Un café con Leire

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De Erasmus

Estaba nervioso. Tras cuatro meses de Erasmus en Dinamarca, iba a hacer mi primer examen en inglés. Había estudiado mucho, más de lo que estudiaba en España para cualquier examen, ya que era muy consciente de la dificultad de estudiar en otro idioma. Era un examen que se dividía en dos partes: una tipo test, que no me preocupaba demasiado, y otra de desarrollo. Ahí era donde veía la máxima dificultad. Una cosa era leer en inglés, e incluso comprenderlo completamente, y otra muy distinta expresarse en inglés. Como siempre suele ocurrir, nos acostumbramos a leer en inglés, o incluso escucharlo, pero expresarse ya empieza a ser más difícil. Aunque siendo sincero, no me costó tanto de aprender Fundamentos de las Redes Telemáticas. Era más la preocupación que sentía por ser el examen en inglés que luego lo que me costó de estudiar. De hecho, sin darme cuenta, incluso pensaba en inglés. Tal vez el haberme juntado poco con españoles durante este tiempo y haberme forzado a hablar en inglés con los compañeros daneses hubiese hecho más de positivo de lo que me había imaginado. Pero eso no fue idea mía, me lo recomendó mi hermano, que cuatro años antes había estado en Finlandia de Erasmus también. No suelo hacer mucho caso a mi hermano, suele ser bastante paternalista conmigo y eso, mi edad, ya empieza a molestarme.
Repasaba mis fichas a última hora, yendo pasillo arriba, pasillo abajo. Estaba tan centrado en repasar mentalmente las respuestas de las preguntas que había en las fichas que me había preparado, que no reparé en que los únicos que estábamos de repasos de última hora eramos los dos italianos y yo.
– Tranquilo Andrés, relaja la cabeza entes de entrar- me había dicho Arne en inglés al verme pasear por el pasillo arriba y abajo.
Arne era el chico con quien mejores migas había hecho. Me introdujo en su grupo y me ayudó mucho a integrarme. Un detalle que me gustó mucho, fue que todo el grupo cambiaba al inglés cuando yo estaba, para no excluirme de la conversación. Era increíble que todos hablasen inglés casi al mismo nivel con el que hablaban el danés.
Le hice caso y guardé mis fichas. Estuvimos hablando de lo complicado que lo tenía el FC Copenhage en la Champions Leage al caer derrotado cuatro-cero contra el Inter. Tenían bastante asumido que desde la gloriosa década de los noventa con Laudrup y Schmeichel a la cabeza, el fútbol danés no podía competir por los primeros puestos europeos tanto a nivel de clubes como a nivel de selección nacional.
Llegó el profesor y abrió la puerta. A mí se me hizo un nudo en el estómago. Debía de tranquilizarme un poco o sería un desastre. Recuerdo que retrasé a Arne y Soren con alguna pregunta de última hora, para así que fuesen entrando todos y poder sentarnos por las filas del final, por si había posibilidad de echarles un ojo a sus exámenes o sacarme los apuntes en caso de necesidad.
Las mesas eran largas, paralelas a la pizarra del profesor, que se encontraba en una tarima. Tenía los exámenes en la mesa y miraba sonriente a todos y cada uno de nosotros, como si fuésemos unos cochinillos que fuesen a sacrificar para luego darse un festín. Nunca me había gustado la cara de ese hombre. A pesar de ser rubio y ojos claros, tenía un rostro delgado, incluso afilado, el pelo fino peinado con la ralla al medio y aplastado con gomina, y una mirada profunda que ponía nervioso. Me recordaba a alguno de esos generales alemanes que salían en los documentales de la Segunda Guerra Mundial.
Una vez estuvimos todos sentados, cerró la puerta y empezó a repartir los exámenes boca a bajo. A mí me sudaban las manos y sonreí nervioso a Arne cuando me guiñó un ojo.
Empezó el examen. Leí todas las preguntas primero y me puse con las de tipo test. Estaba tan nervioso que ni siquiera aprecié que no eran muy difíciles, en general.
Cuando todavía no habían pasado ni veinte minutos, el profesor se levantó de la mesa, se paseó por la clase y salió por la puerta. “Menudo regalo” pensé. Rápidamente saqué mis fichas y levanté la cabeza, viendo algo que me desconcertó: todos seguían a lo suyo. Miré a Arne, que estaba a mi derecha y le hice un gesto para que me hiciera caso.
– ¿Es que nadie saca los apuntes o intenta copiarse?- le pregunté.
Arne frunció el entrecejo y me contestó extrañado:
– Si haces esos no aprenderás nunca, que es para lo que estudiamos en la universidad.
En ese momento me quedé sin poder rebatirle. Recordé como en España lo que pretendía la mayoría era tener el título, o títulos, cuantos más mejor, y eso de aprender era secundario, lo importante era aprobar. Luego lo pensé, que debía ser algo que estuviese enquistado en nuestro sistema educativo, el que sin saber muy bien como, se le diese más importancia a aprobar que a aprender, como si nos nos transmitieran que la finalidad del colegio, instituto y universidad no fuese aprender, sino aprobar.
Finalmente guardé los apuntes y me centré en hacer el examen. Por alguna razón, estaba más tranquilo. Supongo que en vez de estar pensando en el momento de poder sacar los apuntes me centré en contestar a lo que sabía, que era casi todo.
Me fue bien, saqué un siete con dos. Pero así como lo que aprendí para aquel examen apenas lo puse en práctica en mi vida, lo que aprendí en aquel examen lo he ido usando toda la vida.

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4 pensamientos en “De Erasmus

  1. humildeestudiante en dijo:

    Además, copiar puede hacerlo una máquina, ¿no nos hace más humanos resolver problemas por nosotros mismos?
    Muchas veces los que copian no saben hacer ni esto, recuerdo un examen final de matemáticas en 1º de carrera a una persona que estaba cerca de mí, se había sacado sin disimulo y haciendo bastante ruido un folio lleno con todos los teoremas, se lo colocó en las piernas y leyó, supongo que con la esperanza de intentar responder a las preguntas del examen. El colega se tiró diez minutos sin hacer nada y se fue.
    No se que fué más vergonzoso si intentar copiarse, no haber conseguido nada, o que seguramente el profesor se dio cuenta y no le dijo nada sabiendo que no conseguiría resolver nada.

    Post Scriptum: estábamos en primera fila…

    • Creo que el problema está en que ya no sabemos porqué vamos al colegio o al instituto. No nos lo dicen, no se transmite el porqué estudiamos: “para aprender”. Ya… ¿Y a la universidad? “para sacarse una carrera”. Son respuestas muy genéricas, pierden fuerza. Estudiar es algo que cuesta mucho esfuerzo, y el porqué se hace mucha gente no lo tiene claro. Por eso se buscan atajos, porque parece que lo importante es sacárse el título. No tenemos claro porqué y para qué.

      • humildeestudiante en dijo:

        Quizá también sea producto de la sociedad, dejar de disfrutar las sensaciones del camino para centrarse en el objeto material, que es el título.
        Los matices se adquieren caminando, la mirada se vuelve más sagaz, presta más atención y se adquiere una templanza inimaginable.
        Desgraciadamente no solo pasa en los estudios, el desprecio del camino, del proceso lo practicamos a diario cuando compramos algo y no sabemos las condiciones en las cuales estaban las personas fabricando lo que hemos comprado.
        Son pequeños detalles, que sumados, hacen a uno reflexionar sobre los caminos de los productos de consumo laboral y de consumo doméstico.

  2. El problema es muy profundo y viene de antiguo. Toda la vida se ha copiado. El problema radica en que no estudiamos para aprender, sino para aprobar los exámenes. Cuantas asignaturas he aprobado en esta vida estudiando solo exámenes de otros años. De igual manera, cuanta materia me he quedado sin aprender. No parece lógico, pero es así de triste. ¿Se podría mejorar el sistema? Siempre se puede.

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