Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Pastillas

El Opel Astra tuneado de «el Loco» pisaba el asfalto moderando la velocidad, como si quisiese pasar desapercibido o intentase camuflarse entre el resto de coches que circulaban normalmente llegada la medianoche. Y eso era difícil cuando el color de tu coche es morado metalizado, llevas pintadas unas llamas en la carrocería, los cristales están tintados y apenas hay un palmo entre el suelo y el chasis. A pesar de estar avanzado el invierno, la ventanilla del copiloto estaba bajada y derramaba música electrónica.
—Loco, esta noche rompemos, nano —dijo el copiloto mientras manoseaba una bolsita de plástico transparente en la que se veían algunas pastillas y bolitas de papel.
—Ya te digo, nano, menuda fiesta. —Pensó unos instantes y dijo con voz ronca—: A «la Juli» sí que me la rompía yo.
Ambos rieron, mientras «el Piwi» gesticulaba obscenamente cómo «se la rompería» en el asiento del coche, para luego añadir:
—Buah, como pille yo a «la Rosi» se va a enterar. Esta noche me la come fijo.
Ambos volvieron a reír mientras Piwi hacía el gesto de una felación.
Todavía no habían tomado más que un par de Red Bull, pero ya se les notaba eufóricos, presintiendo la noche de fiesta que se iban a dar con los colegas. Tenían claro que volverían a cerrar el Joy, el afterhours de moda, que aguantaba todo el domingo abierto.
—Piwi, nano, la Rosi es mucha Rosi; vas a tener que invitarla un cojón. Te saldría mejor irte de putas.
—¡Pero qué dices! Yo no voy de putas. Solo me la chupan.
Volvieron a reír. Se desviaron en dirección sur, donde los cañones de luz apuntaban ya al cielo nublado. La primera vez que el Loco lo vio dijo «Ostia nano, la luz del Batman».
—Oye nano —dijo el Piwi cambiando de tema—, ¿has probado las nuevas vitaminas de «el Mazas»? Le compré un bote y pude subir todos los ejercicios cinco kilos. Mira nano —dijo mientras se subía la camiseta y le enseñaba los abdominales.
—El Mazas es un tío muy grande, nano. Se pilla unas movidas que lo flipas. Te lo tomas y puedes estar horas en el gimnasio machacando, nano. Polvos mágicos.
—Polvos mágicos los de «la Vane».
Ambos rieron y chocaron la mano.
—Joder con la Vane. Folla que lo flipas cuando se toma una mitsubishi, pero es muy puta. Lo que tendría que hacer es trabajar y ganar pasta para no tener que follarse a cualquiera por una «rula».
El Piwi parecía que estaba pensando algo:
—Podría trabajar de puta… Seguiría follándose a cualquiera y además ganaría pasta.
Volvieron a reír. El Piwi se acurrucó un poco más en su asiento.
—Me cago en la ostia, nano, que frío. Qué ganas tengo de llegar ya. ¿No puedes darle más caña a la calefacción?
—Que no, ya te lo he dicho antes. Y no sueltes el tema, que hay que ser rápidos por si están los picoletos.
—Putos picoletos… ¿por qué no se van a detener negros y nos dejan tranquilos con nuestra fiesta?
—Son unos hijos de puta —dijo el Loco con desprecio—. Me dan unas ganas de partirles las cabezas. Picoleto, ¡zas!. Picoleto, ¡zas!
—Cabrones. Me contó «el Lapas» que tenía un amigo que conocía a un picoleto que le dijo que lo que pillaban en los controles se lo quedaban y luego se lo vendían a los que se lo habían pillado —hizo una pausa para tomar aire—. Unos putos cabrones hijos de la gran puta.
—Ya ves, nano. Pero tú ahí preparado, que si nos paran no se van a poner a buscar en el bosque.
Apenas el Loco terminó de decir la frase, vieron las temidas luces al pasar una curva: un par de coches verdes y blancos con la luz azul en el techo. Un guardia civil les estaba indicando con su cono de luz amarillo que aparcaran en el arcén.
Como un resorte, el Piwi lanzó por la ventanilla la bolsita al mismo tiempo que ambos gritaban un «¡Joder!». Con las buenas expectativas que tenían para esa noche era tener muy mala suerte toparse con el control. A pesar de haber sido advertidos por algunos amigos unas noches antes de que en esa zona estaban habiendo controles, se habían hecho la imagen mental de que no les iba a tocar a ellos.
—¿Lo has tirado, no?¿Lo has tirado? —preguntó el Loco. Parecía que los ojos se le iban a salir de las cuencas y apenas podía vocalizar..
—Joder, nano. Me cago en la puta. Si, nano. Nano, nano, nano. Que putada, joder. Putos marcianitos.
—Calla nano, que no te vean nervioso. Hay que hacer como si no hubiésemos tirado las rulas por la ventanilla.
El hecho de ser parados por la guardia civil mientras llevaban una bolsita con éxtasis y unos gramos de cocaína era ya para ponerse nervioso, pero los dos Red Bull corriendo por el cuerpo de cada uno hizo que sus corazones se desbocaran. Al Loco le resbalaban las manos en el volante del sudor que le había aparecido en solo unos segundos y el Piwi había dejado de estar acurrucado en su asiento para empezar a desabrocharse la chaqueta debido al súbito calor que sentía.
Una vez parados en el arcén, el guardia civil se acercó, como un vaquero del oeste, hasta la puerta del conductor.
—Buenas noches. La documentación, por favor.
—Buenas noches, mi sargento —dijo el Loco temeroso mirando el rostro curtido del guardia civil. Rebuscó nervioso en la guantera y le entregó los papeles del coche.
Pasaron unos interminables segundos mientras el agente revisaba la documentación. El Loco lo miraba con gesto angelical, tal y como había aprendido cuando era pequeño, como forma de evitar los castigos de su madre. Mientras, el Piwi, se mantenía en su asiento con la mirada baja, perdida, sin querer moverse ni un ápice.
—¿Has bebido alcohol? —preguntó el sargento sin apenas mover su canoso bigote.
—No, mi sargento. Yo cuando bebo no conduzco. Soy una persona responsable.
Ante semejante afirmación, el sargento levantó la mirada de los papeles para fijarse un poco mejor en aquel chico. Era como casi todos los demás: cara delgada, corte de pelo hecho como una balconada, o cenicero como lo llamaban algunos, la misma cazadora que todos. Eran casi todos iguales, pero lo que distinguía a este de los demás eran sus cejas encrespadas que le daban una apariencia algo salvaje. Este chico podía ser de todo menos responsable.
El sargento le hizo un gesto a su compañero para que le trajera el alcoholímetro. El Loco esperaba que el aparato fuese bien, porque le habían contado que la guardia civil los trucaba para así multar y quitar carnets. Menudos cabrones.
Instintivamente volvió a repetir que no había bebido, a lo que el sargento le indicó que soplara con fuerza por la boquilla. Tras un par de intentos fallidos por falta de aire en los pulmones, a la tercera salió el resultado: 0,0.
El Loco no pudo reprimir una sonrisa de triunfo.
—¿Lleváis alguna sustancia ilegal encima o en el coche?
El Loco y el Piwi se miraron. Hasta los agentes pudieron leer en sus ojos «¿no llevas nada, verdad?».
—No, mi sargento. Puede buscar lo que quiera que ya no tenemos nada —contestó el Loco.
El sargento se mordió un labio disimuladamente. «Vaya par de niñatos», pensó.
—Bien, salid y vaciad los bolsillos encima del coche.
Una vez vaciados, el compañero guardia civil registró el vehículo por dentro, buscando en los lugares comunes y sin mucho interés. El sargento los observaba desde debajo de la visera. Parecían tranquilos dentro del nerviosismo, así que tuvo claro que dentro del coche no había nada.
—Habéis tirado algo por la ventana antes de que os parásemos, ¿verdad?
Pareció como si les dieran al botón de «on» porque se miraron el uno al otro con cara de sorpresa y empezaron a cambiar el peso de una pierna a otra.
—No, mi sargento. Nada —respondió el Loco. El Piwi seguía con la mirada baja.
—¿No habéis tirado nada? Lo digo porque me ha parecido ver que tirabais algo. Está grabado por la cámara que tenemos en el coche, que apunta a la carretera —dijo el sargento mientras se giraba e indicaba con el boli un aparato colocado en el salpicadero, entre el conductor y el copiloto.
Los dos chavales estiraron los cuellos al mismo tiempo para observar el aparato.
—Como vaya a ver las imágenes y vea que tiráis algo, se os va a caer el pelo.
Ambos se miraron nerviosos. Por primera vez, el Piwi abrió la boca:
—Era un papel, de los mocos, pero es bioagradable.
La pareja de guardias civiles miró al chaval con cierta diversión. El Piwi había hecho de nuevo gala de su apodo. Algunos decían que era dislexia y otros que era tonto y no aprendía bien las palabras. Aunque todos lo conocían como el Piwi, pocos sabían que su origen fue cierto comentario… «Nano, he probado una fruta que está de puta madre. Tiene así pelitos por fuera, y es verde por dentro. Se llama piwi, ¿sabes nano?”.
—Anda, ve a ver qué encuentras por allí —le dijo el sargento a su compañero mientras observaba a la pareja de flanes. Su única diferencia era el rostro. Todo lo demás era igual: mismas botas, mismos pantalones, misma cazadora y mismo peinado. Uno parecía que había salido de un hospital psiquiátrico, con sus facciones marcadas y sus cejas encrespadas, y el otro parecía siempre cansado, con los párpados a medio caer y las comisuras de los labios hacia abajo. No dejaban de mirar al agente Fernández, que había ido a buscar algo entre la maleza. Al parecer, se había corrido la voz entre los que frecuentaban aquellas rutas que si tiraban la mercancía por la ventana luego no se podría alegar que era suya y los costes del juicio subían en tiempo y en recopilación de pruebas. Además, ponerse a buscar la prueba en mitad de la noche entre ramas y matorrales era un trabajo poco agradable.
El agente Fernández no tardó mucho en agacharse y coger algo. Los dos chicos se agitaron nerviosos. Levantó una bolsa de plástico transparente llena de pastillas. Desde la distancia podía verse claramente que contendría unas ciento cincuenta o doscientas.
Si la situación hubiese dado en una película de dibujos animados, los ojos se les habrían salido de las cuencas y las mandíbulas les habrían caído al suelo. No podían creer lo que estaba pasando. Su bolsa era más pequeña, tenía siete pastillas y cuatro gramos de coca. ¡No podía haber crecido!
—¡Eso no es nuestro!¡Joder, joder, eso no es nuestro!
El Loco se movía como al ritmo de la música que sonaba en las discotecas del alrededor. Su lento cerebro regado con dos Red Bull pensaba acelerado cómo podía haber crecido la bolsa. Mientras, el Piwi miraba con asombro y balanceaba el cuerpo hacia delante y hacia detrás. Nunca había visto tantas pastillas juntas.
—Mantenme el respeto, chaval. Nada de joder en mi presencia, o esta noche duermes en el cuartel. Porque te va a caer una gorda. Esto es tráfico de drogas, mínimo de cuatro años por la cantidad que veo desde aquí y ya nos dirán en el laboratorio la pureza…
—Sí, sí, mi sargento, pero que eso no es nuestro —reiteró el loco con el corazón desbocado y el habla acelerada. Le parecía que las palabras salían en su boca antes de ser pensadas, a mayor velocidad que la de la luz.
—Está grabado por la cámara que la tirabais por la ventana.
—Que no, que esa no es nuestra. Lo juro por mi madre. Que esa no es nuestra.
—Si no es vuestra, ¿de quién es?
—Yo que sé, mi sargento, si lo supiera se lo diría, pero que esa no es nuestra.
—¿Cuál es la vuestra?
—Una pequeñita, que no tenía casi nada.
—Solo hemos encontrado la grande, así que es la vuestra.
—Que no, que es una pequeña, se lo juro por mi madre.
—Solo hemos encontrado esa.
—Que no, que yo se la busco, por favor. Déjeme buscarla que tiene que estar ahí.
El sargento lo miró con dureza. Le había presionado y no le había dejado pensar hasta que había confesado.
—Fernández, acompaña al chico a buscar su bolsa. Tiene cinco minutos. Pero que vaya el otro, este se queda —dijo mirando con ojos sospechosos al Loco.
—Joder, José Luis, por tu madre, encuentra la bolsa que nos enchironan—. Era la primera vez que Francisco Chanco Vázquez, conocido como el Loco, llamaba a José Luis Moragues Onda por su nombre.
El Piwi se fue a buena velocidad, como si tuviese mucha prisa pero estuviese prohibido correr, hasta el lugar donde pensaba que lo había tirado. No tardó más de dos minutos en encontrar la bolsita con sus siete pastillas y sus cuatro gramos de coca. Triunfal, llegó con la bolsita escoltado por el agente Fernández.
El sargento la cogió y la miró.
—Aquí hay bastante tela.
—No, mi sargento, llevamos lo justo. Es que tenemos problemas, ¿sabe? Problemas de drogas… estamos enganchados. Soy consumidor habitual y es mi dosis semanal.
Dijo exactamente lo que le había dicho «el Jotas» (José Javier Jiménez Jovellanos, el abogado que conocía todo el grupo y que había llevado los casos de algunos conocidos) que tenía que decir si alguna vez lo pillaban.
—Ya.
El sargento negó con la cabeza. Otro que le venía con el mismo rollo. Últimamente se lo decían mucho. No podía entender cómo había abogados que fomentaran el consumo dando salidas a esta gente. El consumo de drogas estaba mal, no ya legalmente, sino moralmente y para la salud de la persona. ¿Por qué había abogados que obstaculizaban la labor de las fuerzas del orden dando estas directrices a la gente en posesión de drogas? Si no tuviesen estos conocimientos muchos más procurarían no tener drogas encima y, en consecuencia, el consumo bajaría.
Empezó a hacer todo el papeleo. Era la parte que más detestaba pero, tal y como eran las cosas actualmente, la más necesaria.
Tras media hora dando datos y firmando algunos papeles, les dejaron irse. La multa les iba a escocer, pero lo peor fue el mal rato que pasaron. Esa noche necesitaron el doble de dosis para poder pasárselo bien y olvidar por unas horas lo ocurrido.
Mientras el coche morado se incorporaba de nuevo a la calzada, el agente Fernández se dirigió a su sargento.
—Joder, ¿cómo puede ser? Son los cuartos que caen ya con ese truco. ¿Cómo se le ocurrió?
El sargento lo miró con una sonrisa en el rostro y contestó divertido:
—Lo vi en una película.

Anuncios

Navegación en la entrada única

6 pensamientos en “Pastillas

  1. Celembor, algún día podrías contar de dónde salen esas historias exactamente. La realidad y la ficción se solapan de tal manera que es imposible adivinar cuánta dosis hay de cada una. Enhorabuena.

    • Gracias. Si he conseguido causarte esa sensación (ficción-realidad), es que algo estoy haciendo bien. La finalidad de este relato era conseguir alguna sonrisa del lector. No se si lo he conseguido.

  2. jbatiste mestre en dijo:

    la sensaciion de agobio en el encuentro con la policia es de auténtica novela negra.

  3. jajajajjajaj, mortal ese final. Además no sospechaba que el guardia civil fuera un cabronazo de ese calibre jajajaja. Muy bueno! A mí sí que me has arrancado la sonrisita al leer el final! Este relato es un monumento. Desde los apodos de los colegas (igual de cutres que en la realidad) hasta lo que se dicen entre ellos y su forma de hablar. Sobre todo el “nano” de Valencia jejeje.

  4. Muuuy bueno!!! Un relato formidable de una noche de fiesta de una pandilla de amiguetes y las tablas y experiencia de los que realizan su trabajo

    Estan muy bien caracterizadas ambas partes.

    Mi enhorabuena !!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: