Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

El lápiz verde

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Juan María de los Infantes apagó el despertador, que marcaba las siete en punto. Fue directo, como cada mañana, hasta el armario encima del microondas, y extrajo dos rebanadas de pan de molde, de las que tienen siete cereales y doble horneado, que abrigaron a una loncha de queso Gouda joven y otra de fiambre de pavo. Mientras daba buena cuenta del desayuno, puso las noticias en el televisor de la cocina y preparó un café arábigo, de edición limitada. El mundo seguía exactamente igual que anoche cuando lo abandonó.

Una vez que constató que no había ninguna noticia fuera de lo común, se fue hacia el dormitorio y encendió la radio incorporada en la ducha para escuchar los pormenores de las noticias del día mientras se lavaba el pelo. Siempre le había gustado la radio, e incluso hizo prácticas en ella, pero no lo cogieron a pesar de las influencias de su padre. Había todavía gente con más enchufes que él. A pesar de que su padre no aprobaba la profesión que había elegido (quería que se dedicara a la política como él), le facilitaba las cosas para que fuese colocado debidamente. Por esta razón, Juan María lo había tenido todo fácil en esta vida: un colegio de pago en el que se inflaban las notas, una universidad privada de la que salías contratado, un padre con gran influencia que le habría todas las puertas a las que decidía tocar y, por supuesto, piso, coche y caprichos pagados.

Una vez fresco y perfumado, se plantó ante su vestidor, pensando la ropa adecuada para el trabajo que le habían encomendado para hoy.

—Sácale los colores a ese comunista —le había dicho su jefe—. Quiero saber por qué todo el mundo que va a verle sale encandilado. Por eso te mando a ti. Pero no te pongas muy hostil porque no tiene ningún tipo de contrato con el holding, así que puede cancelar la entrevista en cualquier momento.

Tras una pausa en la que parecía pensar en otra cosa, continuó.

—Nos interesa su visión del sistema… Quiero que le saques incongruencias o contradicciones, las fisuras de ese sistema de gobierno suyo que puede hacerle mucho daño a este país. Eres un auténtico tocapelotas, por eso te mando a ti. Léete los artículos publicados sobre él y las dos entrevistas que le hicieron. Mierda de entrevistas, por cierto, ya te darás cuenta. Parecen publicidad de su sistema. Esmérate, no quiero otra entrevista rosa. Métele caña, pero sin pasarte. Consigue esos silencios como respuesta a tus preguntas que tanto me gustan. Empápate bien de su forma de pensar antes de ir. Y recuerda que no hay nada tan bueno como lo pintan.

En cuanto su jefe dejó de hablar, Juan María asintió, se levantó y se fue hasta la puerta. Su jefe nunca ponía punto final a la conversación, pero todos sabían que odiaba que se quedaran allí esperando que lo hiciera.

—Otra cosa —dijo mientras Juan María sujetaba la puerta, todavía sin abrir. Parecía que estaba dudando—. Ándate con cuidado. Al parecer es un tipo especial. Tiene algo que convence. No he podido averiguar qué es, pero estate al loro.

Juan María miraba la ropa del vestidor con la misma sonrisa de superioridad que le había dedicado a su jefe. No entendía a qué venía eso último. Ya había dejado claro en su artículo sobre el jefe de gabinete de los socialistas lo poco socialistas que eran. Y cuando entrevistó al coordinador general de Izquierda Democrática, lo echaron de allí en cuanto sacó a relucir su patrimonio y las participaciones en Bolsa. Eran todos unos hipócritas. Para él no había ningún dirigente «rojo» que se salvara. Había investigado a muchos de ellos, unas veces bajo encargo de su director para algún artículo y otras por gusto, por afición, y por reafirmarse en sus ideas. Las personas de derechas no ocultaban su condición ni sus ideas. Estaban claras. Pero los de izquierdas eran los peores, solo que con una máscara de amigos de lo social, lo público, que en realidad no hacía más que costarle millones del presupuesto al estado, sin que sirviese realmente de mucho. Juan María estaba convencido de que la gente de izquierdas solo pensaba en vivir de subvenciones, sin trabajar, haciendo el vago todo el día. «Que trabajen los demás, que yo vivo en un estado de bienestar» era la frase con la que dilapidaba a la gente de izquierdas, los «progres». Nadie iba a convencerle de lo contrario a estas alturas de su vida.
Al final se decidió por un traje Armani azul marino sin corbata y una camisa blanca de Gucci. Como esperaba ir al campo, se puso los zapatos negros más viejos que tenía, aunque estaban tan nuevos como los otros once pares. Abrió un cajón y extrajo un sencillo reloj deportivo. No estaba dispuesto a que le robasen alguno de los buenos.

Volvió de nuevo a la cocina y se tomó un vaso de zumo de granada mezclado con zumo de naranja. Como quedaba poco en el envase de vidrio, apuró su contenido y tiró la botella a la basura, junto a otros restos orgánicos y de papel.

Se puso en marcha pensando en su estrategia. No había podido averiguar mucho sobre ese hombre, lo que le daba un aire enigmático. En la red todas las referencias apuntaban a su etapa como alcalde o a las entrevistas o artículos escritos sobre él como edil del ayuntamiento. Apenas se comentaba nada sobre qué había hecho antes o de dónde era. Pero tirando de contactos, había averiguado que estuvo dado de alta como autónomo hacía unos años: el hombre había sido un mentalista de escaso éxito. Cuando lo supo casi se cae de la silla de la risa que le entró. Un embaucador había conseguido convertirse en alcalde de un pueblo y encima tenía que entrevistarlo, como si fuese alguien importante. ¿Qué nociones podría tener un charlatán sobre la gestión de un pueblo y sobre política? Por otro lado, el partido se denominaba Partido Independiente Local y no había forma de encontrar información clara sobre las tendencias del mismo.

Ese tipo de cosas solían sacar de sus casillas a Juan María; era increíble cómo la gente se dejaba engañar y manipular de esa manera y auténticos fantoches se metían en política para llenarse los bolsillos. Era incluso un deber moral sacar a todos los «rojos» de las administraciones públicas y que dejasen de enriquecerse a costa de los impuestos de los ciudadanos.

En unas horas llegó al pueblo, algo más grande de lo que se había imaginado. Aparcó su Lexus cerca de la Plaza Mayor y buscó un bar en el que tomarse un café y hacer unas preguntas.

Al entrar, se sorprendió de verlo tan vacío estando al lado del ayuntamiento. Apenas quedaban dos mesas con cuatro personas apurando sus almuerzos.
—Buenos días, ¿qué le pongo?
—Un cortado.

Mientras preparaba el café, Juan María inició la conversación.
—Está la cosa mal con la crisis, ¿verdad? —dijo, echando un vistazo alrededor.
—Hombre, pues sí, pero no nos podemos quejar. Aquí en el pueblo apenas lo notamos.
—Pues sí que vivís con poco…

Tras unos instantes desconcertado, el camarero entendió a qué se refería.
—No, es que ya es un poco tarde. Aquí la cosa se concentra de nueve y media a once, más o menos. Luego se queda tranquilo hasta la hora de la comida.
—Ya veo. ¿Es muy trabajadora la gente o que?

El camarero se le quedó mirando, sin saber muy bien a qué venía esa pregunta.
—Bueno, no sé, supongo que como en todas partes. Hay de todo. Pero sí es cierto que últimamente, con esto de la crisis, parece que la gente trabaje más.
—Si al final la crisis vale para que la gente trabaje como toca y no como antes, pues bienvenida sea —dijo con una sonrisa mientras observaba la reacción del camarero. Este asintió mientras colocaba las copas en su sitio. Como el camarero parecía predispuesto a conversar, Juan María continuó con sus preguntas.

Tras unos veinte minutos hablando, un pincho de tortilla y una caña, Juan María ya tenía algo más de información. Al parecer, habían adoptado un sistema en el bar en el que los clientes se marcaban en unas hojas lo que querían tomar y lo colocaban en una especie de porta partitura situado en el centro de cada una de las mesas, que el camarero recogía y colocaba por orden de llegada para que el cocinero atendiera de forma ordenada las peticiones de los clientes. Además, habían optado por comprar el mayor número de productos a productores locales o comarcales en vez de a las multinacionales, aunque les resultase ligeramente más caro. No era ahí donde sacaban margen.

Una vez obtuvo la confianza del camarero pudo sacarle información sobre el alcalde. Al parecer, había llegado al pueblo hacía cinco años y convertido en alcalde a pesar de ser casi un desconocido. En los dos años que llevaba presidiendo la alcaldía había reducido los costes y aumentado la plantilla, ocupado de disminuir la deuda del ayuntamiento y para el próximo año entraría en superávit; Solucionó algunos de los problemas históricos del pueblo, como el nuevo colegio y el polideportivo. Pero a Juan María le costaba mucho entender cómo podía haber tantos servicios gratis e inversión en infraestructuras en el pueblo sin que la economía se resintiera. Había, obviamente, una manipulación de las cuentas del ayuntamiento que, tarde o temprano, acabarían saliendo a la luz.

A la una en punto, tras seguir las indicaciones de una chica muy amable en la recepción del ayuntamiento, estaba plantado delante de la mesa de la secretaria del alcalde.
—Lamento mucho que tenga que esperar, pero Miguel está reunido en estos momentos. No tardará mucho, ya que sabe que ha quedado con usted.

«¿Miguel?» pensó. Eso ya era el colmo, tratar al alcalde por su nombre de pila. No estaba seguro ya de si se encontraba en la alcaldía o todavía estaba en el bar. Si la secretaria hablaba de forma tan poco institucional, no quería ni pensar cómo funcionarían las cosas por dentro.

A la una y diez, le hicieron pasar al despacho del alcalde, decorado de forma sobria, por cierto, y se sentó con él en su mesa de reuniones. El alcalde era un hombre que rondaba los cuarenta, de pelo corto y castaño y una sonrisa bobalicona. Juan María percibió cierta tristeza en su mirada, que le resultó cautivadora.

Empezaron la entrevista, Juan María preparando su material y encendiendo la grabadora, y el alcalde hablando de cosas intrascendentes mientras oscilaba y de forma distraída un curioso lápiz de color verde. Juan María no pudo evitar fijarse en él, en su brillante color esmeralda que emitía ligeros destellos, es su movimiento armónico, su equilibrio, mientras el alcalde le hablaba pausadamente…

A las pocas horas, un Juan María eufórico conducía de vuelta a Madrid. Tenía puesta la radio a todo volumen y agitaba su cabeza al ritmo de AC/DC de una emisora que no tenía programada. La entrevista había sido un éxito. Su director estaría encantado con lo que había salido de ella.

Una vez en casa, repasó los apuntes y la grabación. Apenas había tomado notas y la grabación se había detenido al poco de empezar. Pero no le importaba, tenía las cosas frescas en la cabeza y las recordaba como si las estuviese viendo en una película.

Empezó a transcribir la entrevista y le salió toda una declaración de principios. No solo eso, sino que sentaba las bases para salir de la crisis desde abajo, por medio de la colaboración de todos. La consecuencia directa del resultado de reducir el yo y aumentar el nosotros era una mayor implicación de la población; una explosión de ideas y recomendaciones para todos los negocios que habían ayudado a mejorar la eficiencia. En cuanto a la gestión del municipio, eliminaron cargos de confianza de los gobiernos anteriores y colocaron a profesionales al frente de las distintas concejalías en vez de a políticos, con lo que la máquina empezó a funcionar a buen ritmo. Los miembros del partido cuya profesión era la política, se dedicaban a cuestiones internas o eran portavoces. Todos trabajaban en la misma dirección, que era el bien común.

Al final, escribió un artículo totalmente en contra de lo que le habían pedido. Tras una discusión con su jefe, pasó el artículo a imprenta sin el consentimiento del editor, y le costó su puesto de trabajo. Pero en aquel momento no le importaba. Estaba convencido de que había hecho lo correcto y estaba dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos.

Unas semanas después, Juan María se preguntaba qué había ocurrido en aquella entrevista. Se sentía incómodo, e incluso temeroso, cuando recordaba al alcalde. Le parecía inconcebible haber publicado algo semejante y era incapaz de recordar por qué había actuado de aquella manera. Por supuesto que no fue a disculparse ante su exjefe y pedirle su readmisión, pero estaba muy disgustado consigo mismo por haberse comportado de aquella forma.

Lo que tenía claro es que nunca volvería por aquel pueblo.

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3 pensamientos en “El lápiz verde

  1. Escalofriantemente directo. Por una vez, aunque solo sea en la ficción, un encantador de serpientes (el alcalde) ha utilizado sus dotes para hacer las cosas como deben ser.
    ¿Hay alguien ahí afuera que quiera sacrificar su anonimato y su día a día ayudando a los demás? Esos que estais pensando SON PERSONAS ANÓNIMAS, por tanto, no me valen.
    Un político, por definición, odia el anonimato y ama la popularidad. El afan de protagonismo es una característica que va de suyo en la profesión (por llamarla de alguna manera). Lo sé de buena tinta.
    Y el que “sacrifica” su anonimato no se conforma fácilmente con una palmadita en la espalda o una sonrisa de un ciudadano. Quiere más.
    *Igual hay alguien en un partido político minoritario que es diferente, pero nunca lo sabremos con certeza porque NUNCA será el que manda.

    ¿Tú que pedirías a cambio de perder tu anonimato y tu día a día por tener en tus manos la llave del bienestar general, Calembor?

  2. Celembor para los amigos 😉
    Respecto a tu pregunta… Distinguir entre lo que pediría y lo que sería necesario.
    Por otro lado, el relato presenta un dilema moral camuflado entre las buenas intenciones del alcalde. ¿Es correcto que utilice sus habilidades de hipnosis para conseguir sus intereses, coartando la libertad del individuo y manipulando su forma de pensar? En caso de si es para el bien común si… ¿El fin justifica los medios?

    • Perdona Celembor. Mi dilexia galopante me mata.
      No quería entrar en el fondo del asunto porque es largo y sesudo. Pero resumidamente te diré que sí. El fin justifica los medios si es para garantizar el bien común. Sin duda. Más de uno y más de dos deberían de ser hipnotizados y no despertar jamás. Más de uno y más de dos cuya libertad individual y forma de pensar nos ha sumido en el horror. Y no me refiero ni a Zapatero ni a Rajoy, aunque también.

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