Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

Él, ella y el frutero

—El jueves iba andando por la calle cuando me encontré con mi ex, de casualidad. Me gustaría que hubiese ido con la niña para que viese que tipo de persona es su madre. Me montó una escena en mitad de la calle que parecía la Belén Esteban. Entre sus maneras, sus gritos y su forma de vestir, parecía una puta. ¿Cuándo se volvió así? La gente que pasaba por allí daba un rodeo para no pasar cerca de ella. Fue vergonzoso. Me vino otra vez con la pensión, que tiene muchos gasto, que quiere más dinero y que si no me denuncia. Estoy muy harto. La niña tiene lo que necesita, no le falta de nada. Es a ella a la que le falta y me lo quiere sacar a mí. Quiere vivir a mi costa, que soy yo el que trabaja diez y doce horas todos los días, para que encima se lo gaste ella. Cada semana me lleva un peinado distinto. A saber cuánto se gasta en peluquería. Pero el tonto soy yo, que me dejé embaucar por aquella joven de pelos alocados. No vi que sus pelos eran un reflejo de su persona, que está loca. Si no fuera por Nieves, a buenas horas le iba yo a dirigir la palabra a esa zorra. Lo que pasa que está celosa, desde que se enteró que salgo con alguien que algo la corroe por dentro, porque yo he rehecho mi vida y ella no. Normal, ¿quién va a querer salir con semejante arpía? Porque al principio todo son sonrisas, pero luego no me dejaba vivir. Toda esa presión que me metió para casarnos, ¿para qué? Si se volvió un histérica en cuanto subimos al avión en el viaje de novios. Deberían meterla en un hospital mental… porque esa es otra, cada vez que viene Nieves a casa la encuentro más pija y más contestona. Claro, no hace más que repetir lo que ve en casa de su madre. Me está desgraciando a la niña y aunque se lo he dicho, me dice que el problema lo tengo yo, que manipulo a la niña. Que infierno de vida me ha tocado vivir…

—El jueves iba andando por la calle cuando me encontré con mi ex, de casualidad. Pero me alegro, porque ya ni me coge el teléfono y solo me contesta a los correos si son con cosas de la niña. No se cómo me pude casar con él, cómo pude ser tan tonta de casarme con un cabrón mentiroso. Le he reclamado más dinero de la pensión, porque con lo que me da no llego a pagar la hipoteca de la casa donde vive nuestra hija, el colegio concertado, el ballet y el piano, el seguro médico y la ropa que le compro porque va creciendo y la necesita. Ni me miraba a la cara. Seguro que se moría de la vergüenza, el muy cabrón. Con lo que gano yo nos llega justo, no se puede vivir siempre con el agua al cuello. No paraba de darme excusas de que trabaja mucho. Como si yo no hubiese vivido con él. Claro que trabaja, como todos, y luego se va al gimnasio, a jugar al pádel o a tomar unas cervezas con los amigotes del trabajo. En casa no para, y de gastar, tampoco. Normal que no tenga bastante dinero con ese nivel de vida que lleva. Y encima ha “formalizado” su relación con la zorra de contabilidad. Yo se que estaban liados antes. Soy mujer y esas cosas se saben. Y quería hacerme creer que fue algo casual, que surgió a raíz de separarnos. ¡Y una mierda! No lo podré probar, pero me da igual. Conozco sus mentiras, mentía tanto que al final se las pillaba. Y Nieves ha empezado a mentir también. Todavía pasa demasiado tiempo con su padre. Si vieses lo rara que vuelve cuando está con él. Casi no me habla cuando vuelve de estar allí… Como me desgracie a mi niña te juro que… no se que le hago, pero ya me gastaré el dinero para que se lo haga otro. Le está metiendo cosas en la cabeza contra mí, pero no me voy a quedar aguantando como la usa en mi contra, le voy a explicar quién es su padre. Por dios, que infierno de vida me ha tocado vivir…

—El jueves estaba arreglando los tomates que acababa de traer de la cooperativa cuando ví a una pareja discutir en la calle. Estaban en la otra acera y no pude oír lo que decían, pero parecía que fuesen a llegar a las manos: se gritaban, gesticulaban, se amenazaban. Todo eso se podía ver solo con lo que expresaban sus cuerpos, no quisiera saber lo que se estaban diciendo uno al otro. Me da pena ver ese tipo de cosas. ¿Qué se habrán hecho el uno al otro para tratarse así? Creo que fueron pareja en su día y tenían algunas cuentas pendientes. Todo el mundo que pasaba cerca de ellos se apartaba ligeramente mientras los observaban de camino a sus asuntos. No creo que esas cosas sean buenas para nadie, algo debe fallar en los dos para llegar a esos extremos. Lo cierto es que tiene gracia, seguramente se juntaron porque eran muy iguales: hablan igual, gesticulan igual y seguramente piensen igual; no se complementaban, pienso yo, sino que ocupaban el mismo lugar en la pareja y quedaban demasiados espacios vacíos. Mira que es difícil encontrar a alguien para toda la vida, con quien tengas cosas en común y cosas distintas al mismo tiempo para poder complementarse. Yo soy muy afortunado con mi Mari, nos respetamos y complementamos. Pero también tenemos espacios vacíos que nos hicieron pasar malos momentos. Mari no puede tener hijos. Eso la destrozó, y a mi también. Pero mira, es nuestro destino. Cada uno tenemos el nuestro, aunque lo desconozcamos. ¿Verdad que sí, tomate?

 

Y la hija, ¿qué opina de todo esto?

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3 pensamientos en “Él, ella y el frutero

  1. Me encanta leer tus relatos porque hay una filosofía casi infinita detrás de cada uno. Para una próxima entrega, la versión de la niña, please.

  2. PasabaPorAquí en dijo:

    A mí me gustaría la versión del tomate…

    Como dice la canción:
    ¡Tomate!
    ¿Qué culpa tiene el tomate?
    Que está tranquilo en su mata
    Que llega un hombre y lo arranca
    Y lo mete en una lata
    Y lo fríe con patatas

    Quizá la versión de la niña y del tomate no sean tan distintas…

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