Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Las dos mitades

mascara11

Marina estaba terminando de decorar otra de las cartas de amor que le dejaba a su amado. Una hoja cuadriculada que tenía escritos sus sentimientos y deseos, doblada dos veces, y cerrada con una pequeña cinta de celo. En su carátula estaba dibujando la terraza de una cafetería y un par de personas, sin rostro, sentadas una al frente de la otra y cogidas de las manos.

Cuando hacía eso siempre le echaba la bronca. Sabía que le encantaban las cartas que le escribía, pero no que lo hiciese durante la clase de matemáticas. Él siempre le decía que tenía que atender, que las matemáticas eran muy fáciles cuando se entendían, y para entenderlas había que prestar atención. Sonrió al recordar aquello, y deseó que terminasen las clases para encontrarse con él por la tarde, sentirse libre y dejar de actuar.

El timbre sonó antes de que pudiese terminar su dibujo. Mientras el resto de compañeros saltaban de sus sillas y guardaban sus cosas en la mochila como si la vida les fuese en ello, Marina recogió lentamente, tomándose su tiempo, y consciente de que estaba pendiente de ella. Una sonrisa tonta se había pincelado en su rostro, como siempre que estaban solos.

Pasó por delante de la mesa del profesor, donde Don Carlos lo miraba con una sonrisa contenida. Puso su maletín sobre la mesa y Marina deslizó la carta justo detrás de éste de forma disimulada, de forma que si alguien asomase la cabeza por la puerta no pudiese ver qué había ocurrido allí.

Sus miradas se cruzaron tan solo unos instantes, pero cualquiera se fijase sabría qué estaba pasando.

Marina, como todas las tardes de los lunes, miércoles y viernes estaba muy excitada. Era el contrapunto a los martes y jueves, que odiaba profundamente. Esa tarde se iba a “repaso”, tal y como les había asegurado a sus padres, y después se iba un rato con las amigas hasta la hora de cenar. Toda una coartada para poder pasar unas horas con aquel por el que su estómago se encogía, que le hacía sentir todo lo especial que era, y al que amaba como nunca nadie había amado. Era algo inexplicable.

***

La primera vez que Marina vio a Carlos solo le pareció un hombre atractivo. Su grupito de amigas no entendía bien cómo le podía parecer guapo un profesor, y menos un profesor de matemáticas. Aquello era lo más antisexy que se podían imaginar. A ella todas esas cosas le parecían tonterías, al igual que esa locura que demostraban cuando hablaban de Justin Bieber o cuando suspiraban en cada capítulo de Violeta en Disney Channel. A pesar de eso, en cierto modo sabía que aquello era lo normal. Pero desde que Carlos se cruzó en su vida, muchas cosas habían cambiado. Había dejado de quedar tanto con sus amigas para ir con él, y estas estaban empezando a sospechar algo.

Sabía que su pasión estaba prohibida, pero eso a ella no le importaba. En cambio, a Carlos eso sí le pesaba. Por alguna razón sabía que él tenía un conflicto interior, un remordimiento por hacer todo lo que hacían.

El amor no tiene edad —había dicho ella un día en su casa.

Ya lo sé —dijo Carlos con una dulce sonrisa. Tenía las manos entre las suyas y la acariciaba con ternura. —Pero la sociedad sí. Para la sociedad, además de estar muy mal visto, es delito. Podría ir a la cárcel.

¿Pero por qué? ¿Qué hay de malo en que dos personas se quieran?

Pues según las leyes, depende de la edad que tengas. —Carlos bajó la vista, con cierto pensamiento de culpabilidad dibujado en el rostro. —Yo también pensaba así, que un adulto y una niña no debían de estar juntos, pero ahora empiezo a dudarlo.

Marina se ofendió. Retiró las manos de las de él y se cruzó de brazos. Había estado todo aquel tiempo pensando en que lo que hacían no estaba bien. Le parecía mal lo que sentían el uno por el otro.

Oh, vamos, Marina. Lo que siento por ti es algo muy profundo, y bueno —añadió, tratando que quitara esa carita de pucheros—, pero entiende que estoy un poco asustado. Si se descubre que nos estamos viendo después del colegio, puedo tener problemas.

¿Y yo qué, eh? ¿Acaso no puedo tener problemas? Si se enteran mis padres me matan. —Marina movía los brazos como aspavientos, con una furia exagerada— Pero me da igual. Yo quiero estar contigo, y cada día que pasa más. No hago más que decirte que te quiero, pero tú no me lo has dicho ni una sola vez.

Carlos dejó caer los hombros, abatido. ¡Qué difícil era tratar temas sentimentales, y más con una adolescente!

Marina, por favor, no me lo pongas más difícil. Lo que siento es amor por ti, pero… —No supo como continuar.

La chica lo observó durante unos instantes con inusitada dureza. Negó con la cabeza y escupió:

No quieres quererme.

Estaba con el estómago encogido por la situación y tenía ganas de pegarle, pero se contuvo. Volvió la mirada hacia Carlos, que no hacía más que mover la mandíbula como si su lengua estuviese buscando una salida de la boca, y con una húmeda mirada apuntando hacia el suelo. Y entonces le inundó la pena. Era la primera vez que lo veía así y le entraron ganas de llorar. Su rostro tan apenado, el tenso silencio, sus propios sentimientos revolviéndose y luchando unos con otros en su interior… Empezó a sentirse físicamente mal.

Hasta aquel momento, todo el contacto que habían tenido había sido en forma de caricias, abrazos y tomarse de la mano. Pero de aquella situación iba a salir de la única forma que creía posible. Iba a convencerlo del todo y a apartarle aquellas dudas de una sola vez. Sin previo aviso y tan nerviosa como si tuviese que cantar ante cien mil personas, se abalanzó sobre él y le besó con fuerza. Carlos intentó resistirse un poco, pero no pudo y dejó que sus labios se fundieran en uno solo, intercambiando saliva y enroscando sus lenguas. Fue la mejor sensación que Marina había experimentado en toda su vida. Un tsunami de emociones subió desde su estómago a la cabeza y cayó de nuevo recorriendo todo su cuerpo, como si una inmensa ola rompiese en la playa. Se dejó llevar. Las sensaciones se apoderaron de su cuerpo de tal forma que luego sería incapaz de recordar con precisión qué ocurrió o cómo se sintió.

Pero de repente, Carlos la apartó, consiguiendo una interrupción de todo aquello tan brusca, que pensó que aquel sueño divino se había tornado en pesadilla. Fue como si la despertaran de un placentero sueño con un cubo de agua helada. Unas lágrimas asomaron por los ojos y Carlos se pudo ver reflejado en ellos.

Sin decir nada, dolida como si le acabasen de clavar un puñal por la espalda, como si le hubiesen arrancado el alma, se levantó entre sollozos y antes de que Carlos pudiese reaccionar, salió por la puerta cerrando de un portazo.

Un tiempo más tarde, supo que él había llorado aquella tarde más que en toda su vida.

***

Fue un siete de mayo. Es una de esas fechas que nunca se olvidan. Durante los días anteriores habían estado algo nerviosos porque uno de los alumnos del instituto los había visto en una situación que no daba lugar a interpretaciones. Marina había observado que muchas miradas se fijaban en ella y estaba empezando a pensar lo peor. Sara, una de sus mejores amigas se le acercó.

Tía, ¿es verdad eso?

Era una pregunta estúpida, ya que sabía que era cierto. Siempre daba por ciertos todos los rumores, ya que en su sentido de la lógica un rumor era una verdad dicha en voz baja.

¿Verdad el qué?

Va, tía, si lo sabe todo el insti. ¿Te estás tirando al profe?

Marina se puso roja como pimiento. Todo en su interior se empezó a descomponer y las piernas le temblaban. Era imposible que supiesen eso. ¿Cómo podían decir algo así solo por haberlos visto cogidos de la mano?

Marina explotó en una furia irracional. Incapaz de controlarse, le dijo de qué mal se tenía que morir su amiga, que ninguna culpa tenía de todo lo que circulaba por allí. Con los ojos anegados en lágrimas salió corriendo hacia uno de los servicios y se metió en uno de ellos, deseando despertar de aquella pesadilla o morir allí mismo, fulminada por un castigo divino. Sentía una rabia y vergüenza tan grandes que, en su desesperación, deseó no haber conocido nunca a Carlos. Se quedó allí durante horas, hasta que la señora de la limpieza golpeó la puerta, un par de horas después del término de las clases.

Con el cuerpo descompuesto y agotada de tanto llorar, se dirigió a casa de Carlos.

***

Cuando Carlos abrió la puerta no tenía mejor aspecto que Marina. Esta se le tiró encima, abrazándolo, y volvió a romper a llorar. Cerraron la puerta y se sentaron en el sofá.

Tras unos minutos en silencio, finalmente Carlos habló con la voz quebrada.

Me ha llamado el director a su despacho. Me ha empezado a hacer preguntas sobre nosotros, pero no me dejaba terminar en mis explicaciones. Me van a despedir.

Noooo… ¿Por qué? No hemos hecho nada malo. Solo nos queremos. ¿Por qué nadie lo entiende?

Carlos tardó un poco en contestar. Tenía la boca cerrada, con la mandíbula hacia adelante, en una extraña mueca.

Para ellos esto no es amor, es una perversión. Yo soy un depravado y tú la pobre niña que ha caído en mis manos. —Carlos miraba al vacío. Parecía más que hablara consigo mismo que con Marina. —En el fondo lo sabía; sabía que esto iba a pasar. Solo era cuestión de tiempo.

Pero la chica parecía no escuchar.

Fuguémonos, vayámonos a otra ciudad, los dos. Un lugar donde nadie nos conozca y poder vivir juntos, ser felices.

Marina siguió hablando de los nuevos planes de fuga mientras Carlos miraba a través de ella, asintiendo ligeramente y sonriendo cuando ella sonreía. En aquellos momentos estaba en otro mundo y Marina fue incapaz de verlo.

Ilusionada como estaba, quedaron en verse al día siguiente y terminar de preparar su nueva aventura.

***

¿Eres la putita del profesor?

Marina estaba aterrada. Al llegar a casa se había encontrado a sus padres en el salón esperándola. Habían recibido una llamada del colegio y les habían explicado que tenían la certeza que se veía con un profesor, algo totalmente prohibido, y que podían expulsarla de aquel colegio. Su padre se había puesto como una fiera y la miraba desde aquellos terroríficos ojos claros bajo esas cejas encrespadas que tanto odiaba.

Aquella pregunta fue tan doliente que no pudo contener la lengua.

¡No soy una puta, papá! Nos queremos y ya está.

¡Eres una cría! ¡¿Qué sabrás tú de amor?! —su padre levantó el brazo para darle un bofetón, pero su madre se puso entre ellos.

Marina, no puedes querer a un profesor. Eso está mal. Eres demasiado joven todavía. Tienes que ir con chicos de tu edad.

¡Ya no soy una niña, tengo casi quince años!

Su padre apartó de un empujón a la madre para encararse con su hija.

¿Habéis follado?

Marina se quedó de piedra. ¿Cómo se atrevía su padre a preguntarle aquello? Empezó a sentir cómo un volcán de ira se preparaba para explotar en su interior y un odio irreductible afiló sus palabras:

No papá. Hemos hecho el amor, algo que tú no sabes lo que es.

Aquello pasó todos los límites. Su padre le soltó un bofetón que la tiró al suelo y allí le gritó y pateó. No era la primera vez que su padre le pegaba, pero sí la primera en que se ensañaba de aquella manera. Su madre intentó frenarlo, pero también se llevó una parte de los golpes.

Frustrado al ver que a base de golpes no podía cambiar lo que su hija había hecho, se fue de casa dando un portazo.

Su madre intentó ayudarla y ver si tenía algo grave, pero Marina la apartó de un empujón y se encerró en su cuarto, con dificultades para respirar y el cuerpo dolorido. Pero lo que más le dolía y le dolió durante un tiempo, fue su alma.

***

Aquel fin de semana aislada fue el más largo de su existencia. Apenas durmió y su cabeza parecía una locomotora a punto de estallar por la presión. Le daba vueltas una y otra vez a todas las cosas que habían ocurrido y que podían ocurrir. Necesitaba saber cómo estaba Carlos, hablar con él y contarle que sus planes seguían igual. No iban a tenerla encerrada toda la vida y el curso estaba a punto de terminar. De todas formas lo vería el lunes en clase.

Ese pensamiento le hizo volver a hundirse bajo un alud de vergüenza. No quería volver al instituto y que todos la miraran y hablaran a sus espaldas; no quería ver las miradas de desprecio de las chicas ni las sonrisas perversas de los chicos, que ya estarían fantaseando con que era una chica fácil a la que le gustaba tirarse a cualquiera.

Su padre entró en la habitación sin llamar. La insultó, la amenazó y le prohibió volver a ver a Carlos. Levantó la mano en varias ocasiones, pero se contuvo. Salió de la misma forma que había entrado.

Unas horas más tarde entró su madre, con los ojos enrojecidos por las lágrimas. Le explicó que había muchos chicos por el mundo, y que pronto se convertiría en una mujer y se daría cuenta de que no valía la pena desperdiciar su juventud y su vida por seguir con aquella relación con un hombre mayor. Aquello, según ella, era una tontería de niña, y que ya vería como después del verano había olvidado a Carlos. ¿Qué sabría ella?

***

Carlos le había dicho a todo el mundo que se volvía al pueblo de sus padres, a cientos de kilómetros de allí. Pero era mentira; fue una buena mentira, ya que rebajaron la presión sobre Marina y gozó de algo de libertad que le permitió ver a escondidas a su amado. Parecía que había envejecido diez años: el pelo empezaba a faltarle, tenía ojeras pronunciadas y las arrugas de la preocupación se habían marcado en su rostro como las grietas en el barro reseco.

Pero a pesar de ello estaba más vivo y activo de lo que recordaba haberlo visto nunca. Lo había pensado y preparado todo para poder irse los dos a primeros de septiembre, antes del comienzo de las clases. Se irían a Madrid, una gran ciudad, donde podrían pasar desapercibidos fácilmente.

***

Todo pasó muy deprisa. Llevaban un par de meses en Madrid cuando la policía se plantó en el edificio que tenían alquilado. Al parecer, habían dicho por la televisión que un secuestrador se había llevado a una niña, y que esos dos eran ellos. Los vecinos no habían tardado en avisar a la policía, por lo que no tuvieron tiempo de reaccionar.

Carlos se puso muy nervioso y estaba fuera de sí. Algo impropio de él, empezó a gritarles y les amenazó con un cuchillo. Solo quería que les dejaran en paz. Marina lo tranquilizó, pero no hacía más que murmurar que les iban a separar para siempre, que no quería volver a sentir aquel vacío, aquellas ganas de morir que había tenido cuando estuvo un tiempo sin verla. Que lo había dado todo por ella y no se la iban a arrebatar.

Hubo más gritos y más tensión. La policía les anunció que iban a entrar, que lo mejor era entregarse. Fue entonces cuando Marina cometió el que siempre ha considerado el mayor error de su vida. Mientras Carlos miraba por la ventana cómo los furgones policiales iban llegando, abrió la puerta y salió fuera para decirles a los policías que no estaba secuestrada, que estaba allí por voluntad propia y que se podían ir, que no pasaba nada. La tomaron entonces sin dejarle tiempo a hablar y se la llevaron de allí, al tiempo que entraban en el apartamento. Entonces, escuchó tres dispararos en el interior de la casa que fue como si los hubiese recibido su corazón. Presa del shock por la muerte de Carlos, se desmayó. En cierta manera, Marina también murió.

***

Marina miraba el suelo de cemento en una fría tarde de otoño. Cuatro años, siete meses y un día habían pasado desde que dispararon a Carlos. Cuatro años, seis meses y doce días desde su renacimiento. ¿Se puede morir y renacer en vida? Ella sí lo cree, pero solo porque lo experimentó en sus carnes. Más de cuatro años y medio de sufrimiento y esperanza. Sabía que solo tenía que esperar un poco más, que el momento que más había deseado en su vida estaba a punto de llegar. No pudo reprimir las lágrimas y un nudo se instaló en su garganta. La sirena sonó y una puerta enrejada se abrió. Las piernas empezaron a temblarle y no se atrevía a levantar la vista.

Poco a poco varios hombres fueron saliendo. Uno ellos de cojeaba, tenía el pelo en retirada hacia la nuca y apretaba los labios con fuerza sin poder contener la sonrisa; sus ojos bañados en lágrimas y el corazón más jubiloso que la historia de la humanidad haya registrado nunca.

Carlos y Marina se fundieron en un abrazo tan intenso, profundo y apasionado, que por unos instantes pareció que se convertían en el eje de todo el universo.

***

Tengo cincuenta y siete años, y hace dos que Carlos me dejó para siempre. Tuvimos tres hijos: Carla, Joaquín y Sonia; y fue el mejor padre que pudieron tener. Viéndolo a él puedo decir con total certeza que mi padre era un monstruo.

El principio fue difícil, como todos los principios, pero salimos adelante porque nos queríamos y después de haber pasado por todo aquello, hicimos por salir adelante. No fue como subir en uno de esos barcos a motor, que te llevan a todas partes mientras estas sentado disfrutando del paisaje; tuvimos que remar, juntos, para llegar al destino que deseábamos.

Carlos no perdió el tiempo en la cárcel. Durante los cuatro años que estuvo allí desarrolló un método para enseñar matemáticas que le permitió abrir una academia de repaso. Consiguió que todos los alumnos las entendiesen de la misma forma que entendían el lenguaje. «Es como aprender otra lengua, pero con números. Es fácil», decía siempre. Con el tiempo y los buenos resultados, la voz corrió y logró abrir hasta tres academias y contratar a doce personas. Enseñaba con una pasión y empeño que era imposible no dejarse llevar.

En esta vida he aprendido muchas cosas. La principal referente a la parte de mi vida que te he contado es que nadie debería nunca aconsejar sobre amor. Mis padres, que tan en contra estaban, terminaron divorciándose unos años después de que me fuese de casa. Ni siquiera creo que estuviesen enamorados cuando se casaron; el director del instituto era un solterón lascivo del que podías sentir su mirada aunque estuvieses de espaldas. Seguramente se ensañó con Carlos para intentar acallar rumores, pero solo logró hacerse cierta fama de duro entre los padres.

Lo que puedo decir a día de hoy es que he sido una persona muy feliz. Carlos fue esa parte que te falta para completarte y que millones de personas buscan sin llegar a encontrar. Muchos encuentran algo parecido, y otros mueren sin hallarlo, habiéndose resignado a encontrarlo. Solo unos pocos pueden afirmar que han logrado completarse en un solo ser junto con otra persona. En nuestro caso hubo dieciséis años de diferencia, pero eso en el flujo eterno de la vida es una nimiedad. Sentimos el uno por el otro algo que muchos creen imposible y otros no se lo creen, pero es cierto. Encajamos a la perfección como dos partes separadas que al juntarse forman un todo como si siempre hubiese sido así.

Solo te puedo decir, con mi experiencia, que no dejes que te digan a quién debes o no, que sientas la vida, que no te conformes, que busques la parte que te falta y no abandones. Vale la pena.

Anuncios

Navegación en la entrada única

5 pensamientos en “Las dos mitades

  1. Tu fan incondicional en dijo:

    “Estar en pareja ayuda a nuestro crecimiento personal, a ser mejores personas, a conocernos más.
    La relación suma.
    Por eso vale la pena.
    Vale… la PENA (es decir, vale penar por ella).
    Vale el sufrimiento que genera.
    Vale el dolor con el que tendremos que enfrentarnos.
    Y todo eso es valioso porque cuando lo atravesamos ya no somos los mismos: hemos crecido, somos más conscientes, nos sentimos más plenos.”
    AMARSE CON LOS OJOS ABIERTOS – Jorge Bucay

  2. santamayte en dijo:

    Vale,en este caso es una historia de amor muy bonita,pero la vida tambien está llena de historias crueles de desamor y engaño,por eso debemos proteger a quien realmente aún no está preparado para llevar una vida adulta.
    En lo referente al escrito:tiene su dosis justa de ternura,sin caer en la sensibleria ni la perversión y además con final feliz.

  3. ElAndres en dijo:

    sniff, sniff, sniff… que bonito. Buena historia chaval. Concisa, sin andarse por las ramas. Sobre el tema de la diferencia de edad entre parejas se ha escrito mucho y también se han hecho muchas películas. Es un tema que si se trata bien siempre gusta, como es el caso. Sigue asi chaval. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: