Un café con Leire

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Adagio de diamantes

En una amplia habitación en penumbra, un llanto contenido atravesaba el silencio. El resplandor de las farolas de gas de la calle entraba con desgana por los dos ventanales cerrados y cubiertos por una fina cortina italiana, que alumbraban una mesa victoriana apoyada en la pared contraria. La doble puerta se abrió de repente, con un tirón, y una cascada de luz bañó en la habitación.

Con los brazos en jarra observó a su alumna hecha un ovillo y resguardada en una esquina. Irina arrugó los labios en una clara mueca de disgusto.
—Marina Semiónova, ¡ven aquí ahora mismo!

El silencio le dio a la maestra la respuesta que esperaba.
—Si tengo que ir yo tendrás muchos más problemas de los que ya tienes.

Normalmente, cuando decía estas palabras, las alumnas agachaban la cabeza y acudían a sus pies, de forma lenta y temerosa. Pero esta vez vio un brillo desafiante en los ojos de Marina, a pesar de la distancia.
Irina entró en la habitación y se dirigió al interruptor.
—No enciendas la luz! —gritó Marina.

La maestra la miró con desprecio desde la sombra y, sin apartar la vista de la niña acurrucada en la esquina, elevó la clavija que encendió una elaborada lámpara de araña. Se dirigió hacia Marina avanzando antes la cadera que los pies, con los brazos ligeramente arqueados a los lados y deslizándose con gracia felina. Se plantó con los pies en cuarta posición delante del ovillo que volvía a ser Marina y la miró desde los agujeros de la nariz.
—Jovencita, esta vez has ido demasiado lejos. Nadie me trata así. Sal ahora mismo y ponte a practicar la quinta escena hasta que te salga correctamente.
—¿O si no qué? —preguntó desafiante con los ojos irradiando odio.

Irina empequeñeció los ojos y arrugó más la boca todavía.
—Te cogeré de los pelos y te obligaré hasta que te caigas muerta.

Un haz de temor apareció y desapareció en el rostro de la niña como una estrella fugaz. Esta vez estaba realmente decidida.
—Pues me cortaré los pies —dijo aguantando la mirada de la profesora.

Irina dejó pasar unos segundos mientras intentaba recordar si alguien la había tratado así alguna vez y qué había hecho. Pero su memoria no encontró ningún recuerdo al respecto.
—Yo no tengo por qué soportar a niñas mediocres como tú que nunca llegarán a nada. He estado perdiendo el tiempo contigo. Tu padre se va a enterar de todo y ya podrá suplicarme, que no volveré a darte clase. Ni yo, ni nadie que conozca.

Se dio la vuelta y dio un portazo al salir, dejando a Marina sumida de nuevo en la penumbra.

Marina no fue consciente del tiempo que pasó allí, recogida y apoyada contra la esquina de la habitación, abrazada a sus rodillas y con la barbilla sobre ellas. Había superado su límite. No podía soportar más humillaciones cada vez que cometía un error, los insultos que recibía al no realizar el ángulo adecuado en un Grand Jeté, repetir una y otra vez los mismos movimientos básicos, las mismas formas… ¿Cómo iba a aprender cosas nuevas si siempre hacía lo mismo? Aborrecía la primera hora en la que solo calentaban y repetían las primeras posiciones continuamente. Ya se las sabía. Las había estado practicando desde que tenía cinco años. No soportaba hacer siempre lo mismo y nunca hacerlo bien. Si Irina tenía razón, ella no valía para el ballet. Pero no tenía razón, no podía tener razón. Lo que ocurría era que la profesora era una bailarina frustrada, que no había llegado a triunfar como se esperaba de ella y se dedicaba a martirizar a todas las niñas a las que daba clase y descargar sobre ellas toda su frustración. Había visto cómo Danka abandonaba el ballet. Era una chica que cuanto mejor lo hacía, peor se portaba con ella, más la despreciaba por sus errores y menos la valoraba.

Apretó la mandíbula con rabia. Seguramente Irina estaría riendo por su nueva victoria. Había conseguido que otra alumna odiara el ballet y lo dejase. Lloró de impotencia. No deseaba darle esa victoria por nada del mundo, pero no podía seguir, era insoportable.

Pensando en todas las situaciones en las que había sido menospreciada o insultada por no hacer la técnica como ella quería, pasaron un par de horas. En ese tiempo, su madre entró en la habitación un par de veces. En la primera gritaba contra ella, la acusaba de haber perdido la cabeza al insultar de aquella forma a la profesora y de la imagen que darían. Pero Marina apenas escuchaba. Se encontraba con la mirada perdida reviviendo todos los sufrimientos a los que Irina la había sometido. Recordó aquel día en que tuvo que repetir cien veces la misma escena, haciendo lo mismo durante cinco horas seguidas, sin descanso, y sin hacerlo bien ni una sola de las veces. Y recordó la voz de su madre, preocupada, diciéndole que tenía que esforzarse más para hacer las cosas bien. Aquel día empezó a odiar a su madre.

La segunda vez entró entre lloros, casi arrastrándose por el suelo, suplicándole que volviese a practicar, que no podía dejarlo después de tantos años y que sus amigos pensarían que era una perdedora. Eso último fue lo único que creó eco en su cabeza. Ahora debería tragarse sus palabras y su orgullo delante de sus amigas del colegio, que se morían de envidia porque ella entrenaba con Irina Shenarenko y llegaría a ser una Prima Ballerina. Aunque no dijese nada, seguro que se enterarían. Debía inventar alguna cosa para no recibir tal humillación. Siempre le habían dicho que llegaría muy alto entrenando con Irina, que ella era un diamante en bruto, pero no podía aguantar más tiempo siendo un diamante en bruto. Quería brillar y relucir ya; llevaba demasiado tiempo entrenando y haciendo solo obras menores. Y era en esas obras menores donde se daba cuenta de que no lo hacía tan mal como decía la profesora. Pero le decían que era muy joven todavía. Con trece años no era joven, ya era una mujer.

Su madre se alejó finalmente entre sollozos después de zarandearla. A Marina le pareció una de esas viejas que aparecen en los cuentos, con su pelo siempre perfecto ahora enmarañado, ojos vidriosos por las lágrimas y rostro pesado y lleno de arrugas. Nunca recordaba haber visto a su madre así. Tal vez ella era así en realidad, pero se maquillaba y peinaba para parecer una mujer distinguida.

Un tiempo después, escuchó gritar desesperada a su madre. Las puertas se abrieron para que entrara su padre, todavía con la chaqueta puesta, y las cerró tras entrar en la habitación. Marina vio los puños cerrados a los lados, así que empezó a producir lágrimas tal y como había aprendido de pequeña, para ablandarle el corazón.

Su padre se plantó delante de ella y la miró desde su bigote bien arreglado y cejas espesas.
—Tu madre está muy enfadada por lo que has hecho hoy, y yo también. Pensaba que no llegarías tan lejos. Has terminado con todo el esfuerzo de años de entrenamiento y todo el dinero que me he gastado en que tuvieses a la mejor profesora de todo Petrogrado. Sabes lo difícil que están ahora las cosas para todos nosotros y aún así nos causas más problemas. Tu rebeldía es fruto de estos tiempos; tenéis poco respeto por la autoridad y el orden establecido.

Hubo un pausa, como si su padre estuviese tomando aire para continuar. Pero nada más dijo, pues parecía envuelto en otros pensamientos.
—Papá, ya no podía más. Me exigía demasiado, me gritaba e insultaba. Me decía que yo no era nada, que nunca llegaría a ser nadie, que era torpe y estúpida si pensaba que podría llegar a interpretar el Lago de los Cisnes como Prima Ballerina. Siempre me lo decía cuando no estabais en casa —explotó Marina entre lágrimas. Se arrojó a los pies de su padre, rodeando sus pantorrillas con los brazos y apretando fuerte—. Por favor papá, lo siento mucho, pero ya no quiero seguir, ya no quiero bailar.

Su padre torció el gesto. Su hija llorando desconsoladamente a sus pies fue algo que no pudo soportar. La tensión que vivía día a día desde que estalló la revolución, sin saber cuando les tocaría a ellos, hizo que se derrumbase también. Pero a su manera. Levantó la cabeza y respiró pesadamente, dejando que las lágrimas que brotaban de sus ojos hiciesen piscina en sus cuencas y no recorriesen sus mejillas. Tomó el pañuelo de tela que siempre llevaba encima y se las secó.

Se agachó y tomó a su hija por los brazos, ayudándola a ponerse en pie.
—Hija mía. Sabes que te quiero —Marina solo había escuchado esas palabras en otra ocasión—, pero no debes dejarlo ahora que has llegado tan lejos. Has tenido un día muy duro y te has dejado llevar por tus sentimientos, pero debes pararte a pensar en lo que ha pasado y seguir adelante. Eres un diamante, te lo he dicho muchas veces, pero tienes que conseguir el brillo necesario para que todo el mundo te admire y ser la más grande de todas. Ese debe ser tu destino.
—Pero papá, Irina no para de decirme que soy torpe y que no llegaré nunca a nada.
—¡Irina no sabe lo que dice! Triunfarás si esta maldita revolución no lo impide.

Marina bajó la cabeza, casi escondiéndola entre los brazos. Pensó en lo que iba a decir durante unos instantes, sin ser consciente de las implicaciones que eso tendría.
—Yo no quiero entrenar más. Ya no me gusta el ballet —su voz sonó tan débil que su padre apenas pudo oírlo.
—Eso no puede ser, no vas a dejarlo ahora. He gastado mucho dinero en tu educación como para que ahora lo dejes. Los grandes objetivos solo se consiguen con grandes esfuerzos y sacrificios. Seguirás practicando—dijo tajante. Pensó unos instantes y decidió utilizar en su beneficio una faceta de su hija que tanto detestaba de su madre—. Además, no vamos a ser el tema de conversación de los pocos amigos que nos quedan. ¿Sabes cuánto se burlarían todas esas amigas que tanto te envidian? ¿Te las imaginas diciendo «¿Pero no ibas a ser la mejor bailarina?», «he oído que la profesora ya no quiere darte clase porque dice que eres muy torpe y que nunca llegarás a nada»?

Los ojos de Marina se fueron entrecerrando e iluminando con la luz del odio, tensó los músculos de la mandíbula e incluso de respirar. Eso era algo que no podía permitir. No podía darles motivos reales a las envidiosas que rodeaban su vida, ni dejar que la estúpida de Nadia Naschenko fuera mejor que ella. Ni que las torpes de Olga y Svetlana se pusieran a su nivel. Una ola de desesperación e impotencia barrió con las pocas fuerzas que le quedaban y volvió a llorar, esta vez de forma desconsolada.

Su padre vio la reacción desde la distancia que siempre ponía entre él y cualquier otra persona. Vio cómo la fuerza del odio se diluía en un mar de desolación y desaparecía. Se arrepintió en ese instante de haber hurgado en lo que más le dolía.
—Marina, mi niña, vamos, no llores más. Ya veremos cómo lo solucionamos —dijo su padre. Era momento de tomarse en serio la posibilidad de que se preparara en el Ballet Imperial bajo la dirección de Agrippina Vagánova. Aunque eso le costaría mucho más de lo que pagaba ahora.

Pero la niña parecía no haber escuchado las palabras de consuelo de su padre, ya que seguía llorando con la misma intensidad.

Su padre apretó los labios. Le rompía el corazón ver a su hija en ese estado. ¿Cómo podía hacerle ver que solo con trabajo duro podría llegar a ser la más grande de todos los tiempos? Ella era un diamante, su diamante, y el brillo de su ballet debía deslumbrar a todos.

Se quedó unos instantes pensando. Una idea había asomado en su cabeza.
—Ahora vuelvo.

Marina levantó la cabeza sin comprender. Vio cómo su padre salía por la puerta sin más, dejándola a solas con su desesperación. Mientras volvía a dejase caer en el suelo tomó la decisión de no volver a salir de casa.
Unos minutos más tarde su padre entró de nuevo por la puerta. Llevaba algo en cada una de sus manos, pero la distancia y la penumbra de la habitación no le dejaron ver lo que era.

Cuando se acercó, se colocó en cuclillas, casi a la altura de su hija, y Marina pudo ver lo que llevaba su padre en cada una de las manos: un trapo en una y un pañuelo en otra.

Su padre dejó el trapo y el pañuelo en el suelo, justo delante de ella. Marina había dejado de llorar y su rostro se iluminó con una curiosidad infantil reflejada en sus pupilas, mientras su padre sonreía. Tal vez su idea tuviera efecto.
Abrió el trapo y mostró su contenido. Marina no pudo reconocerlo al principio. Era como una piedra, de color negro, que había coloreado de hollín la parte interior del trapo con que había estado en contacto. Carbón. Su curiosidad se transformó en contrariedad, porque sus labios se arrugaron y su ceño se frunció.

Entonces aprovechó su padre para descubrir el contenido del pañuelo. La poca luz que entraba desde el exterior se reflejó en todas direcciones al atravesar las aristas de lo que Marina reconoció enseguida como un diamante. Su rostro se iluminó ante la belleza y poder de una piedra tan pequeña y transparente. Sus cejas se arquearon y su boca se abrió en una admiración ahogada. Con un impulso irrefrenable alargó la mano para tocarlo, deteniéndose justo antes de que se produjera el contacto para mirar a su padre, buscando una señal que le permitiese tocarlo. Cuando vio una leve sonrisa, lo tomó con la delicadeza con que una madre primeriza toma a su bebé, y lo observó con la admiración de un niño pequeño al ver desfilar a su padre en una marcha militar lleno de orgullo.
—¿Sabes qué es esto, Marina?
—Un diamante y carbón.
—¿Cuál te gusta más?

Marina lo miró con una sonrisa. No hacía falta contestar, pero como su padre seguía esperando una respuesta, se la dio:
—El diamante, claro. El carbón es sucio y negro, y el diamante es… maravilloso.—Con un brillo propio en los ojos preguntó— ¿Es para mí?

Su padre no pudo reprimir una carcajada.
—No, Marina, no. Pero cuando seas mayor, será para ti, te lo regalaré.—Marina dibujó una sonrisa de oreja a oreja, mostrando sus preciosos dientes blancos.—¿Sabes cómo se hacen los diamantes?
—Salen de la tierra.
—Sí, pero, ¿sabes qué es un diamante antes de ser diamante? —Como Marina negó con la cabeza, su padre se lo explicó—. Un diamante, antes de ser diamante, es carbón.

Esperó la sorpresa y confusión de su hija para continuar.
—El diamante es carbón que ha sido sometido a fuertes presiones y temperaturas durante mucho tiempo. No todo el carbón se convierte en diamante, solo aquel carbón especial, que está preparado para serlo. Llevas muchos años soportando la presión y he visto cómo te has enojado muchas veces: presión de la profesora, de tus amigas o compañeras del ballet, de tu madre; y cómo tu temperatura sube cuando te enojas con ellas o cuando no te salen bien las cosas. Para convertirte en diamante has de pasar por lo que estás pasando. Todos somos carbón cuando nacemos y solo unos pocos llegan a ser diamantes. Tú puedes serlo y lo serás si quieres realmente.
Su padre se levantó y le tendió la mano a su hija para ayudarla a levantarse también. Cogidos de la mano, la llevó hasta el gran ventanal y corrió las cortinas, desde donde se veía la fachada del Teatro Mussorgsky a lo lejos.
—Mira la calle —dijo mientras le señalaba con el dedo carros y personas—. Todos ellos son carbón, sirven para lo mismo que el carbón, que el motor de la madre Rusia no se pare. Tras un tiempo acaban siendo consumidos. El carbón es abundante, como puedes ver. Pero los diamantes son muy difíciles de encontrar, son muy valiosos, no se consumen nunca, nunca mueren.

Dejó que transcurrieran unos largos segundos para que asimilara bien lo que significaba ser carbón.
—Tienes la oportunidad y las cualidades para ser diamante, Marina. Puedes quedarte siendo carbón, como ellos, o ser diamante. Dime, hija, qué eliges, ¿seguir tu proceso para convertirte en diamante o quedarte como carbón?

Marina seguía mirando por la ventana. Veía a toda esa gente, como hormigas mareadas en busca de la línea a seguir, gente común, cuya finalidad en la vida era consumirse. Ella no quería eso, sentía desprecio por esas gentes normales que no sabían ni podían apreciar el arte verdadero, la creación de algo mágico y emocionante como solo podían hacer las grandes bailarinas.
—¿Y tú qué eres, papá?

La pregunta tomó desprevenido a su padre.
—Yo me quedé en proceso de diamante; no pude soportar la presión —dijo sombrío tras unos instantes de reflexión.
Marina lo miró. Se dio cuenta de que veía a su padre más viejo. Tal vez fuera eso lo que le pasaba al carbón, que al consumirse envejecía.

Marina volvió a mirar a la calle. Había tomado su decisión. Se convertiría en diamante y viviría para siempre.

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4 pensamientos en “Adagio de diamantes

  1. PasabaPorAquí en dijo:

    Sólo merece la pena pasar por el proceso cuando:
    a) se está seguro de ser un diamante
    b) se disfruta del proceso, salvando la presión y temperatura que haya alrededor
    c) se conserva la ilusión por la meta

    Por desgracia, hay demasiado cabrón (uys, carbón) común abrasador que es en sí mismo el mayor bloqueante para pulir cualquier aspiración a diamante. Hay que ser muy fuerte…

    • El problema es que uno no es un diamante hasta que lo es y el proceso de carbón a diamante es siempre duro. Caben en un libro deportistas de élite, por ejemplo, que lo han sacrificado todo y sufrido mucho para poder triunfar. Creo que al carbón tampoco le gusta el proceso por el cual se convierte en diamante.

  2. Cada día conozco un carbón que deja ver algún destello. Creo que absolutamente todos llevamos un diamante escondido, pero:
    1-O no hemos querido completar el proceso, poniendo viles excusas como que la vida nos ha llevado por otros derroteros. Sí, viles EXCUSAS.
    2-O el proceso se ha corrompido y nos ha dejado carbones/cabrones para siempre.
    3-O estamos en pleno proceso.

    Me gusta pensar que soy de los de la tercera opción.

    • Yo personalmente creo que el diamante no se lleva dentro, sino que se crea debido a ciertas cirscuntancias en la vida, siempre y cuando las aguantes.
      Por otro lado, ser carbón no tiene por qué ser malo, aunque es abundante, también es necesario.

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