Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Clara

mar tormentoso

Un suave murmullo la sacó de su profundo sueño. Era como un zumbido a intervalos, una conversación entre lejanas abejas. Estuvo un tiempo escuchando, intentando comprender aquellos zumbidos, mientras poco a poco iban tomando forma de palabras que entendía. Aquella voz… La conocía. Quiso abrir los ojos, pero los párpados no le obedecieron.

Cuando estuvo segura de que una de las dos voces que escuchaba era la de su madre, se concentró en intentar entender lo que decían.

—Bueno, yo estoy bien aquí, doctor. No se preocupe.
—Tiene que ir a casa de vez en cuando. Salir a la calle y respirar un poco de aire —dijo la otra voz con cierta preocupación.
—Ya lo sé… Pero no puedo dejarla. No quiero que cuando despierte no me vea —dijo tras una pequeña pausa. Cuando continuó, su voz era más débil y entrecortada—. Quiero que, cuando despierte, me vea y sepa que yo siempre estaré ahí, a su lado.

Clara hizo un gran esfuerzo por abrir los ojos. No sabía qué estaba ocurriendo, pero quería ver qué estaba pasando y quién era la otra persona.

Soltó un suave quejido por el esfuerzo y los dos dejaron de hablar. Notó un ligero hundimiento de la cama junto a su lado y que alguien le tomaba la mano.

—Cariño mío. Mi vida… —la voz de su madre se quebró en un llanto contenido.

Con unas renovadas y reconfortantes energías transmitidas por el calor del contacto de su madre, pudo abrir los ojos lo suficiente como para poder ver, todavía de forma borrosa, una habitación blanca. Pudo reconocer inmediatamente un crucifijo en la pared bajo el cual había una mesita con varios ramos de flores. A su derecha estaba la figura, todavía irreconocible, que debía ser su madre y al otro lado de la cama estaba el hombre con una bata blanca, que la miraba desde cierta distancia, dejando espacio para que pudiesen sentir sin interrupciones aquel momento.

—Clara… ¿Me puedes oír?—preguntó su madre, intentando que sus palabras no se ahogaran en las lágrimas.

Clara intentó responder, pero sus labios solo produjeron un ligero temblor. Su madre lo interpretó como un sí y rompió a llorar llevándose su mano a la boca y llenándola de besos, apretándola con fuerza como si su vida dependiese de ello. Pero en vez de notar júbilo o regocijo, empezó a sentirse agobiada. Quería que le soltase la mano, que no la aferrase de aquella manera. Se agitó inquieta, pero ninguno de los músculos de su cuerpo parecía hacerle caso. Afortunadamente el médico sí vio algo, porque inmediatamente se acercó y retiró a Paqui, pidiéndole que se calmara, y se acercó hasta Clara, manteniendo cierta distancia.

—Hola Clara —dijo con voz suave—. ¿Puedes hablar?
Clara intentó de nuevo mover la boca, pero el esfuerzo la agotó. Solo pudo cerrar y abrir los párpados.
—No importa. Es por los calmantes. Le diré a la enfermera que te rebaje la dosis y mañana ya podrás hablar sin dificultad.

Clara miró al médico con detenimiento. A pesar de que todavía veía borroso pudo intuir unas facciones atractivas y un cuerpo musculoso bajo aquella bata. Sintió ganas de que le tomara la mano y le susurrase cosas al oído. Hubiese deseado que la rodease con sus brazos y la reconfortase. Tenía una necesidad de afecto que no logró comprender en aquellos momentos. Tan solo se dejaba llevar por el torrente de sentimientos que se empujaban unos a otros intentando salir. Cuando se dio cuenta de sus pensamientos los apartó escandalizada. ¿Cómo podía haber pensado algo así?

Mientras veía cómo el doctor hablaba con su madre de cosas que no comprendía, cerró los ojos para poder descansar y quedó de nuevo sumida en un profundo sueño.

***

Al principio Clara no recordaba por qué estaba en el hospital. Por lo que le contó su madre, se había caído del balcón de su casa cuando limpiaba los cristales. Pero durante los cuatro meses que había estado en el hospital (uno en coma y los otros tres recuperándose), los recuerdos habían ido acudiendo a su mente con cuentagotas. Recordó la caída, desde un cuarto piso, sobre un coche que había aparcado. También recordó que no se había caído, sino que se había tirado presa de la desesperación y la angustia al saber que su novio de toda la vida, con el que esperaba casarse y tener tres hijos, la dejaba. Había sido muy duro escuchar cómo le decía que había tenido un hijo con su monitora de spinning y se volvía a Brasil con ella. Fue como si le desgarrasen el alma. Sentía tal vergüenza que no le dijo a nadie que la habían dejado y no veía el momento de decírselo a su madre.

Se había ido, la había abandonado, tirando por tierra todos sus planes y el sentido de su vida. Recordó cómo se sintió de sucia cuando se dejó tocar por él tras muchas insistencias, todos aquellos sentimientos agolpándose en su cabeza. Se imaginó las habladurías de la gente a sus espaldas y compadeciéndola o incluso acusándola de no haberle dado a quien iba a ser su marido lo que necesitaba, como era su obligación. Pero, sin saber muy bien por qué, ahora todo aquello no le importaba. De hecho, consideraba una tremenda estupidez haberse intentado quitar la vida y más sabiendo que el cielo se le vetaría por semejante acto.

No podía recordar con exactitud qué era lo que le había llevado a tal punto de desesperación y tampoco quería perder más tiempo pensando en ello. En aquellos instantes, lo que más deseaba era poder meterse en la piscina y nadar durante horas. Junto a rezar, era lo único que calmaba su espíritu. Pero todavía tenía que agradecer a todos los que la esperaban en casa su apoyo y su fe, sin la que su recuperación no habría sido posible.

***

—Ay, estoy tan contenta de que estés bien.

Paqui no paraba de repetirle a su hija Clara aquella frase. Estaban bajando los escalones del hospital sin dificultad, pues las sesiones de rehabilitación le habían venido muy bien. Paqui había insistido en bajar por la rampa, pero Clara quería demostrarse que podía bajar ya escalones. A pesar de la contradicción que expresaba el rostro de su madre, poco acostumbrada a que Clara rechazase una indicación suya, accedió sin insistir en que era mejor bajar por la rampa.

—Ya verás cuando lleguemos. La casa está llena de gente esperándote para darte la bienvenida —todavía le saltaban las lágrimas cuando recordaba con emoción las muestras de apoyo recibidas—. Durante todo este tiempo han estado rezando por ti y mira, aquí estás, gracias a Dios.

Pero Clara se encontraba algo ausente. Lo que menos deseaba era pasar el día recibiendo gente. Deseaba llegar a casa y acostarse, dormir durante días y olvidar todo aquello que le había ocurrido. Deseaba que la medicación que le habían dado le quitase esa visión doble que tenía a veces y los fuertes dolores de cabeza que le daban. Le habían dicho que era normal después de un golpe tan fuerte en la cabeza y que le irían remitiendo a lo largo de estos meses.

—¿Qué te pasa, cariño? —preguntó su madre al notar que Clara se paraba.
—Nada mamá. Vamos.

Clara se sentía extraña. Ya no creía realmente que el apoyo de aquellas personas la hubiesen salvado de la muerte. Sacudió la cabeza para quitarse aquellos pensamientos sin sentido. Sin fe, no habría mundo.

***

Clara se acostó por fin en su cama. Había sido un poco duro saludar a todo el mundo, pero era lo menos que podía hacer. Ellos se habían estado preocupando durante todo aquel tiempo y, aunque estaba agotada, debía corresponderles con sus atenciones.

Pero al final le tuvo que decir a su madre que tenía mucho dolor de cabeza y que se encontraba mal. Había empezado a ver las caras superpuestas de sus amigos y conocidos, que cambiaban sus sonrisas por rostros graves y miradas acusadoras. No sabía qué era exactamente lo que le pasaba, pero cuando le ocurría eso luego el dolor de cabeza se volvía terrible. Se había tomado alguna de las pastillas que le había recetado el médico, pero todavía no le habían hecho efecto. Necesitaba descansar y recuperar las fuerzas, ya que al día siguiente les habían preparado una misa de acción de gracias.

De repente se incorporó, asustada. ¿Cómo podía haber ocurrido? Se había olvidado del rezo. Pasando la mirada de la Virgen al Cristo, cerró los ojos y pronunció su plegaria, agradeciendo el poder estar de nuevo en casa y dando las gracias a Dios por las fuerzas que le había dado.

Pero algo no iba bien. La enorme satisfacción que sentía siempre después de aquello ya no estaba. Se sentía sola, hablando entre cuatro paredes cerradas. No sintió que Dios la escuchaba y eso la turbó. “Será la medicación, Clara, todavía no estás bien del todo”, se dijo. Convencida de sus propias palabras, se acostó y durmió hasta el día siguiente.

***

—Cariño, es hora de despertar.
Paqui estaba asomada en la puerta y la sonrisa cálida con la que obsequió a su hija la llenó por dentro.
—Enseguida voy, mamá.
Clara quiso permanecer un poco más en la cama. Se sentía débil todavía. Apenas pasaron unos minutos, su madre se volvió a asomar por la puerta.
—Cariño, es hora de despertar —dijo con una sonrisa tan cálida como la anterior.
Clara frunció el ceño.
—Mamá, ya te he dicho que ahora me levanto.

El rostro de Paqui se tornó en una mueca de desconcierto, pero a los pocos segundos volvió a su cálida sonrisa habitual.

Clara se levantó con cierta dificultad, malhumorada por la insistencia de su madre y notando un creciente dolor de cabeza y mareo. Seguramente se había levantado demasiado deprisa y había tenido una bajada de tensión. Esperó hasta encontrarse bien para incorporarse. Según el pensamiento de su madre, despertarse y quedarse en la cama era holgazanear y no debía hacerse. Ella nunca lo hacía, pero en esa ocasión agradeció el poder estar en la cama, con la mirada perdida, pensando en el nuevo día que tenía ante sí.

Cuando llegó al baño y se miró al espejo, apenas se reconoció. Todavía se veían las suaves cicatrices en el rostro que le habían quedado después de la caída. Según le habían dicho, era un milagro que estuviese viva y sin más secuelas. Pero no era eso lo que la desconcertó, sino que se veía diferente y no sabía por qué. Se pasó las yemas de los dedos por las cicatrices, concentrándose en la sensación que le producía al tacto. ¿Qué le había pasado? Clara no lo sabía, pero algo había cambiado.

—Mamá, ¿cómo me ves? —preguntó Clara al llegar a la cocina para desayunar.
—Te veo muy bien, cariño. Estás guapísima y estupenda. Es maravilloso tenerte de nuevo aquí —hizo una pequeña pausa, mirando la hora—. Vamos, date prisa que tenemos que llegar pronto a la iglesia.

***

El día había terminado, al igual que la cena. Clara estaba tomándose las pastillas de la noche y tenía la mirada perdida. Su madre la observaba de reojo mientras fregaba los pocos platos utilizados y dejaba la estoica cocina limpia de nuevo. Cuando terminó, se sentó junto a su hija y la tomó de la mano.

—Clara, cariño, ¿no te encuentras bien?
Clara dio un pequeño respingo, de vuelta a la realidad.
—Sí mamá. Es solo que después de todo este día me encuentro cansada.
Paqui dudó si seguir con aquella conversación, porque ya antes de salir del hospital había encontrado muy cambiada a su hija.
—Te he visto un poco ausente en la misa.
—¿Sí? —preguntó sorprendida. No era consciente de que eso hubiese sido así.
—Sí, cariño. ¿Hay algo que te preocupa?

Clara miró a su madre como si mirara a un extraño. Cuando fue a contestar vio como si un fantasma de su propia madre saliese del cuerpo poniéndose a llorar con las manos juntas en un claro signo de rezo. Pero su madre seguía ahí, cogiéndole la mano.

—No. ¡No! —gritó antes llevarse las manos a los ojos y frotarse con fuerza.

No entendía qué estaba pasando. No sabía qué era, ni podía controlarlo y si no paraban aquellas imágenes acabaría por volverse loca. Debía hablar con el médico por si era algún efecto de las pastillas que le hacían ver doble. Estaba decidida a dejar de tomarlas una temporada para ver si remitían aquellos efectos. De todas formas iba a llamar y pedir cita en el médico.

—Lo siento mamá, estoy muy cansada y no veo bien. Tal vez se deba a la medicación. Voy a acostarme.

Se levantó y se fue, dejando a su madre con los ojos húmedos y una de las manos en la boca. Paqui se había asustado.

Tras cambiarse de ropa y sentarse a rezar, de nuevo un fuerte dolor de cabeza la asaltó. Era como los anteriores y no había forma de suavizarlo. Las pastillas para el dolor no le habían hecho efecto hasta el momento, así que esta vez decidió tomarse el doble de ellas.

Tras quince minutos de intenso dolor en el que estuvo quieta en la cama aferrándose la cabeza con ambas manos intentando que no estallase, el dolor fue remitiendo.

Esa noche se durmió sin haber rezado, mientras, en la cocina, su madre rezaba y lloraba de forma desconsolada.

***

Un mes había pasado ya desde la última visita al médico. Al parecer, le había dicho que se trataba de algún tipo de alucinación y migraña producida por el fuerte traumatismo craneo-encefálico que había sufrido en la caída y que tendría que acostumbrase a vivir con él. El médico además, para tranquilizarla, le había pedido algunas pruebas más por si veían alguna cosa. Clara, por si acaso, había decidido no seguir tomando las pastillas, pero parecía que eso no había eliminado las alucinaciones.

A pesar de todo aquello, Clara había retomado su vida tal y como la había dejado, excepto por el trabajo. En el colegio le habían dicho que para un mes de clase que quedaba que no valía la pena que se reincorporara. Que lo importante era que se recuperase para retomar las clases el curso siguiente.

Para compensar el tiempo de clase Clara se dedicó a ir a los distintos puntos de Cáritas en la ciudad para ayudar en lo posible. Era un trabajo agradable que siempre había hecho, pero notaba que no la llenaba como antes. Sin saber muy bien por qué, algo en su interior se agitaba.

Lo único que la relajaba y que hacía que no tuviese ningún dolor era nadar. Nadaba hasta la extenuación, superándose a sí misma cada vez. Acudía todos los días, a primera y última hora, ya que había menos gente y aprovechaba para zambullirse y pasar algo de tiempo bajo el agua. Una agradable sensación de ingravidez la invadía, percibiendo sonidos amortiguados, y creando una paz y sosiego en su interior que ninguna otra cosa conseguía. Estaba convencida de que sería la misma situación que tenían los bebés dentro de la barriga de sus madres.

Aquel día, mientras salía de la piscina algo turbada, se preguntó por qué había pensado en el útero y en la sensación que tendrían los bebés. Estaba nerviosa y asustada por si aquello era la llamada de la maternidad. ¿Era así como el resto de mujeres sentían que tenían que ser madres? De siempre había deseado ser madre de muchos hijos, pero ahora le había inquietado ese pensamiento. No estaba en condiciones de buscar a alguna persona decente para ella, pero deseaba, por encima de todo, tener hijos, acunarlos, besarlos y amarlos.

Mientras pensaba en aquello vio como el autobús que tenía que coger se marchaba. Distraída como estaba en sus pensamientos había caminado más lento de lo habitual y había perdido el autobús. Mientras veía como se iba, a Clara le pareció ver a una chica que se parecía mucho a ella frotándose la cabeza. Tal vez fuese por el chándal de Decathlon que llevaba, pues era el mismo que el de ella.

Sin darle más importancia, se sentó en el banco de espera del autobús y sacó el libro que había cogido de la parroquia: “40 cuentos para reavivar el espíritu”. Llevaba la mitad del libro leído, y le estaba gustando mucho. Pero justo antes de que el autobús llegara, un nuevo dolor de cabeza llegó y tuvo que cerrar los ojos. Guardó el libro en la mochila y se masajeó las sienes con la esperanza de que le aliviara el dolor. Pero no había nada que lo aliviara.

Subió al autobús y se apoyó en el cristal mientras seguía masajeándose con cierto disimulo. Necesitaba sentarse, pero no había ningún asiento vacío. Solo esperaba que se le pasase pronto.

***

Su madre estaba muy preocupada últimamente. Le decía que se comportaba de forma extraña y había pedido que la acompañara a ver al padre Francisco, para que hablaran un poco. A Clara aquello le había sentado muy mal, ya que el padre Francisco era especialista en exorcismos, habiéndolos practicado sobre todo en Brasil durante los años noventa. Discutió con su madre por primera vez en muchos años y se fue dando un portazo. Necesitaba descansar la mente y, aunque el tiempo no acompañaba, decidió dirigirse a la playa.

Se sentó en uno de los bancos del paseo a pesar del viento. Las nubes amenazaban tormenta y en mar estaba algo revuelto, como su interior. Intentó calmarse sintiendo a Dios en el viento, en el olor a mar, en el sonido de las olas al romper en la orilla. Aquello sí la relajaba. Pero en cuanto sus pensamientos volvían a su madre, toda la relajación se iba lejos, dando tumbos transportados por el viento.

Abrió los ojos y observó aquel mar embravecido. Cómo se parecía a su estado de ánimo, otrora siempre calmado. Muchas cosas habían cambiado desde el accidente, pero no era capaz de identificarlas con claridad.

Clara arrugó la frente y entrecerró los ojos. No estaba segura de lo que veía. Parecía que había alguien en el mar y que necesitaba ayuda. Estaba agitando los brazos con desesperación con la esperanza de que alguien lo viera. No podía creer lo que estaba pasando. Su corazón se aceleró y la adrenalina recorrió todo su cuerpo instándola a actuar. Miró a ambos lados del paseo, pero no vio a nadie. Aquel hombre que estaba paseando a su perro minutos antes ya no estaba. Si hubiese tenido un teléfono móvil podría haber llamado al teléfono de emergencias. Pero su madre siempre se había negado a que uno de aquellos aparatos entrara en casa. No había necesidad.

Clara corrió por la playa, rezándole a Dios para que le diera fuerzas y pudiese salvar a aquella persona. No estaba dispuesta a dejarla morir sin hacer nada. Ella era una buena nadadora y podría salvarla, de eso estaba segura.

Se quitó la ropa sin pensar el los pudores y entró en el agua en ropa interior. Desde allí el oleaje dificultaba la visión de la persona en apuros y solo rezaba para que le diese tiempo a rescatarla. Se adentró en las frías y agitadas aguas y nadó a gran velocidad por encima de las olas. Sabía por dónde estaba aquella persona ya que había ido en línea recta hacia ella por la arena hasta que la perdió de vista. Mientras nadaba solo pensaba en salvarla. Salvarla. Levantó la cabeza para orientarse y buscar. Fue de un lado a otro pero no la vio. La adrenalina le dada mucha fuerza y nadó y nadó hasta que empezó a sentirse cansada. No había rastro de la persona que minutos antes pedía ayuda. Lloró por no haber llegado a tiempo mientras se aguantaba a flote. El frío empezó a afectarle a los músculos y decidió que ya no podía hacer más, que debía volver a la orilla.

Se asustó mucho al comprobar que se había alejado mucho. Nadó de nuevo con fuerza, pero apenas avanzaba. Sus fuerzas estaban al límite, pero el miedo que sintió a morir ahogada disparó de nuevo la adrenalina en su cuerpo haciéndole avanzar hacia la orilla con más brío. A mitad de camino estaba exhausta. Empezó a comprender con pánico por qué había avanzado con tanta rapidez al internarse en el mar. La corriente la llevaba mar a dentro.

Levantó las manos y las agitó con la esperanza de que alguien la viese. El oleaje le impedía mantenerse a flote de manera que pudiese ser vista desde la orilla. Si hubiese habido alguien como ella sentada en algún banco…

Y entonces comprendió. Dejó de agitar las manos y la tristeza se dibujó en su rostro. ¿Cómo no lo había visto?¿Cómo imaginar que esas cosas podían pasar?¿Cómo había estado viendo sin ver?

Fue como resolver un problema sin solución. Una revelación divina en un momento en el que estaba todo perdido. Exhausta y entumecida, deprimida y sola, tomó su última bocanada de aire. Las olas cubrieron su rostro y sin ninguna fuerza que la hiciese volver a sacar la cabeza, empezó a hundirse.

Todo el ruido del viento y el mar se silenció y ahora apenas escuchaba un suave murmullo. La paz que entraba por sus oídos pronto invadió todo su cuerpo y ya no pensó en que su tiempo había acabado. Sencillamente había vuelto al principio. Estaba convencida de que había vuelto al útero de su madre y pronto volvería a nacer en un mundo nuevo, en una nueva vida. La imagen de Dios no se fue de su cabeza y a pesar de los espasmos que sufría su cuerpo y que como un acto reflejo intentó respirar agua, su sonrisa no se borró.

El cuerpo sin vida de Clara se hundió suavemente, sin aire en los pulmones y con una sonrisa fruto del convencimiento de que tan solo había vuelto al origen.

Anuncios

Navegación en la entrada única

5 pensamientos en “Clara

  1. santamayte en dijo:

    Me ha gustado mucho,has sabido describir perfectamente y sin dramatismos lo que es una verdadera depresión,poco a poco Clara se deja llevar por la muerte……..

  2. Me quedo impresionada con tus cuentos Celembor. No sé qué es pero logras que nos metamos en la cabeza de tus personajes. Consigues poner en funcionamiento cada uno de nuestros cinco sentidos.

  3. Pues si os soy sincero, no terminó de gustarme como me quedó. Tenía claro el final, pero no cómo llegar hasta allí. Por lo menos he conseguido despertaros alguna emoción 🙂

  4. Helkion en dijo:

    Un muy buen relato, Celembor. A pesar de tratarse de una historia triste y de dramático final, el resultado final no conduce a esa sensación, sino más bien a una invitación a reflexionar sobre la propia vida y todo lo que le rodea. Me hubiera gustado saber algo más de esas extrañas alucinaciones que, en cierto momento, me han hecho pensar en un relato con elementos fantásticos o de ciencia ficción, pero bueno, tal y como está ha quedado también muy válido. Felicitaciones.

    • Gracias Helkion por acercarte a este apartado lugar. En esta ocasión no hay fantasía (o sí): la explicación de los fenómenos puede deberse a el trauma de la caída, una conexión con el más allá tras su periodo en coma… lo he dejado a elección del lector.
      Un saludo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: