Un café con Leire

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La suerte está echada

¿Durante cuánto tiempo se puede tentar a la suerte? Por favor, no me llaméis paranoico. Cuando la vida te manda señales, hay que saber interpretarlas.

A los ocho años tuve mi primer contacto. Por aquel entonces yo era muy pequeño y corrí a decírselo a mis padres de la misma manera y con el mismo tono como si un circo ambulante hubiese hecho un espectáculo en la calle de forma improvisada. Un obrero que trabajaba en la construcción del edificio de enfrente de nuestro improvisado campo de fútbol se había caído del andamio en el que estaba trabajando y había caído veinte metros. El hombre murió, ya que se escuchó el crujido de los huesos desde el campo. Solo los más atrevidos fuimos a verlo, como cuando Nachete encontraba una rata muerta, en una clara falta de respeto a la muerte. Allí, el hombre, nos miraba con sus ojos abiertos sin pestañear. Enseguida nos echaron de allí, pero Juanín no volvió a ser el mismo. Murió en el ’95 de una sobredosis, con solo dieciséis años. Tal vez no tuviese nada que ver, pero a día de hoy creo que sí. La muerte lo miró y su destino cambió.

Cuando tenía quince años, una bomba de ETA explotó cerca de donde estaba, a unas manzanas del parque en el que solía quedar con Clara. Clara no quería ir a ver que había pasado, pero creo que al final lo hizo por mí. No deberíamos haber ido. A ella le impactó mucho ver aquella escena de guerra, con los cuerpos carbonizados esparcidos por el suelo, los coches en llamas y la gente yendo de un lado para otro, desconcertados algunos, aterrorizados otros, y los que menos intentando socorrer a los heridos. Yo me acerqué, soltando la mano de Clara, para ver mejor. Es esta ocasión, ninguno de los fallecidos me miró con sus ojos sin vida. Pero fue el fin de lo que podría haber sido uno bonito noviazgo. Clara me dijo que nunca antes había pasado tanto miedo y que yo la había dejado sola.

En la universidad, en segundo curso, uno de los compañeros de clase murió atropellado en su bici. No fue a mucha distancia de donde estábamos Lucas, mi compañero de piso, y yo. Nunca tuvimos claro de quién fue la culpa, si del camión o suya. Cuando llegamos a curiosear no pudimos ver nada de la gente que había y cuando preguntamos cada presunto testigo daba una versión diferente de lo ocurrido. Fue una lástima, era muy buen chaval. Era simpático, sacaba buenas notas y tenía los mejores apuntes de la promoción, que dejaba a cualquiera que se los pidiese.

Por aquel entonces, yo ya debería haberme dado cuenta de que algo pasaba, pero entre los estudios, las fiestas y el deporte, no tenía tiempo para reflexionar sobre los acontecimientos que habían rodeado mi vida. En esa edad es muy difícil que te sientes a reflexionar y mucho menos a sacar las conclusiones que solo la experiencia y la perspectiva te dan.

Cuando acabé de estudiar y encontré trabajo de consultor me fui a vivir solo. Era un pequeño piso de cuarenta metros cuadrados de una habitación, pero estaba muy orgulloso de la independencia conseguida. Me sentí realizado al poder depender de mí mismo y cortar los últimos hilos que me unían a la que había sido mi casa durante toda mi vida. Digo esto, porque aunque compartía piso cuando estudiaba, seguía estando ligado a la casa de mis padres, todavía era mi casa.

Fue entonces cuando ocurrió algo que me hizo empezar a sospechar y observar con más detenimiento los acontecimientos que ocurrían a mi alrededor. Un día me crucé con la vecina de enfrente que, toda horrorizada, me contó que habían entrado a robar en los pisos de arriba y que habían matado a Rolfo, el perrito del 2º B. La muerte del perro no fue lo que más me preocupó (más bien lo contrario, no dejaba de ladrar noche y día), sino que fue la primera vez que noté la muerte de cerca. Estaba viendo las señales, pero todavía no era capaz de relacionarlas e interpretarlas correctamente.

Un día el jefe salió blanco de su pecera. Nos reunió a todos con su semblante acongojado y nos dijo que Nacho, mi compañero, el chico con el que hablaba todas las mañanas, con el que había salido de vez en cuando, el amigo con el que trabajaba muy a gusto, había muerto en un accidente de tráfico esa misma mañana mientras iba a un cliente. Creo que esa fue la señal que más me impactó y que hizo que por fin reaccionase. Estuve muy mal durante unas semanas. Al parecer, una colisión entre dos coches hizo que uno de ellos se arrastrase por la autovía y se llevó por delante a Nacho, que iba siempre en moto. Solo estuvo en el lugar equivocado en el segundo equivocado. ¿Se puede tener más mala suerte? Algo de lo que no eres causa ni culpa te convierte en consecuencia.

Terminé de unir cabos cuando una llamada de mi hermano, unos meses después, me dijo entre llantos, desesperado (eso me resultó extraño, ya que Carlos es, era, una persona bastante fría), que papá había sufrido un paro cardíaco y estaba en la UCI muy grave. Me quedé paralizado, quieto, inmóvil, estático… Fue como si todas las experiencias que te cuento pasaran una tras otra delante de mí, como si viese una película basada en flasbacks: mi padre, Nacho, el perro del vecino, el compañero de clase de la universidad, el atentado de ETA, Juanin, y por último, el que desencadenó todo, aquel obrero. Es curioso como una muerte puede desencadenar tantas otras. Es como si aquel obrero hubiese sido esa primera ficha de dominó que cae y va tumbando a las que tiene delante, sin importarle nada.

Cuando estuve en condiciones de conducir, fui directo al hospital, pero llegué demasiado tarde: todos estaban llorando. No me pude despedir de él… … que injusto… …

Perdona, lo echo de menos, eso es todo. Me encantaba su sentido del humor: unas gotas de cinismo, otras gotas de ironía y mucha guasa. Siempre me he reído mucho con él, aunque a medida que se fue haciendo mayor lo fue perdiendo y la guasa se convirtió en mala idea, incluso rencor. Tal vez fuese cosa de la edad.

Mi hermano estaba destrozado, en estado de continua depresión, al igual que mi madre. La diferencia es que en mi madre era algo normal, o por lo menos esperable, pero no en mi hermano. Cuando murieron los abuelos apenas derramó una lágrima, ni siquiera en la intimidad. También es cierto que él es el mayor y muchas veces ha interpretado ese papel a la perfección. Pero no se, tuve la sensación de que algo estaba pasando.

Y así fue, como sin tiempo de empezar siquiera tratamiento, Carlos nos dijo que se había hecho unas pruebas por su cambio en su forma de ser, y que le habían detectado un tumor maligno que se había extendido por su cerebro. Era como una especie de pulpo que había extendido sus tentáculos y era inoperable. Estaba tomando medicación para ver si detenían el crecimiento hasta que pudiesen estudiar como abordarlo.

No hace falta que siga, ¿verdad? Carlos murió un doce de octubre, mes y medio después de que se lo detectaran.

Supongo que ya te has dado cuenta… Fue entonces cuando yo me di cuenta. Todas las muertes apuntaban hacia un mismo lugar: yo. Se había ido aproximando poco a poco, con paciencia, hasta mí. ¿Cómo iba a saber yo que mirar a la muerte a los ojos me iba a acarrear este destino? Si era solo un niño, nadie me dijo que no mirara a los ojos de un muerto. ¿Por qué han tenido que morir mi hermano y mi padre? Soy yo el que miró, no ellos… Tal vez el sufrimiento por mis seres queridos sea el castigo y la muerte el fin de la condena.

Creo que Ramón, el otro chico que nos acompañó aquel día, no llegó a mirarle a los ojos. No se que ha sido de él, nos perdimos la pista después del instituto, pero no me extrañaría que no le hubiese pasado nada de lo que me ha pasado a mí.

Así que me encuentro en un cruce de caminos: ponerle las cosas difíciles a la muerte y resistir o evitar que muera más gente por mi culpa. La primera opción, vivir, me gusta, pero creo que es difícil hacerlo esperando el momento en que me encuentre, con miedo, causando dolor a mi alrededor. Y por el otro lado, la segunda opción, es tan difícil… Siempre se ha dicho que para vencer al miedo hay que enfrentarse a él. Supongo que puede aplicarse también a la muerte. ¿Has pensado alguna vez cuántas formas puede adoptar la muerte? Yo no lo había hecho, pero ahora que llevo varios días mirando su figura en forma de frasco, no hago más que pensar en ello. No sabía lo realmente jodido que es enfrentarse a ese momento. Jajajaja, ¡es como si mirara a la muerte por segunda vez! ¿Me tolerará esta segunda impertinencia?

Pero hay que tomar una decisión, llevo demasiados días así. Este escrito que dejo es un testigo de mi batalla y, si no soy capaz de vencer, al menos quedará como testigo.

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2 pensamientos en “La suerte está echada

  1. humildeestudiante en dijo:

    El último párrafo me ha recordado “El mito de Sísifo” de Albert Camus.
    Con respecto también al último párrafo, ¿Qué sería lo más difícil para el protagonista de soportar, la incertidumbre o la certeza? Yo creo, que al decir que ha tomado el camino, se podría decir que ha decidido continuar caminando. En caso contrario, la muerte sería como atravesar una frontera y entonces los siguientes pasos, en fin, ahí no entro.

    Muerte, intocable, temida, evitada, frontera que muchos preferirían que no existiese, con la esperanza de prolongar su existencia hasta el fin del mismo tiempo. La percepción de esta frontera indudablemente se agrava cuanto más nos vamos acercando y solo preocupa cuando no se ha reflexionado profundamente sobre la misma, pues si fuese un problema, tendría solución y al no tenerlo, no puede ser tampoco un problema. Esa frontera la percibo como la amenaza del arrebatamiento de mi voluntad para elegir seguir caminando…

    y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar. (A. Machado)

    • Me alegra volver a leerte por este rincón. Desde el punto de vista del protagonista, seguir viviendo es lo más fácil (que no quiere decir que sea fácil). El enfrentarse a la muerte cuando uno no está preparado para ella desata todas las armas, herramientas y recursos de ese instinto de supervivencia que todos tenemos y que muy pocas veces notamos. ¿Certeza o incertidumbre? ¿vivir cien años como cordero o uno como león? No se, cuestión de gustos 😉

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