Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

El deber de Melgar

Tras una gran estación de tren hecha de palillos y casi terminada, un anciano colocaba con sumo cuidado cada una de las pequeñas varitas de madera. Cada cierto tiempo, daba unos pasos hacia atrás para tomar perspectiva de toda la obra mientras se mecía con suavidad su larga barba blanca o se rascaba su calva cabeza. Cuando comprobaba que todo estaba bien, volvía a colocar toda una serie de palillos y volvía a alejarse unos pasos. Pocas eran las ocasiones en las que rectificaba, tal era ya su maestría. Todos los palillos salían de uno de los bolsillos de su chaleco granate, que aunque desgastado, era el que mejor le sentaba. De hecho, no se lo había cambiado desde la Creación. Un pequeño escalofrío le indicó que el momento se acercaba. Colocó los palillos que tenía todavía en la mano en la mesa que le venía de camino hacia su obligación, depositándolos con delicadeza junto a un taco de madera a medio tallar, una roca gris con una gema roja pulida incrustada y una esfera que flotaba a un palmo de la superficie y que giraba sobre sí misma a gran velocidad.

El anciano se rascó su orondo trasero cuando llegó a la gran puerta de roble antiguo con dintel semicircular y dorado. Ya nunca leía la inscripción que había grabada y que daba sentido a su existencia. Se centró en la superficie metálica, dorada y pulida, que había donde estaría la cerradura en el mundo de los mortales. Acarició con la yema de los dedos superficie, notando el frío del metal y sonriendo levemente. Entonces, pronunció la Palabra e introdujo los dedos en el metal como quien mete los dedos en un tarro de miel. Tanteó con los dedos el mecanismo y lo accionó.

Poco a poco, las grandes puertas se abrieron dando paso a una sala oval con un pedestal en su centro. Justo encima del mismo, una semiesfera negra guardaba algo en su interior. Solo alguien con la vista aguzada se daría cuenta de los pequeños agujeros en su superficie. El anciano tomó con sumo cuidado la semiesfera y se la puso debajo del brazo, dejando al descubierto una vela casi consumida, de apenas dos dedos de alta y con sus lenguas de cera esparcidas. Entonces, chasqueó los dedos una pequeña llama se formó en su dedo gordo. Acercó el dedo, prendió la vela y colocó de nuevo la semiesfera en su lugar. En todo el techo abovedado se fueron dibujando pequeños puntos de luz mientras el anciano salía de la sala y cerraba las puertas. Una noche más, el mundo de los mortales volvía a tener estrellas en el firmamento.

Anuncios

Navegación en la entrada única

2 pensamientos en “El deber de Melgar

  1. Celembor, ¿te han dicho alguna vez que vales para esto, no?

  2. Al final harás que me sonroje… No se si valgo, pero es de las pocas cosas que hago con mi forma particular de pasión. Todavía tengo mucho que aprender.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: