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Ganador Reto Fantasía Épica: Los despiadados

Lahm: Dios del espíritu——————–Krif: Dios del cuerpo

Pasado
Enemistad ancestral, paz precaria,
las deidades se han medido durante milenios.
Silencio que tensa el aire, paz que antecede al caos.
¿Quién será el primero en atacar?

Presente
La bestia somete, arrasa y destruye.
A los pueblos de Lahm lleva a su fin.
Siembra rabia, locura y muerte
Haciendo a Krif sonreír.

¿Cómo vencer al monstruo?
Si la bestia pisa fuerte y poco queda por aplastar.
¿Cómo cambiar lo inevitable?
Cuando ya no quedan fuerzas para luchar.

Poemas anónimos y populares.

I: Animadversión.

Sus manos estaban atadas a una rama en lo alto de un árbol. Por las mejillas de Franziska rodaban lágrimas de tristeza. Moriría allí, con el cuerpo entumecido y con un miedo frío y repugnante. Ya no tenía razones para vivir, pero aun así temía. Temía por la humanidad, temía por el dios al cual había consagrado su vida… y temía por cualquier ser que se cruzara en el camino de él…
El árbol estaba sobre una colina y, desde allí, tenía una amplia vista de la aberración que acontecería en la pradera. El Reino de Turdem, uno de los últimos territorios en pie consagrados a Lahm, estaba a punto de ser atacado por La Bestia, quien aguardaba inmóvil en la llanura, esperando la orden de embestir.
La observó con odio. Había pasado los últimos cinco días como prisionera en su interior. Todos los guerreros que la componían eran de proporciones descomunales y estaban ataviados con idénticas armaduras azabaches. Se movían en grupo, con una sincronización perfecta, irreal, como si fueran parte de una misma mente, como si fueran una bestia. Había comprobado en persona lo desalmados y crueles que eran sus integrantes. En los días que había sido prisionera, no había atisbado resquicio de bondad en el corazón de ninguno.
Pero, a pesar de ello, a nadie temía tanto como a Hass. Él era el general del ejército. Un hombre de figura imponente y de nobles rasgos.
«La apariencia de un hombre jamás había engañado tanto.» Pensó ella la primera vez que lo vio.
A su paso, las risas cesaban y los rostros palidecían. El resto del ejército miraba a Hass como si fuera un retrato terrenal de Krif. Evitaban sus ojos, pero intentaban prever sus deseos. Y sus deseos eran órdenes para ellos.

«Él mató a mi familia…
Él incendió mi pueblo y mi santuario…
Él me tomó prisionera… y me volvió su esclava.
Él ordenó que me colgaran aquí, para que presencie como extermina a otro pueblo que venera a Lahm…
Él no quiso matarme… no… tenía demasiado odio para repartir. Quería tomar a una sacerdotisa y mostrarle como acababa con todo lo que alguna vez conoció…
Algún día tendré mi venganza…
En esta vida o en la próxima.»

II: Exterminio.

Vio a Hass desprenderse de sus tropas, a lomos de su corcel negro, para acercarse a las puertas del Reino. Bajó de su caballo, aparentando modestia, y exclamó:
—¡Sabios de Turdem, esta es mi última advertencia! No hay necesidad de que hoy haya una matanza. Póstrense ante Krif y les perdonaremos la vida ¡Escuchen la voz de la razón! —hablaba con serenidad y con lógica. Pero ella sabía que mentía como un bellaco—. Hay proposiciones que no se pueden rechazar. Las consecuencias son… nefastas. Les advierto que las mías son de este tipo.
Esperó, pero los Sabios, portavoces de Lahm y encargados de tomar la decisión, no contestaron. Luego, de un salto, se encontró encima de la montura. Giró el caballo y volvió sobre sus propias huellas.
Franziska, a pesar de estar muy lejos, sabía que el rostro de Hass había adoptado una sonrisa maligna.
Vociferó unas cuantas órdenes a La bestia y esta comenzó a marchar con una armonía de movimiento absoluta.
Las puertas del Reino de Turdem se abrieron. Un ejército grandioso, con armaduras relucientes, apareció decidido a hacerle frente.
«No existe persona más honorable que quien lucha sabiendo que va a perder» pensó triste Franziska, aunque orgullosa. No había ejército en el mundo capaz de enfrentarse a aquella perversidad.
Una terrible carnicería a vida o muerte estaba por librarse.
Algo insólito sucedió entonces. Mujeres y jóvenes salieron por las puertas del reino y, refugiándose detrás del ejército, comenzaron a correr en dirección a los acantilados.
La milicia comenzó a retroceder en el mismo sentido que su pueblo, actuando como escudo entre La Bestia y este.
Se produjo una masacre. La hueste de Turdem luchaba con fiereza y eran más numerosos. Pero no tenían posibilidad alguna.
El aullido de las hojas en el aire, el agudo tintineo del acero, las respiraciones apresuradas y los llantos de dolor, compusieron la amarga melodía que colmó aquel atardecer.
Franziska logró reconocer a Hass, quien llevaba el yelmo del general. Daba tajos a diestro y siniestro, levantando una tormenta de sangre a su paso. Los mataba antes de que pudieran siquiera percatarse de su presencia. Dos guerreros de Turdem lograron cortarle una pierna a su caballo, pero él se las ingenió para caer parado y rajarlos a ambos con dos raudos golpes de su espada. Con la gracia de un bailarín y el poder de un demonio, continuó dando muerte a una velocidad vertiginosa.
El pueblo indefenso había llegado a los acantilados y, cuando parecían encerrados, comenzaron a saltar por el mismo.
«Prefieren sacrificar su vida a Lahm, que ser esclavizados y torturados por La bestia. Es una sabia decisión…» Pensó ella, arrollada por la tristeza.
Uno tras otro, cuando llegaban al borde del acantilado, saltaban con los brazos extendidos.
Volvió a mirar a Hass. Lo había alcanzado una flecha y, cuando trataba de arrancarla de su pierna, fue alcanzado por los tajos de un guerrero. Cayó desplomado.
Conforme, al menos, de haber visto morir a aquel hombre al que tanto despreciaba, Franziska se rindió ante el dolor y cayó desmayada.

III: Piedad.

Despertó flotando. Sus brazos ya no eran prisioneros de las cuerdas y una fuerza invisible la hacía descender hasta apoyarla en el pasto. Un anciano se inclinó ante ella y le sonrió de forma misteriosa. Ella trató de levantarse, pero le fallaron las fuerzas.
—Tranquila, ya ha pasado todo. Cierra los ojos—dijo el anciano y se arrodilló a su lado. Tenía un rostro que trasmitía una paz que no recordaba haber visto en toda su vida. Él apoyo unas manos suaves sobre sus mejillas y miró al cielo.
Sintió calor en el cuerpo. Las articulaciones se le aflojaron y el ardor de sus muñecas cesó al instante. Sintió el ánimo regresando a su cuerpo.
—Lahm jamás pierde de vista a sus hijas—el anciano la miraba a los ojos manteniendo aquella extraña sonrisa en los labios—. Soy Só, Sabio del Primer Horizonte.
Los ojos de Franziska se llenaron de lágrimas. Los Sabios estaban divididos en cinco instancias, siendo la más importante la primera. Se decía que los sabios de esta categoría tenían trato directo con Lahm. Se puso de rodillas e intentó besarle los pies, balbuceando palabras de agradecimiento que se ahogaban a causa de la emoción.
—Vamos Franz, levántate—ella casi rompe a llorar de nuevo al ver que él conocía su nombre—. La Bestia ha partido y ha dejado a una persona más con vida. Aunque está moribunda y voy a necesitar de tu ayuda para sanarle.
El sabio se dio media vuelta y comenzó a descender la colina. Ella lo siguió. Caminaron a través de los vestigios de la batalla. Miles de cadáveres, en su mayoría de Turdem, yacían a lo largo de la llanura. El olor a sangre y la vista de miembros desprendidos le provocaron náuseas.
—Llegamos…—dijo él—. Está peor de lo que imaginaba.
Ella miró al hombre al que se refería. Era Hass. Tenía la barriga abierta, algunas tripas afuera y la sangre se le escapaba de las venas. Era increíble que hubiera resistido tanto tiempo.
Era su momento de vengarse.
Corrió hacia él y trató de pisarle el pecho, pero su pie se frenó en el aire. Una fuerza invisible lo paralizaba.
—Hija ¿Qué haces?—le preguntó el anciano, quien ya no sonreía, aunque tampoco había enfado en su voz.
—¿!Qué parece?! ¡Voy a rematar al monstruo! ¡Voy a…!—cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se ruborizó y bajó la cabeza—. Perdón maestro, no… no quise faltarle el respeto. Lo que pasa es que él es… él es….
—Hass, la voluntad de la Bestia. —Completó la frase el sabio—Y sé lo que te hizo. A ti y a tu pueblo. Pero ahora no es más que un hombre agonizante. No podemos aprovecharnos de su situación ¿Qué clase de personas seríamos? Debemos ayudarlo a sanar.
Hass no adoptó una sonrisa siniestra ni de burla, pero ella estaba segura de que tenía muchas ganas. El sabio se arrodilló al lado del moribundo y repitió el ritual que había realizado con ella.
El cuerpo de Hass tuvo una sanación sorprendente, aunque siguió estando grave. Él no dijo nada, no se opuso, ni insultó. Sabía que la misericordia del anciano sólo podía resultarle beneficiosa.
—Ven, ayúdame a levantarlo—dijo Só.
Ella no se movió.
—No puedo… En cuanto se recupere nos matará. Ya lo ha demost…
—Quien busca venganza guarda abiertas sus heridas. Deja ir el odio. Eres una sacerdotisa, debes curar, no matar. Atendamos a este hombre, por la sencilla razón de ser humano. Nada más importa.
Accedió. Ayudó al Sabio a cargar a Hass hasta el Reino. Este estaba intacto. La Bestia no se había detenido a quemar un lugar en el que ya no quedaban habitantes vivos. La sensación de atravesar un pueblo fantasma hizo correr un escalofrío por su espalda.
Llegaron a una torre de granito finamente labrado. Todos los pueblos que alababan a Lahm tenían una igual, en donde residían sus Sabios. Só se aproximó a la puerta. Pronunció unas palabras inteligibles y esta se abrió. Luego, los condujo a cada uno a sus habitaciones.

IV: Introspección.

Franziska pasó los siguientes días atendiendo a Hass. Le llevaba agua y alimentos, le cambiaba las vendas y, cuando lo atacaba la fiebre, cuidaba de que no temblara, ni delirara demasiado. Todo bajo la estricta vigilancia del Sabio. Porque de haber sido diferente, no lo hubiera hecho. Es más, lo hubiera matado. Lo odiaba. El sólo verlo le daba repulsión. La idea de matarlo la acosaba noche y día. Pero nunca podía escapar de la atenta mirada de Só.
Jamás lo trató tan bien como los últimos días antes de atacarlo. Lo atendió plantando en su rostro la parodia de una sonrisa, llena de buenas intenciones y benevolencia. Hass siguió ignorándola, como había hecho desde que lo rescataron, pero el Sabio le creyó, y cada vez su vigilancia fue menor.
Llegó la noche del ataque. Una vez comprobado que el sabio dormía, se dirigió hacia el cuarto de Hass. Al llegar, giró el picaporte de la puerta y la abrió tan despacio como pudo. El cuarto estaba oscuro. Se acercó a la cama, midiendo cada uno de sus pasos. Hass estaba dormido. Al estar cerca, saltó hacia él apuntando el filo de la hoja a su cuello. Hass abrió los ojos de golpe, la tomó por las muñecas y se las retorció hasta que el estilete cayó sobre la cama. Ella seguía sobre él, aunque sometida. Él estaba en mejor estado de lo que ella creía.
—¡Cuánto has tardado! Pensé que vendrías antes a entregarte a mi cama —dijo Hass, sonriendo con malicia—.Tranquila, no tiembles. No voy a matarte. De hecho, te voy a dar a elegir ¿Prefieres sentarte a mi lado y conversar… o prefieres que nos quedemos en esta posición?
Ella, colorada por la rabia y la vergüenza, sabía que no podía hacer nada contra él. Así que optó por la primera opción. Lo miró a los ojos. No tenían el brillo de odio que los caracterizaba. Algo había cambiado en él… fingía ser el mismo infame de siempre, pero no era así. Sus penetrantes ojos estaban ojerosos, como si no hubiera conciliado el sueño durante varias noches.
—¿De qué va esto? Si es un juego, no conozco las reglas—dijo ella.
Hass no contestó. Se paró con dificultad y prendió unas velas, sus llamas, al prenderse, temblaron y expulsaron estrechísimas lenguas de fuego. Luego se sentó de nuevo a su lado.
—No soporto este melodrama. Habla de una vez.
Él se inclinó hacia adelante. Tenía la mirada vacía.
—Los he visto a través de la ventana… a ti y a Só, llorando a los caídos en la batalla ¿Por qué lo hacían? ¿Qué… sentían?
—¡Pesar, desconsuelo, amargura! ¡Eran valientes que dieron su vida por sus ideales! Eran gente buena… no merecían una muerte tan… vana —respondió ella con los ojos humedecidos.
—Sufren por las desgracias de otros… —Dijo él—. Lloran por hechos que no los acaecen ¿Cómo es posible? No es… lógico.
—Eres inhumano—dijo ella mirándolo con una mezcla de asco y lástima—.¿No has tenido jamás una esposa, un hijo… o aunque sea un amigo por quien sufrir sus tristezas y disfrutar de sus alegrías?
—Alguna vez tuve una esposa y dos hijos. Fueron ejecutados cuando ascendí a general. A los altos cargos de mi ejército no se les permite tener familia.
—Lo siento muchísimo— contestó ella, sin poder dejar de sentir pena por aquel monstruo.
—¿Por qué deberías sentirlo? Ascender a general es un honor—dijo Hass. Pero al ver lo turbada que estaba ella, agregó—. Algo falla en mí ¿Verdad? No puedo amar la vida como lo hacen ustedes. Al pensar en mis hijos siento algo dentro de mí, algo que desea emerger. Pero que no puede ¿Un llanto espantoso de dolor, tal vez? Lo desconozco…
Hass desvió la vista y se quedó mirando al vacío. Se veía confundido. Franziska, no se había imaginado que fuera posible contemplarlo por completo indefenso. Aunque, por otro lado, era su oportunidad de matarlo. Y no lo dudó. Tomó rápido el estilete y atacó. Hass no llegó a reaccionar. O no quiso. La hoja tocó el borde del cuello y le hizo un mínimo corte. Pero no siguió avanzando. Ella tensó los músculos, se esforzó con toda su voluntad, apretó las mandíbulas, pero no sirvió de nada. Estaba paralizada, como una estatua de piedra.
—¿Es que todavía no te das cuenta de lo que sucede?—le preguntó Só, quien estaba parado en la puerta. Sonreía, pero sus ojos estaban entrecerrados y mostraban enojo—. Hass ¿Qué sientes cuando matas a un hombre?
—Si la hoja está bien afilada, no siento nada.
—¿Lo ves? Este hombre, al igual que todos los integrantes de La Bestia, son ajenos a los sentimientos humanos. Quizá puedan sentir asco, odio y orgullo, pero no más. Los han aleccionados para convertirse en soldados perfectos, borrando los rastros de su alma, siguiendo las directrices de Krif—dijo el Sabio—. No lo odies, en todo caso, tendrías que compadecerlo. Jamás será un ser humano completo. Vamos, dejémoslo solo.

V: Partida.

Franziska no volvió a ver a Hass hasta el momento en que este partió. Só le dio efusivas órdenes de que no se acercara, siquiera, por la puerta de su cuarto. Lo atendió él mismo hasta que estuvo en condiciones de partir. Llegado el momento, le regaló su caballo y le indicó por donde debía cabalgar para alcanzar a La Bestia. Hass se dio la vuelta y marchó en la dirección que le indicaron. No se volvió a mirar ni una sola vez.
Una vez que se perdió en el horizonte, el Sabio miró a Franziska con una sonrisa que podía significar cualquier cosa.
—¿Qué haremos ahora?—preguntó ella.
—Ahora… ahora tendremos un largo descanso —le respondió—. Sígueme.
Caminaron hasta el borde del acantilado, por donde se había arrojado el pueblo de Turdem.
—Dame la mano. Saltaremos a la cuenta de tres—le dijo.
—¿¡Cómo…?! Pero… yo…
—Tranquila, ten fe. —Le dijo.
—Tengo… pero…
—Entonces dame la mano y saltemos—la interrumpió él.
Ella, a pesar del miedo, aceptó. Y saltó.
Fue una larga caída en la que esperó, con pánico, un impacto que nunca llegó. Se hundió en medio de una nada negra, en el interior de un frío penetrante. No veía, no oía, ni sentía más que frío.

VI: Victoria.

Despertó rodando por el suelo.
Jadeando, tomando aire con dificultad por su boca abierta, se incorporó. Estaba en medio de un terreno oscuro y silencioso. La superficie estaba cubierta de una arena gris clara y en frente de ella se alzaban descomunales bloques de hielo con figuras en su interior. Se acercó a ellos y comprobó, horrorizada, la realidad de las siluetas.
«¡Por el amor de Lahm… Son seres humanos! ¿Qué… qué está pasando aquí?»
Escuchó voces detrás de ella. Corrió y se escondió detrás de una enorme roca. Cinco ancianos, entre ellos Só, conversaban en ronda.
—¿Ha logrado plantarle la Peste Negra a Hass?—Preguntó el que lucía mayor.
—Sin dudas— contestó Só—. Le he proporcionado más dosis de lo necesario, para asegurarme de que estuviera infectado.
—Me alegra oírlo—dijo el mayor de los ancianos—. ¿Sospechó en algún momento lo que le estaba haciendo?
—No. Creyó que actuaba por piedad —respondió Só, sin emoción en su voz.
—Entonces sólo resta esperar. La Peste Negra arrasará con toda la humanidad en no más de dos años. Y, cuando aquel día llegue, deberemos repoblar la tierra con el pueblo de Turdem que aquí hemos, mágicamente, congelado. Hombres devotos a Lahm.
—Así sea. —Respondieron los otros cuatro a la vez.
—¿Ya están todos durmiendo?—preguntó otro de los ancianos.
—No, todavía falta una sacerdotisa—dijo Só y, mirando hacia la roca en donde ella se escondía, continuó—. Ven aquí, Franz.
Ella vaciló un instante. Luego, salió de su escondite.
—Elige un lugar, hija. —le dijo él, con una sonrisa cálida—. Cuando despiertes el sol brillará diferente, el aire será distinto, los tiempos serán más felices… y la Bestia será historia.

Pablo Joel Escapa (Kiefer)

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2 pensamientos en “Ganador Reto Fantasía Épica: Los despiadados

  1. santamayte en dijo:

    Veo que con mucha deportividad te has tomado el no haber ganado,este relato es muy bueno,pero el tuyo no le iba a la zaga.Lo importante es participar.

    • Bueno, estos retos son muy buenos para ponerse a prueba a uno mismo y aprender de los demás. Cuando compito lo hago para ganar, pero hace muchos años que aprendí a perder.
      Como siempre, muchas gracias por dejar tus impresiones.
      Un saludo

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