Un café con Leire

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Las alas de Hiraki Tayiko

Hiraki Mikato era un hombre sencillo. Vivía en el pequeño pueblo de Sanzo, en la prefectura de Yamaguchi con su hijo pequeño. Pero eso no siempre fue así.

Cuando Mikato cumplió diecisiete años, decidió entrar a trabajar en la oficina postal. Había tenido suerte de que ese año el anciano Tenza se jubilara definitivamente y estuviese la vacante para encargarse de entregar el correo que llegaba, organizar y empaquetar el que salía, comprobar que todos los sellos eran correctos y atender a los vecinos que no sabían cómo mandar una carta. Cuando salía del trabajo, volvía a la casa que sus difuntos padres le habían dejado en herencia o se iba a jugar al go con algunos amigos y tomar algo de sake.

Mikato no tenía muchos amigos, ya que era todavía un joven tímido, pero sí muchos conocidos. Su padre había sido un héroe en la guerra y éso le convirtió en alguien conocido y querido. Cuando salía por las tardes a jugar y beber moderadamente, solía hablar poco, pero al parecer al resto de sus amigos no les importaba. Reía cuando los demás reían y se resguardaba en alguna sombra cuando discutían.

Dos veces al mes iba al templo Yamada, a las afueras del pueblo, a rezar por sus antepasados y a pasear por sus jardines. Se vaciaba de todo lo malo de su día a día y se llenaba de paz y serenidad. De vez en cuando intercambiaba algunas palabras con el monje al cargo del templo, pero como ambos eran amantes de los silencios, sus conversaciones no se extendían mucho.

Los años fueron pasando sin alteraciones. Sus amigos se fueron casando y poco a poco fueron dejando de ir a jugar al go. De pronto, llegó un día, en el que se dio cuenta de que estaba solo. Los silencios en su casa eran agradables, pero largos. Mataba el tiempo creando figuras de papel, que luego iba colocando en los estantes. Cuando los estantes se llenaron, los fue dejando por aquellas mesas que apenas usaba y cuando éstas estuvieron ocupadas, empezó a dejarlos en el suelo por los rincones y bordes de las paredes.

En realidad, a Mikato le hubiese gustado conocer a una buena mujer y casarse, como habían hecho sus amigos. Pero su timidez le impedía hablar con alguna. Solo se dirigía a ellas en el mercado o en la oficina postal, donde contestaba con diligencia pero con un rubor en las mejillas.

Un día llegó a la oficina una mujer joven, casi era una chica todavía, que no había vista nunca. Tenía el cabello largo y negro, tan liso y brillante que parecía que se lo acabasen de arreglar. Andaba rápido y con pasos cortos, con las manos colocadas una encima de otra colocadas en el bajo vientre y con la cabeza gacha. Se dirigió hacia el mostrador, dejando un carta encima, y en un hilillo de voz dijo:

– Disculpe.

Mikato levantó brevemente la cabeza para mirarla y aunque solo fue un instante en que pudo ver su rostro antes de que la timidez le hiciera apartar la vista, quedó impresionado. Era suave, de facciones lisas, y tenía permanentemente una sonrisa dibujada. Mikato tomó el sobre y leyó el destinatario. Le puso el sello correspondiente y la colocó en el montón de cartas para enviar.

– Treinta y cuatro yenes, por favor.

La chica tomó el sobre y dejó sobre el mostrador treinta y cuatro yenes justos.

– Muchas gracias -dijo. Se dio la vuelta y se marchó.

Durante el resto del día y días posteriores, Mikato no pudo dejar de pensar en ella. Repetía una y otra vez la misma escena, imaginando siempre la misma situación y disfrutando de las sensaciones que le producía. Tal vez algún día volviese a verla.

Cada día a partir de entonces, miraba los remitentes de todas las cartas para ver si coincidía con el destinatario al que ella se había dirigido. Y así fue, que dos meses después, la encontró. Se dejó caer sobre una silla ya que las piernas le flaquearon. Observó la carta, su peso, su olor, su textura, como si la estuviese observando a ella. Iba a dejarse esa carta para el final aunque eso le trastocase su ruta. Iba a ser la primera vez en casi quince años que modificase su ruta. Lo dejó todo preparado, guardando la carta dentro de su chaqueta, junto a su pecho. Ese día, Mikato pedaleó especialmente rápido. Cuando por fin llegó a la casa de la chica, excitado y con dificultades para respirar, no pudo más que introducir la carta en el buzón y salir de allí rápidamente, temeroso de volver a encontrarse con ella. Junto a la carta, había introducido también una pequeña grulla de papel.

Las figuras de origami dejaron de aumentar. Ahora la mayor parte del tiempo en casa lo dedicaba a recordar y recrear las sensaciones de los dos encuentros, aunque uno de ellos no fue tal. Quería conocer más a aquella chica, volver a verla, pero tenía miedo de que pareciese impropio hablar con una desconocida. Aunque tal vez ya no lo fuese. Ella se llamaba Suyumi Taiko. Lo había visto en la carta.

Coincidieron varias veces más en la oficina de correos y se dedicaron unas tímidas sonrisas. Unos meses después, Mikato paseaba junto a ella, por el parque, en los que los silencios predominaban sobre las palabras. Era como si hablasen con la mirada y una primavera dos años después, se casaron en una ceremonia íntima en el templo shintoísta de Yamada.

Cuando Tayiko nació, toda la ilusión y la alegría se tornaron en horror. Su hijo, sangre de su sangre, había nacido maldito. Tenía dos extremidades deformes que le salían de su espalda. Se avergonzó tanto de él, que tardó mucho en sacarlo a la calle. Incluso llamaron a un médico por ver si se podía hacer algo, pero solo les dijo que podía amputar esas aberraciones. Ella se negó en redondo.

Lo que Mikato desconocía es el poder del bebé. Cuando lo miraba y sonreía, se sentaba y jugaba con un taco de madera mientras se lo ponía a la boca y se lo quitaba, gritaba de alegría cuando volvía del trabajo, hicieron que esa vergüenza y rechazo se convirtiesen poco a poco en el amor natural que un padre siente por un hijo. Y justo cuando Mikato se despojó de sus últimos sentimientos negativos, Taiko enfermó.

Una tarde de mayo, un año y seis meses después del nacimiento de su hijo, Taiko les dejó solos. Ella estuvo en Hiroshima el día en que la gran luz se vio, y se decía que muchos morían años después. Su padre siempre le había dicho que los hombres no lloraban, con lo que pensó que él debía de ser una mujer.

Las cosas para Mikato se complicaron mucho. Estando solo, tenía que llevarse a su hijo a trabajar, ya que nadie quería cuidar a un niño de la bomba con signos tan evidentes de deformidad. Tenían miedo de que se contagiase. La gente ya no hablaba mucho con él y muchos lo miraban cuando iba a en su bici a entregar las cartas. No lo miraban con desprecio, sino con tristeza.

Tayiko resultó ser un niño muy activo. Le encantaba gatear por todas partes, ponerse a la boca todo aquello que encontraba, chupar el suelo, comerse sus figuras de origami, rebuscar en todos los rincones… Y más tarde, cuando empezó a andar, todo lo anterior se agravó mucho más. Mikato no hacía más que andar detrás de él, mientras repetía una y otra vez “No, eso no”,”no hagas eso”, “no toques”, “no te comas eso”, “no”, “no”… Mikato detestaba tener que hablar tanto a lo largo del día, no estaba acostumbrado.

Al mismo tiempo que se le desarrollaba el cuerpo, Mikato se dio cuenta de que las protuberancias de Tayiko también iban creciendo y se parecían cada vez más a las alas de un murciélago. Las batía sin ser muy consciente de ello y se golpeaba con todo, dejando la casa y la oficina de correos echa un desastre.

Debido a la gran actividad del niño, siempre estaba golpeándose y tenía moraduras en todo su cuerpo. ¿Qué ocurriría si un día intentaba volar? Eso era un peligro demasiado grande. No tuvo más que pensar en aquello que le dijo el médico cuando nació su hijo. Pero algo en su interior se resistía a aceptar eso. Finalmente se decidió a llevar a su hijo hasta Yamaguchi, la capital de la prefectura, donde estaba uno de los mejores médicos de todo Japón, según le habían comentado.

Volvió decepcionado. Después de gastarse casi el sueldo de un mes en el viaje y la consulta, el médico le había dicho que había que amputar, que esa deformidad era un peligro para sí mismo y para los demás y que no había otra solución.

Al día siguiente se fue al templo Yamada, para rezar y pedir el valor suficiente para cortarle las alas a su hijo. Mientras Tayiko jugaba a buscar insectos y escarabajos, Mikato rezaba con lágrimas en los ojos.

– Esta vez tus rezos son más intensos, pero las respuestas no llegan, ¿verdad?

La voz del monje no sobresaltó a Mikato. Se limpió las lágrimas y lo miró. Se había sentado en seiza a un lado, dejando la línea libre entre el altar y él.

– Conoces a mi hijo, ¿verdad?

– Si, es un chico con mucha energía y curiosidad. Eso es bueno en un niño -dijo con su pausada voz.

– Me cuesta mucho criarlo. Es demasiado activo. Estoy todo el día detrás de él, corriendo y diciéndole que no.-Mikato se hundió un poco sobre sí mismo.- Pero el problema son esas alas que le crecen.

El monje asintió, comprendiendo a lo que se refería.

– Los médicos me han dicho que la única solución que hay es cortarle las alas.

El monje asintió de nuevo.

– Pero te resistes a cortárselas, porque las alas te recuerdan a tu mujer -dijo el monje.

Mikato levantó la vista sorprendido y volvió a bajarla inmediatamente. ¿Cómo no se había dado cuenta de eso? Una gran desesperación se apoderó de él.

– ¿Y qué puedo hacer sino?

El monje sonrió ligeramente, de manera casi imperceptible.

– No le cortes las alas, enséñale a volar – dijo con decisión, en su tono armónico.

Mikato lo miró con los ojos tan redondos por la sorpresa que parecía un occidental. ¿Cómo iba a poder él hacer tal cosa? Si él no sabía volar, ¿cómo iba a enseñarle?

Leyendo sus pensamientos reflejados en el rostro, el monje terminó:

– Tú le enseñas, él aprende.

Y con una reverencia, se levantó y se fue.

Desconcertado, Mikato se fue a por su hijo. Mientras se acercaba a él, vio que cada vez era más difícil atarle las alas a la espalda e intentar disimularlas con ropas anchas. Pensaba en todo momento en lo que le había dicho el monje. Él no era capaz de hacer eso. Él no sabía volar. No se podía enseñar algo que se desconocía.

Llegaron a casa tarde, cenaron y se acostaron. Mikato apenas pudo dormir: o le cortaba las alas o le enseñaba a volar. Finalmente, tomó una decisión y la seguiría con todas sus consecuencias.

Al día siguiente, tras volver del trabajo, se puso a hacer una figura de origami. Le costó un par de días tenerla terminada, ya que desde que nació su Tayiko no había practicado. Hizo la figura de un niño con unas alas móviles. Así pues, se sentó todos los días con su hijo y se dedicó a enseñarle a mover las alas como si fueran una extremidad más, haciendo algunos juegos. Poco a poco, Tayiko empezó a batirlas y a elevarse unos centímetros del suelo, cayéndose tantas veces como cuando aprendía a andar. Y así, con el paso de los años, Tayiko heredó el trabajo del padre y se convirtió en el más rápido repartidor de correo de todo Japón.

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12 pensamientos en “Las alas de Hiraki Tayiko

  1. Hay tantas cosas que diría de tu cuento, que no me caben aquí. Lo que voy a hacer es poner un link en mi blog para que algunos más puedan leerlo. Realmente, me ha fascinado. Enhorabuena celembor.

  2. Pingback: Piense un poco (12) « SE NOS VA LA VIDA…ESPERANDO LA MUERTE

  3. Tu fan incondicional en dijo:

    Ójala supiese escribir como tú para poner palabras a lo que pienso de tu relato, pero lo voy a dejar en EXCELENTE 🙂 Me encanta porque tiene tanto de ti…

  4. Pasaba por aquí en dijo:

    Tiene una sensibilidad especial. Es de esos cuentos que se leen fácil, pero dejan una huella en el corazón y una sonrisa en los labios.

    La ambientación es perfecta para acrecentar esa atmósfera mágica y, al mismo tiempo, tan real.

    Me ha gustado mucho entrever pinceladas culturales e históricas en una historia que muy poco tiene que ver con ellas y mucho más con algo tan difícil y cotidiano como respetar, aprender y enseñar.

    Gran trabajo!

  5. santamayte en dijo:

    Si pudiese describir la sonrisa de mi cara,lo haria;lo único que puedo hacer es agradecer los minutos tan bellos que me has hecho pasar.Gracias.

  6. Me ha encantado, es precioso…. Enhorabuena!!!

  7. ¡¡Guauuuuuuuuuuuuuuuu!!

    ¡Qué cuento tan bonito!

    ¡pedazo de escritor estás hecho!

    Me ha transmitido mucho, Gracias por compartirlo (y a Laura por ser la paloma mensajera mensajera)

    Mikato y yo tenemos en común el gusto por el silencio y el no querer cortarle las alas a nadie ¡¡es tan bonito ver volar y sentir la libertad!

    ;))

    Saludos

    Silvia

  8. Un cuento sorprendente con un final precioso

  9. ElAndres en dijo:

    Buen relato. Me ha gustado sobre todo la pincelada mencionando la segunda guerra mundial y la posibilidad de que el niño sea deforme por efecto de la radiación con el desenlace final que lo desmiente e introduce un elemento mágico. Muy bien mezclado. Seguro que has leido alguna cosa más sobre la historia de Japón, porque sólo de Leyenda de los Cinco Anillos no da para tanto. Por cierto si quieres ver una historia en plan drama sobre el tema de Hiroshima y Naghasaki buscate la película de animacion La Tumba de las Luciernagas (sino la has visto ya claro). Demoledora. Una vez más bravo chaval, gran relato..

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