Un café con Leire

Relatos, citas, reflexiones… y alguna cosa más

La decisión de Miriam

Miriam colgó el teléfono y lo dejó a un lado, en el sofá. Se pasó las manos por la cara varias veces, intentando que los pensamientos se fueran a ese mundo del cual decía Platón que venían la ideas. Su corazón palpitaba con fuerza en su pecho, no por que estuviese nerviosa, sino a causa de una sensación de agobio que se le quedaba en el cuerpo cada vez que hablaba con él. El momento de tomar una decisión se acercaba y que Rober se encontrase a dos mil kilómetros de distancia desde hacía año y medio, le asignaba a esa decisión la etiqueta de “inevitable”.

Hacía año y medio que Rober se había ido a Inglaterra, a Londres concretamente. Tras un año en paro, lo habían seleccionado como candidato para un puesto en un laboratorio de química en la delegación central de BP, la petrolera. Quedó seleccionado para esa prueba junto a cincuenta y dos personas más de toda Europa, habiendo únicamente doce plazas disponibles. Tras las tres pruebas siguientes, quedó en novena posición y consiguió el puesto de trabajo. Eso hizo que se fuera a Londres. En principio su contrato era de seis meses de prueba, con lo que se separaron un tiempo. Les vino bien. Hacía siete años y tres meses que salían juntos, desde los veinticinco, y habían pasado temporadas buenas y malas, como todas las parejas. Es cierto que en aquel momento, antes de que Rober se fuese a Londres, la relación no pasaba por el mejor de los estados. No es fácil para un hombre con estudios y buen expediente académico estar durante un año en paro, sin nada que hacer, viendo como su tiempo pasa, mientras su pareja es quien trae el dinero a casa. No es fácil para un hombre hacer las tareas domésticas porque es su pareja quien está trabajando. No fue nada fácil para él que lo llamasen para alguna entrevista y lo descartasen por ser demasiado bueno para el puesto. Es lo que le había dicho un entrevistador . Eso era algo que él no entendía: descartar a alguien para un trabajo porque es demasiado bueno. “¿Es que en España solo se busca la mediocridad?” le preguntaba a todos sus amigos y conocidos una vez les contaba su caso. Ella le dijo que seguramente era porque las empresas tenían miedo a que se marchase en cuanto encontrase algo mejor.  ¿Y qué persona no lo hace?

Desde que dos mil kilómetros les separaban, se veían una vez al mes o incluso menos. Todas las vacaciones disponibles y festivos susceptibles que convertirse en puente los gastaban en verse, en pasar tiempo juntos, en aprovechar cada segundo del que disponían, porque sabían que después estarían mucho tiempo sin verse.

Pero tras un año en esa situación, empezaron a querer hacer también otras cosas. Querían verse, y estar juntos, pero él también quería poder pasar más tiempo con sus amigos cuando la visitaba y a ella le gustaría ver un poco de Inglaterra cuando iba. Ya no vivían el tiempo juntos con esa intensidad y tenían la sensación, ambos, de que en ocasiones sentían como una obligación el estar juntos. Eso debería haber hecho sonar las alarmas de la relación, pero por miedo a que se acabase, tanto él como ella, miraron a otro lado.

“Las relaciones a distancia solo pueden acabar de una forma: dejando de serlo” le había dicho Laura, una de sus mejores amigas. “Dejan de ser una relación a distancia porque uno de los dos se va con el otro o directamente dejan de ser relaciones”.

En ese punto se encontraba Miriam: en el punto en que tienes que tomar la decisión, pero no quieres. En ese momento en que la decisión que tomes va a influir en el resto de tu vida y que va a determinar qué cosas te van a pasar o no en el futuro. Era la decisión más difícil a la que había tenido que hacer frente.

Miriam se levantó del sofá y se fue a la cocina. Abrió la nevera en busca de algo susceptible de quitarle la ansiedad que sentía en ese momento. La cerró irritada. Si hubiese sido fumadora, seguramente ya se habría fumado tres cigarros.

Se acercó entonces al armario de encima del microondas donde guardaba las galletas, patatas y frutos secos. Cogió el medio paquete de galletas bañadas en chocolate y maldijo no tener helado al pasar la vista por el congelador. Se sentó de nuevo y puso la tele.

Miriam no podía dejar de pensar. No podían seguir mucho más tiempo así. Ella en realidad no quería irse a Londres. No quería tener que ver que su familia un par de veces al año. Dejaría de ver a sus amigos, sobre todo a Laura y Evita, con las que hablaba a diario; el clima de Londres era muy gris: nieblas, nubes y poco sol; y algo que le parecía una tontería para mucha gente pero que a ella le afectaba mucho: el jamón. Era una comedora compulsiva de jamón serrano y si podía ser con una copita de tinto, mucho mejor.

Pero había un pensamiento que cada vez que se acercaba a su mente, ella lo espantaba como una leona espanta a los carroñeros que se acercan a su presa. Si lo dejaba todo para irse con él, significaría que estaba dispuesta a todo. Solo la idea de matrimonio o hijos hacía que el estómago se le encogiese y, en ocasiones, le faltase el aire. Si se iba a Londres dejando atrás a su familia, sus amigos, su trabajo, en definitiva, su vida, ¿qué impedimentos habría para no aceptar una posible propuesta de Rober al respecto?

No quería dejar su relación con Rober, era lo mejor que le había pasado sentimentalmente hablando en la vida. Pero no quería tener la posibilidad de que le plantease alguna de esas dos cuestiones y no tener a mano ninguna de las excusas que solía esgrimir. Irse hasta Londres dejándolo todo las invalidaba.

Maldita crisis. Si no hubiese tenido que irse al extranjero todo hubiese seguido igual, no hubiese cambiado su relación: habrían seguido teniendo tiempo para ellos y tiempo para sus cosas, como siempre había sido y motivo por el cual la relación les había ido tan bien. No hubiese tenido que tomar ninguna decisión tan difícil y de la que dependiese el resto de su vida.

Apagó la tele y cogió el teléfono, buscando un nombre.

– Tía, ¿que haces? – preguntó Miriam.

Cuando Laura terminó de contestarle, Miriam le preguntó si le apetecía tomarse unos quintos en “el Pirata”. Colgó el teléfono al recibir una respuesta afirmativa, cogió el bolso, y dejó la toma de decisiones para otro momento en el que se sintiera con más fuerzas, más preparada.

De lo que Miriam no se daba cuenta, era que uno nunca está preparado para tomar una decisión así.

Anuncios

Navegación en la entrada única

Un pensamiento en “La decisión de Miriam

  1. Genial el remate final del relato. Chapó!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: