Un café con Leire

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La última misión del profesor Simons

La última misión del profesor Simons

El temporal azotaba con fuerza y siniestras nubes se arremolinaban sobre el antiguo vapor amarrado al muelle de Stromness. Todavía algo mareado, el profesor Simons alzó las solapas de su gabardina, se sujetó la fedora con una mano y se aferró con la otra al pasamano de la vacilante rampa para descender poco a poco a tierra, mientras el viento arrancaba silbidos a las vibrantes jarcias de los pesqueros fondeados en la amplia dársena. Al fondo podían apreciarse las inmóviles moles que representaban los acorazados.
Cruzó por ella sin prestar mayor atención a los alrededores, concentrado como estaba en no perder el equilibrio y caer a aquel enfurecido mar.
Un Rover 16, sin ningún tipo de distintivo, le esperaba bajo la lluvia, reluciente como un lustroso escarabajo negro. El chófer, un joven recluta, le saludó militarmente, le abrió la puerta y le preguntó por la maleta. El profesor Simons se miró la mano y luego miró al vapor con cierta sorpresa.
—No se preocupe —fue todo lo que dijo el soldado.
A gran velocidad subió al oscilante barco y bajó con la maleta, depositándola en el pequeño maletero. Sin decir ninguna palabra más arrancó el vehículo, guiándolo sobre los resbaladizos adoquines de Stromness, mientras, en el asiento trasero, el profesor meditaba acerca de las razones por las que habría sido requerido, tan perentoriamente, y de forma tan secreta, a esta remota isla. Hacía tiempo que se había retirado, justo antes de que estallase la guerra, pero debido a sus conocimientos de criptoanálisis y matemática lo habían vuelto a llamar para ayudar en los cuarteles de inteligencia. Había estado trabajando en Bletchley Park hasta que le pidieron que se desplazase hasta las Islas Órcadas, donde tenían un grave problema que no conseguían resolver.
Al profesor le pareció una gran oportunidad para visitar las islas y además, poder añadir un buen repertorio a su ya extensa colección de fotografías de aves marinas. No sabía nada de la naturaleza del encargo, pero ya barajaba algunas excusas para pasear por la zona.
El automóvil se detuvo frente a un edificio de piedra gris de cuatro pisos. La fachada tenía tres módulos y un pórtico central, flanqueado por dos columnas que sostenían un frontón curvo. El tejado era de pizarra y con buhardillas. Al criptógrafo la construcción le pareció fea y con aspecto de hotel de medio pelo. A ambos lados de la puerta se habían instalado garitas para la guardia, protegidas con una fila de sacos terreros.
—Señor, le esperan en el Cuartel General. Sígame por favor —le dijo el chófer desde la calle, tras abrirle la puerta.

Tras los controles de rigor, fue conducido hasta una amplia sala de juegos reconvertida en despacho del primer piso,  donde trabajaban un grupo de oficiales. De inmediato fue recibido por un individuo, de semblante duro e impecablemente trajeado con el uniforme de Almirante de navío de la Royal Navy, que le tendió la mano esbozando una seca sonrisa. Los galones dorados de la manga brillaron más que el mortecino alumbrado de guerra.
—Buenas tardes profesor Simons. Lamento que haya tenido que hacer un vieaje en estas condiciones —dijo un individuo de mediana edad, pulcramente vestido con un traje de impecable de la Royal Navy. Su bigote apenas se movía al hablar—. Sentimos las prisas, pero era de suma importancia su presencia aquí. Soy el Almirante Steward Perkins, de la División de Inteligencia Naval.
—Encantado de conocerlo, Almirante.—Ambos estrecharon la mano tras el saludo militar—. Efectivamente ha sido un viaje de perros, pero no tenemos control sobre el tiempo, ¿verdad?
—Así es, señor. Iré al grano, si le parece bien —dijo el almirante mientras le señalaba la silla junto a su escritorio—. Me han informado que llevaba usted un tiempo retirado hasta que explotó la guerra. Todos recordamos su labor durante la Gran Guerra y abrigo la esperanza que pueda usted ayudarnos a resolver el problema que tenemos entre manos.
El profesor asintió. Se había recostado ligeramente sobre la silla y había entrecruzado los dedos de las manos sobre su pecho. Parecía escucharlo con gran interés.
—Verá, tenemos un espía en las islas que informa con regularidad al III Reich de los movimientos de la flota y su estado. No hemos encontrado a nadie sospechoso y no tenemos la menor idea de cómo logra transmitir los mensajes. El hecho es que logramos captar las señales una vez las trasmiten los dispositivos enemigos de la zona hacia el continente.
«El año pasado un submarino logró introducirse en la Bahía y echó a pique al HMS Royal Oak. Como no se si está al corriente, le informo que debido a la orografía de las islas es prácticamente imposible para un submarino entrar y salir a través de ese laberinto de canales e islas, con rápidas corrientes que incluso superan la velocidad de un sumergible. La única forma de entrar es con información facilitada desde el interior.
«No se si lo recuerda, pero en la guerra pasada varios submarinos intentaron penetrar en la bahía, pero fracasaron.
—Aha —dijo lentamente el profesor Simons—. Parece que tienen un gran problema. Entiendo, corríjame si me equivoco, que cualquier emisión de radio no controlada sería localizado por radiogoniometría y silenciada con presteza, ¿verdad? —el almirante asintió—. Por otro lado, medios como heliógrafos o bocinas son altamente indiscretos y, sistemas como palomas mensajeras, que aunque le sorprenda que todavía se usen, precisan de un palomar y sus idas y venidas despertarían las suspicacias de una pequeña comunidad como esta, ¿no es cierto?
—Así es. Podemos localizar cualquier transmisor con rápidamente y puedo asegurarle que no hay ninguna emisora clandestina. Hemos investigado también las señales infrarrojas, tecnología que domina el enemigo, pero no se han realizado transmisiones en este sentido.
«Asimismo, tenemos hidrófonos colocados estratégicamente pero no han recibido señal alguna de comunicación con sumergibles.
«También hemos investigado la permuta de elementos visibles desde el cielo o el mar: combinaciones de ventanas abiertas, movimiento de macetas, colada tendida, elementos en los tejados… Todo lo que se pueda usted imaginar. Además se ha advertido a la población en este sentido.
«Además, mediante esos sistemas se pude enviar poca información, como bien sabrá. Lo que se transmiten son mensajes complejos. Se suelen avistar periscopios enemigos a pocas millas de la costa, sin un horario fijo, lejos de la línea de la costa, que desaparecen antes de que puedan llegar nuestros Hurricane. Tras eso, detectamos emisiones de radio enemigas. Por fuentes de toda confianza —dijo acercándose a su interlocutor, bajando la voz—, sabemos que los mensajes captados por los aeroplanos tienen unas 35 letras de media. Estará de acuerdo conmigo en que son demasiado largos para ser transmitido por métodos improvisados —dijo finalmente, reclinándose en su asiento.
—Veo que tienen mucha información. Eso me facilitará el trabajo.
—No solo eso. Le puedo decir que los avistamientos de elementos enemigos, ya sea sumergibles o aeroplanos, el mensaje se transmite desde el oeste. Tal vez desde alguna de las decenas de granjas que hay por toda la zona. Pero las hemos registrado todas, incluso interrogado a sus propietarios, sin encontrar nada.
—Entiendo. Supongo que descartamos un transmisor direccional, que aunque focalizan la energía en un campo muy estrecho no sería muy útil si los avistamientos son en puntos aleatorios, ¿verdad? —El Almirante asintió.
El profesor arrugó los labios y la frente en un gesto pensativo. Tras un minuto en silencio, cuando el Almirante iba a decir algo, el profesor continuó.
—Está bien. Veo que tenemos un grave problema entre manos. Así por de pronto, necesitaré una hoja y un lápiz.
En un gesto inconsciente, el Almirante enarcó una ceja. Le ofreció un folio del montón junto a su máquina de escribir y un lápiz nuevo del cajón. El profesor Simons escribió algunas cosas y le devolvió el papel.
—Necesito todo esto que le indico, sobre todo estas dos cosas —dijo señalando con firmeza las anotaciones—. Creo que todos los indicios apuntan a la costa, así que pasaré unos días, si este maldito tiempo lo permite, paseando por la zona. Y ahora, si me disculpa, me retiraré a descansar un poco.
El profesor se despidió con un saludo militar y enfiló hacia la puerta. Instantes después de salir, volvió a entrar.
—Disculpe, ¿cuáles son mis aposentos?
Algunos de los oficiales se miraron entre sí, intentando contener la sonrisa.
—¡Cabo! —Ordenó el Almirante.
Un joven pelirrojo saludó y tomó la maleta del profesor para llevarla a su habitación. Unos segundos después de irse, el profesor volvió a entra con una sonrisa de disculpa en su rostro.
—Olvidaba mi sombrero y abrigo. Les dejo con sus cosas.
El Almirante observó durante unos instantes más la puerta, esperando que volviese a entrar. Instintivamente miró a los oficiales con los que compartía oficina y vio en sus rostros sus propias dudas. Respiró profundamente y leyó con más detenimiento la nota.
—¿Y de dónde voy a sacar yo esto? —murmuró en voz baja.

El primer día la tormenta remitió, pero las nubes grises no abandonaron el firmamento en ningún momento. A intervalos irregulares caía un fina lluvia que caló en las ropas del profesor. Dos viajes de vuelta tuvo que hacer por haber olvidado primero los prismáticos y luego la cantimplora, así que no sacó mucho provecho de aquella salida. El segundo día el sol logró colarse entre las nubes y arrojó una luz brillante que iluminó toda la campiña. Aprovechó para fotografiar las columnas de luz y experimentar con los filtros que disponía el equipo completo de fotografía del que disponía gracias a las influencias del Almirante.
La zona estaba salpicada de tierras de cultivo y ganadería, siendo abundantes las granjas. Subió varias colinas elevadas y observó el litoral, buscando las mejores zonas para una transmisión. Esto le llevó algunos días más, hasta que finalmente se decidió por una de las granjas. Su posición respecto al mar le daba un gran ángulo para transmitir y que pudiese ser captado tanto por periscopios como por aeroplanos y disponía de un antiguo granero a unas decenas de metros. Mientras recorría prados y colinas, el Coronel buscaba formas en las que pudiesen ser transmitidos los mensajes sin perder de vista aquella granja: las idas y venidas del pastor, la ropa que llevaba, el orden de entrada y salida de las ovejas, si tapaba algunos de las ventanas de la granja, si colocaba cristales que reflejasen la luz hacia un determinado punto. Pasaba más tiempo viendo a través de los prismáticos que sin ellos. A medida que pasaban los días el cuaderno de campo iba creciendo en volumen de información y todos los apuntes le llevaban a callejones sin salida. Había inspeccionado el granero, medido su albedo, contado las hiladas de ladrillos, los desconchados, los cristales rotos y los lamparones, pero nada le había arrojado ni una mísera pista.
Por las tardes, cuando llegaba al hotel, cenaba con los oficiales y comentaba sus apuntes, pero solo lograba provocar cejas enarcadas y miradas confusas. El buen ánimo con el que días antes había empezado la búsqueda del espía se iba diluyendo como una gota de pintura roja en un cubo de agua.
La tarde del quinto día le comunicaron que habían vuelto a detectar trasmisiones enemigas, con lo que el espía había logrado transmitir información. El profesor estaba abatido. ¿Cómo era eso posible si había estado vigilando la granja durante días?¿Sería posible que se hubiese equivocado de granja? Estaba seguro de que desde solo una se podía transmitir de la forma en que le había explicado el Almirante pero, ¿podría estar equivocado?
El profesor Simons estaba cansado. A pesar de sus sesenta y cinco años contaba con un físico todavía robusto, pero no era el cansancio físico lo que lo hacía sentir decaído, sino la impotencia al ver que habían conseguido transmitir un mensaje en sus narices. Tal vez estaba perdiendo facultades, pensó. En su juventud, durante la Gran Guerra, había sido capaz de descifrar los mensajes encriptados de los alemanes las suficientes ocasiones como para tener la solapa llena de condecoraciones.
Aquella noche llegó a tres conclusiones: quedaba claro que el mensaje era estático, no necesitaba que nadie estuviese presente para ser transmitido, ya que cuando se detectaron las transmisiones enemigas el pastor no estaba en la granja ni en el granero; el mensaje estaba oculto a los ojos de quien no sabía qué mirar pero estaba a la vista; se recibía en segundos y no necesitaba interacción inmediata. Eso le dio que pensar que podría ser fotografiado.
Al día siguiente fue a revelar todas las fotos que había hecho, no porque esperase encontrar algo, sino porque una fuerte lluvia había empezado desde antes del amanecer y no tenía visos de terminar. Salir en aquellas condiciones no tenía sentido.
Aquella lluvia duró un par de días más. Se había pasado aquellos dos días revisando una y otra vez todas fotografías sin ver nada revelador. El Almirante cada vez le preguntaba menos y parecía que había perdido la confianza en que pudiese resolver aquel misterio. De hecho, no le prestó mucha atención cuando compartió con él las sospechas que tenía sobre una granja en concreto. Su respuesta había sido que aquella zona había sido rastreada en numerosas ocasiones y las granjas y almacenes registrados sin que encontrasen nada. Tal vez era momento de dejarlo estar y que jóvenes más preparados tomaran el relevo. Avisó al Almirante que partiría con el próximo vapor. La derrota no solo se reflejaba en sus ojos, sino que parecía haber envejecido unos años.
En cuanto el sol apareció de nuevo entre las nubes se equipó de nuevo y se dirigió de nuevo a la zona. Había decidido pasar sus últimos días paseando y fotografiando aquel paisaje tan particular y conseguir alguna instantánea que valiese la pena para su colección. Anduvo hasta la costa y fotografió el siempre picado mar, lugar donde se encontraban el Océano Atlántico y el Mar del Norte, los escarpados acantilados, las numerosas aves marinas como los alcatraces, lechuzones mocho y charranes árticos. Estos últimos no eran fáciles de ver en Escocia y mucho menos en Inglaterra.
De forma inconsciente caminó hasta las proximidades de la granja que había estado observando durante tanto tiempo. Cascadas de luz bañaban los prados y creaban reflejos de tal belleza que el profesor estuvo varios minutos observando, impresionado. Debía captar aquel momento, aquel esplendor que destilaba un paisaje que nunca más vería. Y retratar, con el sentimiento de buen perdedor, aquella granja que era el símbolo de su derrota. Con la luz de aquel día y los reflejos que producía decidió cambiar de filtro y probar cuál iba mejor para poder captar aquel paisaje.
El corazón se le desbocó de un salto. Bajó la cámara y tuvo que sentarse para no perder el equilibrio. Sus pulmones necesitaban de repente mucho más aire y el abrigo empezó a molestarle. Intentó tranquilizarse, respirar más pausadamente, y tragó saliva. Volvió a subir el objetivo y enfocó hacia la granja. ¿Cómo no se le había ocurrido?

Dos días después el espía había sido detenido. La tormenta se volvía a desatar en las Islas Órcadas y el Rover 16 hacía el camino de vuelta desde el hotel hasta el muelle, donde el vapor esperaba.
—Profesor, estoy realmente impresionado. He de confesar que perdí la esperanza de que pudiese resolver el asunto. El traidor ya ha sido detenido y emplearemos el método del espía para mandar mensajes falsos y provocar el desconcierto en el enemigo de la zona.
—Me resulta extraño que un espía pudiese infiltrarse hasta aquí y que no fuese detectado.
—Verá, señor, esto debe permanecer en secreto —dijo bajando la voz para que el joven recluta que conducía el automóvil no lo escuchase—. Se trataba de un nacionalista escocés, natural de Inverness, que había estudiado en la universidad. Actuaba por despecho hacia el Gobierno de Su Majestad. No debe saberse jamás que el traidor es un natural de la Gran Bretaña.
—No se preocupe por eso, Almirante, no tengo intención de divulgarlo.
El Almirante bajó los ojos y se frotó las manos, algo nervioso.
—Me gustaría disculparme con usted. He de reconocer que había perdido la esperanza de que pudiese resolverlo.
—Oh, olvídelo. Si he de serle sincero, pensaba que estaba demasiado mayor para estas cosas. Pero fíjese, todavía estoy en condiciones de servir a la Patria y al Gobierno de Su Majestad.
El coche se detuvo. Ya habían llegado a la bahía. El chófer bajó, descargó la maleta y extendió un paraguas.
—Una cosa, profesor, ¿cómo lo descubrió?
—Bueno, lo cierto es que fue difícil. Era un método tan elegante que antes de encerrar al espía habría que felicitarlo. Si no fuese porque usted me proporcionó todo lo que le pedí en la lista, nunca lo podría haber descubierto.
En esos instantes la puerta se abrió y vio al recluta con el paraguas preparado para que profesor no se mojase.
—Si, pero ¿cómo lo hizo?
Justo antes de bajar del automóvil, el profesor le dedicó una sonrisa y le dijo:
—Le dejo unos días para que lo piense. Si no, tendrá que esperar hasta que le llegue mi informe a principios de mes.
El profesor Simons salió del coche y tomó el paraguas del recluta. Sin mirar atrás, subió por la oscilante pasarela que una semana y media atrás había bajado, se aferró con fuerza al pasamano. A mitad camino notó que iba ligero de peso. Se paró y tras volverse señaló la maleta que el recluta ya daba por hecho que tendría que llevarle.
Cuando llegó a casa, enmarcó y colgó orgulloso la foto de aquella granja y su establo, símbolo de su particular victoria en aquella guerra.

Años después, cuando la guerra terminó y los aliados se declararon vencedores, el profesor miraba con curiosidad la foto de una granja colgada en su despacho sin recordar qué era aquella granja ni por qué estaba allí.

*******************

Estimado lector, ¿te atreves a adivinar cómo descubrió el profesor al espía tras todas las pistas? Piensa un poco durante unos minutos y comprueba la solución aquí y aquí.

Relato basado en una adivinanza de Kriptópolis.com

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8 pensamientos en “La última misión del profesor Simons

  1. Estoy muy contento porque este relato ha obtenido un tercer premio en un concurso de relatos de espías. He recibido unas palmaditas en la espalda y cierto reconocimiento pasajero, pero bueno, me he llevado una banal alegría.

  2. santamayte en dijo:

    La verdad es que estoy asombrada,por que como veo “tocas todos los palos”,esta de espias esta muy trabajada y documentada;y no peques de humildad,porque a todo ser humano el reconocimiento le es muy necesario.

    • Si, lo cierto es que en esta ocasión me ha salido bien, estoy muy satisfecho con el personaje y la historia.
      Y sí, el reconocimiento está bien y da alegría, pero no me alimenta. Digamos que es un aliño. Lo que me alimentan son los comentarios y las impresiones que dejais sobre mis textos.

  3. Hola amigo, un poco tarde pero al fin llegué. Quería darte la enhorabuena por dos razones. En primer lugar por ese tercer premio. Estoy de acuerdo contigo en que no nos alimentan los premios pero tu recordarás seguro a aquella conclusión a la que llegamos un día, escribimos para nuestros lectores y para que les gusté aunque lo hacemos para nuestra satisfacción personal.
    Por otro lado quería felicitarte por el relato en sí, pero sobretodo por tu descripción, una de las asignaturas pendientes de algunos escritores de renombre. Tu la haces fácil, ágil pero llena de detalles que hacen que el lector, no sólo entienda la escena sino que esté dentro de ella.
    Lo dicho (sensei particular) felicidades por tu relato, por tu premio y por haber decidido compartir con nosotros tu don.
    Un abrazo.

    • Muchas gracias por tu comentario y tus agradables palabras sobre mi habilidad. Pero he de decirte que en absoluto tengo un don, ya que si eso fuese así estaría montado en el euro y viviendo en una mansión 😛
      Pero fuera de bromas, le he dedicado mucho tiempo a este relato, mucho más que a ningún otro, y los esfuerzos se vieron recompensados.

      Un saludo

  4. ElAndres en dijo:

    Hola Jor, nen. Por lo que leo este relato recibió un premio (que sea el tercero es lo de menos), por lo que te felicito sinceramente. Pero hay alguna cosa en la redacción de algunas partes que no me convence. Ejemplo: cuando llega al despacho le saluda un soldado vistiendo un uniforme de capitán de navio pero luego empieza a hablar un personaje que es almirante ¿es el mismo o son personas distintas? lo digo porque cuando sale del despacho y entra por su sombrero parece que hay varias personas en ese despacho “algunos de los oficiales se miraron entre sí…” pero al iniciarse la escena mi impresión es que el profesor y el almirante están solos en la habitación. Creo que habría que clarificar un poco esa escena. He visto alguna cosa más pero ya te mandaré un mail para no poner aquí una entrada muy extensa. Un abrazo amic.

  5. Buen relato, interesante trama y no, yo no hubiera descubierto a ese espía, me temo.

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