Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Juan sin miedo

La Fundación Juan Muñiz Zapico de CC.OO. de Asturias convoca la IX edición del Concurso de Microrrelatos Mineros Manuel Nevado Madrid. (40 líneas)

Juan corría a toda velocidad entre los árboles y las rocas. El miedo impedía que se cansase, pues corría como llevado por el diablo, sin aire en los pulmones, sin dilación y sin descanso. Pronto llegó al camino de la Buesa, que finalmente lo llevó hasta casa tras cruzar la carretera. Sin apenas bajar el ritmo, entró como una exhalación y se dirigió a su habitación para acurrucarse debajo de la cama.

– Juan, cariño, ¿qué te pasa? -preguntó su madre mientras se acercaba hasta su escondite.- Anda, sal de ahí.

Su madre esperó unos instantes y como no reaccionaba, se agachó para ver que pasaba.

La madre, al ver la cara de su único hijo, se asustó. Tenía los ojos muy abiertos, que miraban hacia la puerta de la habitación, y los labios apretados. Su pecho se hinchaba y vaciaba a gran velocidad, y clavaba las uñas en el suelo como un gato lo haría para encaramarse a un árbol. Por mucho que insistió, la madre no pudo hacer salir a Juan.

Cuando el padre llegó y su mujer le explicó la situación, decidió poner fin al asunto.

– Juan, o sales tú o te saco yo -fue la seca amenaza.

El padre nunca le había hecho daño a su hijo y esta no sería la primera vez, aunque su forma de hablar y su poderoso cuerpo podían dar la impresión de lo contrario.

Tras unos instantes de espera, el padre tomó la cama con sus dos poderosos brazos y la desplazó de lugar.

– ¿Qué ocurre Juan?¿Porqué estás escondido de nosotros?

– No es de vosotros, padre, sino de los demonios -dijo en un hilo de voz.

Los progenitores se miraron con gravedad.

– ¿Y dónde has visto a los demonios?

– Detrás de la montaña. Hoy. Estaba explorando un poco, cuando vi como salían de una cueva. Eran como tú, padre, pero de piel negra y ojos blancos muy grandes. Algunos llevaban unas grandes armas, como dos espadas cogidas por un palo, para matarme, y otros empujaban unos carros donde metían a los niños que habían cogido.

El padre, que había tenido el rostro fruncido durante todo su relato, no pudo reprimir una sonrisa. Respiró tranquilo y sonrió a su mujer, que todavía no había comprendido, mostrándole sus manos ennegrecidas.

– Iremos a verlo.

A pesar de la resistencia que opuso Juan no pudo hacer nada contra su padre.

Juan, subido al brazo de su padre y agarrado con fuerza, no quiso mirar cuando se acercaron a la cueva y escuchó a su padre saludar.

– ¿Tío Ramón? -preguntó Juan mientras se giraba y habría los ojos.

A Juan le costó reconocer a su tío, con la piel oscura por el hollín que resaltaba el blanco de sus ojos, y con un pico en su mano derecha.

Su padre le explicó a su hermano el porqué de la visita y ambos rieron.

– Toma Juan, para que te pintes de demonio como nosotros -le dijo su tío con su blanca sonrisa mientras le entregaba una pieza de carbón.

A partir de entonces, siempre que Juan tuvo miedo, se pintó la cara con el carbón de su tío.

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3 pensamientos en “Juan sin miedo

  1. Excelente. Tus finales son enormemente conmovedores.

  2. Es muy complicado ajustarse a tan poco líneas. Como es habitual, un final precioso.

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