Un café con Leire

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La torre de Krivus (III)

(Sin no has leído previamente las primeras partes, puedes encontrarlas aquí: Parte 1 y Parte 2)

Sin poder evitarlo, Iriana y Anton observaron cómo Kal abría el cofre. Ambos aguantaron la respiración, aunque la muchacha no pudo mirar y se aferró con fuerza a su compañero mientras cerraba con fuerza los ojos, esperando lo peor. Pero nada ocurrió.
Al abrir de nuevo los ojos y ver a su hermano allí, arrodillado, delante del baúl, suspiró con alivio.
—Esto no me gusta nada, Iriana. No deberíamos estar aquí. Nunca debimos entrar aquí.
La chica lo miró a la cara. Anton tenía dibujada una mueca muy extraña, algo que no le había visto nunca. Era un rostro que reflejaba miedo y arrepentimiento. Iriana también sabía que algo no iba bien, que allí había cosas que ninguno de ellos podía comprender y que no deberían de haber entrado. Pero ahora ya era demasiado tarde.
Los movimientos de Kal le llamaron la atención. Se había levantado y se estaba estirando con los brazos en alto, como si intentase tocar el techo. Se fijó en el brazalete que llevaba en su mano derecha. Era nuevo, antes no lo tenía. Debía de haberlo cogido del cofre.
—Kal, me quiero ir —dijo temerosa—. No quiero estar más tiempo aquí. Nos vamos, ¿verdad Anton?
Anton asintió, y empezaron a moverse hacia la salida.
Kal se giró, como si hubiese recordado que estaban allí. De un salto que cruzó toda la sala, se plantó delante de la pareja, que dieron un respingo por el susto, y miraron con sus sorprendidos ojos la proeza sobrenatural que había realizado su amigo.
—¿Por qué tienes tanta prisa ahora, hermanita?
La burlona voz de Kal había cambiado de tono. Los dos amigos se juntaron un poco más. Iriana pudo ver un malvado brillo en los ahora negros ojos de su hermano.
—Ooooh, entiendo. Queréis estar asolas. —Hizo una pausa como si estuviese recordando algo—. Podéis ir a la cama de abajo, prometo no mirar —dijo con una sonrisa impropia de Kal.
Anton fue a contestar algo, pero Iriana le apretó el brazo. Había que salir de allí.
Pasaron por el lado de Kal a toda prisa y bajaron los escalones veloces, con riesgo de caer debido a la falta de luz. Iriana derramaba algunas lágrimas y Anton respiraba aceleradamente.
¿Qué le había pasado a Kal? ¿Cómo era posible que hubiese dado un salto como aquel? Los dos muchachos no podían creer lo que habían visto. Aquello no podía ser otra cosa más que magia, lo que significaría que ésta había vuelto al mundo. Al final, el tío de Anton tenía razón.
Con unos sentimientos de arrepentimiento crecientes pasaron por el dormitorio y llegaron a la planta baja. Iriana no hacía más que preguntarse qué le había pasado a Kal y cómo explicaría aquello a sus padres. Lo que tenía claro es que iba a estar castigada durante mucho tiempo y que seguro que se llevaría más de un golpe. Su madre la castigaría a realizar todas las tareas de la cuadra y tendría que pasarse en día entre los excrementos de los animales. No tenía justificación para explicar lo que habían hecho, y eso haría que perdiese la confianza que sus padres tenían en ella. Había demostrado no ser mejor que su hermano, que siempre hacía lo que quería y se aprovechaba de las concesiones que en ocasiones les daban sus padres. Ahora tendría que portarse muy bien y acatar todas las órdenes sin rechistar para poder volver a salir de casa.
Renovadas lágrimas brotaron de sus ojos al comprender lo que aquello significaba. Estaría durante mucho tiempo sin ver a Anton, ya que sus padres también la castigarían a eso. En demasiadas ocasiones Kal había hecho burlas delante de ellos insinuando que estaban enamorados. Ella no estaba enamorada, o tal vez sí, pero no sabía cómo debía de sentirse. En cierta ocasión se lo preguntó a su madre, pero ella le contestó algo que la dejó igual: «Cuando lo estés, lo sabrás». Así que ella debía no estarlo, porque no sabía si estaba enamorada. Lo que sí sabía es que se encontraba muy a gusto con Anton, le gustaba mucho que se preocupara por los demás y que no le gustara hacer daño a nadie, excepto cuando jugaban a ser paladín, y entonces acababa con todas las criaturas de la oscuridad.
Sortearon los cuerpos del suelo y se dirigieron hacia la puerta a todo lo que daban sus piernas. La luz entraba con fuerza y su intensidad hizo que entrecerraran los ojos, que todavía estaban acostumbrados a la penumbra de los pisos superiores.
Y entonces, un cuerpo cayó del cielo, justo delante de la entrada, obstruyéndoles el paso. A contraluz, no era más que una sombra; no podían distinguir más que su silueta, aunque todos sus temores se hicieron realidad cuando ésta dijo:
—Vaya, vaya. Qué prisa tenéis en marcharos. Y además, sin decir adiós.
Anton se colocó delante de Iriana. Sabía que esta vez no habría nada que pudiese detener el enfrentamiento. Se concentró a pesar del ritmo que marcaba su pecho, en un constante y acelerado bombeo de aire hacia sus pulmones.
—¿Qué quieres, Kal? ¿Qué te pasa?
A medida que sus ojos se acostumbraban de nuevo a la luz fueron distinguiendo las facciones de Kal. Tenía una mirada perversa y una sonrisa de oreja a oreja. No sabían qué había ocurrido exactamente ahí arriba, pero estaban seguros de que Kal ya no era Kal.
—¿Qué quiero? Lo quiero todo, por supuesto. Y para eso, en estos momentos, os necesito a vosotros. —Hizo una pausa, pensativo, mientras observaba a Anton—. No, en realidad solo la necesito a ella. Tú solo eres un estorbo.
Anton no podía creer lo que escuchaba; no entendía nada. Solo sabía una cosa, aquel no era Kal y no se iba a llevar a Iriana. Se dio media vuelta y tomó del suelo la espada ancha con sus dos manos. Pesaba bastante, pero no mucho más que la que tenía su padre y con la que practicaba cuando nadie le veía.
—¿Qué vas a hacer?
La quebrada voz de Iriana hizo que perdiera su determinación. La miró apesadumbrado, incluso arrepentido por lo que iba a hacer. Unas súplicas de disculpa se hinchaban en su estómago y luchaban por salir de su garganta. Kal no dejaba de ser el hermano de Iriana y su amigo de toda la vida.
La risa que escuchó desde la puerta fue como si le despertasen de un placentero sueño con un cubo de agua fría sobre la cabeza.
—Oh, Anton. ¿Vamos a jugar de nuevo a caballeros? Iba a eliminarte igual, pero ahora será más divertido —dijo mientras entraba y se dirigía hacia él.
Con cierta duda todavía, Anton se puso en guardia. Escuchó como Iriana gritaba y suplicaba desesperaba que dejasen de lado aquella locura. No podía hacerle caso, tenía que estar concentrado en su amigo, ahora su enemigo. No tenía pensado matarlo, tan solo herirle de tal forma que no pudiese moverse. Después irían hasta casa y pedirían que alguien se acercase a curarlo.
Hizo varias estocadas y algunos cortes descendientes sin más intención que la de demostrarle a Kal que iba en serio. Éste lo miraba divertido y esquivaba las malas estocadas como si estuviese bailando. Otra burla más.
Apretando los dientes, esta vez sí que hizo un corte lateral con intención de herirle en el abdomen. Kal lo esquivó dando un saltito hacia atrás, y antes de que terminase la inercia que llevaba el arma entró en la guardia de Anton y le propinó un puñetazo. El golpe fue el más fuerte que había recibido nunca. Fue la misma sensación que cuando hace unos años le dieron una pedrada en la cara.
Aturdido como quedó no pudo evitar que le quitara la espada de las manos con un fuerte tirón. Desorientado todavía, alcanzó a levantar la vista para ver cómo la espada descendía sobre él…
La cabeza de Anton rodó por el suelo hasta chocar con el esqueleto al que pertenecía la espada.
Iriana no podía ni gritar. Estaba completamente paralizada por el terror. No podía creer lo que estaba viendo. Debía de tratarse de una horrible pesadilla, de una visión producto de algún macabro conjuro que todavía residía en la torre. Su vista iba una y otra vez del cuerpo a la cabeza de Anton, sin terminar de creer aquel imposible. En su cabeza solo podía imaginar que era otro de sus juegos, que su amigo se levantaría y tomaría su cabeza para volver a colocársela en el sitio y reirían juntos de nuevo. Pero debía de darse prisa, porque la sangre no paraba de brotar del cuerpo. Tal vez, si se la colocaba ella de nuevo en el sitio sería más fácil.
Pero entonces Kal dejó caer la espada sobre la piedra del suelo y su estrépito la sacó de sus fantasías. Fue un bofetón que la llevó directa a la realidad. Anton estaba muerto. Muerto.
—Vamos hermanita, no te pongas así. Verás como en unos minutos lo ves todo de otra forma.
Kal se dirigió hacia ella, que seguía paralizada. Era incapaz de moverse, como si algún conjuro la hubiese convertido en una estatua de piedra. La sonrisa en el rostro de su hermano era más terrorífica que la visión de un espectro y el miedo que sentía en aquellos instantes era el mayor que había sentido en su vida. ¿Qué iba a hacer con ella? ¿Iba a cortarle la cabeza como a Anton?
Quiso correr, correr como nunca había hecho, para salir de allí. Quería llegar a casa y llorarle a su madre, explicarle lo que había pasado y que se arrepentía mucho, que nunca más lo volvería a hacer. Había sido un terrible error, una equivocación que no volvería a ocurrir, y que a partir de ahora le iba a hacer caso siempre, se iba a comportar como una mujer y ya no vagaría más por el bosque. Buscaría un buen marido, alguno que le gustase a ella, y no volvería nunca más a desobedecerla.
Kal se plantó delante de ella con su siniestra sonrisa y en un rápido movimiento la cogió del cuello. No la cogió para estrangularla o causarle daño, sino que era más bien una presa para que no escapara. Entonces el brazalete azabache se fue derritiendo y cual serpiente nadando hacia su presa, las espesas gotas recorrieron la mano y pasaron al cuello de Iriana. Ésta sintió un frío intenso y se resistió de forma natural a aquellas trazas de brillante oscuridad que lamían su piel, pero nada pudo hacer para que no la envolvieran, recorriendo en círculos su nuca y garganta.
En ese instante, antes de perder la conciencia de sí misma, vio como el cuerpo de Kal se consumía por dentro y le lanzaba una última mirada de terror y auxilio. Su hermano había vuelto a ser él mismo solo para ver como moría.
Finalmente, su cuerpo cayó e Iriana lo miró con una sonrisa torcida. Poco alimento podía extraer de unos niños sin apenas energía vital.
El simbionte revisó todos los recuerdos de Iriana como si fuesen suyos. A unos kilómetros de allí había un camino transitado por mercaderes, mercenarios y buscavidas. No le sería difícil dejar que alguno poseyese el cuerpo de la joven para así tomar posesión de un nuevo huésped más capaz. Necesitaba alimentarse mucho para volver a tomar el poder suficiente para reproducirse. Esta vez sería más cauto y no se dejaría apresar por ningún mago protector.
Saliendo a una velocidad inhumana de la torre y corriendo por el bosque grácil como un felino, se perdió en la espesura en dirección al Camino Real.

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2 pensamientos en “La torre de Krivus (III)

  1. santamayte en dijo:

    He tardado un poco en leer la III y última parte,pero he de decirte que no me ha decepcionado en absoluto.Un relato fantastico muy bien resuelto.

  2. Pingback: La torre de Krivus (II) | Un café con Leire

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