Un café con Leire

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La torre de Krivus (I)

Torre de Krivus

—¡No huyas, maldito adorador de Máscara!
—¡Ja, ja! ¡No podrás atraparme nunca!
Kal corría a través del bosque esquivando las ramas bajas con agilidad y evitaba las ya conocidas zarzamoras. En ocasiones parecía un lince, en otras un ciervo. Llevaba tantos años corriendo por aquel bosque que parecía que se supiese de memoria dónde dar un salto, dónde acelerar o frenar y cuándo agachar la cabeza. El movimiento de su pelo, liso y en melena corta, era como la estela de un fuego fatuo huyendo a través del pantano.
Anton lo seguía de cerca, aunque cada vez perdía más distancia. Enarbolaba una rama caída que hacía de espada y su jubón lo había atado al cuello para simular una capa. A pesar de lo ligero que era, apenas podía seguir el ritmo de Kal. Se agachaba y saltaba esquivando todos los obstáculos con la misma facilidad que su amigo, pero su resistencia era menor.
—Esperadme, chicos —dijo una voz jadeante e infantil.
Anton se giró para mirar a Iriana, cosa que le costó un tropiezo y probar las hojas del suelo.
—Maldita sea —masculló el muchacho mientras se levantaba y se sacudía. Aprovechó para recuperar el aliento mientras esperaba a su amiga—. Deberías buscarte una montura más veloz.
—Las damas no están hechas para correr y menos con estos vestidos —replicó mientras extendía los brazos y se miraba la gruesa túnica de invierno.
Anton aprovechó para observarla de nuevo de arriba a abajo. Sintió su estómago encogerse al contemplar la suavidad del rostro níveo de Iriana, sus alocados rizos pelirrojos y su dulce y torcida sonrisa. El vestido que portaba era el mismo de casi todos los días: pesado, largo y de color marrón, como todas las ropas que se veían por la comarca. A los tres les encantaba acercarse al Camino Real para observar los ropajes de los viajeros, preguntándose cómo conseguirían hacer algunos para que los colores fuesen tan vivos y distintos. Para ellos, además del blanco y el marrón, los demás tonos en las ropas eran una novedad.
—Vamos a buscar a mi hermano. Se debe de haber escondido de nuevo —dijo Iriana cuando consideró que Anton ya la había observado lo suficiente.
El muchacho recuperó la compostura y miró alrededor. No reconocía la espesura de la zona, así que hizo un recorrido mental de por dónde habían estado corriendo para ver si se orientaba..
—Creo que nos hemos acercado demasiado a… —no quiso terminar la frase por si al nombrar aquel lugar invocara su poder.
Iriana frunció el ceño, provocando unas ligeras arrugas en su frente. Le preguntó a Anton por dónde lo había visto correr por última vez y ambos siguieron en aquella dirección, precavidos.
A los pocos minutos de andar comprobaron que se habían acercado demasiado al lugar donde tenían prohibido ir. A unas cien varas de distancia, bien escondida entre la vegetación, se encontraba la torre abandonada. Aunque en anteriores ocasiones ya habían estado allí, siempre fue de pasada, sin atreverse a acercarse más. Se decía que aquella era la torre de un antiguo mago que vivió hacía ya muchos años, cuando los padres de sus padres apenas eran unos niños. Comentaban que, a su muerte, el fantasma del mago recorría la zona para atacar a aquellos que se acercaban demasiado a lo que habían sido sus dominios, que lanzaba rayos por los dedos y que brotaba fuego de sus ojos. Los dos jóvenes estaban tan absortos, con la mirada prendida en la torre y recordando las historias que se contaban sobre ella, que no escucharon las suaves y sigilosas pisadas a sus espaldas. De sopetón, Anton notó que le pasaban el brazo por el cuello y le pinchaban por la espalda.
—Muere, maldito paladín de Batalla —gritó Kal, victorioso.
Anton intentó escapar de la presa a la que le había sometido su amigo, pero le fue imposible. Sus delgados brazos no tenían la fuerza necesaria para salir de aquella desventajosa situación. Kal volvió a clavarle el pequeño palo que simulaba una daga.
—Ya está bien, Kal —le reprendió su hermana mientras le soltaba un puñetazo en el hombro.
Kal la miró con una mueca entre sorprendido y enfadado. No entendía el comportamiento de su hermana. Debería estar suplicando por la vida del caballero, pero parecía que había dejado de jugar.
—No deberíamos estar aquí.
—Bah, no te preocupes. He venido más veces. No pasa nada —respondió haciéndose el valiente. Soltó a Anton, que ya había dejado de jugar a ser paladín, y observó también la torre, con los brazos en jarra.
Los otros dos lo miraron con los ojos abiertos. No podían creer que se hubiese acercado tanto él solo.
Al ver que tenía la atención de los dos, hinchó algo más su pecho y continuó.
—He venido muchas más veces… —hizo una pequeña pausa e indicó a sus oyentes que se acercaran más— y he entrado en la torre.
—¡Cómo se entere papá vas a ver! Te van a castigar hasta que cumplas los veinte ciclos.
Aquella era una amenaza irreal. Nadie podía estar castigado tanto tiempo; aunque era cierto que si se enteraban le esperaría una buena paliza y seguramente algunos días sin comer.
—No se enterarán si no se lo decís. Además, si se enteran sabré quién de los dos ha sido, con lo que mi venganza, os aseguro, será terrible.
Ambos se asustaron. Conocían de sobra la macabra imaginación de Kal. A Iriana le vino a la cabeza aquella vez que lanzó a una hoguera algunas ranas que cazaron en el río para ver cómo explotaban. A ella le pareció algo atroz, pero él se divertía mucho con eso.
—Entonces, cuando en verano me enseñaste aquella daga que dijiste que habías encontrado junto al camino… —Irina no terminó la frase. Siempre había sospechado que se la había robado a algún mercader que había pasado por el pueblo, pero ya no estaba segura de eso.
—Así es. En realidad la había sacado de la torre, y si se lo cuentas a alguien, la usaré para cortarte el cuello —dijo Kal amenazador. Pero al instante, con su rostro iluminado por un renovado entusiasmo, continuó—. Está lleno de cosas fantásticas, ya veréis. Vamos.
Pero ninguno de los dos se movió. Tenían miedo del fantasma, pero temían más el castigo que les caería si alguien se enteraba de que habían estado por la zona de la torre.
—Vamos, no va a pasar nada. Ya he estado en otras ocasiones. Solo hay… —Kal no continuó, mirándolos con media sonrisa. Quería provocarles la curiosidad y ver si así entraban con él.
—¿Qué? —preguntó Iriana, ansiosa.
—Tendréis que venir. Os aseguro que valdrá la pena.
—¿Pero qué es? —insistió Anton.
Pero Kal se dio la vuelta y emprendió el camino a la carrera hacia la cerca que protegió la torre hacía ya muchos años.
A aquella distancia solo parecían unas ruinas abrazadas por la vegetación del bosque. La cerca de piedra exterior se había derrumbado por varios tramos y la hiedra y las enredaderas habían escalado sus bajas paredes. No debían de tener más de vara y media de altura pero podrían pasar por alguna de las zonas derruidas. A los lados de la torre, tapando casi completamente otra pequeña construcción, habían crecido altos un par de pinos y un haya, además de la baja vegetación que cubría toda la zona. A plena luz del sol, con algunas flores de la temprana primavera asomando y el sonido de los pájaros que llenaba de notas el bosque, aquella construcción no tenía nada de amenazador. Kal ya había llegado a la cerca, como nadando en un mar verde, cuando Anton preguntó:
—¿Qué hacemos?
—Yo creo que nuestros padres nos han hecho creer que aquí habita el fantasma de un mago porque no quieren que nos acerquemos. En las historias de fantasmas que la vieja Rivia cuenta en la comuna siempre describe los hogares de los fantasmas como lugares oscuros, terribles y que encogen el corazón.
Iriana miró de nuevo hacia la torre. Le hubiese parecido un lugar bonito si no fuera porque todavía sentía algo de miedo.
—No deberíamos ir, Iriana. Está prohibido.
La muchacha le dedicó una dulce sonrisa que hizo que se ruborizara.
—Ya lo sé. Sabes que siempre te hago caso y que no me gusta hacer cosas malas, pero tal vez Kal tenga razón y las historias sean solo para que no nos acerquemos por aquí. —Iriana volvió la cabeza y observó el lugar. No parecía para nada amenazador. Se giró de nuevo y le pasó la mano por el brazo—. Vamos. Recuerda que eres un paladín de Batalla y si pasase algo me protegerías, ¿verdad?
—Pero volveremos pronto, no quiero que la noche nos atrape aquí y mi padre me pregunte dónde he estado. Sería incapaz de mentirle —contestó Anton con la mirada baja. No le parecía nada bien ir a un lugar prohibido. Su conciencia le decía que cuando algo estaba prohibido era porque había peligro. Pero no podía dejar sola a su amiga.
Corrieron juntos hasta la desgastada cerca de piedra y asomaron la cabeza por uno de los huecos. No se veía a Kal por ningún lado.
Iriana empezó a notar como el miedo le atenazaba el corazón hasta que vio cómo su hermano salía de la vieja casa que había junto a la torre. Las paredes de piedra habían aguantado bien el paso del tiempo, pero el techo se había hundido completamente. La construcción no era mucho más grande que un par de habitaciones, pero sin duda fue un refugio seguro contra las inclemencias del bosque en invierno.
Con una sonrisa cómplice y un brillo en sus ojos almendrados, Kal les hizo una señal para que se acercaran.
—Esta es la casa donde vivía la sirvienta —dijo una vez llegaron a su lado—. Ahora ya no queda nada porque el techo se vino abajo hace ya algunos otoños. —Se quedó unos instantes pensativo y continuó—: fue aquel año, hace cuatro ciclos, que te pusiste muy mala de fiebre y te salieron unas manchas por todo el cuerpo.
Iriana asintió. Su madre le dijo que si no hubiesen reunido dinero entre todos e ido a buscar al sacerdote de Bendición habría muerto. Aquel sacerdote utilizó su magia divina para eliminar la enfermedad de su cuerpo. Decían que los paladines también eran capaces de curar las enfermedades con tan solo imponer sus manos sobre el enfermo, pero encontrar uno que pudiese hacer eso era mucho más complicado que avisar a la iglesia de Bendición, que estaba solo a unas horas de viaje desde el poblado. Iriana sospechaba que desde que Anton escuchó sobre el poder de los paladines siempre jugaba a ser uno de ellos por si se ponía de nuevo enferma.
—¿Cuánto hace que vienes por aquí? —preguntó el delgado paladín.
Kal lo miró con suficiencia ante la sorpresa que provocaría su respuesta.
—Seis ciclos.
—¿Y por qué no me lo habías dicho antes? —A pesar de que Iriana intentó que su voz sonara enfadada, su rostro mostraba un total asombro.
—¿Y has venido solo todas las veces? —preguntó casi al mismo tiempo Anton.
—No te lo he dicho porque seguro que te hubieses chivado. Ahora, si alguno de los dos lo cuenta, diré que vosotros también habéis estado. Y sí, he venido solo y no ha pasado nada.
Kal recordó el primer día que entró en la torre. En cuanto vio a aquellos dos cadáveres salió corriendo y no volvió hasta pasado un ciclo. Armado de valor y atraído por una extraña sensación que no sabía identificar, había vuelto y explorado aquella planta baja. Pero no se había atrevido a subir al primer piso solo, por eso había traído esta vez a su hermana y a su amigo.
Les hizo un gesto para que se acercasen a él, como si les fuese a confesar un secreto que nadie debía de oír.
—No os asustéis, ¿de acuerdo? Yo he entrado ya muchas veces a la torre. Vais a ver dos esqueletos en el suelo que llevan muchos años muertos. —Ante los rostros de temor de sus confidentes, levantó las manos apaciguador—. Os he dicho que no tengáis miedo. No hacen nada, si no, ya me lo habrían hecho a mí cuando me llevé la daga de uno de ellos, ¿no?
Iriana lo miraba con cara de espanto. No quería ver muertos. Había cambiado de opinión, ya no quería estar allí. Miró hacia atrás como si pudiese salir de allí solo con la mirada.
—Uno es un guerrero, se reconoce fácilmente. El otro, al que le quité la daga, parece un explorador. Además, creo que ya sois mayores para ver muertos.
A pesar de que tenía mucho miedo, Anton se irguió para contestar con entereza.
—Yo ya he visto un muerto. Mi tío Romm, que murió el verano pasado. Me colé y le vi la cara. Estaba muy quieto.
—Claro que sí. Los muertos no se mueven. Todas esas historias que nos cuentan sobre los muertos son falsas. Si fuesen verdaderas estos muertos se habrían levantado la primera vez que entré.
A Iriana cada vez le atraía menos la idea de entrar en aquel lugar. No tenía ningún interés en ver muertos ni acceder a la torre de un mago que le habría lanzado muchos conjuros de protección.
—¿Y qué pasa con los hechizos del mago que protegen la torre? —preguntó la muchacha aún sabiendo la respuesta.
—La magia hace tiempo que desapareció, hermanita. Mataron a los hechiceros y magos. Nos lo ha contado nuestro padre muchas veces.
—Eso no es verdad —intervino Anton—. Mi tío Sagrifus, de Sulema, nos contó que la magia había vuelto. Había visto a varios magos lanzar sus conjuros como demostración.
—¿A si?¿Y entonces donde está la magia que protege la torre? No hay magia, pero en la torre debe haber objetos fantásticos, de mago, que cuando seamos mayores podremos vender y sacarnos un buen dinero. —Kal había estado pensando muchas veces cómo convencerles de que le acompañasen al interior de la torre—. Con lo que encontremos aquí podrás pagar la dote de entrada a la iglesia de Batalla y convertirte en un paladín de verdad; y tú, hermanita, imagínate en la ciudad, de compras como hacen la mujeres de la nobleza, mientas adquieres todos esos vestidos de vivos colores que tanto te gustan. Seguro que algún noble se fijaría entonces en ti.
Los dos fantasearon unos instantes con la posibilidad de que sus sueños se hiciesen realidad, instantes que Kal aprovechó para situarse entre ambos y, cogiéndolos de la cintura, entrar en la torre.

 

La torre de Krivus (II)

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4 pensamientos en “La torre de Krivus (I)

  1. Interesante relato e interesante universo en el que se desarrolla. Esperaré impaciente el resto de las entregas. ¡Un saludo!

  2. santamayte en dijo:

    Me he quedado con la miel en la boca,sabes crear una atmosfera que mantiene el interes y describes perfectamente lo que quieres contar.Esperaremos……

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  4. Pingback: La torre de Krivus (III) | Un café con Leire

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