Un café con Leire

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De amores imposibles

Hace poco me participé en una propuesta de relato para hacer una historia de amor, de no más de tres mil palabras. En un intento de crear algo diferente, escribí un relato que no me terminó de gustar. A diferencia de los profesionales, que tiran de oficio, yo funciono por impulsos de inspiración, cuando tengo que escribir sobre un tema, no suele salir bien. Hay una excepción: en fantasía épica, que conozco bien, la cosa me sale mejor. Pero en esta ocasión escribí dos relatos, pero tuve que elegir uno para presentar. Os cuelgo primero el descartado, ese experimento fallido, por saber también vuestra opinión y ver si me ayudáis a mejorarlo. Sin más dilación, ahí va “De amores imposibles”.

fuego

Hoja

Desde que tuvo consciencia de sí misma, supo que era diferente. Sabía como era: blanca, inmaculada, sensible. Por alguna razón presentía que algo grande iba a ocurrir, que le esperaba un destino importante y que lograría destacar en esa vida que había amanecido no hacía mucho tiempo.

Pasó sus primero días apretada entre cientos o miles como ella. En realidad se le parecían mucho: todas eran blancas e inmaculadas, pero ninguna sensible. Estaban allí, sin sentir. Se limitaban a estar. Por eso ella se creía tan especial. Tenía sentimientos de los que otras carecían.

Pronto la llevaron junto a otras como ella a algún lugar. Fue una época de movimientos, en la que ocurrieron muchas cosas. Vio el sol y la luna, lugares oscuros y otros luminosos, grandes y pequeños, en movimiento y estáticos, hasta que el viaje llegó a su fin y le quitaron la protección que le impedía notar el aire.

En aquel lugar se sentía bien, feliz. Había algo en el ambiente que la reconfortaba, incluso le parecía familiar. Pero no identificaba de qué se trataba. Puede que oliese a pasado; pero no a viejo. Se encontraba en un lugar rodeada de pasado, de eso estaba segura. Podía escuchar en la lejanía esos cantos y silbidos que recordaba haber escuchado antes, pero no sabía dónde.

Se respiraba paz, suavidad… ¿se podía respirar suavidad? Seguramente no; pero eso le parecía.

Pronto aquella paz se difuminó. Empezó a escuchar un martilleo irregular y constante, si es que eso podía ser. Tapada como estaba por muchas como ella, no podía percibir bien qué era aquello que producía aquellos golpes.

Luego las pausas eran largas. El sol llevaba tiempo en el cielo cuando empezaba de nuevo. Tras un tiempo que parecía interminable, volvía a parar para reanudarse después de la misma forma. Salía la luna y seguía con la certeza de que algo malo iba a pasar. Aquel sonido seco y breve no podía ser bueno; era como si golpearan algo continuamente.

Con la luna bien alta, paraba y volvía otro periodo de tranquilidad. ¿Qué sería aquello? ¿Le haría algún daño? La tortura de no saber que ocurría la fue atenazando durante todo el tiempo que estuvo en aquel lugar. ¿Acaso sería eso el destino que sintió cuando tuvo conciencia de sí misma?

Pronto lo sabría.

Fuego

Nació sin ser consciente de ello. Así, de repente. De un chispazo, de un instante, prendió la llama de su vida a la que fueron alimentando hasta que creció, grande y fuerte. Desprendía calor, irradiaba luz, se sentía poderoso con el alimento abundante que le proporcionaban. Bailaba, danzaba, elaboraba coreografías imposibles de reproducir, crecía y menguaba a ritmos trepidantes. Jugaba a encogerse para luego estirarse y ver hasta donde llegaba. Con esos juegos se entretenía, pero nunca tenía suficiente. Sabía que algo le faltaba, y danzaba y bailaba, comía y consumía, sin saciarse ni descubrir qué era lo que hacía sentirse incompleto.

Pero luego dejaron de alimentarlo, hasta casi morir. No sabía bien de qué se trataba, pero sabía que cuando lo dejaban agonizante, falto de sustento, una luz que él soñaba a alcanzar iluminaba todo aquel lugar. Cuando la luminosidad menguaba, volvían a darle de comer, con gruesos troncos que tardaba horas en consumir, y alguna que otra cosa más liviana, que devoraba con gran velocidad alcanzando una altura notable que poco duraba.

Pasaron muchos ciclos iguales, en los que consumía sin parar lo que le ofrecían, calentaba a iluminaba, bailaba y devoraba, buscando qué era lo que lo hacía incompleto. Consumía lo que le daban, todo lo que tenía a su alcance, sin importarle qué pasaba después. Siempre le limpiaban los restos, aquel polvo pesado, gris, apagado. Y siempre volvían a alimentarlo tras dejarlo casi morir.

Violación

Por fin, el día llegó. Había ido escuchando los martilleos cada vez más cerca hasta que finalmente la tomaron y la colocaron en una extraña máquina. No se parecía a nada que hubiese visto nunca. Y entonces, descubrió de dónde venían los golpes.

Empezó a notar en su superficie, clara e impoluta, cómo unas varillas marcaban signos negros sobre ella. Aquel era un dolor que nunca pensó que podría sentir, tanto por los golpes como por las marcas que le quedarían. ¿Por qué le hacía eso? Iba a terminar marcada de tal forma que estaría irreconocible.

Terrible fue la sensación que tuvo al ver, en otro montón distinto, toda una columna de hojas marcadas como ella. Sucias, heridas y violadas. Eso era lo que sentía en aquel momento. ¿Dónde estaba ese destino que presintió que tendría? ¿Dónde estaba la grandeza que le esperaba?

Casi sin darse cuenta, el martilleo paró. La tomaron y la colocaron con mucha delicadeza en el montón de hojas manchadas. Estaba desconcertada. ¿Cómo la podían tratar con delicadeza tras un tormento como aquel? Ahora estaba manchada para siempre. No habría forma de borrar aquellas marcas, aquellos estigmas, que denotaban la pérdida de su identidad.

Logró percibir un suspiro y una risa. Al parecer, todo había terminado y ella era la última. ¿Acaso podía depararle el destino algo peor que ser la última en recibir tal humillación?

Triste y apenada, se sumió en depresión.

Revelación

Tras muchos ciclos iguales, en el que lo dejaban al borde de la muerte y luego le volvían a suministrar sustento, se dio cuenta de su naturaleza. Necesitaba consumir a otros para sobrevivir él. Había probado todo lo que se le había ocurrido para intentar completarse, pero parecía como si la pieza del puzzle que le faltaba hubiese desaparecido.

¿Qué ser podía estar completo si requería de la consumición de otros? ¿Qué vida era aquella, que necesitaba de otros para seguir existiendo? Cuando consumía su comida, crecía, se sentía fuerte y poderoso, pero ahora también culpable y triste. Juraba en esos momentos que nunca más volvería a comer, que se dejaría morir de hambre. Pero cuando su existencia se veía amenazada, cuando se encontraba al borde de la extinción, sus ansias por consumir y no extinguirse se volvían incontrolables.

Entonces volvía a devorar con ansia todo lo que le daban, para volver de nuevo al mismo punto al final del ciclo. Aquello era una verdadera tortura. ¿Cómo luchar contra su naturaleza? ¿Era eso posible? Si había forma, él la desconocía.

Él

En una de las noches, sin saber bien cuál, una corriente etérea la levantó ligeramente. La movió de su lugar, dejándola sobre el montón de hojas pero con una perspectiva de todo su entorno de la que antes no disponía. Una luz captó su atención. Una luz con forma variable, siempre distinta. Se elevaba y descendía para volver a subir al instante siguiente. Parecía que bailase sin parar, sin descanso, en una coreografía preciosa e irrepetible aunque pasaran cientos de días y noches. ¿Quién era aquel, de colores que iban del amarillo al rojo, que se movía sin parar y siempre distinto? Quedó fascinada, prendada por sus formas y colores. Ella era siempre la misma. Ni siquiera podía cambiar las sucias manchas que la marcaban. En cambio, él si podía cambiarse a sí mismo, menguar o ascender, a ritmo variable. Ella era de un solo color, o lo era. En cambio las tonalidades de él lo hacían fascinante.

Lo estuvo observando durante mucho tiempo. Se apenó, incluso se afligió, cuando apenas era unas ascuas, un pequeño carbón incandescente. Pero entonces una figura enorme se acercaba y le lanzaba unos cilindros gruesos, y poco a poco volvía a crecer hasta convertirse en un espectáculo brillante y único. Cuánto daría ella por poder hacer algo como aquello… Deseaba con tanta fuerza acercarse, sentirlo. ¿Cómo podía experimentar aquella atracción, y más cuando aquellos bailes transformaban todo en polvo gris? Deseaba estar cerca y no le importaba convertirse en aquel polvo. No era mucho peor que su estado actual.

¿Cómo serían sus caricias? ¿Le importaría conocer a alguien marcada como ella? Con toda seguridad la rechazaría, ya no era blanca y pura. ¿Quién podría sentirse atraído por alguien como ella, marcada por aquel pasado violento?

Pero el tiempo pasaba y sus preguntas necesitaban respuesta. ¿Cómo podría llegar hasta allí?

Ella

Fue en uno de los muchos ciclos que pasaron, cuando vio algo que le llamó la atención. Había algo que captó su mirada. Era una de esas hojas que ha veces le daban, que consumía con una pasión breve pero intensa, que asomaba por encima de las otras. No supo qué fue. No podía explicar qué era. Pero quedó prendido.

No parecía diferente a las demás. Era blanca, del mimo tamaño y forma que las otras. Pero al mismo tiempo supo que era diferente. No podía explicarlo, podía sentirlo. Era igual a las demás, pero distinta. ¿Cómo podía ser eso? Tenía las mismas dimensiones y color, pero al mismo tiempo le llamó la atención de una forma que ninguna otra lo había hecho. ¿Qué explicación tenía aquello? ¿Qué había obrado para experimentar ese ansia por acariciar su superficie y sentir su tacto? No entendía, y eso lo desconcertaba.

Pasaron varios ciclos en los que no hacía más que pensar en ella. ¿Por qué no le había pasado antes? Había devorado con anterioridad a hojas como ella. Entonces, ¿por qué no podía apartarla de sus pensamientos ni un solo instante? ¿Había algo más que no tenía el resto? Decidió que bailaría para ella, que danzaría sus formas volubles para aquella que la observaba temerosa, tímida, desde la altura.

Esta vez estaba seguro: había encontrado lo que le faltaba.

Viento

Hacía unos soles y lunas que no parecía el mismo. Sus bailes eran más lentos, apáticos. Algo le ocurría. Debía hacer algo, preguntarle si estaba triste, intentar que volviese a danzar con fuerza y alegría.

No pudo más que pensar en aquella brisa, aquel movimiento etéreo que de vez en cuando la visitaba, recorría su superficie y que la colocó en aquel lugar privilegiado desde el que poder observar a la luz de su vida. Se decidió, nerviosa, a hablarle por fin cuando volviese a sentirla.

Disculpa. ¿Eres tú la brisa?

La corriente de aire salió de su trayectoria y se arremolinó en un suave torbellino, junto a la hoja, incapaz de parar.

Así es, pequeña hoja.

¿Conoces a aquel que se encuentra en el agujero de piedra?

¡Oh, si! Lo conozco.

¿Cómo es?

Terrible.

Se quedó sin habla. ¿Cómo podía ser terrible aquel que bailaba para ella a todas horas? Seguramente se trataría de un malentendido.

¿Por qué dices eso?

Porque es lo que pienso.

¿Por qué pensaría algo así? No podía ser, estaría equivocada. Quería salir de dudas, descubrirlo por sí misma.

Llévame hasta ella.

¿Y por qué debería hacer eso?

Porque te lo pido por favor. Necesito llegar hasta él y conocerle. Saber si es lo que estoy buscando, si somos el uno para el otro.

La brisa se agitó, divertida.

Mi querida hoja. No sabes lo que estás diciendo. El fuego es terrible, consume todo lo que toca. ¿Quieres terminar tu existencia?

La hoja estaba turbada. Qué palabras tan horribles le dirigía. No quería seguir escuchándola y que la duda siguiese creciendo en su interior. Debía ir y conocerlo.

Por favor, llévame hasta allí.

En un susurro parecido a una risa, la brisa se volvió corriente de nuevo y desapareció.

La hoja quedó triste, incapaz de entender nada de lo que había ocurrido. Aquella brisa no se parecía en nada a lo que se había imaginado. No era de fiar un cuerpo transparente como aquel. ¿O acaso no tenía cuerpo y por eso se comportaba así?

Sin tiempo para pensar más sobre eso, la brisa volvió a entrar en la habitación, esta vez con más fuerza, y elevó en el aire a la hoja. Las otras hojas que estaban debajo de ella cayeron al suelo, pero ella surcó el aire, haciendo cabriolas y zigzagueando, hasta llegar a la casa de piedra en la que vivía la luz de su vida.

Con suavidad se posó sobre el lecho de carbón y cenizas, notando el ligero calor que todavía desprendía.

Encuentro

Un ligero murmullo llegó hasta sus oídos. No sabía qué era, pero captó su atención. Intentó concentrarse para oír algo, pero no pudo distinguir más que dos tonos distintos.

Unos instantes después una corriente pasó por su lado, como una exhalación, y reavivó su fuego interior. Se volvió rojo en el trozo de carbón en el que ahora habitaba, incapaz de producir ya una llama. Mejor así. No quería seguir consumiendo más, esta vez estaba decidido. Acabar con otros para seguir existiendo había llegado ya demasiado lejos.

Pero entonces una nueva corriente, más veloz y potente, arrastró a su hoja, danzando sobre el aire, hasta él. Intentó encogerse, retraerse más todavía dentro de aquel carbón incandescente en el que estaba recluido, para no tocarla, no acabar con ella. Había soñado aquel momento, en el que se juntaban y él la rodeaba con sus llamas, sin quemarla, sin convertirla en ceniza, y ella le correspondía a sus caricias con tiernas sonrisas y miradas soñadoras.

Pero una cosa era su imaginación y otra la realidad. Ahora la tenía frente a él, y por nada del mundo quería tocarla.

Pasión

Hoja apenas podía hablar. Estaba a su lado, pero parecía que la rechazaba. No se había imaginado que aquello fuese así. Había visualizado que se conocían, que hablaban durante horas y horas, que se abrazarían hasta el fin del tiempo. Estaba segura de que con él sería feliz, alcanzaría aquel destino con el que había nacido.

Pero en cambio nada sucedió como había planeado.

Fuego, temeroso todavía de consumirla, le dijo:

No te acerques más, hoja, o te quemaré. No me gustaría hacerte daño, pero no puedo evitarlo. Quemo y consumo todo lo que se acerca a mí.

Hoja se acercó un poco, con mucho esfuerzo.

Sé que no me harás daño, o por lo menos más del que ya me han hecho. He visto lo que haces, pero no me asusta.

Se miraron durante largo tiempo. Pocas veces unas miradas dijeron tanto. Podían leer en el otro sus vidas, sus temores e inquietudes, sus anhelos. Tras aquella intensa mirada que se dedicaron ambos, creyeron conocerse tanto como a ellos mismos. Había algo en su interior que no podían controlar, algo que les empujaba a unirse el uno al otro. Era una fuerza incontrolable que los arrastraba mientras seguían con la mirada prendida. ¡Qué sensación tan poderosa! ¿Qué estarían dispuestos a hacer bajo el dominio de aquella emoción?

Hoja quería dejarse llevar, sentir la corriente de sentimientos, notar sus caricias sobre la superficie y ser parte de la vida de él.

Fuego deseaba tomar a Hoja, consumirla con ternura, alimentarse de ella como quien bebe un delicioso veneno para acabar con su vida en un éxtasis.

Y entonces sucedió. Hoja acercó su esquina al incandescente carbón y notó un agradable dolor. Su punta se tornó negra y un hilillo de humo se elevó en el aire, serpenteando por un oscuro túnel.

Fuego degustó el delicioso sabor de Hoja y, sin pensarlo dos veces, abandonó el carbón en el que se encontraba y se subió a ella. La acarició suavemente, recorriendo su superficie con delicadeza, consumiendo con dulzura aquella maravillosa hoja con la que tanto había soñado. Fue el mayor placer que había sentido nunca, sin pensar en nada más que en esa sensación irrepetible, intensa y apasionada.

Hoja no hacía más que gemir, tornando el dolor en placer, dejándose recorrer y disfrutando de la ternura con la que la devoraba. Era un ir y venir de sentimientos y sensaciones, de explosiones de placer que subían y bajaban al ritmo que marcaban las llamas.

Sin tiempo para asimilar toda la experiencia de la que estaban siendo partícipes, Fuego llegó hasta la última esquina de Hoja.

Gracias por haber eliminado mis manchas y haberme aceptado como soy. Muero feliz por haber sentido algo grande.

Si no fuese por ti, hubiese muerto de hambre y soledad. Ahora muero feliz y acompañado.

La hoja se consumió y el fuego se apagó.

El otro

Morris estaba eufórico. Tras hablar con el editor, iba a mandarles la novela que había terminado hacía unas semanas. Todavía quedaba darle un buen repaso después de dejarla reposar, pero Tom había insistido en que se la enviara, expectante como estaba por aquel final.

Cuando entró en el salón y vio parte del montón de hojas en el suelo, casi se le para el corazón. Raudo se arrodilló ante ellas y empezó a recogerlas, ordenándolas a medida que las tomaba. Debió dejarse alguna ventana abierta para que se ventilara la casa y la corriente las había tirado. Se maldijo por el descuido.

La boca se le secó cuando descubrió que no estaba la última hoja. La buscó por todas partes, debajo de sillones y mesas, y apenas pudo retener las lágrimas cuando vio su final, el mejor final que había escrito nunca, como una quebradiza lámina gris sobre un lecho de cenizas y carbón. ¿Cómo había podido ocurrir?

Nervioso, se sentó a escribir de nuevo el final, pero no fue posible escribirlo igual. No recordaba las palabras exactas ni el tono que había conseguido y por mucho que lo intentó, no hubo forma de conseguir la redondez de la vez anterior. Aquella genial inspiración que tuvo se había perdido para siempre, y durante los siguientes días fue incapaz de crear algo similar.

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6 pensamientos en “De amores imposibles

  1. santamayte en dijo:

    Precisamente son tus finales los que nos dejan un buen sabor de boca y resolver un relato de tan pocas palabras es dificil.A mí me ha gustado.

  2. Que envidia me dais los que descartáis relatos, con lo que a mi me cuesta escribir solo uno XD. Me gustó mucho, y aunque no tengo idea de cual es el que has presentado creo que con este te hubieses llevado más de un comentario del tipo “no pude empatizar con una hoja de papel” (ya sabes como es el público).
    Me recordó a un cuento que leí de pequeño sobre un soldado de plomo y una bailarina de juguete que se enamoran, y al final, no recuerdo por qué, acaban los dos en la chimenea, se funden y se transforman en un corazón. Un final triste y bonito, como el de tu relato (aunque para el escritor es una gran putada).
    La única crítica que puedo hacerte, y es totalmente subjetiva, es que en algunos momentos los protagonistas (hoja, fuego, brisa) hablan de una forma demasiado humana. Ya se que el meollo del relato es que se trata de elementos inertes que sienten y piensan, pero si lo hicieran de una forma un poco menos humana me resultaría más creíble. No se si me he explicado bien.
    Saludos!

    • Jajaja, que razón tienes en lo de empatizar. De todas formas, no importa la cantidad, sino la calidad y no me importaría cambiar tres de los míos por uno de los tuyos 😉
      No conozco el cuento, aunque me suena. Creo que mi hija lo tiene en un libro de cuentos, así que le echaré un vistazo.
      Gracias por tu comentario y tu sugerencia. Además, creo que tienes razón, aunque me esforcé en que no fuese así. Aunque también es cierto que tanto hoja y fuego están basados en un modelo de personalidad. Ya te digo, se mezclaron muchas cosas y al final no me terminó de encajar.
      Un saludo

  3. Celembor, me quedo muerta. No sé si soy torpe o qué pero incluso con los nombres bien grandes al principio de cada protagonista “Hoja” y “Fuego”, ni me he enterado de lo que hablabas exactamente hasta que no he llegado a la parte de “Él”. Lo cierto es que eso ha sido precisamente lo que me ha hecho leer el relato con avidez y muchísimo interés, intentando adivinar en cada palabra de qué se trataba. Si está hecho adrede no lo sé. O es que me he levantado espesa….(que será esto último). No sé por qué no le he prestado la más mínima atención a los títulos “Hoja” y Fuego” al principio de las dos primeras partes. Aunque lo cierto es que suele ocurrirme. No veo las cosas que tengo delente de mí, enormes, gigantescas, haciéndome luces largas e intermitentes. En fin, sea o no por mi miopía innata o porque sigo creyendo que eres un auténtico virtuoso del relato corto, solo puedo decir que uno de los grandes momentos de la semana es cuando, por fin, saco tiempo para leerte. He de decir que, normalmente, experimento esa sensación de carne de gallina desde la tercera o cuarta línea de tus relatos, y esta no ha sido la excepción. Un abrazo.

  4. Pues al principio mi intención era ir dejando pistas para que el lector fuese adivinando de qué se trataba, pero al final opté por lo fácil.
    jajaja, si, leer recién levantado tiene sus contrapartidas 😉
    Muchas gracias por tu carne de gallina 😀

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