Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Tres días de vida

Hace un tiempo, hubo una mujer que empujaba lentamente un carro de la compra con lo que debían ser todos sus enseres. Desde la distancia parecía encorvada, pero cuando dejaba de empujar sus pertenencias, se veía que todavía caminaba erguida, que solo estaba descargando el peso de su pasado sobre la barra del carro. Tenía las arrugas que debía tener a una mujer que había superado los setenta, pero eran más suaves, como si hubiesen aparecido a edades tardías, y disimulaban mejor que había alcanzado los noventa. Su cabeza estaba siempre cubierta por un pañuelo grueso de color escarlata, pero se intuía que tapada un cabello blanco. Su nariz era bonita, terminada en una ligera punta y sus labios arrugados apenas se veían, como si permanentemente se los estuviese mordiendo.
Pero aquello que más llamaba la atención en los pocos que la miraban a la cara, eran sus profundos tristes ojos grises, que pocas veces miraban más arriba del horizonte. Tenía la mirada de aquellos que están cansados de vivir, que han asumido su destino sin luchar, como si no hubiesen podido hacer nada para evitarlo. Era de las pocas personas que lo habían tenido todo, y lo habían perdido todo. Todavía quedaban en ella vestigios de lo que fue: en su forma de agacharse, doblando las rodillas en vez de la espalda, en su forma delicada de comer con las manos los restos encontrado en algún cubo de la basura, en la manera en que se tumbaba entre los cartones para dormir. Si alguien la hubiese observado alguna vez detenidamente, habría visto todos estos detalles que la hacían diferente, y si alguien se hubiese detenido para hablar con ella, no habría escuchado el tono de su voz, ya que hacía una década que no hablaba.
Su vida cambió un día, sin que ella quisiese. Una mañana calurosa para la época del año en que estaba, mientras empujaba su casa, encontró llevado por el viento un resguardo de lotería. Sin pensar en nada más, llevada por un ansia que no sentía más que cuando encontraba comida en buen estado y engullía rápidamente, dejó su carro y lo cogió entre sus delgados dedos. Lo colocó en el bolsillo de su bata azul y siguió su camino como si no hubiese pasado nada. Unos instantes más tarde, su semblante se ensombreció más todavía al pensar lo tonta era por coger un resguardo del suelo. Sería uno de un sorteo pasado. Rabiosa consigo misma, metió su huesuda mano en el bolsillo para comprobar su fecha. El corazón le batió con más intensidad cuando vio la fecha en un cartel en una plaza que indicaba también la hora y la temperatura. El sorteo se celebraría en dos días. Apretó su resguardo con fuerza contra su pecho, rezándole a Dios para que le tocase, que fuese ese el día en que todo cambiaría y volvería a tener lo que le arrebataron en el pasado.
Se pasó el resto del día y el siguiente escondida en un lugar donde nadie pudiese encontrarla, temiendo que alguien le robara su boleto ganador, pensando en todas las cosas que haría con ese dinero.
Apenas comió y bebió, inmóvil como una estatua para pasar desapercibida. Estaba segura de que si se movía alguien podría verla y robarle su cupón ganador. Tampoco durmió, miedosa de que alguien le despojara de su futuro mientras dormía. Escondió el boleto ganador, pero a los pocos minutos volvió donde lo había escondido a recogerlo por si alguien le había visto ocultarlo. Fueron dos días y dos noches de sueños por cumplir e ilusiones, de nervios y desconfianza.
Cuando por fin el día señalado llegó, se puso en marcha hacia su nueva vida. Notó que su carro pesaba mucho más que de costumbre aunque no supo porqué. Miró las ruedas, desgastadas y sucias, pero parecía que no era ese el problema. Agotada tras un tiempo, decidió que ya no necesitaría el carro y que no tenía porqué arrastrarlo más. Lo dejó en una calle estrecha y oscura.
Finalmente, sin dejar de mirar con sospecha a todo el que se cruzaba y evitando pasar cerca de ningún transeúnte, llegó a una administración de lotería. Estaba nerviosa y sus piernas flaqueaban. Cuando estuvo frente a la ventanilla para comprobar el billete, miró con desconfianza al chico. Si no quería devolverle su billete ganador no podría hacer nada, ya que se encontraba detrás de un grueso cristal. No podía dejar que le robasen sus sueños estando tan cerca. Cuando el chico le preguntó que si quería algo, se dio media vuelta y se fue.
No le daría su futuro ni sus sueños a nadie. Eran suyos. Buscó una sombra en la que esconderse: estaba agotada y le costaba respirar. Estuvo allí el resto del día, reviviendo todo lo que haría con todo el dinero que le iba a dar su boleto ganador y durante toda la noche pensó en la forma de cobrarlo sin que se lo robaran. Esa sería la última noche que pasaría frío. Ya sabía cómo cobrarlo.
No le fue difícil a la mañana siguiente encontrar un policía, pero sí le fue difícil romper su silencio voluntario para convencer a alguno y que la acompañara a cobrar su dinero. Solo al final de la mañana un policía joven la acompañó, piadoso de la anciana mujer, y sintiéndose segura de que no tendría ningún problema, fueron juntos a la administración cercana. Le daría las gracias cuando cobrase el dinero.
Al llegar a la ventanilla, entregó nerviosa el boleto. Fueron los segundos más largos de su vida, el cambio entre la nada y el todo en un solo escalón. Comería de nuevo comida caliente, dormiría sin pasar frío y en una cama cómoda, comería fruta fresca… kiwi… le chiflaba el kiwi. Vería la televisión un día entero, en un sofá, con una mantita sobre sus rodillas. Invitaría a sus antiguos amigos para decirles cuanto mal le habían hecho y luego les sacaría pan duro y agua sucia para merendar. Cuantas cosas haría con todo ese dinero.
La mujer de detrás del cristal le devolvió el boleto, pero ella lo volvió a entregar instándola a que lo pasara por la máquina. Volvió a pasarlo, esta vez con una cara de tristeza, y se lo devolvió indicándole que no había nada, que no había premio.
No pudo moverse y solo la ayuda del policía hizo que dejara el camino libre para que el resto de la cola fuese a comprobar su suerte.
El joven policía la acompañó a un parque, dejándola en un banco. Le deslizó un euro en uno de los bolsillos de su bata. Olga se encorvó sobre sí misma, no pudiendo creer todavía lo que le había pasado. Miró de nuevo el billete y lo aferró con fuerza contra su pecho. Su billete ganador no era para esa semana, era para la siguiente, por eso se lo habían devuelto.
Al terminar el día apenas pudo llegar hasta sus cosas, aquellas que había pensado que no iba a necesitar. Las necesitaría una semana más. Pero aquella fue su última noche. Durmió plácidamente entre sus cartones, con su manta sucia por encima protegiéndola del frío de las estrellas. Murió débil, sola y triste.
Y es que Olga Onassis había muerto hacía ya ocho años, siendo invisible para todos, siendo como un fantasma translúcido caminando entre los vivos, resucitando por tres días, para finalmente dejar en cuerpo y alma este mundo.

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5 pensamientos en “Tres días de vida

  1. Sin palabras. Como siempre.

  2. Me ha dejado cierta tristeza. Enhorabuena por el relato.

  3. Menuda tristeza de relato! Personalmente me ha gustado mucho.

  4. Hola Jordi, s “Tres días de vida” me ha resultado impresionante. Un abrazo

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