente. Pero no lo hace. Sigue allí, hundiendo su mirada como un estilete en mi alma.
Tengo poco tiempo. Abro el diario de Uma con celeridad. Hojeo las páginas hasta encontrar una entrada posterior al último atardecer que vi a su lado.

“Día 97 – Año del Camaleón.

Tengo miedo.
Las pesadillas no se detienen. Sigo despertando con taquicardia. Por suerte, Rob siempre está allí, velándome. Coloca su mano cálida en mi mejilla y yo me ruborizo, avergonzada de haber repetido el espectáculo una vez más. Su sólo contacto sirve para calmarme… No entiendo cómo me tiene tanta paciencia.
Las pesadillas comenzaron con el resplandor violáceo que cubrió el cielo hace cinco días. Nadie sabe qué ha ocurrido, pero desde ese día que el sol no ha vuelto a aparecer. La persistente oscuridad parece generar en las personas una inquietante desesperación. Rob es uno de los pocos que no ha perdido el buen humor. Con su espíritu poeta y su carácter jovial, suele tomar su laúd y cantar:

¿En qué romance andará la luna
que de nosotros se ha olvidado?
¿Estará con el sol en fiesta alguna?
¿O una lejana estrella la habrá enamorado?

Estos versos carentes de métrica son lo único que hace reír a nuestra hija en estos días. Él jamás ha sido un gran escritor, pero le agradezco desde el fondo de mi corazón los esfuerzos que hace para animarnos.
Hoy estuve en el templo y, mientras rezaba, oí la conversación de dos clérigos. Murmuraban que la Era de las Sombras había comenzado y que debían refugiarse en la Gran Torre antes de entrar en la locura.
Espero que no estén en lo cierto. Conozco los pasajes del Evangelio que hablan de la Era de las Sombras. Dicen que el sol se irá para no volver y que el anochecer eterno degradará al mundo cincuenta veces más rápido…
Tengo miedo.”

ZAKK

Si fuera por Robert, todavía seguiría sentado en un rincón de la cueva, leyendo el diario y lagrimeando sobre la cabeza de Uma. Tuve que tomarlo del cuello y explicarle, acentuando las palabras despacio y con claridad, que deseaba avanzar. El torpe no pudo hacer más que lanzar un corto grito, atragantarse y asentir con la cabeza.
Caminamos en dirección al suroeste. Allí está la Gran Torre, donde el diario dice que tienen a la niña.
El viento tuerce los árboles muertos, las ramas gimen y el polvo nos golpea el rostro. Hace horas que caminamos en estas circunstancias, pero Robert no se ha quejado, ni ha reducido el ritmo; me sorprende tal fuerza de voluntad en un intento fallido de poeta.
Oímos el sonido de pisadas a la distancia. Nos escondemos detrás de unas rocas. Un anciano y un joven, quien aparenta ser el nieto, están transitando el camino cuando son interceptados por tres hombres que estaban escondidos en una pila de desechos. Los hombres están desarmados, pero los superan en número y tamaño. El más robusto los embiste y los derriba. Una vez en el suelo, los otros dos se lanzan sobre ellos, el anciano hace sus últimos intentos de escapar, pero son inútiles… Una vez muertos, el más flaco de los hombres comienza a arrancarles trozos de carne con los dientes. Veo sus ojos, vacíos, perdidos. Ojos que delatan que es una víctima más de la locura a la cual somete la ponzoñosa oscuridad.
— ¡Basta! ¡Respeten la dignidad de los cuerpos!— Exclama Robert. Me ha tomado por sorpresa ¿Qué puede importarle lo que hagan con los cadáveres de dos desconocidos— ¿¡Por todos los dioses, dónde ha quedado su humanidad?!
Los salvajes se percatan de nuestra presencia, ignoran a Robert y se abalanzan los tres contra mí. Dándose cuenta, quizás, que el poeta es inofensivo. Aprieto los dedos alrededor del mango de mi hacha y, ante los ojos desmesuradamente abiertos de mi compañero, inicio una masacre. Tomo al primero por los pelos y con un rápido tirón del hacha le corto la garganta. El tiempo se paraliza en el instante en que la sangre brota del salvaje como de una fuente; observo la imagen extasiado y siento cómo un frenesí de violencia desenfrenada domina por completo mi mente. Los músculos se me hinchan y, en un torbellino de furiosos tajos, destrozo en mil pedazos a los otros dos. No son más que carne, y yo soy el carnicero.
Al terminar la matanza, Robert está en trance. Tiene el rostro salpicado de sangre ajena y mira los restos de los cadáveres con cara de idiota.
— ¿No tienes, acaso, remordimientos?— Me pregunta con un hilo de voz carente de emoción.
—Jamás. Sólo los débiles miran para atrás—. Le respondo, haciendo alusión a él con la cabeza y el diario de Uma.
Hemos prendido un fuego con unas rocas y un poco de madera que encontramos en el camino. Robert toma el diario y, con los ojos perlados en lágrimas, lee en voz alta.

“Día 280 – Año del Camaleón

«El objetivo de todo lo que existe en este mundo es extinguirse.» Presagiaba El Profeta hace mil años al referirse a la Era de las Sombras. Estábamos advertidos, pero ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora que mi hija tiene ocho años…? No es justo…
Todo orden concebido ha colapsado. Todo encanto que alguna vez poseyó el mundo ha desvanecido. La vegetación muere y los cultivos no crecen ni en las tierras más fértiles. Decir que encontrar un animal vivo es un milagro, es pecar de moderado; perros, pájaros, vacas, caballos… nada, o han muerto, o se los han devorado. El mundo se ha convertido en un lugar inhabitable con una velocidad estrepitosa; pareciera que la oscuridad corrompiese cualquier forma de vida.
El hambre crece; es una bestia indomable que reside en el interior de cada hombre, rugiendo cada vez con más fuerza.
La muerte se ha hecho algo habitual en nuestras vidas. Algunos mueren desnutridos, otros asesinados y muchos se suicidan para escapar de los demonios que la nociva oscuridad instala en sus mentes. Cada hombre ve a los demás como rivales con los cuales disputarse los últimos resabios de alimento.
Hambre. Hambre y locura, esas son las palabras que definen al mundo. La tensión es cada día mayor ¿Qué rumbo debemos tomar? ¿Cómo saldremos de esta, mi bello poeta?”

Día 285 – Año del Camaleón

Han matado al panadero. Lo han matado y han descuartizado su cadáver. Lo han hecho en frente de nuestra hija, quien tenía los ojos azules bien abiertos detrás de la ventana de nuestro hogar. Han sido los mellizos de la casa de al lado… Los conozco desde que nacieron… eran buenos chicos ¿Hasta qué punto tergiversa los valores el hambre, y hasta qué punto lo hace la densa oscuridad?
Cuando le conté lo ocurrido a Rob, lo noté angustiado, pero no traicionó su postura aplomada ni siquiera con un temblor en las mejillas. Me acarició y me besó, tratando de tranquilizarme, pero percibí en sus ojos una tristeza infinita. Se lamentó de que quedaran pocos hombres en su sano juicio, y comentó que debíamos escapar del pueblo y refugiarnos en unas cuevas al noroeste, en las cuales su padre lo llevaba a jugar cuando era pequeño.
Rob es la única persona cuerda en este mar de lunáticos. Rob… eres todo cuanto nuestra hija y yo tenemos en el mundo, por favor, aguanta…”

Día 291 – Año del Camaleón

Hemos atravesado lo que alguna vez fue una frondosa pradera, pero que ahora está reducido a un interminable desierto de arena gris. Llegamos a las cuevas. Y comprobamos que Rob tenía razón; están deshabitadas y son lo suficientemente amplias para que podamos descansar los tres.
Él sale a buscar alimentos y conseguir madera todas las mañanas. A veces regresa empapado de sangre y herido… No pregunto cómo consigue los alimentos, pero a veces temo lo peor. Cuando él ve mi cara, me dice que no me preocupe, que caza junto a un guerrero llamado Zakk.
Nuestra hija está durmiendo. Duerme con serenidad, ajena a todo el caos que hay a su alrededor. El contemplar su calma me transporta a tiempos mejores, en los que me sentaba a los pies de su cama para leerle un cuento hasta que se durmiera… Observo sus piernas, está muy flaca, cada vez nos cuesta más alimentarla.
Deseo llorar, pero no tengo fuerzas suficientes. Si miro hacia los rincones oscuros veo sombras que se preparan para atacar ¿Estaré enloqueciendo? Creo que sí. Hago fuerza por mantenerme absorta en mis pensamientos, mientras la misma frase se presenta una y otra vez en mi mente: Aguanta… hazlo por ella.
Ha despertado y me observa con sus ojitos azules mientras escribo ¿Cómo es posible que la luz que en ellos palpita no sea suficiente para iluminar el cielo entero? Mi corazón es todo suyo… siempre lo ha sido.

Día 314 – Año del Camaleón

Se ha ido. Se las he entregado (…) La tinta está borrosa, como si se hubieran derramado varias lágrimas sobre ella.
(…) Afuera llovía. Nuestra hija se quejaba del hambre que tenía y yo trataba de contener las lágrimas. Llegó un punto en que la angustia me desbordó y tuve que salir de la cueva ¿Qué mejor escondite para mis lágrimas que fundidas en la lluvia? Una línea de relámpagos estalló con el estampido de un trueno, y, con la luz que proporcionó este, las vi. Tres oscuras siluetas caminaban hacia mí. Corrí hacia el interior y tomé a mí niña en brazos. Ella me preguntaba qué sucedía, por qué lloraba. Entraron a la cueva tres hombres encapuchados vestidos de negro. Ella empezó a gritar, pero los individuos levantaron las manos en gesto de paz. Se sacaron las capuchas y nos sonrieron.
Eran clérigos. Nos contaron que habían concentrado todas las provisiones que tenían en la Gran Torre. Según ellos, eran suficientes para sobrevivir uno o dos años. Les pregunté, indignada, por qué me confiaban esta información, a lo que me respondieron:
—Porque nuestro objetivo no es sobrevivir nosotros. Sino, ayudar a sobrevivir a los niños, pues ellos serán los que pueblen la tierra el día de mañana. Los alimentaremos y los educaremos. Ellos reconstruirán este mundo cuando la Era de las Sombras acabe.
Quizás fui demasiado impulsiva ¿Qué clase de madre entrega a su hija a unos extraños? Pero Rob y yo no sobreviviremos mucho más… y el tiempo que lo hagamos será un infierno… Con ellos tiene una oportunidad… Tiene una oportunidad…

Día 316 – Año del Camaleón

Me siento vacía. Quiero desvanecer.
Las pesadillas se han intensificado; me atacan cuando estoy despierta. Veo una sombra, que luego se convierte en diez, y diez se convierten en cien. Todas me rodean, dispuestas a inundar mi ser con su oscuridad…
Todavía no le he dicho a Rob qué sucedió con nuestra hija. Lo conozco; no confía en los clérigos, si le cuento la verdad irá a buscarla. Está desesperado, llora sin consuelo, pero no quiere presionarme. Es tan bueno… Le diré que se la han llevado los clérigos, pero no le diré dónde. No puedo dejar que arruine el futuro de nuestra hija…
Ella era la única razón por la que soportaba este suplicio… pero ahora que no está ¿Cuál es el sentido?”

ROBERT

La distancia del cielo al infierno debe ser una fracción pequeña de la que estamos transitando. Tengo sed, hambre y todos los músculos del cuerpo entumecidos. Cuando estoy por rendirme, tomo la cabeza de Uma, que cuelga de mi cinturón, y fundo nuestros labios en un beso angustioso. Eso, junto al recuerdo de mi hija, son las únicas cosas que me mantienen en pie. Su amor se alza sobre mi espíritu maltrecho y me recuerda que debo seguir adelante. Mientras que Zakk… a Zakk no se le ve ni rastro de cansancio. No es un hombre. No es un diablo. Es algo peor.

ZAKK

Llegamos a una torre de granito finamente labrado, que se yergue vanidoso entre el desolado paisaje que componen la neblina y los cadáveres.
De su interior sale un silencio que ensordece al poeta, pues él sabe bien lo que significa; en el interior reina la muerte.
La entrada está custodiada por el cadáver de un joven pelirrojo, tan flaco que podría usarlo de escarbadientes. Tomo de sus manos una pequeña cuchilla. Cuando lo hago, el cuerpo se mueve y levanta una mirada vacía.
—No pueden pasar. La entrada está cerrada para los laicos— anuncia en un tono monótono, carente de emoción.
—¿Ah, no? ¿Y quién va a impedírmelo?— resuena mi voz, al tiempo que mi bota aplasta su esternón.
Al entrar en la torre una oscuridad viscosa nos envuelve. Cadáveres y moribundos con la vista perdida en demonios, que sólo existen en sus mentes, están esparcidos a lo largo de una inmensa sala. Pudieron tomar precauciones para subsistir al hambre; pero no pudieron hacer nada frente a la locura.
Recorremos la sala inspeccionando los cuerpos. Antes de revisar a las niñas, Robert cierra los ojos y frunce el ceño con angustia; tiene pavor de dar vuelta un cadáver y encontrarse con el rostro de su hija.
Terminamos de recorrer la sala sin éxito. Subimos una ostentosa escalera caracol ubicada al fondo del salón. Llegamos a un pasillo cuyos lados tienen numerosas puertas. Revisamos, una por una, las habitaciones sin encontrar a la niña, hasta que…

ROBERT

Indefensa, acurrucada en un rincón de la habitación, tirita presa de un miedo irracional hacia bestias invisibles. Me acerco a ella, trato de tomarla de la mano y decirle que todo va a estar bien, pero ella la retira como si temiera que un engendro la devorase. Me siento a metros de ella, observándola, deseando poder juntar mi vida entera y entregársela a cambio de una sonrisa…
Me pierdo en sus rasgos, sus labios finos son tan parecidos a los de Uma… El agobio de los recuerdos me castiga con una lluvia de imágenes. Sin siquiera darme cuenta, comienzo a recitar “¿En qué romance andará la luna…”
Ella alza la cabeza; un destello de conciencia parece haber sacudido su mente.
—¿Pa… pi? — Es todo lo que llega a decir. Pero es suficiente.
La tomo entre mis brazos y la aprieto contra mi pecho latiente ¡Es tan grato volver a sentir su calor!
Silencio.
—¿¡Qué… qué le ha pasado a mami?!— Pregunta al ver la cabeza colgar de mi cinturón. Su voz delata un profundo horror. Intenta, despacio, liberarse de mis brazos. Me tiene miedo…
—Zakk… la ha matado— le respondo.
—¿Quién… es Zakk? — Pregunta, con voz trémula. Cada vez intenta soltarse con más insistencia. No puedo… no quiero soltarla… Me aferro a ella.
—Suéltame…— Suplica. Tiembla. Siento unas gotas en mi cuello. Está llorando— ¡¿Quién es Zakk…?!
¿Cómo explicarle…? No podría entenderlo…
De pronto, el guerrero hunde el puñal en el corazón de mi hija. Ella abre los ojos, balbucea una oración sin sentido y se desmorona entre mis brazos.
¡Desaparezco…! Mi cuerpo se reduce a cenizas y mi conciencia se diluye, sin prisa, en el infinito. Recreo, hasta mi último instante, la melancólica imagen de Uma y nuestra hija bailando al compás de mi laúd.
Muertos estamos mejor. Este mundo es un calvario para los corazones sensibles.

ZAKK

Salgo de la torre y emprendo mi viaje a través del terreno devastado, oscuro y silencioso. En mi mente sólo resuena el mismo pensamiento: «¿Qué soy?»
Soy… brutal. Soy cruel. Soy un reflejo del mundo que me rodea y por ello puedo sobrevivir. Nací del sufrimiento que albergaban las entrañas de Robert, y, poco a poco, fui apoderándome de su mente y su cuerpo. Pero había algo que no podía vencer; el amor hacia Uma y la niña. Sólo la muerte de ellas haría desaparecer a Robert de mi ser, pues él perduraba en la necesidad de protegerlas. Mientras existiese, una parte de mí seguiría siendo frágil…
Y aquí, los frágiles no sobreviven.

Pablo Joel Escapa

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3 pensamientos en “La brutalidad de un hombre sin amor

  1. santamayte en dijo:

    Muy bueno el relato,estoy segura que tú lo hubieras echo igual de bien,pero ultimamente no te prodigas mucho,que digamos.Un tirón de orejas con todo el cariño y sigue sentandote ante la pagina en blanco,tus lectores te echamos de menos.

  2. Buenísima la imagen!!!
    Un abrazo grande

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