Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

La torre de Krivus (II)

(Si no has leído la primera parte, es mejor que empieces por la primera parte).

El canto de los pájaros y el zumbido de los insectos desaparecieron de repente y en su piel notaron la frescura del lugar. Tardaron unos segundos en habituarse a la penumbra del interior de la torre, asustados como estaban por una entrada tan repentina. Pensaban que al haber entrado de sopetón alguien podría asustarse; pero los únicos asustados eran los tres chicos, aunque Kal lo disimulaba mucho mejor. Se paseó por la sala con soltura, ocultando su temor y mudó su rostro a una mueca haciéndole una burla a uno de los cadáveres en un intento de demostrarles que no había nada que temer.
Iriana contemplaba con espanto al guerrero tumbado en el suelo y que era el objeto de la burla de su hermano. Su cuerpo estaba cubierto por una armadura que reproducía las escamas de algún reptil, y que en su desbocada imaginación, la joven lo atribuyó a un dragón. Un escudo redondo y una espada ancha yacían junto a cada una de sus manos. Desde aquella distancia no podía verse mucho más.
Junto al guerrero fallecido había otro cadáver, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en la pared. Su cabeza, completamente descarnada, era de un color marrón y colgaba en un ángulo imposible, demasiado pegado al pecho, y daba la sensación de que se desprendería de su lugar al más mínimo movimiento. Alguien debió colocarlo allí en aquella posición, como si descansara. Iriana no pudo evitar llevarse las manos al rostro y ahogar un grito.
Anton, intentando mantener la compostura y ejercer de contrapunto, tuvo que engullirse su miedo. Pasó su brazo por el hombro de su amiga y le susurró unas palabras tranquilizadoras.
Juntos observaron el resto de la planta baja. Había una robusta mesa de madera noble, un poco escorada a la derecha, junto a una alacena. Alrededor de la mesa había esparcidas unas sillas, unas tiradas y otras apoyadas en la pared. En el extremo contrario de la estancia, había un sillón cubierto de polvo y con grandes agujeros en la tela que lo cubría. Sin duda más de un roedor había hecho acopio de material para su nido.
Junto a las escaleras de caracol que subían hasta el piso superior había unos fogones y un pequeño montón de leña cubierto de polvo y telarañas viejas. El mobiliario lo completaban un par de armarios en precario estado y un par de ventanas que daban poca luz a la estancia; no parecía que en el interior de la estancia hubiese más vida que la de los tres muchachos.
Kal se puso de cuclillas para recoger un objeto del suelo que Anton e Iriana no pudieron distinguir, y volvió a depositarlo tras echarle un vistazo. Miraba de reojo a sus compañeros, observando sus reacciones y dejando que se habituaran al lugar y la falta de luz. Observaba con recelo cómo Anton le pasaba la mano por el hombro a su hermana. Ya sabía desde hacía tiempo que entre ellos dos había más que una amistad, pero le molestaba verlo.
Volvió a sentir el impulso, esa necesidad de subir las escaleras. Miró hacia arriba y se dijo a sí mismo que esta vez sí subiría. Venía acompañado, y con compañía el miedo se lleva mejor.
—Vamos chicos. Esta habitación ya la exploré hace tiempo y no hay nada interesante, excepto lo que llevan mis amigos —dijo burlón señalando los cuerpos.
A Anton aquellos comentarios le molestaron un poco.
—Deberías de tener más respeto por los muertos.
—Y tú deberías cerrar el pico y dejar de aprovecharte de mi hermana.
Ante aquellas palabras, el chico no pudo más que apartar el brazo como si le hubiesen dado una descarga eléctrica.
—Eres un estúpido, Kal. Tendrías que estar contento porque alguien se preocupe por mí —le reprochó su hermana. Kal ya había mostrado en anteriores ocasiones su rechazo a que Anton se le acercase, pero se sentía cada vez más atraída por ese chico que siempre jugaba a ser paladín y a protegerla.
—Sí, ya veo que a ti también te gusta —dijo torciendo el gesto. Reflexionó sobre si era buen momento ponerse a sus compañeros en contra, y suavizó sus formas por si tenía que convencerles de que le acompañaran al piso superior—. Supongo que no hay nada malo, y mejor que sea el flacucho este a algún cabrón de los que andan sueltos por ahí.
Ninguno de los dos pudo reprimir una sonrisa de alivio. Parecía que por fin su hermano había aceptado los lazos que iban uniendo desde hacía algunos años a los dos jóvenes.
—Es mejor que subamos —dijo aprovechando el optimismo que embargaba a aquellos dos.
—No creo que debamos hacerlo, Kal. Yo creo que por hoy es suficiente.
—Vamos Anton, ¿desde cuándo eres un cobarde? —preguntó burlón. Tenía dibujada esa sonrisa irónica y de suficiencia que tanto caracterizaba la personalidad de Kal.
—¡No soy un cobarde! Es solo que no tenemos que subir. No debemos subir.
—Oh, claro, está prohibido. Pero te recuerdo que ya has quebrantado la ley viniendo hasta aquí y mucho más entrando en la torre. No creo que te suponga un gran esfuerzo subir unos escalones, ¿verdad?
—Ya es suficiente haber venido hasta aquí. No voy a saquear a los muertos como has hecho tú y tampoco voy a subir. Estamos entrando en la torre de un mago y eso no está bien. —Anton estaba levantando la voz y lo señalaba con el dedo acusador. Iba a continuar pero Iriana lo interrumpió con suavidad.
—Vamos chicos, no es momento de pelearse y por favor, no gritéis —dijo señalando con la mirada a los caídos. Cuando tuvo la atención de los dos continuó con cierto tono de reproche—. Sabes que lo que estamos haciendo está mal, Kal. Te hemos acompañado hasta aquí y eso debería ser suficiente. No me gusta este sitio, hay algo extraño.
—Claro, es que es la torre de un mago, están hechas para que no le guste a los demás. Ya os lo he dicho, no pasa nada. Ya he estado aquí otras veces.
—¿Y entonces para qué querías que te acompañásemos? —inquirió Anton, molesto todavía con su amigo.
—Solo quería enseñaros el lugar. Es fantástico lo que hay en el piso superior. Venid —dijo sin dar tiempo a reaccionar.
Kal notaba una creciente curiosidad por ver lo que había en los pisos superiores y se fue en dirección a las escaleras. Seguía teniendo miedo porque estaban completamente a oscuras y no sabía lo que podría encontrar más arriba, pero la compañía y la necesidad de subir lo hacían más llevadero.
Anton seguía reticente a subir. Ya era suficiente el haber llegado hasta allí.
Por su parte, Iriana estaba indecisa. A pesar de que no le gustaba hacer cosas que sabía que no eran correctas, tenía gran curiosidad por saber lo que albergaba aquella torre prohibida. Según le decía su hermano, en la torre podría encontrar objetos maravillosos y ella siempre había querido tener una varita mágica. Nunca se lo había dicho a nadie, pero le hubiese gustado ser una maga, para poder lanzar poderosos conjuros con los que derrotar enemigos y ayudar a sus amigos. Tal vez en aquel lugar encontrase algún libro que le enseñase a conjurar. Aunque sería una maga sin magia. O tal vez no y el tío de Anton tenía razón y la magia había vuelto. Al final se decidió.
—Anton, yo tampoco quiero seguir, pero creo que hasta que no subamos Kal no nos dejará en paz. Si le acompañamos a que explore y se queda tranquilo ya no tendremos que venir más, ¿de acuerdo?
El muchacho la miró con preocupación. Si ella subía, él tendría que seguirla para que no le pasase nada. Él sentía una cierta repulsión a subir que achacó a hacer algo que no era correcto. Se resistió un poco más para intentar convencer a su amiga.
—No tenemos por qué hacerle caso. Me da igual si se pone pesado. Sabes que no deberíamos estar aquí y no pienso volver. Este no es lugar para niños.
—Tienes razón, cobarde —intervino Kal desde la escalera, que escuchaba con impaciencia la conversación—. Eres un niño todavía, entiendo que tengas miedo. Vuelve corriendo bajo las faldas de tu mamá y compórtate igual que el perrito de los Wellen.
—Vete al infierno. No soy ningún cobarde y lo sabes. Te hemos acompañado hasta aquí no sé por qué. Pero lo que pasa es que el cobarde eres tú y quieres que te acompañemos porque no te atreves a subir solo.
Un Kal enfurecido se dirigió con los puños y mandíbula apretada hacia su amigo. Parecía dispuesto a golpearle, por lo que Anton adoptó una posición defensiva. En anteriores ocasiones en las que habían llegado a las manos, fue Kal quien salió victorioso, tanto por su cuerpo de mayor envergadura como por su forma de lucha en la que todo valía.
Justo antes de que llegaran a las manos, Iriana se colocó delante de su hermano y lo rodeó por la cintura, suplicante:
—Por favor, no os peleéis.
Kal se sacudió intentando zafarse de la presa de su hermana, pero tampoco puso mucho empeño. Tenía la mirada clavada en Anton y parecía estar imaginando cómo le partía la cara a golpes.
—Como siempre, te tiene que defender una chica.
Y dicho eso, se dio media vuelta y, liberándose de la presa que había menguado en fuerza y resistencia, se dirigió decidido a subir él solo. Ahora estaba convencido de que no les necesitaba, que solo tendría que subir y coger lo que se le antojase.
Con el corazón todavía acelerado y la adrenalina recorriendo su cuerpo, los dos muchachos observaron como Kal se perdía en la oscuridad de la escalera de caracol, subiendo con las manos apoyadas en los laterales para mantener el equilibrio y tener un mejor control en la completa oscuridad.
—Por favor, Anton, no quiero que le pase nada.
—Si le pasa algo es porque él se lo ha buscado. No quiero tener nada que ver con él. Has visto cómo se ha puesto, estaba dispuesto a golpearme. —Unas arrugas de preocupación cruzaron su rostro dándole un aspecto mucho más duro y haciéndole ganar algunos años.
De repente, Iriana ya no vio un niño, sino un hombre, a pesar de que solo tenía trece inviernos.
—Por favor, Anton, es mi hermano. —La mirada de pena que le dirigió volvió a ablandarle el corazón y los músculos. Éste se relajó un poco y su rostro perdió gravedad. Viendo que tal vez tuviese alguna oportunidad de convencerlo, continuó— La última vez, y te prometo que no volveremos más.
—Júralo por Sol y su Luz.
Iriana lo miró confundida. Ese era un juramento muy fuerte y se molestó porque no confiara en ella, que tuviese que hacerle jurar por lo más sagrado algo que ya le había dicho que no iba a hacer. Pero ella sabía que los valores de Anton, a pesar de ser muy similares a los suyos, iban por otro camino.
—Lo juro.
Anton volvió a tensarse unos segundos para volver a relajarse cuando espiró. Se pasó las manos por la cara, intentando sacudirse los malos augurios que sentía de aquel lugar y, con gran decisión, tomó a Iriana de la mano y se dirigieron hacia las escaleras. Indicándole que no se soltara de su camisa, Anton empezó a subir a tientas, de la misma forma que había visto que hacía Kal, pero más despacio. Tenía que procurar que su amiga no perdiese pie y darle seguridad haciendo las cosas más despacio.
La ascensión fue corta, aunque se les hizo eterna. Estaban completamente a oscuras y fueron incapaces de saber con seguridad cuánto habían subido y si habían tardado mucho tiempo. Cuando vieron algo de luz al final de los escalones sus corazones se animaron.
Asomaron la cabeza y vieron un dormitorio. Por unas ventanas con cristales translúcidos se filtraba la poca luz que permitía a los muchachos ver toda la habitación. A pesar de que no era mucha la luz que se filtraba, sus ojos ahora acostumbrados a la oscuridad la captaban a le perfección. En el suelo de la habitación, encima de una alfombra cubierta de polvo, había una lámpara de araña que había caído del techo y que tenía la cuerda que lo sujetaba en muy mal estado. La cama estaba intacta, así como los baúles y arcones y un pequeño armario. A la izquierda de la habitación había un hogar largo tiempo apagado y un sencillo escritorio y, junto a éste, una pequeña biblioteca.
Se sorprendieron al ver a Kal frente a la escalera que seguía subiendo, mirando hacia arriba. Parecía que estuviese escuchando con interés algo procedente del piso superior.
Cuando su hermana lo llamó en un susurro, éste dio un respingo.
—Te voy a retorcer las orejas por asustarme —amenazó señalándola con el dedo. Se giró hacia la sala e hizo un arco horizontal con el brazo—. No hay nada aquí, solo ropas y libros. Seguro que encuentras algún libro de esos que te gustan a ti. Es mejor que acabemos de explorar la torre, para luego buscar lo que a cada uno le interese.
Kal volvió a mirar hacia arriba. Su interés por subir era ahora mayor, sabedor de que no existían peligros en la torre. Se pasó los labios por la lengua y soltó un “vamos” más para sí mismo que para el resto.
Iriana y Anton se miraron extrañados por su comportamiento. Se les hizo muy raro que Kal no estuviese revolviendo toda la habitación en busca de algo valioso y les pareció que estaba seducido por alguna llamada procedente del piso superior. Cuando su hermana fue a preguntarle, él ya había desaparecido por el hueco de la escalera.
Anton por su parte se resistía a seguir subiendo. Había algo que le erizaba el pelo de la nuca pero no sabía identificar aquella sensación. Era una mezcla de nerviosismo y ansiedad, una seguridad de que algo malo iba a ocurrir. Se sobresaltó cuando notó una mano en el hombro.
—Yo también estoy asustada, Anton, pero creo que deberíamos subir antes de que mi hermano toque algo que no debe.
Anton miró directamente a los suplicantes ojos de su chica. Debían de acabar con aquello cuanto antes.
Con decisión, volvió a tomarla por la mano y cuando llegaron a las escaleras le indicó que le volviese a coger de la camisa. Subieron a tientas como el tramo anterior, esta vez con algo más de decisión. Al poco tiempo, volvieron a ver luz al final de las escaleras y a Kal plantado como una estatua de piedra de espaldas a ella.
El primero en asomar la cabeza fue Anton. Ese debía ser el lugar donde el mago realizaba sus conjuros y experimentos mágicos. Pudo ver unas mesas repletas de extrañas jarras, tubos de cristal que se enrollaban sobre sí mismo e iban de un lugar a otro para conectarse con otras jarras, raros contenedores de vidrio o de metal, con formas piramidales o cónicas, bandejas y pequeños cuchillos y martillos, mazos y mallos.
Pero no pudo seguir inspeccionando la habitación porque algo le captó toda la atención y le heló la sangre. Sentado en el suelo y junto a la pared había un cadáver, un esqueleto cubierto por una túnica que los miraba acusador. Apenas quedaba más carne seca pegada a los huesos que en los cuerpos de abajo y se podían ver varios cortes en su túnica.
—Tal vez no deberíais estar aquí —dijo Kal con voz ausente. Se volvió para mirarlos mientras su hermana intentaba hacerse un hueco—. Creo que es mejor que os vayáis.
Ambos lo miraron con sorpresa mientras la indignación iba creciendo en su interior. Iriana hizo a un lado a Anton y se acercó a su hermano.
—De eso nada. Te hemos acompañado hasta aquí porque no querías venir solo, y ahora que has visto que no hay nada de lo que preocuparse nos quieres lejos para quedarte tú con todo. Eres un egoísta, Kal —. En realidad Iriana solo deseaba salir de allí, no le gustaba aquel lugar, pero la actitud de su hermano le había molestado mucho.
—Hermanita, no quería que vieras más muertos, pero si insistes… —Kal se echó a un lado para que su hermana viese toda la habitación.
El corazón de Iriana casi dio un vuelco al ver el cuerpo del mago mirándola con ojos huecos. Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que apartar la mirada. No había esperado ver más muertos. Pero Anton ya se había fijado en el otro cuerpo que había en la sala. Parecía también un guerrero y yacía en posición fetal, agarrándose la mano. Estaba frente a un cofre grande y recargado, con grabados desde allí indescriptibles, del que sobresalían unas afiladas y finas púas desde los refuerzos metálicos que tenía. Apoyados en la pared, había un par de libreros y un armario similar a un panal con numerosos pergaminos en sus huecos. A su derecha, un escritorio lleno de papeles y pergaminos y un atril con un grueso libro abierto.
Cuando terminó de inspeccionar la sala, reparó en una banderola que colgaba de una de las paredes. Era azul con un círculo dorado y siete estrellas blancas alrededor. Se acercó un poco más para poder leer las palabras que había inscritas.
—Lord Krivus Darte. Prima Protectus —leyó en voz baja.
Iriana se le acercó y leyó también con dificultad las extrañas palabras.
—¿Sabes qué significa?
—Señor mago, dueño de la torre —contestó burlón Kal desde detrás suya—. Buscad algo interesante y dejaos de leer. Si queréis podéis coger algún libro y llevároslo, aquí ya no hacen ninguna falta.
—No pienso robar nada —le contestó tajante Anton.
—No se puede robar algo que no tiene dueño, zoquete. —Kal hizo un ademán despectivo y se dio la vuelta. No podía quitarle la vista al cofre de las púas. Algo en su interior le decía que había un gran tesoro guardado en aquel arcón y que no debía permitir que ninguno de sus dos acompañantes lo tocara—. Vamos, mirad a ver si hay alguna poción mágica.
Sin poder resistirse más, se acercó poco a poco al cofre. Empezaba a tener la boca seca y sus manos temblaban ligeramente por el nerviosismo, presa de las expectativas de encontrar un gran tesoro.
Pasó por delante del cuerpo del guerrero sin prestarle atención, con la mirada fija en aquel robusto arcón. No se había siquiera planteado si estaría abierto o cerrado o si contendría alguna trampa. En aquel momento no relacionó el guerrero caído con las púas del cofre. Estaba hipnotizado por el mismo.
Mientras Anton se fijaba en la mesa de alquimia y los líquidos que aún tenían algunos recipientes, Iriana observaba de reojo a su hermano. Parecía que iba a ir directo a aquel cofre tan extraño que se encontraba sobre una alfombra redonda. Vio las púas y se estremeció. Su vista se desvió al cuerpo tendido en el suelo que parecía que había estado agarrándose la mano y luego a su hermano que iba directo hacia allí. En su mente se hizo la imagen.
—¡Cuidado, Kal!
Tanto Anton como Kal dieron un respingo del susto.
—¡¿Qué pasa?!
—No toques ese cofre. Te va a matar —le dijo asustada. Sus ojos suplicaban más que su voz.
Kal miró el cuerpo del guerrero y se asustó. Era evidente que las púas se habían disparado cuando aquel hombre abrió el cofre. Y ahora estaba muerto.
Pero de nuevo volvió a sentir interés por el contenido. Su miedo se diluyó y el convencimiento de que aquella trampa ya había saltado y que no había otras le dio el valor suficiente para continuar.
—La trampa ya ha saltado. No puede volver a saltar.
Anton se adelantó unos pasos.
—Vamos Kal, hay muchas otras cosas que puedes coger. Puede que el guerrero tenga algún arma mágica, o incluso que alguna de las pociones que hay en los botes de metal, allí al fondo, conserven sus propiedades. No vale la pena arriesgarse.
—Jajaja. Tú siempre tan cobarde. Vosotros ocupaos de vuestras cosas y de llevaros lo que queráis, que yo me ocuparé de lo mío. —Kal se giró y se colocó delante del cofre con seguridad. No se planteó por qué estaba tan seguro de que el cofre ya no tenía trampas, ni por qué sabía con certeza que el mayor tesoro de la torre estaba en ese baúl reforzado. Sencillamente lo sabía.
Kal ya no escuchaba los avisos de su hermana ni las advertencias de peligro de Anton. Iba a abrir el cofre de todas formas y a quedarse con aquel tesoro. Si no hubiese estado bajo el influjo del ente atrapado dentro de aquel baúl, tal vez hubiese levantado la alfombra por si había alguna defensa más. Y entonces hubiese visto el círculo de protección trazado en el suelo y que cualquier mago hubiese reconocido como un círculo pentagrámico, que se utiliza para encerrar a entes o criaturas del vacío.
Kal pasó la mano por la parte reforzada sintiendo el frío tacto del hierro. Aquel cofre por sí solo ya debía de valer las ganancias que podía tener su padre en dos años buenos. Con el corazón golpeando con fuerza en el pecho y la adrenalina recorriendo sus venas, Kal levantó la tapa y aguantó la respiración.
El cofre parecía vacío. Se asomó a su interior y sus pupilas se dilataron aún más al ver que en realidad sí que había algo. Una pequeña esfera negra, del tamaño de una canica, flotaba en el aire.
Sin ser ya consciente de lo que hacía, extendió la mano y apretó con fuerza la canica. Era dura, sin parecer de piedra o metal, pero agradable al tacto a pesar de su frialdad.
Kal sintió como un escalofrío le subía desde la mano y le recorría todo el cuerpo. Unas gotas negras, aceitosas y espesas, surgieron de su puño y recorrieron su mano en espiral. Subieron hasta la muñeca y se juntaron formando una especie de brazal, de un negro brillante, y sin ninguna ornamentación.
Kal dejó de ser Kal, y el simbionte se hizo dueño de su cuerpo y sus recuerdos.

Y aquí la tercera y última parte: La torre de Krivus (III)

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6 pensamientos en “La torre de Krivus (II)

  1. Pingback: La torre de Krivus (I) | Un café con Leire

  2. santamayte en dijo:

    Espero con ansia la tercera parte,cada vez esta más interesante.

  3. Me uno a la petición de la tercera parte, ¿para cuándo podremos leerla?

  4. Pingback: La torre de Krivus (III) | Un café con Leire

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